Literatura
Con nuevas ediciones y traducciones, la obra de la Annie Ernaux conquista las librerías argentinas
Por Ana Clara Pérez Cotten (*)
Dos meses después de que se anunciara el premio Nobel de Literatura para la escritora francesa Annie Ernaux, varios de sus libros comienzan a circular de forma masiva en la Argentina, importados o con ediciones que por primera vez se imprimen en Sudamérica, generando una nueva cosecha de lectores, traducciones y una resignificación de su obra.
Tras el anuncio del Nobel, muchos lectores -curiosos por conocer a la autora premiada por la Academia Sueca o envalentonados por la gran maquinaria de marketing y promoción que enciende un premio de esa categoría- acudieron a las librerías para adquirir su primer Ernaux. Y aunque las librerías locales son conocidas internacionalmente por su riqueza y variedad, los ejemplares de la escritora francesa disponibles eran pocos y desaparecieron del mercado en horas.
En verdad, sus libros -breves, que componen un sistema y que tienen la particularidad de inscribirse en un terreno de la autoficción que también puede dar cuenta de una sensibilidad anclada en lo colectivo- eran leídos por los lectores argentinos antes del galardón. ¿Cómo? En las ediciones de Gallimard quienes accedían a leer en francés, en volúmenes editados en español por Cabaret Voltaire (en hermosas ediciones pocket pero con costo en euros) y masivamente en formatos pirateados para ebook que se suelen multiplicar al ritmo del boca en boca, una práctica usual pero ilegal que atenta contra la industria editorial y los derechos de autor. “El acontecimiento” editado por Tusquets, en el que narra su experiencia de aborto clandestino cuando era estudiante, estaba disponible y, tras el premio, la editorial reimprimió “La vergüenza” y “El lugar”.
Además de esas opciones, en las librerías estaba la edición de “Diario del afuera (1985-1992)” y “La vida exterior (1993-1999)”, el libro de Ernaux publicado en conjunto por Milena París y Milena Caserola, dos editoriales independientes que surgieron juntas y que fueron las primeras de América Latina en difundir a la laureada escritora francesa sin utilizar la traducción de España. Ese texto, traducido por la argentina Sol Gil, reúne diarios “éxtimos” donde ella relata escenas de la vida cotidiana de los anónimos que encuentra entre París y la “banlieue”, los suburbios.
“Había leído sólo ‘Pura pasión’. Pero en 2013 conocí a Sol Gil y ella me habló mucho de la autora, de su obra. Me comentó, en aquel momento, sobre un libro que nunca había sido traducido al español”, cuenta a la agencia de noticias Télam Anne Gauthey, responsable de Milena París. “El texto con el que trabajamos de alguna manera fotografía al lenguaje, por lo cual el tema de la traducción al rioplatense era un asunto importante. Nuestra edición fue, además, una forma de darle luz y lugar a un traductor literario”, sostiene sobre una dinámica que incluso les permitió a ambas visitar a Ernaux en Cergy-Pontoise, una ciudad que nació en los 60 y que eligió para vivir. Las fotos del volumen retratan la ciudad y las tomó la hermana de Gauthey, quien defiende la importancia de las imágenes en los textos de una autora que considera que “la fotografía juega el valor de la memoria”.
Miguel Lázaro y José Miguel Pomares de la editorial española Cabaret Voltaire festejaron el galardón a Ernaux con saltos y gritos, como si fuera un gol mundialista.
El Nobel vino a refrendar la línea editorial del sello, que es la literatura francesa, con una mirada atenta también a la literatura de los países del Magreb, en especial Marruecos. En su catálogo hay otro Nobel, Patrick Modiano, y autores reconocidos como Leila Slimani, ganadora del Premio Goncourt en 2021.
Siempre con la traducción de Lydia Vázquez Jiménez, la editorial española publicó una decena de títulos de la autora entre los que están “Los armarios vacíos”, “Pura pasión”, “La mujer helada”, “Los años” y “La ocupación”. Sin embargo, por cuestiones de costo y de distribución, no estaban disponibles para los lectores argentinos cuando se conoció el premio. Recientemente, la librería y distribuidora Waldhuter logró que dos de esos volúmenes (“Los años” y “Una mujer”) se impriman en el país, una estrategia que posibilita su distribución. “Conjuntamente con Cabaret Voltaire discutimos qué títulos y por ahora elegimos esos dos. Seguramente en marzo se publique también ‘Los armarios vacíos’. Y la idea es ir sumando más de su obra”, adelantó a Télam Ian Waldhuter.
Con las novedades de diciembre que lleguen a las mesas de las librerías, habrá otro Ernaux. “La otra hija”, editado por el sello chileno Los libros de la mujer rota y distribuido por Big Sur, ya se puede conseguir.
“Elegimos ‘La otra hija’ porque nos la recomendó la fallecida escritora peruana Patricia de Souza. Patricia era cercana a Annie y además conocía toda su obra. Me recomendó comenzar a leerla y que ella misma podría encargarse de la traducción de ese libro. Con los años, nos contactó con la autora, firmamos contrato, comenzamos la traducción, pero lamentablemente a los meses Patricia falleció en 2019”, cuenta a Télam la editora y escritora chilena Claudia Apablaza sobre cómo se gestó el proyecto editorial que hoy llega a nuestro país en forma de libro. Sabía ya entonces que la obra de Ernaux, y en particular este libro, dialogaban muy bien con el catálogo del sello, que publica autoras que trabajan un tipo de literatura que hace conversar la memoria personal con el registro colectivo.
“Durante todo el 2020 dejamos detenido el proyecto. Después de vivir el duelo de la partida de nuestra amiga y autora Patricia, retomamos conversaciones con la editorial francesa y con la autora. Comenzamos a trabajar con Galo Ghigliotto en la traducción y obtuvimos el fondo Gabriela Mistral del Instituto chileno francés para la edición”, concluye. Para Apablaza, “La otra hija” es un hito en la obra de la autora porque “articula la memoria familiar, la frontera entre la autobiografía y la ficción y también la representación del dolor”.
La obra de Ernaux -quien en su discurso de aceptación del Nobel leído el jueves en Estocolmo consideró que el premio no era “una victoria individual” sino en cierta manera, un victoria colectiva” con quienes “desean más libertad, igualdad y dignidad para todos los seres humanos, independientemente de su sexo o género, del color de su piel y de su cultura”- se encamina a una circulación más masiva y accesible en nuestro país. La difusión de su literatura abrirá además la posibilidad de nuevos contratos de traducción y edición. Todo un movimiento editorial que, sin dudas, generará una cosecha de nuevos lectores e interpretaciones vitales y renovadas de la obra de Ernaux en América del Sur.
(*) Agencia de noticias Telam
Historias Reflejadas
“Deseos”

Deseos
Miro por la ventana y espero. El tiempo se alarga detrás de los vidrios y crece en líneas rectas. Las hojas cambian de forma y bailan en círculos. Afuera, todo gira. Un manto rayado cubre las palabras, igual que adentro. Las paredes grises se prolongan sobre mi piel, también gris, como si los colores no fueran posibles, como un mandato. Me siento encerrado en un reflejo de rayas sin respuestas.
Bostezo. Un deseo de color se escapa de mi boca y se pega en la punta de mis dedos. Lo miro. Me mira. Lo suelto. Y vuela para atravesar la dureza de los vidrios. Vuela para que las rayas desaparezcan. Algo cambia adentro y afuera. Mi piel cambia sobre las paredes grises y deja huellas.
Espero, como un deseo, que la vida se tiña de colores y vuelva a entrar por mi ventana, sin rayas.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes libros: “Espero”, de Perla Suez con ilustraciones de Natalia Colombo; “Gris”, de Silvi Hei; “El pueblo que no quería ser gris”, de Beatriz Doumerc con ilustraciones de Ayax Barnes; y “Dentro de una cebra”, de Micaela Chirif con ilustraciones de Renato Moriconi.
Textos para escuchar
Amigos por el viento – Liliana Bodoc
Julieta Díaz lee el cuento Amigos por el viento, de Liliana Bodoc.
A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojo con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve mas rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.
– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
– Me parece bien – mentí.Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
– No me lo estás deciendo muy convencida…
– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
– Significa que es tu cumpleaños, y no el mío – respondí.
La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.
La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrozas hechicerías.Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.– Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirándose las manos. – Lo único que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
– ¿Qué te vas a poner? – le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.
– El vestido azul.Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.– ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.
– ¿Qué pasa? – me respondió desde la ducha.
– ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.
– ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.
– Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…¡Ring!
– Por favor – dijo mamá -, están llamando.
No tuve más remedio que abrir la puerta.
– ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.
– ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.– Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.
Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:– ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?
Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.
– Cuatro años – contestó.
Pero mi rabia no se conformó con eso:
– ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.
Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.– Fue… fue como un viento – dijo.
Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?
– ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.
– Sí, es ese.
– ¿Y también susurra…?
– Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
– Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.Pasó un silencio.
– Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y éso que los edificios tienen raíces…
Pasó una respiración.
– A mí se me ensuciaron los ojos – dije.
Pasaron dos.
– A mí también.
– ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
– Sí.
– Mi mamá también.
– ¿Por qué lo habrán hecho? – Juanjo parecía asustado.
– Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
– Si querés vamos a comer cocadas – le dije.
Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizá ya era tiempo de abrir las ventanas.
(Audio extraído del programa Calibroscopio del Canal Pakapaka)
Literatura
“Ya toqué todas mis melodías”: el británico Julian Barnes anunció su último libro
El escritor británico Julian Barnes, una de las figuras centrales de la literatura contemporánea en lengua inglesa, confirmó que “Departure(s)”, su próxima novela, será el último libro de su carrera. A punto de cumplir 80 años, el autor sostuvo que siente haber agotado su repertorio creativo: “Tengo la sensación de que ya toqué todas mis melodías”, afirmó en una entrevista con The Telegraph.
Barnes explicó que el criterio para dejar de escribir no debería ser la posibilidad de seguir publicando, sino la convicción íntima de haber dicho todo lo que se tenía para decir. “No debería escribir un libro solo porque vaya a ser publicado. Hay que continuar hasta haberlo expresado todo, y yo llegué a ese punto”, señaló. Sin embargo, aclaró que no abandonará por completo la escritura: continuará con el periodismo cultural, reseñas y colaboraciones, una actividad que antecede a su trayectoria como novelista.
“Departure(s)” se presenta como una obra híbrida, a medio camino entre el ensayo, el memoir y la ficción. El libro gira en torno al papel del propio Barnes como intermediario entre dos amigos, Stephen y Jean —cuyas identidades permanecen anonimizadas—, que fueron amantes y luego se separaron. La historia retoma muchos de los temas que atraviesan su obra: la memoria y sus fisuras, el amor y la amistad, el paso del tiempo, el envejecimiento y la muerte.
El anuncio llega en un contexto vital particular. Barnes convive desde hace seis años con un tipo raro de cáncer de sangre, controlado mediante quimioterapia oral diaria. “Por ahora, es un empate”, dijo sobre su enfermedad, que —según explicó— contribuye a un debilitamiento progresivo del cuerpo, aunque ya forma parte de su rutina.
Viudo desde 2008, cuando murió su esposa y agente literaria Pat Kavanagh a causa de un tumor cerebral, el autor reveló recientemente que se volvió a casar en secreto en agosto pasado con Rachel Cugnoni, editora y compañera desde hace ocho años, a quien conoce desde hace casi tres décadas.
Con una carrera de 45 años, Barnes publicó 15 novelas y 10 libros de no ficción. Debutó en 1980 con “Metroland”, pero alcanzó el reconocimiento internacional con “Flaubert’s Parrot” (1984). Tras varias nominaciones, obtuvo el Booker Prize en 2011 por “The Sense of an Ending”. También escribe novela policial bajo el seudónimo Dan Kavanagh.
Lejos del dramatismo, Barnes evaluó su trayectoria con gratitud: “He tenido una vida afortunada. Si a los 30 me hubieran dicho que escribiría tantos libros que a tanta gente le gustaría leer, me habría parecido increíble”. Sobre la muerte, concluyó con sobriedad: ya no la teme como antes, aunque reconoce que el final siempre es una incógnita.
(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)
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