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Literatura

Distinguen con el Premio Vargas Llosa al colombiano Juan Gabriel Vásquez

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El colombiano Juan Gabriel Vásquez resultó ganador del IV Premio Vargas Llosa por su novela “Volver la vista atrás”, una obra “que con enorme habilidad narrativa y una prosa extraordinaria trabaja con materiales de la realidad enhebrando el presente con los avatares del convulso siglo XX”, según el fallo anunciado esta noche desde la ciudad de Guadalajara por la cronista argentina Leila Guerriero, presidenta del jurado.

Vásquez se llevará los 100.000 dólares que otorga el galardón tras imponerse a los otros cuatros seleccionados que habían llegado a esta instancia final: la argentina Selva Almada por “No es un río”, el chileno Alejandro Zambra por “Poeta chileno”, la española Rosa Montero, por “La buena suerte” y la mexicana Carmen Boullosa, con “El libro de Eva”.

El jurado presidido por la cronista argentina Leila Guerriero y compuesto por Raquel Chang Rodríguez, Efraín Kristal, Rosa Beltrán, Fernando Rodríguez Lafuente y J.J. Armas Marcelo (Secretario con voz, pero sin voto) optó por la obra de Vásquez tras dos etapas decisivas en las que afinó la deliberación entre los 412 textos que aspiraban inicialmente a la distinción. Allí había quedado, entre los doce primeros finalistas, la argentina Dolores Reyes por “Cometierra”.

“Basada en un admirable trabajo de investigación la novela es un gran lienzo en el que se despliegan conflictos que marcaron nuestro tiempo y en cuyo centro andan las vidas de un puñado de personas que han sido impactadas por el peso de la historia. Resulta a la vez un mural de los enfrentamientos políticos e ideológicos del siglo que pasó y un relato emotivo y perturbador, por momentos trágico, acerca de padres e hijos, legados y culpas, identidad y convicciones”, sostiene el fallo.

El jurado también destacó que el texto ganador está “dotado de gran aliento y de recursos excepcionales” y que el autor “sabe cómo pulsar las cuerdas de lo grande y lo pequeño, con una mirada sin concesiones, cargada de las preguntas que nos atañen a todos”.

“Esta novela está escrita desde la misma obsesión que ha animado casi todos mis libros anteriores, que es la obsesión por el espacio, donde las vidas privadas, íntimas, chocan contra las fuerzas misteriosas de la historia y de la política. Esta vez, mi gran reto como novelista ha sido ocuparme de reinterpretar y reimaginar las vidas reales de dos personas que no solo existen sino que son mis amigos: Sergio Cabrera, el cineasta colombiano, y su hermana Marianela“, señaló el escritor cuando fue convocado a subir al escenario del Conjunto Santander de Artes Escénicas localizado en Guadalajara.

Nacido en Bogotá en 1973, Vásquez estudió Derecho en su país natal y completó su formación en La Sorbona, donde se doctoró en Literatura Latinoamericana. Inició su carrera literaria a finales de los 90 con títulos como “Persona” o “Alina suplicante”, logrando un gran éxito en 2011 tras resultar ganador del Premio Alfaguara con “El ruido de las cosas al caer”. Además ha sido galardonado con el Roger Callois y el Premio RAE y es autor de otros textos como “El arte de la distorsión”, “Los informantes” -finalista del Independent Foreign Fiction Prize en Inglaterra- e “Historia secreta de Costaguana”.

La historia de Cabrera, que después de revolucionario en China y guerrillero en Colombia se convirtió en uno de los directores de cine más importantes de Colombia, es el último vehículo a través de la cual Vásquez, de 48 años, decidió abordar la pregunta más amplia de su ya extensa obra literaria: por qué la violencia en Colombia “tiene el talento extraño de reinventarse”.

El premio, que aspira a convertirse en uno de los más importantes en lengua hispana, fue ganado en 2014 por “Prohibido entrar sin pantalones”, del español Juan Bonilla; en 2016 por “Si te vieras con mis ojos”, del chileno Carlos Franz; y en 2019 por “The Night”, del venezolano Rodrigo Blanco Calderón.

El anuncio del premio coincidió con la clausura de la IV Bienal Mario Vargas Llosa, que desde el jueves pasado y hasta este domingo congregó bajo el lema “La literatura, último refugio de la libertad” a reconocidas voces de la literatura iberoamericana como el chileno Carlos Franz; las mexicanas Carmen Villoro y Mónica Lavín; los peruanos Santiago Roncagliolo y Renato Cisneros; el colombiano Santiago Gamboa y las argentinas Dolores Reyes, Gabriela Cabezón Cámara y la mencionada Leila Guerriero, entre otros.

El galardón fue organizado por la Cátedra Vargas Llosa y la Fundación Universidad de Guadalajara, con el apoyo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y otorga 100.000 dólares.

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Literatura

Josefina Licitra ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela “Crac”

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La periodista y escritora argentina Josefina Licitra ganó el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2026 por su novela “Crac”, una obra de no ficción que explora la ruptura del vínculo con su padre y sus consecuencias sobre la memoria, la identidad y la escritura. El reconocimiento, dotado con 15.000 dólares, será entregado el próximo 2 de diciembre durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, en México.

La autora, nacida en La Plata en 1975, fue elegida por unanimidad entre 135 postulantes de doce países. El jurado destacó su capacidad para transformar una experiencia autobiográfica en una reflexión literaria sobre el duelo, el desarraigo y los vínculos familiares.

“Crac” reconstruye el distanciamiento de Licitra con su padre, quien se exilió en Europa en 1978 y dejó de hablarle durante años por motivos que ella desconocía. Ese silencio también afectó su relación con la escritura, hasta convertirse en el punto de partida de una novela que combina recuerdos personales, investigación y recursos narrativos.

“‘Crac’ es un libro íntimo, doliente, un poco impúdico. Y fue escrito desde la incertidumbre”, expresó la autora tras conocer la distinción, que recibió con sorpresa, felicidad y alivio.

El jurado valoró especialmente el manejo de diferentes registros narrativos, el sentido del humor y el tratamiento del desarraigo. También destacó la estructura de la obra, que permite convertir una experiencia personal en un relato literario.

Licitra cuenta con una extensa trayectoria en el periodismo narrativo. Entre sus libros figuran “Los imprudentes”, “Los otros. Una historia del conurbano bonaerense”, “El agua mala” y “38 estrellas”. Actualmente dirige la edición de la revista de narrativa “Orsai”.

Con este reconocimiento, se suma a otras escritoras argentinas distinguidas con el Sor Juana Inés de la Cruz, como Tununa Mercado, Claudia Piñeiro, Camila Sosa Villada y Gabriela Cabezón Cámara.

El premio, creado en 1993, reconoce novelas escritas originalmente en español por mujeres. En esta edición, el jurado también otorgó una mención honorífica a la boliviana Giovanna Rivero por “Alma oscura del alba”.

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El tiempo que nos une – Alejandro Palomas

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Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une


Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida.  Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.

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Literatura

Luciano Sposari lanzó “Yo no soy raro, el mundo sí”

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El músico y escritor Luciano Sposari (sobrino de Ignacio Copani) lanzó el libro “Yo no soy raro, el mundo sí”, un texto que nace desde la experiencia como padre de un niño autista y una mirada distinta acerca del tema. 

El libro, que cuenta con prólogo de Hernán Casciari y fuera editado por Editorial Orsai, tendrá su salida oficial el 14 de noviembre y ya se encuentra disponible para la compra en la tiendo virtual del sello.

La obra que Sposari lanza el mismo día de su cumpleaños, cuenta con 28 historias reales sobre la crianza de su hijo Valentino.

En el texto hay brujas, duendes, vampiros, fútbol y música. También una silla sensorial importada de China que pierde contra su propia caja. Una gata negra que trae de regalo una comadreja. Un grillo que no deja dormir a nadie y termina perdonado y convertido en canción. Y un guardavidas que, en la parte honda de una pileta de barrio, tiene que decidir a quién rescatar.

Las anteriores son algunas de las escenas de “Yo no soy raro, el mundo sí”, ni más ni menos que el libro en el que Luciano Sposari cuenta la vida con su hijo Valentino, protagonista de cada historia. Lejos del manual y del tono clínico, son relatos de la vida cotidiana de una familia, contados con humor y sin drama: el autismo visto desde adentro, donde lo raro no es el chico, sino cómo reacciona el mundo a su alrededor.

La obra editada por Orsai, forma parte de la Colección Entrelíneas del sello.

Sobre la obra, el propio Sposari sostuvo: “No escribí un libro para explicar el autismo. Escribí un libro para mirar el mundo como lo mira Valentino: con humor, con amor y con mucha honestidad”.

Ficha de “Yo no soy raro, el mundo sí”

Sobre el autor

Luciano Sposari nació en Monterrey, México, y vive en Guernica, provincia de Buenos Aires. Es escritor, cantautor con más de veinte años de trayectoria e instructor de meditación y mindfulness. Vivió más de un año en Puerto Vallarta, cantando todas las noches, y hoy vive en la zona sur del conurbano bonaerense. Cuenta con una discografía propia, es periodista de formación, con estudios de escritura creativa. Es papá de Valentino, y de la vida con él nació “Yo no soy raro, el mundo sí”.

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