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Literatura

Enigmas e intrigas en “No preguntes mi nombre”, la última obra de María Correa Luna

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen historias que ruedan por el desierto de los tiempos, el viento las impulsa, dudas sobre certezas, verdades sobre mentiras, enigmas que viajan y se esconden en los oasis donde la humanidad entera queda atrapada. Hay arenas que se desplazan y conectan los fragmentos que constituyen el todo, para dar lugar a la identidad de cada parte.

En su nueva obra, la novela “No preguntes mi nombre”, María Correa Luna se adentra en el misterio, se transporta a los orígenes, viaja con el viento y llega al Antiguo Egipto para introducirse en los secretos de sus pirámides y recorrer, paso a paso, cada uno de sus pasadizos. Es allí donde la Historia Universal se revela y ella regresa con un tesoro entre manos que logra soltar sobre el papel. Es ese el punto de partida de una trama cargada de intrigas que deja en suspenso la imagen del final.

—¿Recordás cuál fue la primera escena mental que disparó en vos el nacimiento de esta historia?
—El juicio a los muertos. Estábamos viendo con Rufino, mi hijo mayor, un video en YouTube sobre enigmas -algo que a los dos nos encanta- y uno de esos enigmas hablaba del Juicio de Osiris. Rufino me peguntó de qué se trataba este juicio y, cuando le empecé a explicar, de repente le dije: “Rufi, me acabás de dar la idea para la primera escena y tema del próximo libro”. Ese fue el disparador. Y desde ese momento, Rufino es mi buscador oficial de enigmas, el mejor ayudante del mundo.

—¿Cómo llevaste adelante el proceso de investigación que sostiene el marco histórico de la novela?
—El antiguo Egipto es un mundo que siempre me ha apasionado. Desde muy chica el hallazgo de la tumba del Rey Tut me generó muchísima curiosidad. Durante mucho tiempo quise escribir una historia que se ambientara en las pirámides de Guiza. Fue una aventura adentrarme en el mundo de los faraones, los ritos sagrados de la muerte y los dioses egipcios. Creo que, de todos mis libros, esta fue la investigación que más disfruté hacer. Me divertí muchísimo.

—¿Cuándo y de qué manera te decidiste por el título elegido?
—Barajé varios títulos, pero No preguntes mi nombre rondaba mi cabeza porque era la frase contundente para el cierre de una escena clave del libro. Esas cuatro palabras, que no dicen nada, en determinada situación dicen todo y hacen al nudo de la historia de Verónica.

—¿En qué momento sentiste que Verónica Avalos, la protagonista que formó parte de otras novelas tuyas, merecía contar su propia historia?
—Verónica arranca tímidamente en El último manuscrito, luego, en Operación Esmeralda su personaje empieza a cobrar cierta identidad cuando conoce al agente especial de Interpol Román Benegas y comienzan un romance que, en Custodios del secreto, y contra todo pronóstico, termina con un matrimonio fallido y una separación que, sin embargo, casi no se trata. En Los que corren contra el viento, la historia de Verónica ya tiene vuelo propio, por eso, ya venía pensando en contar su propia historia, así, su pasado oculto y escondido bajo una identidad que no es, en No preguntes mi nombre llega la hora de saber quién es en realidad Verónica Ávalos. Lo bueno es que, si bien los libros están relacionados, no hace falta haber leído ninguno de los anteriores para entender este, son historias que se cruzan, pero individuales en sí mismas.

—¿Quiénes acompañan a Verónica y qué nos podés adelantar de ellos?
—En esta historia Verónica está acompañada por su gran amiga Ana Beltrán, una medica criminóloga forense con quien ha compartido diez años en la Policía Federal; como así también por el comisario Justo Zapiola y el director de Interpol Román Benegas. Entre ellos tres se desarrolla un triángulo amoroso que deberán resolver.

—Al abrir los ojos a la vida que le ayudaste a descubrir, ¿qué tiempo histórico atravesará tu protagonista y arrastrará a los lectores?
—Si bien mis novelas suelen ir y venir en el tiempo, en este caso es bastante contemporánea. Sucede en la actualidad y hay algunos flashbacks a las décadas del ochenta y noventa. Solamente hay un par de entradas que transcurren en los siglos XVIII y XIX, pero en su mayoría sucede entre junio y diciembre de 2019.

—¿En qué escenarios se mueven los personajes de “No preguntes mi nombre”?
—Pasan los años y yo no pierdo las mañas. Me gusta que mis personajes viajen mucho. Recorran lugares y conozcan destinos exóticos. Esta novela no es la excepción. Si bien gran parte de la historia sucede en San Isidro, donde vivo, también recorro Londres, especialmente el Museo Británico y en África la necrópolis de Saqqara y las conocidas pirámides de Guiza egipcias.

—Si pudieras elegir una palabra que encierre la temática principal de la novela, ¿cuál sería y por qué?
—Enigma. Sin duda esa es la palabra que mejor encierra esta historia.  Hay un gran enigma detrás de la vida de Verónica, pero, sobre todo, un enigma tan arcano como el tiempo, que es el de las pirámides, el juicio de los muertos y todos los misterios que encierra este pueblo tan antiguo y enigmático….

—Decinos unas palabras que despierten en los lectores el deseo de transitar con vos esta historia de intriga y suspenso.
No preguntes mi nombre es una historia que cuenta muchas historias. Por un lado, la vida de una agente de Interpol que despierta después de casi un año en coma y, cuando lo hace, se da cuenta que el pasado, ese pasado del que huye desde el mismo día que nació, la ha alcanzado y debe enfrentarlo. Asimismo, cuenta la historia de amor y desamor entre ella y dos hombres que la disputan y cómo la ambición muchas veces nos lleva a lugares insospechados. Y, por último, la historia de un pueblo que ha fascinado a la humanidad desde el principio de los tiempos, un enigma en si mismo, el pueblo egipcio. Pero, sobre todo, este libro es una aventura que ojalá puedan disfrutar.

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Historias Reflejadas

“Deseos”

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Deseos

Miro por la ventana y espero. El tiempo se alarga detrás de los vidrios y crece en líneas rectas. Las hojas cambian de forma y bailan en círculos. Afuera, todo gira. Un manto rayado cubre las palabras, igual que adentro. Las paredes grises se prolongan sobre mi piel, también gris, como si los colores no fueran posibles, como un mandato. Me siento encerrado en un reflejo de rayas sin respuestas.

Bostezo. Un deseo de color se escapa de mi boca y se pega en la punta de mis dedos. Lo miro. Me mira. Lo suelto. Y vuela para atravesar la dureza de los vidrios. Vuela para que las rayas desaparezcan. Algo cambia adentro y afuera. Mi piel cambia sobre las paredes grises y deja huellas.

Espero, como un deseo, que la vida se tiña de colores y vuelva a entrar por mi ventana, sin rayas.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes libros: “Espero”, de Perla Suez con ilustraciones de Natalia Colombo; “Gris”, de Silvi Hei; “El pueblo que no quería ser gris”, de Beatriz Doumerc con ilustraciones de Ayax Barnes; y “Dentro de una cebra”, de Micaela Chirif con ilustraciones de Renato Moriconi.

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Textos para escuchar

Amigos por el viento – Liliana Bodoc

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Julieta Díaz
lee el cuento Amigos por el viento, de Liliana Bodoc.

A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojo con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve mas rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.

Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.

– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
– Me parece bien – mentí.

Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:

– No me lo estás deciendo muy convencida…
– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.

Me vi obligada a levantar los ojos del libro:

– Significa que es tu cumpleaños, y no el mío – respondí.

La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.

– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.

La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrozas hechicerías.

Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.

– Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirándose las manos. – Lo único que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
– ¿Qué te vas a poner? – le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.
– El vestido azul.

Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.

– ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.
– ¿Qué pasa? – me respondió desde la ducha.
– ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?

El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.

– ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.
– Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…

¡Ring!

– Por favor – dijo mamá -, están llamando.

No tuve más remedio que abrir la puerta.

– ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.
– ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.

Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.

– Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.

Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:

– ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?

Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.

– Cuatro años – contestó.

Pero mi rabia no se conformó con eso:

– ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.

Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.

– Fue… fue como un viento – dijo.

Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?

– ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.
– Sí, es ese.
– ¿Y también susurra…?
– Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
– Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.

Pasó un silencio.

– Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y éso que los edificios tienen raíces…

Pasó una respiración.

– A mí se me ensuciaron los ojos – dije.

Pasaron dos.

– A mí también.
– ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
– Sí.
– Mi mamá también.
– ¿Por qué lo habrán hecho? – Juanjo parecía asustado.
– Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

– Si querés vamos a comer cocadas – le dije.

Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizá ya era tiempo de abrir las ventanas.

(Audio extraído del programa Calibroscopio del Canal Pakapaka)

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Literatura

“Ya toqué todas mis melodías”: el británico Julian Barnes anunció su último libro

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PH: WEB - BBC/Roxanne Panthaki

El escritor británico Julian Barnes, una de las figuras centrales de la literatura contemporánea en lengua inglesa, confirmó que “Departure(s)”, su próxima novela, será el último libro de su carrera. A punto de cumplir 80 años, el autor sostuvo que siente haber agotado su repertorio creativo: “Tengo la sensación de que ya toqué todas mis melodías”, afirmó en una entrevista con The Telegraph.

Barnes explicó que el criterio para dejar de escribir no debería ser la posibilidad de seguir publicando, sino la convicción íntima de haber dicho todo lo que se tenía para decir. “No debería escribir un libro solo porque vaya a ser publicado. Hay que continuar hasta haberlo expresado todo, y yo llegué a ese punto”, señaló. Sin embargo, aclaró que no abandonará por completo la escritura: continuará con el periodismo cultural, reseñas y colaboraciones, una actividad que antecede a su trayectoria como novelista.

“Departure(s)” se presenta como una obra híbrida, a medio camino entre el ensayo, el memoir y la ficción. El libro gira en torno al papel del propio Barnes como intermediario entre dos amigos, Stephen y Jean —cuyas identidades permanecen anonimizadas—, que fueron amantes y luego se separaron. La historia retoma muchos de los temas que atraviesan su obra: la memoria y sus fisuras, el amor y la amistad, el paso del tiempo, el envejecimiento y la muerte.

El anuncio llega en un contexto vital particular. Barnes convive desde hace seis años con un tipo raro de cáncer de sangre, controlado mediante quimioterapia oral diaria. “Por ahora, es un empate”, dijo sobre su enfermedad, que —según explicó— contribuye a un debilitamiento progresivo del cuerpo, aunque ya forma parte de su rutina.

Viudo desde 2008, cuando murió su esposa y agente literaria Pat Kavanagh a causa de un tumor cerebral, el autor reveló recientemente que se volvió a casar en secreto en agosto pasado con Rachel Cugnoni, editora y compañera desde hace ocho años, a quien conoce desde hace casi tres décadas.

Con una carrera de 45 años, Barnes publicó 15 novelas y 10 libros de no ficción. Debutó en 1980 con “Metroland”, pero alcanzó el reconocimiento internacional con “Flaubert’s Parrot” (1984). Tras varias nominaciones, obtuvo el Booker Prize en 2011 por “The Sense of an Ending”. También escribe novela policial bajo el seudónimo Dan Kavanagh.

Lejos del dramatismo, Barnes evaluó su trayectoria con gratitud: “He tenido una vida afortunada. Si a los 30 me hubieran dicho que escribiría tantos libros que a tanta gente le gustaría leer, me habría parecido increíble”. Sobre la muerte, concluyó con sobriedad: ya no la teme como antes, aunque reconoce que el final siempre es una incógnita.

(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)

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