Ester Faride Mátar: “No puedo dejar de plasmar en papel la mirada de un niño o de un abuelo en abandono”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existe un lugar al otro lado del horizonte donde abundan las palabras. Son palabras invisibles, movedizas, como ríos de arena que arrastran entre sus partículas el sonido de voces dormidas, como un desierto que habla porque necesita contar una historia.

La escritora rionegrina Ester Faride Mátar, impulsada por las voces ancestrales, decide atravesar la línea del horizonte, llegar al otro lado de los recuerdos y recuperar los fragmentos de esas historias dormidas.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, la autora y poeta camina sobre la arena de la vida y cuenta cómo nació su novela “Adib, ¿En qué lugar del desierto se durmió tu historia?”

—Para comenzar, detengámonos en una imagen del desierto, desde sus arenas emerge una voz que pronuncia dos palabras que te representan, ¿cuáles serían y por qué?
—Dos palabras que me identifican con el desierto. El misterio de su inmensidad y las historias que contienen las huellas de sus caminantes, sean tuareg, bereberes o turistas. Por otra parte, mis abuelos paternos fueron inmigrantes árabes y siempre nos contaban anécdotas de la soledad producto de guerras, hambre y necesidades básicas de subsistencia, cuestiones que los llevaron a trasladarse a la Argentina. En mi imaginario juvenil se arraigaron muy fuertes esas charlas prolongadas y mi fantasía se detuvo ahí.

—¿En qué momento descubriste tu pasión por la palabra?
—Mi pasión por la palabra escrita creo que nació conmigo. Desde adolescente escribía poemas de amor y de desamor, de todo lo que me llamaba la atención o que me tocaba el corazón. Emergían… porque en esa época vivía en un pueblito muy chico, de unos 1.500 habitantes aproximadamente, en pleno corazón de la Patagonia y estábamos huérfanos de medios de comunicación y por ende de la llegada de libros, excepto los escolares. Aun en ese contexto, yo escribía. Cuando los versos no se transformaban en versos eran reflexiones.

—¿Qué cosas pueden llegar a despertar en vos el nacimiento de un poema o un relato?
—Escribo por y con pasión. Soy una observadora innata de todo lo que me rodea, de paisajes, gestos, miradas, fotografías, historias que recuerdo o que me cuentan. Historias de ayer y de hoy. No puedo dejar de plasmar en papel la mirada de un niño o de un abuelo en situación de abandono, el desamparo del hombre de campo, las emociones… esas cuestiones que van y vienen. Cuando vienen uno sabe su esencia, su producto. Cuando se van… ¿a dónde se van?

—¿Cómo llegan al papel las letras que construyen tus textos? Contanos acerca de ese proceso creativo.
—Justamente mis escritos llegan, prima facie, al papel. Siempre un anotador en la cartera y cuando un pensamiento o una idea surge la escribo. Creo que a todos nos pasa lo mismo. La llevo al papel porque pienso que si la retengo en la memoria, después, al escribirla, no tiene el mismo efecto. Después voy juntando mis locuras poéticas, leyéndolas, analizándolas, y muchas se transforman en una prosa, en un relato. Otras quedan sueltas por si acaso una mañana la inspiración me despierta con el cuerpo de esas mismas frases. Observo especialmente las miradas, el pasar de la gente y sus apuros, mis dudas, mis vacilaciones y mis aciertos. Todo es un combo perfecto para escribir. Las vivencias de los viajes, un horizonte cuando el sol cae y el mar no se queja, cuando las estrellas brillan y busco, recordando mi niñez, encontrar siluetas en el cielo o los ojos de la luna.

—¿Cuántas obras tenés publicadas y cuáles son?
—Mis obras publicadas son Cuentos que no son cuentos, Aquél horizonte, De eso se trata, De qué hablamos cuando hablamos, Abrázame vida. Todas ellas cuentos, relatos, prosas. En diciembre de 2019 publiqué mi primera novela romántica (con sustento histórico) titulada Adib ¿En qué lugar del desierto se durmió tu historia? Además, colaboro ad-honorem con reflexiones en revistas de distribución gratuita en Centros Oncológicos de Viedma, Bahía Blanca y Madrid.

—”Adib…”, tu primera novela, tiene su origen en tus vivencias de un viaje, ¿cómo lograste atrapar las imágenes y convertirlas en los escenarios en los que se mueven tus personajes?
—Corría septiembre del 2008 y viajé un mes a Marruecos y Argelia, atrapada por conocer y vivenciar el desierto y su misterio. El guía se llamaba Adib, nombre que quedó guardado en mi memoria. En 2016, integrada al Grupo de Lectoras Marplatenses, me enamoré de las novelas románticas. Comencé a diseñarla en el marco del desierto y cuyo personaje principal es justamente Adib que, traduciendo su nombre, es un ser culto, inteligente, que busca siempre las respuestas. Regresé a zonas orientales, dado que llevo en mi ADN el misterio y la magia de esos lugares con tanta cultura, sabiduría, enseñanzas. En 2018 fui al Desierto de Jordania y continué con la novela, con personajes secundarios que imaginaba mientras vivenciaba mis días en esos lugares. Intenté situar a Adib en un personaje que busca sus orígenes y en ese camino tuvo una vida repleta de frustraciones, de quimeras y de alegrías, que lo llevó a encontrarse en los brazos sedientos de un amor que justamente no fue el de una mujer ni tampoco de otro tuareg o beduino.

—¿Quiénes son y qué características tienen los personajes de Adib?
—El personaje principal, Adib, es un tuareg romántico, inteligente y culto, tímido y a veces atrevido, que desafía al desierto. Busca sus raíces, dado que duda de su identidad, si es hijo biológico o del corazón. Atragantado por las vacilaciones y diferencias generales con sus padres y hermanos. ¿Encontró su verdad?… Tuvo amores desenfrenados. Amina y Ghaada fueron los más fuertes en su vida y de cuyos amores extrajo un pedazo de vida, de suspiros y también de enseñanzas. Evidentemente extraño era que por su condición de nómada no le interesaba formar un harem. Buscaba otra verdad. Pasó por enfermedades, hambre, sed, soledad, compromisos laborales, algunos cumplidos y otros no, deambuló por varios desiertos (Marruecos, Jordania, Argelia), indagando a turistas si visitaban los desiertos por primera vez, dado que intuía que sus orígenes estaban en algún lugar de América del Sur, merced a la cantidad de contingentes que en los años anteriores al 2015 visitaban esos lugares. Además, Amina, que también buscaba sus orígenes había llegado a la Patagonia haciendo un paralelismo entre ésta y los desiertos, pero regresó sin tener respuestas. Otro de los protagonistas importantes es Ayestaré (otro tuareg), amigo entrañable de Adib, quien aceptó su condición de homosexual, difícil en su cultura. A raíz de que éste personaje le donara un riñón a su padre (al padre de Adib), quién había sido trasladado a Madrid en estado de emergencia nacional de trasplante surge la pregunta: ¿Los unía algún lazo sanguíneo?

—¿Por qué creés que esta novela alcanzó tanta repercusión?
—La verdad que ignoro por qué tuvo y tiene repercusión en mi medio, en Río Negro. Yo edito mis libros y los vendo. Me ocupo personalmente de enviarlos a librerías y hacer el seguimiento. Creo que en esta época difícil que estamos viviendo, se busca en la novela conocer otros horizontes, hasta enamorarse de los personajes. Soy una agradecida al Universo por la cantidad de lectores que se quedan con mis letras. Envié a editar más ejemplares en virtud de que, cuando pase la pandemia, tengo encuentros de escritores en varios lugares de mi provincia y son pocos los que me quedan. ¡Gracias a Dios y a Adib! También debo agradecer a la prensa oral y escrita de mi provincia y de otros lugares de la Argentina que siempre me han mimado con reportajes e interesado por mis libros.

—¿En qué proyectos te encontras trabajando en estos días?
—Comencé a escribir otra novela situada en la Patagonia, territorio que conozco, que he caminado y en donde nací.

—¿Cuál es el sueño que te gustaría guardar al otro lado del horizonte?
—Guardo sueños de mis vivencias en los desiertos recorridos. Los tuareg, esos bellos hombres de vestimenta azul, incansables. Cuidadores de su escaso ganado, brillantes en la confección de artesanías, de miradas profundas cuyo estilo de vida es tan diferente al nuestro. Viven el hoy, ven salir el sol en la cima de los dunas, que se tornan cobrizas y de diversos colores, y ejercen el ritual del té de menta a los visitantes. Esperan que pase el día imaginando un mañana con sorpresas. Siempre digo que “llevo en mi esencia el aroma danzante de un sueño oriental”.

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