Facundo Gómez Romero: “La ficción es la mejor herramienta para difundir los secretos de nuestro pasado”

Por Andrea Viveca Sanz (@Andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las fronteras se desdibujan. Todo se funde en las capas del tiempo. Hay palabras que crecen desde el fondo de un silencio, atraviesan las cicatrices, son huellas en la tierra, como viento que barre los recuerdos sepultados para que se manifiesten.

El licenciado en Ciencias Antropológicas y doctor en Arqueología Facundo Gómez Romero ha atravesado las fronteras de la Historia, sus huellas y sus silencios, el vacío, con el fin de llegar más allá, a los estratos olvidados, los sitios que la ficción le permitió recorrer con su propia voz.

En diálogo con ContArte Cultura, el escritor presenta sus mundos inventados y cuenta sus vivencias en el camino de la búsqueda histórica.

—Vamos a comenzar con un juego de presentación. Si pudieras elegir un objeto que represente el espíritu de algún pueblo originario con el que te identifiques, ¿cuál sería? ¿Qué dice de vos ese objeto?
—Sin lugar a dudas elijo la bola de boleadora de piedra pulida con o sin acanaladura. Arma de defensa y de caza ancestral de los pueblos originarios de nuestras llanuras bonaerenses ya desde hace unos 10.000 años atrás. Para mí, son enteramente representativas; de hecho, media boleadora de estas fue el primer objeto arqueológico que encontré siendo un niño recorriendo el campo a caballo con mi padre, la vi desde arriba y me bajé a levantarla; todo un anticipo de lo que sería mi vida y la relación mía con los objetos esenciales de los pueblos indígenas pampeanos.

—¿En qué renglón de tu pasado ubicarías el origen de tu vocación por la antropología y la arqueología?
—En mi más tierna infancia. Provengo de una familia con estrecha relación con el campo y con hondas raíces en la zona sur del partido de Azul, provincia de Buenos Aires. Allí, en los campos de los Gómez Romero, existió el Fortín Miñana (1860- 1863). De muy niño jugaba con mis hermanas y mis primos a los indios y a los soldados en los fosos de dicho emplazamiento, y creo que en esas coordenadas espacio-temporales cargadas de significación histórica empezó todo.

—¿Qué te llevó a contar la Historia desde la ficción?
—Siempre leí y respeté mucho al relato histórico ficcional de calidad, y con el correr del tiempo me di cuenta que podía enriquecer mi formación académica ensanchando el horizonte permitiéndome escribir en clave de ficción. Tal posibilidad tiene al menos dos ventajas muy importantes respecto del escrito científico o académico: una es la posibilidad de acceder al gran público, lo cual es impensable en el otro registro, esta “vuelta de tuerca” del relato histórico ficcional lo hace tremendamente popular sin retroceder en nada en cuanto a la calidad de información histórica vertida en el mismo. Es la mejor herramienta que conozco para difundir los secretos de nuestro pasado. Y la otra es la enorme libertad que permite este tipo de escritura, plena en el uso de metáforas y rica en sustanciosas adjetivaciones, las cuales son impensables en la narrativa académica.

—¿Cómo nacieron tus primeros cuentos criollos?
—Comencé a escribirlos en el año 2006, vivía en Barcelona y estaba escribiendo mi tesis doctoral becado por el gobierno catalán. Creo que fue una manera de, por un lado, reverdecer mis raíces camperas en el exilio y, por otro, una buena forma de hacer catarsis al tener que escribir centenares de páginas en lenguaje académico. Aunque debo decir que se me escapaba cada tanto la prosa florida y que mi director de tesis, el investigador catalán Jordi Estévez, me permitía hacerlo. Muy agradecido a Jordi por ello.

—¿Cuáles creés que fueron las principales fuentes de inspiración de los personajes de esos cuentos?
—La mayoría surgieron de mi niñez y juventud en el campo. Acompañaba a mi padre, Don Jorge Gómez Romero, en todos los trabajos de campo: arreaba vacunos (a veces en viajes de varios días y centenares de kilómetros); apartaba; vacunaba; embretaba, entro otras tareas. Papá, además del establecimiento familiar, administraba otros siete campos en la zona centro-sur de la provincia de Buenos Aires, y a su vez tenía con sus hermanos un campo en el sur de Entre Ríos. Y yo lo acompañaba a todos lados. Así tomé contacto con el hombre de campo, sus maneras, su lenguaje y, más importante aún, sus silencios. Los personajes de mis cuentos se encuentran sin lugar a dudas inspirados en ellos y también en toda mi amplia lectura de literatura gauchesca por un lado (Justo Sáenz; Benito Lynch; Martiniano Leguizamón, entre otros) y los personajes clásicos de la “gauchesca” de las revistas El Tony, D’artagnan, Fantasía y Nippur Magnum de la editorial Columba. Otra fuente de identificación de personajes es la imagen, más precisamente las de los cuadros de mi primo Augusto Gómez Romero, excelso pintor de las cosas nuestras. Muchas veces es observar tal o cual imagen que me envía por mail, para que de allí surja un cuento o un personaje para el mismo. Tremenda obra la de Augusto, googléenla, vale la pena.

—Las pulperías, los fortines y las tolderías suelen ser los principales escenarios de tus relatos, ¿cómo lograste reconstruir esos espacios para narrar aquello que no había contado la Historia?
—Empecé junto con el arqueólogo Mariano Ramos, excavando el ya mencionado Fortín Miñana, en el año 1992. Este fue el primero de este tipo de yacimientos investigado en la historia de la arqueología argentina, y lo hicimos Mariano y yo, codo a codo, impulsados por el apoyo del gran arqueólogo argentino Luis Orquera. Con el correr de los años llegaron otros fortines, pulperías, tolderías y campos de batalla de la época. Los restos recabados en cada uno de estos símbolos de aquellas viejas formas de vida de nuestras llanuras, terminaron plasmándose en los relatos literarios.

—¿Cuál fue el punto de partida de tu novela “Las Galván”?
Las Galván surgió a partir de la continuación del último cuento de mi libro La letra del malón, publicado en 2015. El relato se llamó Amores pampas y versaba sobre la historia de amor entre una rubia pulpera y un indio amigo. Cuando terminé la escritura del relato apremiado por la pronta publicación del libro, en la serie Pueblos Originarios, que dirigía en la Editorial Del Nuevo Extremo ese buen amigo y excelente investigador que fue Carlos Martínez Sarasola, a quien todavía extraño y extrañaré siempre, me di cuenta que la historia “pedía más”. Y la continué y la continué, florecieron nuevos personajes, nuevas historias y cuando quise acordar, despacito y al tanteo, ¡había escrito mi primer novela!

—¿Qué elementos de la realidad te sirvieron para dibujar con tus palabras los rasgos físicos y psicológicos de los protagonistas?
—Diversos. La realidad es plástica y multiforme en la tarea literaria y la inspiración para los personajes surge en los momentos y en las circunstancias más inesperadas. Felizmente no existe una regla fija para ello. Por ejemplo: en “Las Galván” tuve que vérmelas con mi bisabuelo Don Fortunato Gómez, que fue agrimensor, peleó en la guerra del Paraguay (1865- 1870) y midió campos en toda la provincia. No tengo el dato real, pero tal vez haya estado como agrimensor en la llamada “Zanja de Alsina”, que es uno de los escenarios claves de la novela. Entonces, hice aparecer allí a mi bisabuelo, del cual poseo alguna que otra foto y poco más y casi no hay historia oral familiar de él porque murió hace muchísimos años, en 1905, es decir, hace 115 años. Por lo tanto, yo nunca hubiera podido conocer a alguien de la familia que lo hubiera conocido, entonces, tuve que “crear” al personaje casi al cien por ciento, y diagramar para él un carácter y una forma de ser acorde con la época y con su posición social, y tal libertad de acción sólo es posible en la ficción histórica.

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando actualmente?
—Bueno, el “actualmente” para el escritor siempre refiere a la obra que todavía no está publicada. Uno bien puede haber terminado un libro o un relato, pero, si este todavía no fue enviado a publicación, ese magma de frases y párrafos está permanentemente sujeto a correcciones y modificaciones efectuadas por la mano de su creador. En la pandemia escribí la continuación de Las Galván, que es la historia de los hijos de las tres hermanas, y también escribí la primer parte de la historia que es la de los padres de Lucía, Raquel y Elenita. Es decir que ya tengo una trilogía que abarca ochenta años de historia argentina, de 1840 a 1920, más o menos. Y por estos días, estoy escribiendo un volumen de relatos que suceden todos en la época de Juan Manuel de Rosas.

—Para terminar, ¿qué deseo te gustaría dejar enterrado en este estrato de la Historia?
—El deseo de que respetemos siempre la memoria de quienes nos precedieron en el camino de la vida. Eso es la historia, no un pasado de fechas fijas y rígidos personajes revestidos en mármol sino la recreación de las existencias de seres humanos como nosotros, llenos de errores, sujetos a pasiones, a desvaríos diversos, a locuras maravillosas, y a empresas encomiables pero, en definitiva, llenos de vida, tal como quienes transitamos nuestra época. De esta manera, cuando ésta definitivamente pase, las plumas del futuro se encargarán de historiarnos a nosotros.

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