Gabriela Margall: “‘La Institutriz’ es una novela donde el amor tiene que someterse a muchas pruebas”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los secretos recorren los pasillos, se esconden en los escalones de una casa fracturada por el misterio. Hay pies que arrastran el peso de un pasado oscuro, marcan el ritmo. Las voces se enredan en un canto que deforma las palabras. Algo se mueve en la quietud. El mapa se despliega. Es momento de volver al punto de partida.

En “La Institutriz”, la última novela de Gabriela Margall, las palabras oprimen el aire que habita entre las letras, la atmósfera se vuelve densa y el misterio rueda de una página a la siguiente, como si fuera un hilo que une los puntos de una historia encerrada en las paredes, como si el misterio dividiera la casa, cuya respiración se ha detenido en el tiempo.

—Siempre existen detalles (un objeto, un olor, una textura) alrededor de los cuales se tejen las historias. ¿Recordás cuál fue el detalle o la situación que disparó la escritura de “La Institutriz”?
—Son dos procesos diferentes. La Institutriz nace de un conjunto de lecturas a lo largo de mi vida. Los detalles, en cambio, nacen de la propia escritura de la novela y de la creación del personaje. Los detalles ayudan a darle peso a la personalidad del personaje o a demostrar algo sin necesidad de decir que el personaje “estaba triste” o “se sentía solo”. 

—¿Cómo se manifestó Elizabeth Shaw, tu protagonista femenina? ¿La percibiste primero físicamente o su esencia apareció antes y a partir de ahí surgieron sus rasgos físicos?
—No hubo una manifestación “mística”. La protagonista surge de un trabajo de reflexión y de lecturas. Mi objetivo era escribir sobre una institutriz y comencé a pensar “¿quién es?”, “¿de dónde es?”, “¿cómo llega a ser institutriz?”, “¿cómo se relaciona con su trabajo?”. Las características físicas del personaje son una parte de su creación, pero no la más importante, y surgieron en función del argumento.

—Elegiste como punto de partida un escenario opresivo: una casa fracturada por secretos y misterios. Contanos cómo construiste ese lugar, que en sí mismo es otro personaje.
—La creación de la casa fue un proceso importante. Como la institutriz trabaja en una casa particular quería que esta casa en particular estuviera bien “personificada”, así que me detuve bastante en entender cómo era. La casa tenía que reflejar lo que pasaba en la familia: la fractura, el lujo desgastado, la pérdida de la esperanza, los secretos que apenas se esconden. También me concentré en la sensación de que era una casa que estaba a punto de morir o agonizante pero donde había algunos lugares vivos. 

—¿Qué te llevó a ubicar a tus personajes en ese tiempo histórico y no en otro?
—Como soy historiadora el proceso es al revés: primero está el tiempo histórico y después los personajes. Si ya tengo una época determinada entonces ya sé qué características básicas van a tener los personajes, qué pueden hacer y qué no. Tenía muchas ganas de trabajar sobre el comienzo del siglo XX y esa fue una de las primeras decisiones que tomé sobre la novela.

—Y hablando de ellos, ¿cómo llevaste adelante el proceso de investigación para recrear las costumbres de la época y vestirlos para cada circunstancia?
—Como decía en la respuesta anterior, tenía ganas de escribir sobre el inicio del siglo XX y eso es porque ya lo conocía: una de mis novelas anteriores, Lo que no se nombra, también transcurre en esta época, así que tenía libros y material ya preparado. Me documento mucho con imágenes, suelo hacer tableros de Pinterest para las novelas y me fijo mucho en la ropa y qué usaba cada grupo social y, a partir de eso, pensar qué usa cada personaje y en qué circunstancias. Por ejemplo, en el inicio de la novela la ropa de Tomás Hunter es de calidad pero está gastada y esa es una expresión de su estado emocional. 

—Hay detalles en tu novela: un techo donde se despliega un mapa, hay mapas más allá del techo, justo en una habitación que funciona como refugio. ¿De qué manera trabajaste para encontrar la arquitectura y decoración de las casas en las que habitan tus personajes y cuyas emociones se ven reflejadas en esos detalles?
—Siempre parto de esta idea: toda descripción debe decir algo del estado emocional de los protagonistas. De otro modo serían párrafos que no tienen importancia. El estudio de Tomás habla de su estado emocional, como si fuera una proyección de sus sentimientos. Lo mismo ocurre con la ropa o con los objetos que poseen los personajes: hablan de ellos, dan una nueva muestra de sus emociones.

—¿Qué nos podés adelantar de Tomás Hunter, el protagonista masculino de esta novela? ¿Podrías elegir una palabra que lo defina? ¿Y de Toby?
—Que es un hombre bueno, un buen padre sobre todo, y que después de años de no saber qué hacer, encuentra la solución a sus problemas. Y Toby es un perro con suerte.

—¿Cómo manejaste la creación de esas misteriosas mujeres atrapadas por la locura?
—No fue fácil porque no quería que fuesen escenas ridículas, sino incomprensibles. Así que me preguntaba “¿qué cosas pueden ser incomprensibles pero al mismo tiempo pasar por rarezas?” y fui definiendo a esas mujeres y su estado mental.

—¿Existe un capítulo donde se respire amor sin tensiones?
—Sí, pero es una novela donde el amor tiene que someterse a muchas pruebas.

—¿Cuál fue la emoción predominante al poner el punto final de esta historia?
—Satisfacción. Es una novela en la que trabajé mucho, quería que los detalles fueran absolutamente necesarios, precisos, que las descripciones tuvieran peso y que las acciones de los personajes fuesen totalmente coherentes. Fue un trabajo arduo pero el punto final es satisfactorio.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*