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Entrevistas

Hania Czajkowski: “Estamos siempre inspirados, el tema es saber entrar a esa zona de inspiración”

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Por Andrea Viveca Sanz
y Walter Omar Buffarini

En los muchos senderos del tiempo, multiplicado en líneas invisibles que se conectan a través de la magia, Hania Czajkowski logra encontrar las palabras que dan forma a una historia en la que es necesario regresar al pasado para sanar el alma.

La autora se entrega a un largo proceso de investigación en el que recorre cada uno de los escenarios, que más tarde dibuja con sus letras y da vida a personajes capaces de viajar con ella por las líneas del tiempo para regresar con una novela que, sin dudas, atrapará a miles de lectores. Porque volver, desandar el camino de nuestros ancestros y encontrarnos en las innumerables vueltas del destino es el secreto para avanzar.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora abre las puertas mágicas, necesarias para descubrir los misterios que se esconden del otro lado y presenta Kalinka, su último libro, en el que nos invita a recorrer el Camino Blanco.

—¿Desde cuándo transitás el mundo de la literatura?
—Desde siempre. Siempre escribía lo que me pasaba, desde chica. Después, circunstancialmente fui arquitecta, y ahora la gente me pregunta ¿cómo hiciste para pasar de la arquitectura a la literatura? y entonces les contesto que en realidad fue al revés. La arquitectura se metió como en un paréntesis en mi vida de escritora.

—¿Y durante ese paréntesis te olvidaste de las letras?
—No, para nada. Siempre seguí estudiando distintos temas. Cuando cursaba el segundo año de la facultad, me encontré con el libro “El misterio de las catedrales”, del alquimista Fulcanelli, y cuando empecé a estudiarlo me dije “este es mi mundo”. La arquitectura me llevó ahí, a descubrir ese universo de las catedrales, de los iniciados, de las órdenes, de los constructores, del símbolo. En ese mismo tiempo comencé a indagar en paralelo todo los temas místicos y esotéricos. Después de recibida hice un pequeño ejercicio de la profesión para luego trabajar en relaciones públicas, contratada en un holding de empresas. Cuando aquello terminó, cuando perdí ese trabajo, me tomé un año sabático en el que estudié mucho con un teólogo en angelología, en una época en que nadie hablaba del tema, y comencé a desarrollar mi primer libro, “Jugando con los ángeles”, que incluye un juego de cartas con mensajes. Esos fueron los primeros pasos profesionales en el camino de la escritura, algo que, sinceramente, nunca había imaginado.

—¿Fue hallar tu verdadera profesión?
—Mi vocación siempre fue escribir, pero nunca lo veía como una profesión, más bien era como una forma de expresarme para mí misma, y así el camino me llevó a ser escritora. Yo quería ser azafata, quería ser guía de turismo, en una época me dio por estudiar Bellas Artes en Boston, para ser pintora. Y ahora me encuentro que estoy haciendo un poco de todo. Porque estoy haciendo de guía de turismo en los viajes en los que llevo grupos y vamos haciendo seminarios. Los próximos serán a Grecia y Praga, en Octubre.

—¿Cómo fue escribir sobre los mundos sutiles?
—Para eso investigué las tradiciones europeas, mucho. Porque mi mamá me contaba muchos cuentos de hadas desde muy chica y ella fue la que me inició en este camino. A los nueve años mi papá me inscribió en la biblioteca del pueblo y entonces yo iba y me llevaba tres o cuatro libros, y me encerraba y leía. Desde ahí viene mi interés por las hadas y los dragones. También mamá me leía muchos textos de la tradición polaca.


En el libro ‘Jugando con los ángeles’ hablo de tres cielos. El primero es el de la inocencia; el segundo es cuando debemos entrar en la racionalidad para desarrollar precisamente la razón; y después se ingresa al tercer cielo, donde se retoma lo de la infancia, pero con conciencia, entonces te vas a vivir a los mundos paralelos, a entrar y salir de ellos sin quedarte pegado en ninguno de ellos.”


Caminos y rumbos 

—Contanos sobre tu “gen nómade”.
—Nací en Buenos Aires, pero soy de todos lados. Por eso hablo de que tengo un gen nómade. Por esa razón mis protagonistas son nómades también. El gen nómade no te permite quedarte mucho tiempo. Está conectado con el cambio permanente, que es la realidad de la vida. Lo que sucede es que cuando tenés una rutina, un marco de seguridad, te olvidás de que la vida es todo el tiempo cambio, que no hay nada seguro. Entonces sí, soy esencialmente una nómade. De casualidad hace unos meses que estoy acá, en Argentina, pero estuve viviendo en México y en distintos lugares. Y no sé por cuánto tiempo me quedo, aunque ahora estoy disfrutando el estar aquí.

—¿Y te sentís de acá?
—Yo soy como una extranjera en cualquier parte, o como ciudadana de todos lados. Te acostumbrás a que todo el mundo es lo mismo. Cambia el idioma, y la escenografía un poco, pero los temas humanos son siempre los mismos. Siempre es la misma búsqueda.

—¿En qué te ayudaron tus libros?
—A apoyarme en un camino que siento que es el mío. Yo quería tener una especie de confirmación del universo. Como nunca pensé en ser novelista ni ser escritora, ni en dar seminarios, lo voy haciendo con suma honestidad y esperando la respuesta del universo que me diga “es por acá”.


Un viaje en el tiempo llevará a la protagonista hasta la mágica Praga del siglo XV, para sanar su linaje ancestral y reencontrarse con su amado. Juntos descubrirán el secreto de la eterna juventud y regresarán al presente para revelarlo.

Kalinka es una artista nómade, una viajera hippie y soñadora, pero a pesar de su espíritu aventurero y atrevido, está desconsolada por el inexplicable abandono de Iván, su gran amor. Llora y deambula perdida en las calles de Antigua sin entender la razón de su partida. Petra, una amiga de la adolescencia, la rescata y la contacta con un misterioso brujo maya quien le da el poder de viajar a través del tiempo para encontrarlo de nuevo.

La cita será en Praga, en el año 1573, la época de oro de los alquimistas. Allí, Kalinka descubre su misión, un Camino Blanco que la inicia en poderosos secretos alquímicos. En medio de grandes aventuras, conoce a Giordano Bruno, al alquimista Bavor, al emperador Rodolfo II, al Rabino Loew, al Conde Saint Germain y a muchos otros personajes míticos del Renacimiento.

Kalinka trae al presente el “Cuaderno de Milagros, Encantamientos y Maravillas”, y el poderoso secreto para lograr la ansiada y eterna juventud. No se trata de un elixir, sino de un misterioso entrenamiento espiritual que todos podemos seguir. Pero hay una condición: derrotar a los siniestros Oscuros que por siglos han evitado que este y otros importantes conocimientos místicos sean revelados.


—¿Qué podés contarnos de “Kalinka. El Camino Blanco”?
—Kalinka es un viaje a otras vidas, a sus ancestros. Ella tiene una vida perfecta, porque viaja, tiene un amor con el que son muy libres, él es artesano y ella pintora, y de pronto él desaparece y ella no entiende por qué la deja, qué fue lo que pasó. Así empieza la novela. A ella le encargan una misión que tiene que ver con el Camino Blanco, el de los alquimistas, que es el camino de la certeza, con todas las dudas que tiene nuestra sociedad. Y de la grandeza también. Precisamente lo más importante de Camino Blanco, aparte de su contexto espiritual, es la grandeza. Salir de la mediocridad, de lo chiquitito, de los miedos, de la uniformidad.

—¿Cómo elegiste los personajes?
—No los elegí, simplemente vinieron. Estudié mucho alquimia y estuve tres veces en Praga investigando, entonces, estando en los lugares los personajes aparecieron solos, se me presentaron.

—¿Cuánto tiempo te llevó escribir esta obra? 
—Alrededor de cuatro años. Después de publicar Morgana, que salió en 2013, recién este año se editó Kalinka, pero de esos seis años debo haber estado cuatro escribiendo.

—¿De dónde surgió el nombre?
Kalinka me apareció por una canción rusa que es muy alegre. Así, apareció. A todos los que estamos conectados con el arte nos aparecen las cosas.

—¿Y también sentís que la historia “apareció”?
—Yo misma me sorprendí por cómo se fue armando la novela, porque creo nunca hubiera podido crear esas tramas entre los personajes. Solo con la razón no lo hubiera podido crear. Porque se unen tiempos, espacios, vínculos entre ellos, causas y efectos, que yo misma, cuando después lo leía, me sorprendía.


“En el rubro novela yo era una mosca blanca y no he dejado de serlo. ¿Quién escribe novelas en la espiritualidad? Casi nadie. Paulo Coelho, James Redfield, y pocos más. Nunca supieron dónde poner mis novelas en las librerías, pero esta vez tuve una alegría enorme al ver a Kalinka, en la librería Cúspide, como novela romántica. En ese momento me dije ‘si, Kalinka es una visión romántica de la espiritualidad, ni científica, ni técnica’.”


—¿Necesitaste un lugar en particular para escribir?
—No, yo puedo escribir en cualquier parte. Si surge, puedo hacerlo en un café lleno de gente. Respecto de lugares geográficos, a Kalinka la escribí mayormente en Grecia, que tiene una energía muy especial, particularmente en Creta. Pero también lo hice en México, en Alemania.

—La saga se inicia con “Morgana. El Camino Naranja”, sigue con “Kalinka. El Camino Blanco” y se completa con una tercera parte ¿siempre supiste que eran tres caminos?
—No, hay muchos más. Cuando inicié con Morgana sabía que había muchos colores más, pero para acotarlo para la editorial lo presenté como una trilogía: Camino Naranja, Camino Blanco y Camino Rojo. Pero esto sigue, y por lo menos serán siete, que tienen que ver con distintas disciplinas.

—¿Cuándo empezaste a escribir “Morgana” ya sabías de estos primeros tres caminos?
—Recuerdo el momento perfecto cuando me apareció el tema, porque era tanta la información de Morgana, que no entraba en un solo libro. Entonces me dije “esto lo voy a tener que dividir”, estaba en Guatemala, en el hostel que menciono en Kalinka, en Monte Rico, y ahí aparecieron los tres caminos.

—Contaste que la próxima novela será el Camino Rojo, ¿ya sabés quién la protagonizará?
—No sé aún su nombre, pero sí que va a ser mujer. No conozco tanto la psicología masculina, estoy tratando de descifrarla, entonces no me animaría a escribir con un protagonista hombre.

Viajes y lugares

—¿Cuando salís de la Argentina siempre sabés a qué lugares vas a ir o simplemente se cruzan en tu camino?
—Mayormente sé cuáles serán mis destinos. Por ejemplo, hay un lugar que quiero explorar próximamente que está en la India. Se llama Auroville y es una comunidad que se creó en los años 60. Hoy es una ciudad con 30 mil habitantes, que tiene distintos barrios y que en cada uno de ellos tiene un hostel. Es un experimento que salió muy bien y que no estuvo marcado por el hippismo, sino que de entrada se armó como una cooperativa. Estuve en San Juan La Laguna, en Guatemala, en un lugar de cooperativas de mujeres impresionante. Y mayormente son ese tipo de lugares, porque busco que tengan algo místico y también social.

—¿Quién te acompaña en estos viajes por el mundo?
—Todo este tiempo me acompañó mi esposo, que es un alemán loco, aventurero también, pintor. Es una relación también un poco nómade. Yo también hago mucho en soledad, puedo hacerlo, pero en realidad nunca estoy sola porque estoy en hostels y siempre tuve afinidad con el tema de las comunidades. En realidad, no viviría sola en un departamentito en ningún lugar del mundo.

—¿Y en la Argentina encontrás de esas comunidades?
—Si, un montón. Pero ahora es tiempo de escuela en comunidad, porque todavía no está la conciencia como para compartir una parte de tu vida, de tu tiempo, en pos de que el bien común sea tan importante como el propio.

—¿Los retiros que organizás tienen que ver con visitar esos lugares?
—No. Los retiros son comunidades que armo por tres días con mis lectores. En esos viajes, cuando llega la gente que va a participar yo les digo “esto es una comunidad, si bien es un viaje y podemos estar disfrutando del Caribe, acá el bien común es más importante que el de cada uno”, así logramos verdaderos aprendizajes de convivencia.


Nosotros somos muchos personajes, los llevamos dentro. Nuestros ancestros somos nosotros. No son otros, somos nosotros en otras vidas. Las líneas genéticas nos unen a todos.


—¿Puede decirse que los libros son tu propia necesidad de contar estas cosas?
—Sí, seguramente. Yo escribo lo que vivo, no vivo para escribir. Nunca me encerraría en un lugar a escribir y vivir de la fantasía. Trato de vivir las cosas y después las comunico. Pero más que una necesidad es casi como una consecuencia. La escritura en mi existir es una forma de vida, porque siempre funcioné de esa manera. Cuando tenía que resolver algo, lo escribía. Esa es la razón por la que todos los personajes tienen que ver conmigo.

—Hablamos de tu profesión de arquitecta, pero no de cómo llegaste a ella, ¿qué te llevó a elegir esa carrera?
—Todo surgió de la idea de estudiar Bellas Artes en Boston, donde tenía una beca que finalmente no llegué a tomar porque extrañaba, no soportaba a los 16 años estar sola en Estados Unidos, a pesar de tener todo un mundo abierto. Cuando volví a la Argentina, acá todo debía ser más práctico, y mi papá me dice: “A ver nena, ¿qué vas a hacer con el arte?”, entonces llegó el momento de sentarnos en familia y llegar a la conclusión de que la arquitectura era algo práctico y también incluía al arte.

—¿Te resultó difícil la carrera?
—Con las materias de arte, de diseño y de arquitectura propiamente dicha me llevaba bárbaro, pero cuando llegamos a las instalaciones, las estructuras, me decía “qué me importa por dónde van los caños”. Y si bien eso me sirvió para reconfirmar que lo que me gustaba era el arte, también descubrí que la arquitectura era una profesión iniciática. Muchos iniciados pasaron por la arquitectura porque tiene los secretos de la magia. Porque vos pasás de una idea a un esbozo, a un plano, y de ahí a las tres dimensiones. Es como construir un estado en equilibrio: primero tenemos la idea, después la vamos definiendo, después entramos en acción y finalmente se materializa. Entonces, a pesar de que primero pensaba que no, después me di cuenta de cuánto tenía que ver con lo que más me gustaba.

Responsabilidades e inspiraciones

—Al estar realizando tantos viajes, ese ir y venir por el mundo, ¿cómo manejás tus tiempos con la editorial?
—Particularmente estos seis años no lo manejé (risas). Me dieron un tiempo y no lo cumplí, me tuvieron mucha paciencia. Pero siempre trato de cumplirlo, porque es un compromiso que uno asume. El tema es que uno no escribe cuando se inspira, no es así, eso es para los principiantes.

—¿Cómo es eso?
—Simplemente uno se pone en un “modo x” que ya se acostumbra a estar ahí, se sale de un mundo habitual y se alcanza otro plano del que se puede entrar y salir, y escribir cuando una quiere, salvo que existan grandes temas emocionales, personales o también materiales, que te traben. Una no puede decir “escribo solo cuando me inspiro”, no, estamos siempre inspirados, el tema es saber entrar a esa zona de inspiración. Y esta no es algo espontáneo que viene sin control. Es voluntario, porque se ingresa a un estado alterado de conciencia, pero después se aprende, sin drogas ni ningún tipo de estímulo, con meditación, con oraciones y con una forma de vida en donde se entiende que hay varios mundos paralelos y se aprende a transitar entre ellos. Es más, Kalinka aprende a viajar entre los tiempos, y eso todos lo podemos hacer.

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Entrevistas

Cynthia Edul repasa “El punto de costura”, una obra donde lo familiar y lo laboral disparan y sostienen la historia

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es un hilo más otro hilo. Y otro. Manos urdiendo la trama, el lenguaje de los dedos, un sonido que teje. 

Es una palabra encima del hilo, las voces cosidas, el acento en la aguja, un hilván que sostiene.

Es la tela y el hilo en la tela, la tijera y el silencio, texturas superpuestas, voces asomándose entre los puntos, una costura del verbo.

Es antes y después, todos los hilos y todas las palabras, la sintaxis de la trama.

“El punto de costura” es una obra que se introduce en el universo textil, una trama tejida con hilos personales que se expande más allá del escenario.

En diálogo con ContArte Cultura, Cynthia Edul, autora de los textos, directora y responsable de la lectura en la obra, tira de un hilo y de otros, indaga, cose y corta con su voz, con los sonidos que despiertan, texturas y nombres, en el punto de sus propias costuras.

—Sin dudas a lo largo de nuestras vidas existen hilos de historias que nos cosen por dentro, palabras en las telas de los cuerpos, costuras que nos definen. Para comenzar y a modo de presentación, si pudieras elegir la imagen de una “costura” que te represente, ¿cómo sería? ¿Qué hilos formarían parte de esa trama?

—Creo que la imagen textil que me representa es el Boro. En Japón es un tipo de costura como el patchwork que se hace con retazos y esas prendas se heredan de generación en generación. Cada generación sigue usando ese traje y las memorias de toda la familia se conservan en ese texto.

—Y porque hay hilos que permanecen a lo largo del tiempo, nos gustaría llegar a los orígenes, a tu propio primer punto de costura. ¿Qué vivencias personales te acercaron al mundo textil?

—En mi caso, mi familia paterna se dedicó a lo textil. Desde que llegaron de Siria se iniciaron en ese rubro, así que la tradición del trabajo familiar era ese. Y también el mandato de ese negocio pesaba mucho en mi familia. Yo me dediqué a la literatura, pero siempre estuve involucrada en el negocio familiar y en la pandemia me tuve que hacer cargo… no tuve opción. Entonces empecé a escribir sobre qué sentidos puede tener regresar a los oficios familiares, a la historia del trabajo familiar y recuperar mis experiencia con todo ese mundo.

—¿Cuáles fueron los disparadores para empezar a poner en palabras esas vivencias hasta llegar a dar vida a tu obra “El punto de costura”?

—El primer disparador, como comentaba antes, fue el regreso a los oficios familiares textiles en primera persona. A partir de ahí comencé a construir esa primera línea, que tenía que ver directamente con el motivo del regreso. Después empecé a tirar hilos que se relacionaban con la historia familiar: la historia del algodón, las historias de las hilanderas. Y a sumar otras como las historias de opresión y de resistencia a través del textil. Recuperando eso fui reencontrando las vivencias personales, a la luz de otras vivencias, históricas y sociales.

—Toda la escenografía da cuenta de ese universo donde una trama se superpone a la otra, la palabra y la imagen, el sonido y las texturas, ¿quiénes colaboraron en el proceso creativo del mundo textil sobre el escenario?

—La escenografía fue algo que fuimos construyendo con María Venancio y Nicolás Zuñiga, en un principio, y luego con Sebastián Francia. La idea era hilar texto, imagen y sonoridad, construyendo de alguna manera las mesas de costura. En una trabaja Guillermina Etkin y en otra yo, con un espacio que es la alfombra, el espacio textil tan sagrado para muchas religiones también. Y así, simplificando pero dándole sentido específico a cada función, fuimos construyendo ese espacio, que tiene en el centro al telar y la máquina de coser. Dos elementos que se vuelven centrales en el relato.

—También hay un trabajo muy interesante con la música, un paisaje sonoro que se une a la voz y al piano para crear texturas nuevas. ¿Cómo fue el trabajo con Guillermina para lograr esa fusión de sonidos que ayudan a narrar?

—Con Guillermina leíamos el texto y a partir de eso ella empezaba a componer sonoridades, canciones, tonos, que expresaran el sentido profundo que le provocaba lo que leía. Así que fuimos buscando parte por parte, investigando la sonoridad en cada momento. Además, teníamos una premisa que era usar los textiles como elementos sonoros: de ahí el telar, la máquina de coser, las telas, el costurero y la amplificación de esos sonidos que, como decía John Cage, “actúan”.

—Para concluir, detengámonos entonces en esos sonidos. Si pudieras elegir el que represente el espíritu de la obra, ¿cuál sería y por qué?

—Difícil pregunta, pero si tengo que elegir uno: la máquina de coser. Ese sonido mecánico y al mismo tiempo familiar, ese objeto con el que trabajaron nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías. Hay está el espíritu de las mujeres costureras. Creo que ese representa muy bien el espíritu de la obra.

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Gabriela Margall: “Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El fuego arrasa, incendia los nombres. Es la guerra sobre el amor, que resiste y se deja abrazar por las llamas. Hay una revolución en los cuerpos, una intuición de libertad, como si adentro y afuera se encontraran en una misma batalla.

Y es que los combates se dan primero en los cuerpos, en las ideas capaces de encender otras chispas y alimentar otras llamas.

Tres mujeres, tres historias atravesadas por el fuego y por la guerra. Tres deseos de libertad encerrados en aquello que no puede nombrarse, pero igual crece.

La trilogía de Gabriela Margall, que incluye sus novelas “Si encuentro tu nombre en el fuego”, “Con solo nombrarte” y “La viajera del sur” y fue publicada por Del Fondo Editorial, recorre los tiempos de las invasiones inglesas y de las guerras napoleónicas para sumergir a los lectores en tres historias de amor capaces de resistir cualquier batalla.

ContArte Cultura charló con la autora e historiadora para acercarnos al proceso de escritura de esta saga, cuyas protagonistas seguramente serán capaces de trascender las páginas que las contienen a través de cada lectura.

—La guerra y la libertad son dos temas que atraviesan tu trilogía. Entre las páginas se desatan revoluciones históricas pero también las personales. Vamos a detenernos ahí. Para comenzar esta charla y a modo de presentación, hagamos foco en esos movimientos personales que te llevaron a escribir a las protagonistas femeninas de estas novelas. Si pudieras elegir dos cosas de esas mujeres en las que te veas reflejada, ¿cuáles serían?

—No siempre construyo personajes porque me reflejo en ellos. Si hago una historia de las protagonistas, probablemente no haya muchas características similares. De hecho, me gusta trabajar con personajes y elementos que no tienen que ver conmigo, porque lo que me interesa es la reconstrucción de un período histórico y qué ocurría con los seres humanos dentro de ese tiempo. 

—Como todo tiene un comienzo y un final que suelen tocarse, nos gustaría llegar a ese punto de contacto: ¿Qué fue lo que te movilizó para escribir aquella primera novela “Si encuentro tu nombre en el fuego” y luego de tantos años llegar a la escritura de “La viajera del sur” para cerrar la historia de la familia Torres?

—Como decía antes, lo que me gusta es la reconstrucción de un período histórico. El fin del Virreinato del Río de la Plato, las Invasiones Inglesas, la Revolución de Mayo y la guerra por la independencia de España, son períodos que están muy estudiados en la historia argentina. Tenemos mucha información, incluso sobre la actuación de las mujeres y otros sectores subalternos. Escribir esa historia, incluso desde la ficción, es una de mis cosas favoritas.

—En ese lapso de tiempo entre una y otra obra escribiste “Con solo nombrarte”, una novela ambientada en los escenarios de la segunda invasión inglesa a Buenos Aires. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir aquellos días y de darle continuidad a tu primera historia?

Si encuentro tu nombre en el fuego y Con solo nombrarte fueron concebidas juntas. Las dos salieron para los bicentenarios de la primera y segunda invasión inglesa y por eso nunca existió la urgencia de continuar la historia. Y tampoco hubo urgencia después, sino que fue un proceso de cambio y continuidad que se dio con los años. Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando.

—Si hay un punto en común en esta trilogía es la presencia de mujeres fuertes, que se atreven a todo, algo que no era común en esos tiempos, ¿de qué manera trabajaste para darle vida a cada una de tus protagonistas?

—En las tres protagonistas lo que busqué fue “ir un poco más allá”. Las tres, Paula, Jimena, Julieta, tienen una base histórica, podemos establecer que sí, que algunas mujeres hicieron lo que hacen ellas (con algunos límites). Lo que busqué en las novelas fue que eso que hacían (el acceso a libros y organización de reuniones, la participación en batallas y el comercio y actuación como espías) quedase bien definido y con algunas licencias. Pero todo tiene un anclaje en la realidad.

—Más allá de los vínculos de sangre que las unen, qué  te parece que podría representar a tus tres protagonistas: Paula, Jimena y Julieta.

—Están en el mismo punto de vista político, las tres son parte de ese grupo que va a liderar el proceso de revolución e independencia de España. A veces se considera que solo son hombres los que tenían ideas políticas, pero basta leer las cartas de Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno para saber que ella tenía un conocimiento claro de la realidad política del momento.

—Y hablando de Julieta, ella es la que va a cruzar el océano para hacerse parte de otra guerra, ¿qué fue lo que más disfrutaste o padeciste al momento de “viajar” con ella hacia los tiempos napoleónicos.

—Mucho antes de que supiera qué historia iba a contar con Julieta, sabía que iba a ser una novela de viajes. Así que fue un proceso tranquilo.

—¿Cuál fue la batalla que más te costó escribir y por qué?

—La batalla por la Reconquista de Buenos Aires en Con solo nombrarte. Conocía bien la ciudad y las calles, pero las tropas de ambos bandos avanzaban y retrocedían, entraban en casas, había túneles, arroyos en la ciudad, no fue sencillo tener todo eso en la cabeza y traducirlo en una novela.

—Más allá de las guerras, cerca de ellas siempre late el amor, ¿de qué manera surgieron en vos las historias de amor de tus protagonistas?

—Siempre pienso en los protagonistas como una pareja, nacen así, y considero con atención qué es lo que los separa, porque es el centro de la novela, y cómo se va a resolver, si es que se resuelve.

—Con la trilogía completa, ¿qué sigue ahora en el universo Margall?

—Veremos. Hay varias cosas que tengo en mente y no me alcanza el tiempo para todas. La historia siempre está presente, aunque me gustaría probar con la épica fantástica.

—Para terminar, te invitamos a elegir tres telas o vestimentas que representen respectivamente a cada una de tus novelas.

Si encuentro tu nombre en el fuego: una mantilla de encaje.
Con solo nombrarte: un abanico.
La viajera del sur: un vestido verde oscuro.

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Verónica Sordelli: “Escribir fue la manera de leer mi vida”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las huellas de sus pies desaparecen, se hunden en la arena como si nada hubiera existido, después de los deseos. Son partículas de tiempo disolviéndose, nada. Cada paso los acerca y los aleja. Son un espejismo de sus propias palabras. No basta con pronunciar sus nombres, el viento se los lleva, los arrastra al vacío, donde alguna vez existieron castillos de arena.

“Castillos de arena”, la última novela de Verónica Sordelli, cuenta una historia que se pierde en las arenas del desierto, en un escenario que muta para dejar en los lectores un viento de preguntas que, poco a poco, van revelando los otros desiertos, los que habitan en el interior de sus protagonistas.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora cuenta acerca de su propia ruta en el camino de la escritura, especialmente de su última obra, donde invita al lector a viajar a través de sus palabras.

—La arena, su liviandad, esa convergencia de partículas en movimiento y la textura al pisarla suelen llevarnos a distintos escenarios donde nuestros pies han dejado sus marcas. En tu novela el desierto es un gran protagonista, es por eso que para comenzar nos gustaría detenernos en las sensaciones que la arena haya despertado en vos, en sus huellas, que de alguna manera puedan ayudar a presentarte.

—Soy de Necochea, la arena me acompaña desde mi infancia. Siempre fue la misma, soy yo la que con el paso de los años la fui viendo distinta, porque en cada etapa de mi vida despertó sensaciones diversas: una infancia construida de la misma manera que con la pala y los rastrillos se construyen los pozos esperando que desde su interior surja el mar. El asombro de no entender por qué sucedía y la alegría de que así fuera. Una adolescencia donde la arena representó los fogones con amigos, el primer beso de amor y tal vez la primera lágrima de desamor. Una adultez donde comencé a caminarla, y se la presenté a mis hijos y los ayudé a construir sus castillos y los escuché gritar de alegría y tuve que consolarlos cuando el mar, en cuestión de segundos, los desmoronaba. Miré muchas veces para atrás, no estaban solamente mis huellas, y lloré mucho despidiendo algunas que se fueron y agradecí recibiendo a aquellas que se sumaron. ¡Y si! ¡Así es la vida! Y como aquella niña siento el asombro de no saber porque sucede y la alegría de que así sea.

—Y en ese desplazamiento que significa viajar, vayamos a tus comienzos como escritora. ¿Recordás en qué momento de tu vida se despertó tu deseo de contar historias?

—Mi primera novela surgió de la necesidad de contar la historia de las playas de Quequén, una historia llena de naufragios, con uno de los hoteles más imponentes de Sudamérica. El momento exacto fue cuando una de las tantas mañanas que salí a trotar por la costa, sentí el privilegio de vivir en este maravilloso lugar. 

—Mirando hacia atrás, ¿qué hilos temáticos atraviesan todas tus obras?

—Escribir fue la manera de leer mi vida. En mis libros estoy. Entonces diría que el hilo rojo que une a mis novelas es la mujer. En algunos momentos de la historia, o de la cultura en la que vivió, no tuvo demasiado o ningún poder de decisión, en otros pudo hacerlo. Pero siempre luchó para ser fiel a sus pensamientos.

—Tu novela “Castillos de arena”, publicada por Del Fondo Editorial, es una historia de amor y de fusión de culturas, ¿cuál fue el disparador para su escritura?

—La importancia que tiene la religión en la cultura árabe y la maravillosa diferencia con el occidente me llevó a preguntarme: ¿Qué tenemos en común? Por encima de toda diferencia tenemos en común el amor. A partir de ahí comenzó la historia.

—¿Cómo viviste el proceso de cruzar el desierto para acercarte a una cultura tan diferente de la nuestra?

—Agradezco haber podido viajar en tres oportunidades a encontrarme con la cultura árabe. En cada una de ellas mi premisa fue no cuestionarla y respetarla. Fue lo que me ayudó a entender la importancia de los mandatos sociales y religiosos en sus vidas y como viven para cumplirlos. Fue también entender que somos distintos, ni mejores ni peores, solo distintos. Toda cultura se merece ser respetada, pero creo que para lograrlo hay que estudiarla, no desde los extremismos porque gente mala y buena hay en todas, sino desde la esencia del ser humano.

—¿Qué o quiénes te ayudaron a darle vida a Jayif, el protagonista de “Castillos de arena”?

—Jayif fue creado a partir del lugar que ocupaba en su cultura y con los mandatos que ella le imponía.

—Y si tuvieras que definir a Elena, tu otra protagonista, en una sola palabra, ¿cuál sería?

—Superación

—Al avanzar en la historia aparecen situaciones límite donde el dolor y la muerte envuelven a tus personajes, ¿qué fue lo que más te costó al momento de escribir esas escenas?

—Investigué y leí muchísimos testimonios. Lo más difícil fue aceptar que se trataba de situaciones reales.

—Un deseo sin spoilear… ¿hay vida después de la muerte?

—No lo sé, sólo puedo afirmar que la muerte es la no presencia física, pero siempre estaremos vivos en el recuerdo de aquellos que nos aman. Dicen que la vida es corta, pero también dicen que las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan.

—Para terminar, ¿qué aroma creés que representaría a tus “Castillos de arena” y por qué?

—Mi preferido: el perfume que siento cuando abrazo a una persona que amo. Porque el amor sana y salva.

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