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Literatura

Historias de un poeta inédito

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Sepa entender el lector
             que esta nota que se escribe,
                          como cuentos nos describe,
                                        y descubre a un personaje
                                                       que volcó en un reportaje
                                                                        sueños que hoy lo sobreviven.

Por Walter Omar Buffarini

Realizar un portal de noticias culturales normalmente conlleva la necesidad de pensar, buscar, producir y redactar notas que el editor considere de interés para los lectores. Esa búsqueda muchas veces insume tiempos impensados y tal vez concluyan en un producto que termine pasando desapercibido.

Otras veces, esas letras aparecen en el espacio menos pensado, y en contados casos en el lugar menos deseado. Este último es el caso de la presente nota, dedicada a un poeta de barrio, lector incansable y escritor incorregible, que seguramente hoy en otro plano disfrutará de aquellos que no dudó en recomendar.

No espere el lector un personaje famoso, pero disfrute de una obra que fue la vida misma del protagonista.


El escritor

El libro con las obras completas de Borges autografiado por el escritor

El 6to.piso de la calle Maipú 994 de la ciudad de Buenos Aires encierra una historia conocida. Allí vivió Jorge Luis Borges desde el año 1944, cuando se mudó junto a su madre al departamento B.

De aquel lugar dijo Borges durante una entrevista en el año 1984: “Si yo recuperara la vista me quedaría aquí, en esta casa, leyendo. Renunciaría a los viajes y me quedaría leyendo los libros que están rodeándonos, tan cerca y tan lejos. Si yo recuperara la vista no saldría de esta casa. Hojear un libro es tan lindo. Es una felicidad accesible como comer uvas o tomar agua”.

Pero en aquel 6to.piso de la calle Maipú 994 se esconde otra historia, para algunos tan importante como la del propio Borges, porque tiene que ver directamente con él.

Un ascensor de servicio era uno de los lugares más comunes entre ambas viviendas. Al acceder por él al 6to.piso uno podía ingresar tanto al departamento A como al B. Felipe Rodríguez un día se dio cuenta que el vecino de su tía era nada más y nada menos que Jorge Luis Borges, y entonces, cada vez que visitaba a su parienta, las ganas de entrar al otro departamento lo desbordaban.

Así fue que Felipe conoció a uno de los escritores más importantes de la Argentina y el mundo. Y lo sintió y lo siente un gran amigo.

La silla que perteneciera a Jorge Luis Borges

Alguien alguna vez dijo que quien regala un libro es más que una persona conocida, es un amigo. Y Borges le regaló varios libros a Felipe, muchos de ellos autografiados por el autor de El Aleph, y que forman parte de otro de los tesoros que Felipe Rodríguez guarda en su casa de Los Hornos, la misma casa que lo cobijó cuando llegó al barrio allá por 1944.

Pero no sólo ese recuerdo guarda Felipe de Borges. Una empleada doméstica que trabajaba en la casa del escritor había entablado una muy buena relación con los vecinos de su patrón, y en una ocasión les regaló una silla que éste había desechado. Ese mueble, hoy un poco desvencijado, se luce en el patio de Felipe y él lo muestra con orgullo.

Respecto del carácter del escritor, Felipe asegura que con él siempre fue un hombre afable y dulce, y también recuerda a la madre del exdirector de la Biblioteca Nacional como una hermosa mujer.

De ella y de la casa de Maipú 994, Borges algún día contó: “Mi madre murió a los noventa y nueve años con el terror de llegar a los cien. Porque cien le parecía, no sé, algo terrible. Claro, las cifras redondas impresionan. Yo le decía que con otro sistema ella cumpliría no cien años sino diez años. Los cómputos son más o menos casuales. Pero ella, como sentía que los cien años la amenazaban, cada noche le pedía a Dios que se la llevara durante el sueño y a la mañana lloraba porque no se había muerto a la noche. Claro, estaba postrada, no podía valerse. Fue muy triste, sí. Y eso ocurrió aquí, en esta casa”.

La señora

Habían salido muy temprano desde La Plata. Desde Los Hornos. Y hacía ya largo rato que esperaban sentados frente al despacho de la señora.

Esperaban y no desesperaban, sabían que, al final, valía la pena esperar. Sobre todo lo sabía él, que a los 17 años tenía una oportunidad única, irrepetible.

La cita tenía hora precisa: las 8 de la mañana. Y a pesar de que ni Felipe ni el diputado exigieran puntualidad, a las 8 en punto se abrió la puerta.

–¿El diputado Balo?– preguntó la señora.
–A su servicio– respondió el diputado mientras se levantaba apresurado y llevaba en su impronta a Felipe, que a esa altura ya estaba fascinado por el breve encuentro.
–Le pido por favor que me espere unos minutos–, le dijo la señora y volvió a ingresar a su despacho.

***

Felipe había llegado de su Saladillo natal a los cuatro años. Ya a esa edad sabía leer y había estado todo el viaje entretenido con el diario que habían comprado sus padres.

Toda la familia Rodríguez había viajado a La Plata para arrancar una nueva etapa en su vida.

Si bien primero se radicó en el barrio cercano al Hospital Italiano, por la zona de 28 y 57, ya a los 12 años Felipe vivía en Los Hornos. El pueblo que eligió como propio.

Conoció al diputado Mateo Balo en la Unidad Básica de 137 entre 62 y 63. Ese lugar fue muy importante para Felipe Rodríguez, porque allí tuvo su primera escuelita de relojería –una de las pasiones de su vida- y allí fue donde Balo lo invitó para que lo acompañara a Capital Federal.

***

La señora Eva Duarte de Perón atendió al diputado Mateo Balo y al joven Felipe Rodríguez alrededor de las 12 de la noche. Todo el día la habían esperado para que el diputado pudiera entrevistarse con ella. Todo el día la habían esperado para que Felipe atesorara, a partir de aquel momento, uno de los recuerdos más preciados de su vida.

La hora de la paloma

–Entrás a una casa humilde– se adelanta Felipe, cuando el invitado entró en su hogar de Los Hornos allá por agosto de 2013.

Aquella casa guardaba recuerdos imborrables para él. Uno de ellos es lo que quedaba del taller de relojería, y Felipe se emocionaba recordando: “Viajaba a Capital Federal. Allá trabajaba para una relojería de la calle Libertad. El dueño se llamaba Samuel y era judío. Él recibía trabajos de muchos lugares y me los entregaba a mí. Yo era su relojero de confianza, y siempre le cumplí. Acá, en el tallercito, trabajábamos cinco o seis personas. Fue una de las cosas más lindas que hice en mi vida. Casi treinta años trabajé en este taller”.

En el lugar poco quedaba de lo que fuera un verdadero laboratorio de relojería, pero Felipe se iluminaba al contar lo que allí vivió y mostrar las viejas piezas de relojería que aún conservaba en sus pequeñas cajas de madera.

En ese lugar había muchas cosas que contar pero pocas quedaban para mostrar, y Felipe lo sabía, y contaba, describía sus sensaciones. Las de ayer, cuando el taller funcionaba sin parar, y las de 2013, movidas por los recuerdos.

Felipe Rodríguez y la pasión de leer sus poemas

Desde la butaca frente a la puerta, mirando hacia el exterior, se podía ver una larga escalera y, bien arriba, un altillo clausurado.

–Ahí yo tenía cientos de palomas mensajeras, era miembro de la unión colombófila y daba charlas y escribía artículos sobre la actividad, pero cuando ya no pude subir la escalera las regalé todas– contaba Felipe con cierto aire de resignación.

Y la mirada se le extraviaba en un recuerdo que lo conmovía: “Después que las regalé, un día escuche un ruidito allá arriba. Cuando miré vi que una de las palomas había vuelto. Las palomas mensajeras vuelven a morir al lugar donde nacieron. Yo no nací en Los Hornos, pero sé que me voy a despedir acá”.

El poeta

Felipe Rodríguez dejó una casa en Los Hornos, dos hijas, un nieto, dos perros, algunas operaciones en el corazón, y cientos de poemas.

A cada cosa que le ha pasado cerca por la vida, Felipe le ha escrito algo. A la vida le ha escrito algo. Mucho.

Entendía que la vida le había dado muchas cosas, le había quitado otras tantas y no se resignaba en que alguna vez le devolviera las que más quería.

A los ochenta y cuatro años, Felipe Rodríguez aún encontraba entre los libros el lugar en donde depositar sus tiempos pasados, los actuales y sus proyectos futuros. Escribía. Casi todo el día escribía y las letras le presentaban nuevos amigos cuando creía que ya no encontraría más.

Felipe Rodríguez escribía y deseaba: “Me gustaría que me recuerden como poeta”.

Por si algo me pasa

Por si algo me pasa, y antes que los médicos
me abran el pecho y pongan sus manos en mis coronarias,
yo que nunca pude decir muchas cosas,
ahora, por las dudas, escribo esta carta.
Yo sé que debiera, por las circunstancias, vestirme de gala,
pero en mis alforjas sólo queda ropa
ordenada y limpia, y no tengo otras
para que me juzguen conforme a mi traza.
En este difícil azar de la vida,
y antes que me juegue la última carta,
quiero, porque debo, decir un mea culpa,
y aquí me confieso ante los que me aman:
No soy ni me creo el protagonista de grandes hazañas.
Mi mundo es tan breve que a veces me siento
un recién nacido, hambriento y tedioso,
al cual no le dieron sus primeras mamas.
Pero no interesa, no tiene importancia,
pues dicen los poetas, estos haraganes
que siempre presumen de personas sabias,
que hay un mar de sombras y otro mar de luces,
blanco y enigmático como las magnolias,
que a veces te ahoga, pero muchas otras te vuelve a sus playas.
Yo no soy poeta, jamás he podido escribir un poema.
De versos entiendo que la o es redonda
y la i soporta un puntito oscuro sobre sus espaldas.
Repito, yo no soy poeta. Pero si lo fuera,
por si algo me pasa, pondría en mi lápida:
“Aquí se halla un hombre que murió de rabia,
o tal vez de pena. No fue sodomita,
pone por testigo sus bajas espaldas.
Aquí se halla un hombre con poca elocuencia,
que se la pasaba sembrando ignorancia.
Y esa fue mi culpa, mi vida fue sólo
tal como una loca salva de campanas
en un mundo sordo, donde nadie escucha,
en un mundo ebrio donde todos quieren salvar su prosapia
y unos contra otros juegan a la vida
y pocos, muy pocos, ganan la batalla.

Felipe Rodríguez
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2 Comentarios

2 Comments

  1. Silvia B Riccio

    25/10/2017 a 13:17

    Un gran homenaje para un ser inolvidable. Nos precede en la partida. Seguramente nos esperará con nuevos tesoros literarios como aquellos a los que nos tenía acostumbrados.
    Hasta el reencuentro, Felipe.

  2. Paula Romero

    03/11/2017 a 13:49

    Gracias a Contarte Cultura por esta bella nota homenaje. Gracias Felipe, gracias amigo, muchas gracias por dejarnos la poesía de tus recuerdos.

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Entrevistas

Mabel Pagano narra el camino recorrido en la escritura de “Eterna”, una biografía de Eva Perón

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Oma Buffarini //

Entre las páginas, la voz que muta, una murmuración sobre el ronquido de la muerte. La multitud en la ausencia. El nombre escrito en el aire, una vez, muchas veces, tinta sobre tinta, gotas de historia.

“Eterna”, la biografía novelada escrita por Mabel Pagano y publicada por Del Fondo Editorial, recorre las distintas etapas de la vida de Eva Duarte, quien cuenta su propia historia desde los distintos rincones del tiempo, gracias al movimiento de la pluma que la escribe, gracias a la tinta que resbala para darle forma a cada uno de los fragmentos que la constituyen.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora cuenta cuáles fueron los caminos que la acercaron a la figura de Eva Perón y cómo llegó a escribir el libro, un cristal compartido.

—Antes de entrar de lleno al proceso que te llevó a escribir esta biografía novelada, comencemos la charla haciendo foco en la imagen de tapa de tu libro “Eterna” (Del Fondo Editorial). ¿Qué representa para Mabel Pagano esa imagen? Si pudieras elegir una palabra que sea síntesis de este trabajo que te acercó a la figura de Eva Perón, ¿cuál sería y por qué?

—Esta imagen fue el resultado de un intercambio de ideas con el diseñador de la editorial. Yo quería una imagen diferente de Evita. Un arte sobre su figura y su significado en la historia política de la Argentina. Interpretó muy bien mi sugerencia. Ahí, en esa tapa, está ella, plena de fuerza y energía, hablando a su pueblo y dándose y recibiendo de él todo el amor que se profesaban mutuamente. Me acercó a la figura de Eva Perón, ese profundo y convencido rechazo hacia la injusticia. Y también todo lo que hizo para remediarla. Es decir, no sería una sola palabra, sino dos: Justicia Social.

—¿Cómo despertó en vos la idea de este libro y cuáles fueron los primeros pasos que diste para comenzar a escribir?

—La idea de este libro la tuve desde muy joven, por el motivo que señalé anteriormente. Después, leyendo sobre su vida, todo lo que se escribió, a favor y en contra, pensé que había que escribir una biografía novelada que dejara testimonio de todos los actos que realizó en su breve vida, en favor de los demás. Aunque en su tiempo no existiera esa definición, para ella la patria era el otro. Para mí también. Los primeros pasos fueron reunir toda la documentación posible del período peronista y contactar a las personas que lo habían vivido de cerca, para informarme y, asimismo, reforzar mis ideas.

—A lo largo de las páginas vas y venís en el tiempo, ¿cuáles fueron las mayores dificultades con las que te encontraste al momento de ir hilvanando la historia?

—Ese ir y venir en el tiempo, como el cambio de las voces, es mi estilo literario, que aparece en los más de cincuenta libros que llevo publicados. No me he enfrentado con dificultad alguna en el momento de escribir.

—El libro está dedicado a “todos los que comparten tu pedazo de cristal”, ¿cómo viviste el proceso de recopilar información y testimonios como si fueran fragmentos de una vida que ha sido contada muchas veces y desde distintas perspectivas?

—El proceso de investigación tuvo momentos difíciles, porque –como también está expresado al comienzo del libro-, hubo gente que estuvo vinculada al período peronista que se negó a brindar testimonios. Pero fueron apareciendo otras personas que no solo me abrieron su casa y sus bibliotecas, sino también el invalorable aporte de su experiencia personal.

—Y hablando de esos testimonios, ¿cuál o cuáles fueron los que más te impactaron o sorprendieron?

—Sobre esta pregunta, debo citar a Enrique Pavón Pereyra, que fue el biógrafo oficial del general Juan Domingo Perón (vivió varios períodos en la quinta Puerta de Hierro de Madrid) y tiene una vasta obra sobre la vida del líder justicialista. A Cipriano Reyes, histórico dirigente del gremio de la carne, ejecutor del 17 de octubre, marcha que, sin costar una gota de sangre, marcó el nacimiento del Peronismo, con el ingreso de la clase trabajadora al escenario de la Argentina. Por fin, y especialmente, al padre Hernán Benítez, confesor de Evita (la acompañó hasta la muerte y le dio la extremaunción). Él vivía recluido en su casa de Vicente López. Carta de por medio, me recibió allí no sólo durante la elaboración de “Eterna”, cuyo original fue el primero en leer, y aprobar, sino que siguió haciéndolo posteriormente. Compartimos una cálida amistad, absolutamente enriquecedora para mí, hasta el último día de su vida.

—El libro termina con un destacado archivo de fotografías que ilustran a la protagonista en sus distintas etapas, ¿cómo llegaste a ese material y cómo fue el proceso de selección y organización del mismo?

—El tema de las fotografías, búsqueda, recopilación y armado, es un mérito de Ediciones del Fondo.

—Entre tus letras, y a medida que avanza el relato, se desliza una historia de amor, ¿qué detalles de ella te movilizaron especialmente durante el relato?

—Distintos comentarios del padre Benítez, que convivió con la pareja presidencial durante mucho tiempo, me convencieron de que entre Perón y Evita había existido una verdadera historia de amor. Hay un detalle revelador: compartieron habitación y cama conyugal, hasta que por la enfermedad de ella hubo que acondicionarle un cuarto que respondiera a las necesidades de la situación. El que visite la Quinta 17 de Octubre, en San Vicente, lugar en el que la pareja solía pasar algunos días de descanso, verá que en los dormitorios hay una cama matrimonial.

—Para terminar y deteniéndonos en la imagen de la llama encendida que mencionás en la contratapa de tu obra, ¿qué creés que encendió en Mabel Pagano la figura de Eva Duarte después de escribir esta biografía?

—Lo de la “llama de su eternidad”, frase con la que cierro la novela, se me ocurrió porque, a mí, como a la inmensa mayoría del pueblo argentino, el de antes, el de ahora y el del futuro, nos deslumbró ese fuego que la iluminó durante su vida y que se agrandó después de su muerte, en la veneración que enciende su recuerdo.

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Literatura

“La amante del populismo”, de Marcos Aguinis – Sudamericana

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“La amante del populismo”, libro de Marcos Aguinis, es una de las últimas obras lanzadas por Editorial Sudamericana (Penguin Randon House) que trata de un reportaje histórico a Margherita Sarfatti, amante y biógrafa de Benito Mussolini, que devela detalles inéditos sobre la vida y la trayectoria del dictador y abre la puerta a una lúcida y reflexiva lectura sobre los fascismos y populismos contemporáneos.

Sobre el libro

Margherita Sarfatti (1880-1961), periodista e intelectual italiana hija de una rica familia veneciana de origen judío, fue biógrafa de Benito Mussolini -además de su amante por veinte años- y compartió con él momentos decisivos en la fundación y el crecimiento del movimiento fascista. Marcos Aguinis, tras una extensa y rigurosa investigación, recupera su voz y la despliega en un notable reportaje histórico en el que, a partir de la obra escrita de Margherita, y a través del ensamble de historia, crítica, ensayo y mucho de novela, construye una entrevista singular, en más de un sentido reveladora. La conversación, siempre amable pero nunca complaciente, se desarrolla ágil, aguda, inteligente y desparpajada; en su decurso ningún aspecto de la vida privada y de la acción pública del hombre que impuso a Italia un régimen totalitario y autocrático es dejado de lado, ningún detalle es eludido. Por estas páginas desfilan las primeras armas de Mussolini como periodista, su carrera militar, su ascenso político, su vínculo con Adolf Hitler y su decisiva participación en la Segunda Guerra Mundial, pero también su volcánica intimidad y los aspectos más oscuros de su personalidad. Auténtica obra maestra, “La amante del populismo” ratifica a Aguinis como uno de los intelectuales más lúcidos de nuestro tiempo.

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Literatura

Clarice Lispector y sus crónicas: un ejercicio exploratorio del mundo a través del lenguaje

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Por Emilia Racciatti (*)

Clarice Lispector mantuvo con la escritura periodística un vínculo sostenido en el tiempo desde el que se permitía reflexionar sobre sus conversaciones con taxistas, las lecturas recomendadas a sus empleadas o la relación con sus amigas pero también marcar su postura sobre autores latinoamericanos contemporáneos o su preocupación por el hambre en Brasil, y todos esos temas forman parte de un nuevo libro que compila la totalidad de sus crónicas y presenta 120 textos inéditos.

“Escribir es saber respirar dentro de la frase” puede leerse en uno de los materiales que integran este libro titulado “Todas las crónicas” y publicado por Fondo de Cultura Económica, en el que están sus trabajos para el Jornal do Brasil, Última Hora, la revista Senhor, inéditos y las crónicas publicadas en “El desconocimiento del mundo” y “Para no olvidar”.

Se trata de materiales escritos entre 1946 y 1977 que están divididos en tres partes: una primera con su experiencia en el Jornal do Brasil, donde trabajó entre 1967 y 1973; una segunda con colaboraciones sueltas en medios diversos; y una tercera con las crónicas que se publicaron en el libro “Para no olvidar”.

Si algo permite “Todas las crónicas”, traducido por Regina Crespo y Rodolfo Mata, es ver la amplitud de temas que movilizaban a Lispector (Ucrania, 1920 – Brasil, 1977) y en general con todos ellos lo que lograba era pasarlos por el tamiz de su vínculo exploratorio con el lenguaje. Para la autora de “La hora de la estrella”, no había etiquetas al momento de poner en funcionamiento su oficio de escritura.

Algunos hablaban de su “no estilo” como una marca que se imponía al momento de escribir novelas, cuentos, libros para niños e innumerables crónicas periodísticas. En esa diversidad, Lispector apostaba siempre, parecía entender a la escritura como un espacio de exploración en el que salir indemne no era una posibilidad.

Y es ese hábito una de las insistencias que puede encontrarse en el libro. “Escribir para los periódicos no es tan imposible: es leve, tiene que ser leve, e incluso superficial: el lector, al relacionarse con el periódico, no tiene ni la voluntad ni el tiempo de profundizar. Pero lo que se volverá después un libro exige a veces más fuerza que la que aparentemente se tiene. Sobre todo cuando se tuvo que inventar un método de trabajo propio, como me sucedió a mí y a muchos otros”, dice en uno de los textos titulados “Escribir”.

¿Cuándo ubicó ese momento? “Cuando conscientemente, a los trece años, tomé posesión del deseo de escribir -cuando era niña escribía, pero no había tomado posesión de un destino-, tomé posesión del deseo de escribir, me vi de repente en un vacío. Y en ese vacío no había quién me pudiera ayudar”, reconoce.

En el prefacio del volumen, Marina Colasanti cuenta que fue ella quien recibió por primera vez a Lispector en la redacción de Jornal do Brasil cuando llegó para trabajar en 1967 en Cuaderno B, un suplemento de los sábados de ese diario.

Colasanti cuenta que al principio de ese trabajo iba a la redacción, y después “mandaba sus textos con una empleada, en un sobre grande de papel de estraza, siempre igual, firmado con aquella letra difícil, la única letra que el incendio, que le había engullido la mano derecha, le permitía”. Ese incendio fue en 1966, cuando se fue a dormir después de consumir ansiolíticos y con un cigarrillo en la mano y se despertó en una habitación prendida fuego. De esa experiencia le quedaron cicatrices que afectaron su mano.

Lispector comenzó a publicar en ese medio en el año 1967, donde Colasanti era la responsable de recibir y editar sus textos. Ante el pedido de la cronista de que tuvieran cuidado con los artículos entregados porque no tenía copias, la redacción decidió que esas colaboraciones semanales fueran recibidas en una caja separada y exclusiva.

Pero también había sugerencias por parte de Lispector, como recuerda su editora en este libro, y una de esas recomendaciones era que no se movieran sus comas: “Mi puntuación es mi respiración”, dijo más de una vez. Esa frase es recuperada en esta introducción en la que Colasanti destaca que nunca hubo una coma retirada de lugar.

Justamente en uno de los trabajos titulado “Respiración”, Lispector confiesa que muchas veces le preguntaron cómo escribía y ella se daba cuenta, adivinaba qué estaba escribiendo esa persona y si tenía alguna dificultad. “No puedo dar lecciones sobre cómo escribir pues en mí el proceso y la elaboración se hacen inconscientemente hasta que todo madura y sale a flote”, argumentaba.

Su “preparación” consistió en “aprender a respirar, en no traicionar” su modo de escribir, “lo que algunos llaman estilo” y ella prefiere llamar “estilo natural”. También en ese texto sostiene que no puede vivir con lo que ganaba por sus libros. “El remedio es ser periodista y tener otro trabajito más: acumulando trabajitos uno junta el dinero necesario para tener una vida apenas razonable, financieramente hablando. En medio de todo ese trabajo, hay que hallar el tiempo para investigar un poco su literatura”, planteaba.

Y su literatura logró expandir los alcances de lo narrado, iluminando elementos que habían permanecido invisibilizados, ubicados en segundo plano por una forma narrativa más dedicada a los acontecimientos. Esa era su exploración: la de poner en movimiento un maquinaria narrativa que repensara la representación del mundo y lograra activar una forma nueva de habitarlo.

Algunas de las crónicas reunidas en este libro pueden leerse como el origen de poemas como “El dolor” y “El niño” o los cuentos “Hacia allá voy” y “Los desastres de Sofía”. En esa escritura inicial que ponía en marcha al elaborar los textos que debía entregar periódicamente a la prensa está muy presente el devaneo como modo de construir ideas y la potencia de lo cotidiano para incursionar en la mirada metafísica.

“Lo que nos salva de la soledad es la soledad de cada uno de los otros. A veces, cuando dos personas están juntas, a pesar de que hablan, lo que se comunican silenciosamente una a la otra es el sentimiento de soledad”, escribe en el texto titulado “La comunicación muda”, en el que grafica ese registro exploratorio desde el que describía y nombraba al mundo.

La bifurcación, el devaneo y el rodeo son elecciones que predominan en sus crónicas, alejándose de las estridencias vociferadas, Lispector se basó en esos elementos para contar el mundo que habitó y hoy, a 45 años de su muerte, sigue generando interés, curiosidad y pasión entre lectores y lectoras de todo el mundo.

(*) Agencia de noticias Telam.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
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