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Historias Reflejadas

“Cruces de amor”

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Cruces de amor

Hay una exquisita convergencia de hechos casuales que se enredan en los laberintos de la vida.

Allá abajo, en los túneles del silencio, aparece abrupto el atajo que produce una ruptura en nuestro tiempo.

Sobre un margen de la existencia, es posible encontrar los vestigios de un amor negado, convertido en páginas amarillentas de dolor y de olvido.

Marcas invisibles cargadas de sentido convierten en eternas las cosas que ya fueron destruidas, incapaces de permanecer en la quietud de un retrato en el que los deseos se congelaron cómplices sobre un papel, mudo testigo de sentimientos callados.

Existe un surco en el que alguien enterró su culpa y siguió su camino, mientras en la oscuridad de un minuto colgaba tiesa la angustia de otro.

Cruces y ramificaciones en los senderos vitales, encuentros posibles que son desencuentros, miradas engañosas que precipitan en locura, forman parte de una trama diversa, cuyos hilos tejen el futuro de aquellos que juegan.

Sin embargo, en una bifurcación del destino, es el amor el que direcciona los pasos de quienes, de una manera u otra, estaban destinados a encontrarse.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes cuentos: “Amor ciego”, del libro “Amor ciego y otros cuentos” de Florencia Ghio; “El prometido”, de Gloria Casañas; “Bella y lisonjera” y “Las cartas de Anetta”, del libro “Arroyo de cenizas” de Sara Bonfante; y “Caballos”, de Marcelo Birmajer, y “Manuscrito hallado en un bolsillo”, de Julio Cortázar, ambos del libro “Cuentos de encuentros y desencuentros amorosos”

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Historias Reflejadas

“Las dos orillas de un cuento”

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Las dos orillas de un cuento

El puerto que dio origen a esta historia se había perdido en el tiempo, tan pronto como los ojos que lo guardaron lo vieron desaparecer y transformarse solo en una línea sobre el horizonte.

Allí quedaron las palabras con las que era posible recordar. En ellas se escondían los colores y las formas, los sonidos y los aromas que los constituían. Eran la llave que abría los cofres del pasado, donde ellos encontraban sus verdaderos tesoros y ocultaban sus secretos.

Las olas de ese mar sin bordes movían sus emociones. Afuera todo era gris, los días avanzaban unos sobre otros como ondas, como si cada noche estuviera pegada a la mañana, como si el barco en el que viajaban estuviera quieto, encerrado en una botella, el único mundo posible.

Era en ese mismo mar donde se escondían otros cuentos. Ellos podían escucharlos. Un rumor de voces lejanas, sumergidas en las profundidades de esas aguas, ascendía entre volutas de espuma. Eran las voces de quienes murieron en manos de los piratas y podía oírse el eco de sus gritos que llamaban para que alguien los rescatara, tal vez tan solo con palabras, palabras que lograran sacar a flote sus deseos.

Más allá, en la otra costa de esta historia, donde las líneas volvían a dibujar los contornos del horizonte, donde los colores volvían a brillar, nacía la esperanza de un mundo nuevo.

Y, sin embargo, también allí la vida rodaba, blanco sobre negro, negro sobre blanco, entre las calles del destino. Grises entre viejos adoquines, grises replicados en el tiempo.

El mal al lado del bien, uno junto al otro, en ambas orillas, sobre ese mar sin bordes, donde cada barco se atrevía a navegar impulsado por los vientos de la libertad.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “Cabo fantasma, una historia de piratas”, de Mario Méndez con ilustraciones de Shula Goldman; “El pan de la serpiente”, de Norma Huidobro; “Historias de inmigrantes”, de María Cristina Alonso y Marta Pasut con ilustraciones de Mirella Mursi; y “El hombrecito vestido de gris y otros cuentos”, de Fernando Alonso con ilustraciones de Ulises Wensell.

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“Márgenes”

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Márgenes

Caminaban a ambos lados de las palabras, sobre márgenes de silencio. Como sombras, atravesaban las líneas difusas y se perdían en la noche del olvido.

Sus destinos estaban atados, un nudo al lado de otro, una cadena de acontecimientos necesarios para cada desenlace.

Sobre el suelo descansaban los fantasmas, que se enredaban en el cuerpo de los caminantes. Desde allí, sus voces se elevaban para reclamar aquello que les pertenecía.

Caminaban sin palabras, como sombras desprovistas de un nombre, arrastrando las penas que los definían, tan sólo para no morir en otra muerte, cercana a sus márgenes de silencio.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia las siguientes novelas: “Nudos”, de Patricia Ratto; “Eisejuaz”, de Sara Gallardo, “Cometierra”, de Dolores Reyes; y “Las noches de Flores”; de César Aira.

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“Despertar historias”

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Despertar historias

Avanzaban en silencio sobre los límites de un sueño, justo donde las alas de la noche despertaban los mitos y las leyendas.

El camino era estrecho, sus curvas escondían secretos. Si uno estaba atento, podía escuchar voces viejas, como si flotaran en el aire del tiempo y convocaran a un pasado dormido.

Recorrían las palabras del viento y del río, sus pies enredados en las ciénagas del miedo, las voces desplazándose con ellos, y el río que callaba hasta secarse de palabras, para volverse de repente un grito en el paisaje.

Con las primeras luces, sobre la línea que separaba el día de la noche, un gran ojo espiaba el mundo nuevo y ya nadie se atrevía a avanzar, como si se hubieran convertido en piedras.

Había algunos secretos que nadaban en un estanque, guardados en la boca de unos extraños cisnes. Otros rodaban en un huevo a punto de quebrar su cáscara blanda para levantar vuelo sobre los sueños. Todo era confuso en ese universo sin relojes.

Avanzaban y retrocedían. Espiaban y eran espiados. La verdad crecía y esperaba. Sobre la delgada línea de la noche y tras un largo bostezo, cada día se desperezaba con un puñado de historias entre sus bordes.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “El ojo de Balor”, de Olga Drennen con ilustraciones de Matías Daviron; “Tres cisnes bajo la luna”, de Norma Huidobro con ilustraciones de Gonzalo Kenny; “El último dragón”, de Jaquelina Romero con ilustraciones de Laura Aguerrebehere; y “Cuento que suena a río”, de Patricia Lobos con ilustraciones de Cecilia Molinuevo.

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