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Textos para escuchar

A brazadas – Susana Szwarc

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Susana Szwarc lee su poema inédito A Brazadas, del libro Caracú que publicará Pixel Editora para la Feria de Editores de octubre de 2021.


A brazadas

Za shtil, majnicht cain gueride…
(De una canción popular. Para las artistas como Laura)

No, no  hagas ruido.
¿No ves que hay en ese hacer (mecer)
lo  frágil intenso que desmenuza
las columnas?

En cada girar (de página)
la intemperie
hace chispas.
Casi a la manera de Odradek
que busca  cuerpo.
Ahora Odradek se mueve 
ruidoso y causa
en ella
el moverse de la niebla.
(La mueve con un pie,
la sostiene sobre el empeine,
la alza como a una flor
redonda, verde todavía.
Después la acerca.)
En esa niebla, a veces
se desdibuja el mundo.
En esa niebla –cuando espesa-
los desdenes se empujan
lejos.

Los dedos sobre las cejas.
No todos juntos
sino uno por vez. Y otra vez.

Torsiona/desliza/escribe:
¿Abrir y cerrar una ventana?
¿Reforzar la brazada o el efecto
de luz sobre el perfil de cada pasajero?

No hagas ruido.
No estropees el silencio.
¿No ves acaso que ella insiste
dibuja envolvente el sol entre las manos?
Alza el índice
después el pulgar
y cubre el sol y te alivia la extrañeza
del ojo.

Dobla en cuatro el papel.
El sol tropieza en la ventanilla.
Decimos palabras que suenan
como vértebras y reímos más
de la paradoja.

Vuelta.
Otra vuelta de página.
Entrelíneas.
Con delicadeza.

En tempo.

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2 Comentarios

1 comentario

  1. María del Carmen Insúa

    17/08/2021 a 19:05

    Re lindo poema y me gusta disfrutar de escucharlo.

  2. Soler sandra

    25/08/2021 a 09:02

    Es un placer leer Susana con ella siempre hsy un asombro diferente

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El armario – Márgara Averbach

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Márgara Averbach lee su cuento El armario, del libro La luna en el armario


Un día, hace ya mucho tiempo –en los días en que yo creía en las varitas mágicas y quería encontrarme una, moverla cuatro veces en el aire y fabricarme un caballo–, abrí el armario de mi pieza y descubrí algo.

Era de tarde y yo estaba sola. Abajo, mi papá atendía su consultorio médico y mamá le hacía de secretaria. Yo estaba leyendo. En esos tiempos, leía mucho. Tal vez fue el libro el que me advirtió, no estoy segura, pero, de pronto, oí algo en el armario.

Yo era miedosa, bueno, soy miedosa (en eso, no cambié mucho). Todavía no sé por qué me animé a abrir la puerta pintada de verde claro y mirar adentro.

Una mariposa nocturna.

Era oscura, de gusano grande, de esas que siempre me dieron asco. Sé que retrocedí dos pasos, que estuve a punto de cerrar el armario de nuevo. Sé que grité el nombre de mi hermano. Él no vino: seguramente escuchaba música a todo lo que daba, encerrado en su pieza.

La mariposa voló un instante hacia mí, cambió de idea, giró en redondo como un gran barrilete negro y se posó en la mesita de luz. Abrió las alas.

¿Por qué me acerqué?, me pregunto. No era lógico: yo le tenía terror a ese animal sin palabras. No sé por qué di ese paso adelante pero sé que me alegro mucho de haberlo hecho. De cerca, la mariposa era un mundo y yo lo vi porque me animé a acercarme. Por eso y porque ella se quedó quieta.

En realidad, fue una conversación.

Un campo de espigas ondeaba en la noche tibia de esas alas: un campo de espigas, iluminado por la luz de la luna y sembrado de rumores y canciones.

No sé cuánto tiempo me quedé ahí, los ojos fijos en las alas oscuras. La mariposa no se movió hasta mucho más tarde. Para cuando salió navegando hacia la noche por la ventana abierta, yo ya sabía que hay historias en todos los rincones, que hasta en mi viejo armario, atiborrado de frío y suéteres de lana, había lunas y veranos.

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Te quiero – Mario Benedetti

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Mario Benedetti lee su poema Te quiero


Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos,
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada,
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía,
tu boca no se equivoca,
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo,
porque sos pueblo te quiero.

Y porque amor no es aureola,
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso,
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

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Que no calle la calle – Adela Basch

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La escritora Adela Basch narra cuatro poemas de su libro Que no calle la calle


Avellaneda

Ha venido el otoño.
Hojas doradas llenan la avenida.
Él la ve colmada de hojas caídas.
Piensa en una escoba,
tal vez un rastrillo,
que limpie ese reguero
que cruje amarillo.
Súbitamente, cae un aguacero.
“Que él lave la calle”,

piensa el caminante,
y él la ve colmada

de hojas doradas
que la lluvia lava.
Ha venido el aguacero,
ha venido y ha lavado,
ha lavado el cielo,
ha lavado el suelo.
Ahora llega un ave
con certero vuelo.
El ave, ya nebulosa,
surca el espacio celeste.
El ave ya anhela,
norte, sur, este, oeste.
Y el ave ya necesita
descansar de sus corridas.
El ave ya llega, el ave ya anida,
en su hogar, en la avenida
Avellaneda.

Cerrito

Hay un cerro, hay un cerro
en medio de la ciudad.
No es un cero, no es un cero
por una erre de más.
No es un carro, no es un carro
por cuasa de una vocal.
No es un perro, no es un perro
por una letra, no más.
Es un cerro muy pequeño,
esa es la pura verdad.
¡Díganme si no es un sueño
que esté allí donde está!
Entre edificios y autos,
en medio de la ciudad.
Pero también les comento
que es bonito, bien bonito
ser un poquitín incautos
y junto a tanto cemento
encontrarse con Cerrito.

Las Heras

En las eras ciudadanas
alguien encera la acera.
Tanto pule con la cera
que finalmente lacera
toda la calle Las Heras.
Mientras pasa una italiana
y saluda: “¡Buona sera!”

Castillo

Es claro que no es lo mismo
sopa y sapo, rastro y rostro,
trampa y trompa, costa y costo.
Es claro que es diferente
gorra y garra, rusa y risa
corto y carta, lento y lente.
¡Qué cosa excepcional
lo que puede una vocal!
Yo misma me maravillo
al ver que un pequeño cambio
es capaz de convertir
una costilla en Castillo.

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