Historias Reflejadas
“Sin distancias”

Sin distancias
Alguien tiró del hilo. Fue un movimiento sutil, imperceptible. El ovillo de la historia se opuso a la sutileza. Un silencio antiguo se hizo visible en las vueltas de la trama. Ellos buscaban las palabras que pudieran nombrarlos. Las voces se cruzaron, como si pudieran encontrarse en la intersección de los recuerdos, como si recordar los ayudara a hilvanar otras historias, a girar sobre los hilos del destino, lejos de la boca de la muerte, en un rincón sin distancias.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes textos literarios: “Lluvia fina”, de Luis Landero; “Una suerte pequeña”, de Claudia Piñeiro; “Ser feliz era esto”, de Eduardo Sacheri; y “El desapego es una forma de querernos”, de Selva Almada.
Historias Reflejadas
“La danza de la vida”
La danza de la vida
Encerrados en un baúl sin tiempo permanecen los rituales que dan forma a nuestros actos y sostienen la arquitectura de nuestras vidas. Unos tras otros, superpuestos a lo largo de los años, constituyen lo cotidiano y lo previsible.
De pronto, algo se mueve sutilmente, apenas un desplazamiento imprevisto que abre una puerta. Los hechos se bifurcan y nuestros pies resbalan en una búsqueda sin sentido. Todo cambia entre los claroscuros de un destino que nos conduce al pasado para atrapar el presente.
Los rostros se desvanecen, figuras desdibujadas en la memoria aparecen como fantasmas y reclaman justicia. La sangre convoca y se derrama sobre los recuerdos.
La vida se somete a una danza sin sentido, perdiéndose en apariencias vanas, capaces de ocultar los sentimientos más profundos.
Las máscaras se adhieren a un cuerpo inmóvil, suspendido en los hilos de la muerte. El baile comienza. Todos se esconden. Todo se enreda en la gran comedia del tiempo.
Después, mucho después, la verdad emerge y se abre paso por encima de los rituales, más allá de las máscaras y de las muertes, para recuperar la claridad de la mirada, a pesar de los secretos.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia las siguientes novelas: “Una mañana de cristal”, de Sara Isabella Bonfante; “Ceremonia secreta”, de Marco Denevi; “Personas en la sala”, de Nora Lange; y “El baile”, de Irene Némirosky.
Historias Reflejadas
“La canción escondida”

La canción escondida
El paisaje se había quedado mudo, las voces escondidas en sus bolsillos de pasto y de árbol, de nubes y de viento, esperaban la lluvia. Una canción flotaba en el aire, era el rumor de una melodía antigua, como un murmullo que empujaba su música de atrás para adelante, hacia el lugar exacto donde termina el silencio quieto y se expanden los sueños.
En la oscuridad, justo donde el camino atravesaba los espacios vacíos, podían descubrirse sonidos imperceptibles, que rodaban lentos sobre las hojas, ascendían entre las alas de los pájaros, flojos, y se perdían como un eco para hacerse parte de la lluvia. Más adelante, se convertían en arroyo rumoroso en cuyas aguas se guardaba la música del paisaje.
Debajo y detrás del silencio, siempre era posible atrapar una canción escondida para convertirla en leyenda y liberarla.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes cuentos: “Estampida”, de Márgara Averbach; “Espanta y Pájaros”, del libro “Reyes y pájaros” de Liliana Bodoc; “La lluvia sobre el mundo”, del libro “La lluvia sobre el mundo, cuentos y leyendas” versión de Irma Verolín; “¿Dónde está el don de la música?”, del libro “De luces y sirenas, de embrujos y quenas” de Adela Basch y Alejandra Erbiti.
Historias Reflejadas
“La voz de un dibujo”

La voz de un dibujo
Detrás de las palabras las cosas tomaban forma, justo en el lugar en el que la luz y la oscuridad se superponían. Las letras, una a una, intentaban delimitar las voces de algo, que aún era nada, porque antes de caer sobre el papel habitaba en un mundo invisible, repleto de secretos. Allí, al otro lado de las palabras, todo permanecía quieto, como adentro de un capullo en el que crecían criaturas sin nombre, que buscaban un nombre.
Sobre la cima de un lápiz se escondían las líneas que más tarde contarían lo que las bocas callaban. La primera raya se precipitó sin aviso. A esa raya siguieron otras y otras más, que se atrevieron a hablar en el mutismo de varias páginas para dar vida a lo que permanecía oculto, en los rincones de un verso, en el silencio de un paisaje o en las curvas de una poesía.
Los secretos se hicieron visibles. Lo que estaba oculto levantó vuelo y se expandió en el aire, como si fueran burbujas, como si le hubieran nacido alas de colores, alas de mariposas capaces de transportar un miedo para transformarlo.
Detrás de las palabras, los dibujos hablaban…
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Maíz se dibuja”, de Márgara Averbach con ilustraciones de Patricia Fitti; “¡No soy una mariposa!”, de Fabián Sevilla con ilustraciones de Virginia Piñón; el cuento “Sopo Copo Ropo”, de Mercedes Pérez Sabbi, de la Antología “Picnic de lecturas, selección de Olga Drennen”; y “Pantuflas de perrito”, con poemas de Jorge Luján (con el aporte de niños latinoamericanos) ilustrado por Isol.
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