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Historias Reflejadas

“Sombras”

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Sombras

Alguien apaga la luz. La calle se contrae, un manto oscuro cubre el laberinto de voces. Ruedan palabras sin sentido, desnudas. En cada esquina, la vida recortada, un pedazo de tiempo troquelado. Aun así, en esa bruma donde no se llega a ver, en el territorio de la muerte, algo permanece y se multiplica. Piel adentro, el cuerpo recuerda. Claro que recuerda; una vez, muchas veces, se abren memorias antiguas, despellejándose sobre las veredas, justo cuando los fantasmas sobrevuelan los espacios vacíos. Son vampiros sedientos en la noche, clavan sus dientes en el hueco. Lo abren. Las heridas vuelven a sangrar. Todo es silencio en los gritos, lenta esclavitud sin palabras.

Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)

Se reflejan en esta historia las siguientes novelas: “Nada que corte”, de Gloria Vaccarezza; “Dark”, de Edgardo Cozarinsky; “La sed”, de Marina Yuszczuk; y “Carne de cañón”, de Victoria Herrera.

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Historias Reflejadas

“Memoria”

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Memoria


Poso mis manos en el hueco, en ese espacio vacío donde anida el silencio. Escucho, percibo el latido de las palabras que ahora pronuncio, las dejo ascender por los bordes de mis dedos. Atraviesan mi piel, que las absorbe lentamente, como si aún estuvieran vivas y necesitaran contar lo que el hueco calla.

Escribo con el pulso de mi sangre, recupero el lenguaje olvidado, el instante quieto en la trama. Recupero las palabras que me pertenecen. Huelo cada letra, me pierdo en la música que sostienen y vibro con ellas en el espacio vacío, en los restos, los huesos sobre los huesos donde habita el silencio.

Escucho y escribo, como si los hilos de la memoria se entrelazaran para sostener el latido de las palabras.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes libros que rescatan la memoria de nuestra historia: “El azul de las abejas”, de Laura Alcoba; “El fin de la historia”, de Liliana Heker; “Aparecida”, de Marta Dillon; y “Todos éramos hijos”, de María Rosa Lojo.

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Historias Reflejadas

“Laberintos de la cordura”

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Laberintos de la cordura

Dejó caer las palabras como si fueran pétalos secos. Un sonido viejo enmudeció sobre el papel. Los instantes, desparramados en una migración sin fronteras, destejieron la trama. El silencio avanzó como una sombra entre las letras. Tres lágrimas se alargaron en ese segundo oscuro. Volvió a llover esa lluvia sin gotas. Sus recuerdos embarrados se alargaron por encima de las paredes, cada fragmento era una mancha húmeda descomponiéndose en las nubes de su memoria.

¿Dónde era afuera? ¿En qué lugar del silencio era posible atravesar los ruidos de la mente?

¿Dónde era adentro en los límites de aquellas manchas?

La nada crecía sobre ese papel en el que se buscaba. Una coma en el camino, los recuerdos flotando debajo de los recuerdos, las voces del más allá inventando un renglón para aquietarse. Y al final, un punto, como una puerta que encerraba a los fantasmas, como otro silencio; aunque pronto se volviera letras y pudieran atravesar los límites de la locura para trascenderla.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “Invisible”, de Juan Solá; “La pieza del fondo”, de Eugenia Almeida; “Pequeña flor”, de Iosi Havilio; y “Mal de muchas”, de Marcela Alluz.

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“Un escritor y su obra”

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Un escritor y su obra

Me asomo por encima de una palabra viva, la bordeo para atravesarla mientras floto en un vacío oscuro.

Desde esa oscuridad purulenta emergen como larvas mis partes negadas, el murmullo me conduce al principio para anular mis sentidos.

Avanzo entre los círculos y los triángulos que forman las letras que me someten. Me detengo en sus curvas para aquietarme en un acento sombrío caído en los renglones de mi existencia.

Detrás de mí, un personaje, aún sin nombre, se refleja en mis pupilas y me invita a continuar hacia la profundidad de un espejo en el que no quiero verme.

Me doy cuenta de que, a pesar mío, sus formas son familiares. Hay en él fragmentos que me pertenecen. Los miro y los niego, pero aun así ellos se rebelan y un sinfín de imágenes superpuestas me muestran una crueldad que me paraliza.

Una voz susurra en mi oído otras palabras, ubicadas sobre el suelo de un bosque fértil. Justamente allí se reproducen para fecundar las ideas que atrapan mis sentidos y que luego se dispersan como animales salvajes, indomables.

Una historia paralela se escapa de mis manos y la veo migrar hacia la nada, que la absorbe para completarla.

Por encima de mi cabeza, un vocablo nuevo me rodea y cierra mis labios. Muero sin quererlo para dar vida a otros, arraigados en mi centro, destinados a sostener la trama que justifique su existencia, para confluir en el vértice de mi creación.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Un soplo de vida” de Clarice Lispector; “La editora”, de Franco Vaccarini, “La densidad de las palabras”, cuento de Luisa Valenzuela del libro “Cuentos de escritoras argentinas”; y “Principio”, de Gustavo Muñoz.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA Nº 2022-106152549
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