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Literatura

Homenaje a Julio Cortazar en un nuevo aniversario de su nacimiento

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En el marco de un nuevo aniversario del nacimiento de Julio Cortazar, el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti llevará a cabo el viernes 26 a las 19 la jornada de lectura y debate “Cortázar, el cronopio inmortal”. La propuesta forma parte de las actividades impulsadas por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires.

La charla será coordinada por la licenciada María del Pilar Perciavalle, y contará con la presencia y colaboración de dos grandes artistas de la escena nacional: la actriz Vanesa González y el actor Gabo Correa, quienes pondrán su arte a los textos del destacado escritor.

A 108 años de su nacimiento y a 38 de su partida, Cortazar sigue presente mediante sus textos y cuentos más allá del tiempo. En “Cortázar, el cronopio inmortal” se abordarán sus propuestas literarias originales en tanto poemas, cuentos y novelas. Se leerán textos y poemas como “El río”, “Conducta en los velorios”, “La continuidad en los parques”, “Aplastamiento de las gotas”, entre otros.

También se conversará con el público acerca la propuesta ecléctica de Cortázar y de la creación de su propio mundo como bandera revolucionaria frente a la realidad que se le impone, pero no acepta. Asimismo, se pensará en dónde se encuentra hoy en día a Cortázar en Buenos Aires y en qué monumentos, bares o lugares públicos le rinden homenaje.

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Literatura

El sentido de ser padre

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Por Luis Carranza Torres (*)

La palabra padre tiene una etimología tan interesante y profunda como su significado. Viene del latín pater, habiendo designado al jefe de familia, pero también a un patrono, defensor o protector. De ahí se derivan también: patria, patricio, patrón, patronal, patrono, expatriarse, entre otros vocablos.

A su vez, la palabra latina proviene de otra indoeuropea que está presente en el griego pater, como en patriarca o patronímico.

Al igual que mater, no se trata de raíces sino de una de las pocas palabras indoeuropeas que los filólogos han podido reconstruir con razonable seguridad.

Varón que ha engendrado uno o más hijos, dice la primera acepción de padre en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia. Son quince en total, más una veintena de términos asociados como “padre de la patria”, “Santo Padre”, “Dios Padre”, entre otros.

Siempre pensé que, lejos de ser un simple vínculo, que padre y Patria compartan origen, no es algo menor. Ambos son, además de un lugar de permanencia, un sitio para desarrollar lo que somos.

Obviamente, hay muchas formas y modos de ser padre. Y, asimismo, hay padres y padres. Personas que enaltecen al término y otras que lo olvidan o ejercen desde la miserabilidad. Nada distinto a lo que pasa entre los humanos cuando se les da algún ascendiente sobre otras personas.

La paternidad es una relación masculina con hijas e hijos compleja en la que intervienen múltiples factores sociales y culturales, de la propia vida o del momento que toca vivir, que además se modifican a lo largo de la vida.

“El fruto no cae muy lejos del árbol”, expresa un dicho de la sabiduría popular. No es algo menor que la relación padre e hijo marca de un modo especial.

El médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo Carl Gustav introdujo la idea del inconsciente colectivo, consistente en una capa más profunda del inconsciente compartida por toda la humanidad y que contiene los arquetipos, que son imágenes y temas universales que han existido en todas las culturas a lo largo de la historia.

Uno de tales arquetipos individuales, es el del padre. Para Jung el arquetipo del padre supone un principio de autoridad, una guía que con su ejemplo marca el camino a otros. Las características propias de este arquetipo son la disciplina, la responsabilidad, la fuerza de voluntad, la estabilidad, la autoridad y el sentido pragmático de la vida.

Jung destacaba, entre las varias funciones paternas, la de proteger al individuo del mundo externo, en compensación con la protección del mundo interno que brinda la madre, dedicando en su obra “Conflictos del alma infantil” todo un capítulo a la importancia del padre.

Nada más y nada menos. Con carácter universal, para más decir.

Aprendemos a ser padres siendo hijos, leí por allí. Muy cierto. La paternidad no es algo estático, ni de dirección única. Hay una dialéctica padre-hijo que la define. Somos, por tanto, padres en otros, pero influidos por cómo lo han sido con nosotros. Para adoptar o rechazar la actitud paternal del caso como parte de nuestro inventario.

Y si en algo de nuestra paternidad debemos prestar especial cuidado, es en lo que ya nos advirtió Jung: “Nada tiene una influencia psicológica más fuerte en su ambiente y especialmente en sus hijos que la vida no vivida de un padre”.

(*) Abogado y escritor – Especial para ContArte Cultura

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Historias Reflejadas

“El tesoro de un cuento”

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El tesoro de un cuento

La historia se había desatado de a poco, como si cada palabra hubiera necesitado abrazarse a la siguiente para dar forma al relato y extenderlo, como si los rostros se ocultaran entre los renglones y espiaran detrás de los silencios.

El misterio estaba allí, adentro y afuera de las páginas, la magia atrapada en cada letra, un truco imposible de evitar. Las voces se estiraban entre puntos y comas, mientras huían del miedo que corría apurado y las alcanzaba. Una puerta detrás de otra, la historia avanzaba en remolinos, claro sobre oscuro, blanco sobre negro, grises en las sombras del cuento.

Más allá, en los límites del final todo parecía aquietarse, ya no había vientos ni trucos. Ya no había dudas ni secretos. La verdad asomaba. Alguien había encontrado su tesoro.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes relatos: “Mago”, de Fabián Sevilla con ilustraciones de Pablo Pino; “El secreto de la casa gris”, de Gabriela Armand Ugon con ilustraciones de Carlos Manuel Díaz; “El sospechoso viste de negro”, de Norma Huidobro con ilustraciones de Alberto Pez; y “Sombras y temblores”, de Olga Drennen con ilustraciones de Vik Arwen (Project)

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Textos para escuchar

Lluvia de otoño – Olga Drennen

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La escritora Olga Drennen lee un fragmento de Lluvia de otoño, capítulo X de su novela de época La noche olía a jazmines, los amantes a traición


Temblaba de indignación, ¿qué se habría creído? Para colmo, casado, ¡casado y con hijos! ¿Cómo se le podía ocurrir querer salir con ella? Deliraba. Como desprendida de una foto, la imagen del hombre la miraba con una súplica en la cara. Se dio cuento de que había llegado el momento de poner los puntos sobre las íes. Iba a decirle de todo. ¡Caradura! Pero cuando estaba por empezar la frase, él hizo un gesto que le provocó un aleteo en el estómago. Entonces, sin decir palabra, se dio vuelta y volvió para su casa.

Pensó que con eso era bastante, que ya no iba a verlo más. Pero no fue así, al día siguiente, apareció una vez más en la esquina. Cuando pasó cerca de él, le lanzó una mirada que parecía un cuchillo. Como para que no se acercara. Cruzó la calle para evitar saludarlo y siguió su camino.

Esa situación se mantuvo en ese estado durante varios días. Pero una tarde no pudo ir a llevar su trabajo. Su máquina de coser se rompió. Un tornillo de mala muerte la tuvo a maltraer.

-Bueno –dijo con voz resignada –si no anda, no anda. Dejo la entrega para mañana, ¿qué le voy a hacer? Mejor, plancho las blusas que ya están terminadas.

Una vez planchadas, las acomodó según el color de la seda. Una pila blanca, una pila rosada, una pila gris. Unos golpes en la puerta de su habitación la interrumpieron. Supuso que era la vieja y corrió a abrir.

El marco de la puerta perfiló la figura del hombre a contraluz.

—Me preocupó no verla como todos los días y vine a preguntarle si necesita algo.

—Pero…, ¡hay que tener coraje! No creo haberle dado lugar como para que se tome este atrevimiento.

—Por favor, Aurelia, no quiero que se ofenda. Ya veo que está bien, entonces, me voy.

Y el mismo marco que había delineado su figura, ahora, dibujaba su ausencia.

En las terrazas, la ropa que colgaba de las cuerdas bailaba, se contorneaba o intentaba escapar. El Riachuelo rugía y amenazaba con desbordarse enfurecido por el temporal. Como todas las tardes, Aurelia salió para entregar su trabajo, que guardó en un pequeño bolso de tela impermeable para protegerla de la lluvia.

—Niña, niña, ¿adónde vas con este aguacero?

—A entregar las blusas, doña Carmen. Vuelvo pronto, no se preocupe.

Sin embargo, no cumplió su palabra porque al salir de la Maison Lombard, se encontró con dos compañeras de trabajo.

—Vengan a tomar mate a mi casa –dijo una de ellas –mi abuela prometió preparar torrejas.

Conversaron un par de horas. Modas, dinero, amores. La dueña de casa y su compañera estaban comprometidas para casarse desde hacía un tiempo.

—Y vos, Aurelia, ¿no estás enamorada? –preguntó una de ellas.

—Ssí –contestó ella con voz insegura.

Las otras dos la miraron curiosas y un centenar de preguntas llovieron sobre ella. Que si ya había entrado a pedirla, que cuándo pensaba presentarlo, que si tenían planes de casamiento.

—Esperen, esperen –dijo ella –que esté enamorada no quiere decir ni siquiera que él lo sepa.

Le respondió la carcajada de sus compañeras y otra andanada de preguntas la aturdió.

Ella les contó la historia del encuentro y de cómo tropezaba con él cada vez que se asomaba a la calle.

—Le está arrastrando el ala –dijo la abuela que había entrado en el comedor sin ser vista –si el candidato tiene buena posición, ni se te ocurra dejarlo pasar, m´hija, porque después vas a arrepentirte…

Las dos amigas comenzaron a discutir entre ellas acerca de los matrimonios por amor o por conveniencia.

Aurelia aprovechó la oportunidad para despedirse. No quería responder más preguntas. No quería contar la verdad. El escándalo que se hubiera armado. Le dolía pensar en que le dirían que estaba loca, que lo echara, si se hubiera atrevido a decirles que el “candidato que le arrastraba el ala” estaba casado y tenía hijos. En ese momento, le temblaron las rodillas. La boca se le secó. Fue cuando comprendió con amargura que se enfermaba de solo imaginar la esquina de su casa sin la sombra del hombre.

Anochecía y además, sentía frío. Caminó con apuro debajo de la lluvia. Al acercarse, miró el jacarandá. Bajo la lluvia, parado en medio de una alfombra de flores azules, la esperaba él. Empapado, el pelo caía en desorden sobre la frente, las mangas del saco chorreaban agua. La miraba.

Aurelia suspiró. La suerte está echada pensó. Después le tendió el paraguas.

—Venga –le dijo y levantó la cabeza como quien acepta un desafío.

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