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Entrevistas

Juan Fernández Marauda: “En este momento me cuesta pensarme como algo más que un novelista”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini

Un regreso al punto de partida, las palabras escondidas en el origen; el pasado recortado en la memoria, como un fragmento quieto que avanza y revela.

Sin embargo, todo es movimiento, como el agua de un río, como un silencio que cuestiona y suelta preguntas en una geografía que, de pronto, se vuelve desconocida.

Transitar el camino de las palabras es dejarse conducir por sus formas, por el sonido que vibra entre sus letras y marca el ritmo de las historias que contienen.

Juan Fernández Marauda es docente y escritor, su vínculo con la palabra lo ha llevado a cruzar un puente cargado de voces en el que se balancea su primera novela “El puente de las brujas”, editada por EME Editorial en este 2020.

—Comencemos esta charla atravesando un puente de palabras. Ese paso imaginario te conduce a la casa de tu niñez. ¿Cuáles son las primeras palabras que percibís en ese camino y qué dicen de vos? ¿Qué vocablo olvidado aparece cuando abrís la puerta de esa casa?
—Ahora pienso que aquella casa también tenía un puente. No lo recordaba. Era un cruce peatonal para atravesar la ruta, a trescientos metros de la casa, sin agua, ni concreto, ni árboles a los lados. La casa estaba en uno de los márgenes del pueblo, al borde de la ruta que viene de Buenos Aires y sigue al sur. Desandando la ruta, hacia el norte, estaban el cementerio y el basural. Siguen estando, en realidad. El que se fue soy yo. Pensaba en la palabra márgenes, cuando empecé a escribir, pero la palabra justa, en realidad, es migrante. Llegamos ahí desde Lanús, yo recién nacido, y luego seguimos bajando. Del margen al centro, del centro al otro margen: el que tiene río, árboles y una garita de seguridad en la entrada al barrio. Ellos, en realidad. Yo me fui. Viví un tiempo en Capital Federal, como si quisiera reclamar una herencia, y de ahí me vine a La Plata, como quién se desangra. Acá volví a dibujar mis márgenes y a encontrarme con lo que significa venir del sur, escribir un sur más inventado que recordado, y vivirlo en Buenos Aires. El centro y la periferia, la gravedad de la tradición.

—Y ya que llegamos a la casa de tu infancia, ¿fue dentro de esas paredes donde nació tu gusto por las letras y la escritura?
—Mis viejos son muy lectores. Mis primeras lecturas fueron lecturas suyas, antes. Ellos me leían cuentos que venían en colecciones de Página/12. Mucho Jack London y Rudyard Kipling; algo de Ray Bradbury antes de dormir. Luego Mario Benedetti, poesía y prosa, y, sobre todo, Osvaldo Soriano. Con él me di cuenta que quería escribir. Y, además, que quería escribir como él: peleando con la inadecuación y con los géneros. Hace poco también descubrí que mi viejo escribía. Poemas de amor, traducciones propias de canciones de los Beatles, textos dibujados en cuadernos que habían quedado guardados en un galpón, numerados del ‘76 al ‘81. Él nunca los mencionó. Los encontré ya de grande, enterrados entre sus discos de pasta y las escopetas de mi abuelo.

—¿Qué libros o autores pudieron resultar “puentes” para llegar a tu primera novela?
—Investigué muchísimo para escribir El puente de las brujas. Buscaba y pedía y leía cuanto autor alguna vez dijo “río”. Volví a Saer, a El limonero real, a La Ribera, de Wernicke, a Sudeste, de Conti. Juan Bautista Duizeide, que fue un faro durante todo el proceso, me presentó la preciosura escondida que es Historia de los galgos, de Sara Gallardo y, aunque nunca lo pretendió, también me abrió la puerta a sus cuentos con olor a mar. Yo quería dejarme tapar por un lenguaje particular, un imaginario compartido. Que me inunde para luego trastocarlo, corromperlo. Como quién envenena un pozo.

—¿Cuál fue el punto de partida de esa historia?
—Creo que en el origen de todo están el comienzo de El extranjero, por un lado, y por el otro una cita sin contexto de Joyce:

¿Qué es un fantasma? preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.

Jugando con esta frase fui armando un personaje que la encarnara. Alguien que, en un descuido, pudiera pasar por aparecido. El fantasma que camina. Por otro lado, soy perfectamente consciente de que no escribí una novela panfletaria, ni siquiera una abierta denuncia de nada. Sin embargo, creo que en esto hay un comentario, la imagen de un pueblo que quizás se parezca al lugar en el que crecí. Ya diré que la geografía es la misma, los paisajes, los animales. También algunas ideas. Formas de ver el mundo que no le son exclusivas pero que echan raíz en el hermetismo de los paisajes patagónicos. La corrupción y los prejuicios naturalizados. Hay una voz hegemónica que dice que no hay que ver a la primera y al mismo tiempo actuar sin tapujos sobre los segundos, sobre los otros.

—¿De qué manera construiste al protagonista y a los personajes con los que comparte su vida y sus dolores?
—Quería encontrar un narrador moroso, una primera persona incómoda con su lugar y sus responsabilidades para con el relato. Incómodo o imposibilitado. Quería que esa sustracción personal fuera menos reserva que vulnerabilidad. Construir a un hombre que, justamente, ya no pudiera compartir nada. Los otros personajes son espejos con los que el narrador debería enfrentarse. Imágenes distorsionadas de un futuro que no se volvió presente. Encarnaciones de la ingenuidad y del sadismo que son particularidades que, cuando se las deja solas, juegan para el mismo bando.

—¿Cómo dibujaste con tus palabras los distintos escenarios, esa geografía donde los recuerdos y la muerte se adhieren al paisaje?
—Durante un verano y un invierno volví al sur con una libreta en la que anoté cuanta imagen me llamó la atención, aunque mas no sea de manera fugaz. Desde el vuelo de los pájaros al sentido de los remolinos en el agua. Hice archivo de impresiones, de ruidos, de comportamientos. Miré a los perros durante tardes enteras en las que hacían poco más que dar vueltas en círculos por el patio de mis padres, para luego ir y echarse al sol. Al pueblo en sí, lo construí como Frankenstein a su monstruo: con pedazos de muertos. Elementos robados del cementerio de la memoria, cosidos entre sí para ser más que la suma de sus partes, pero radicalmente distintos a lo que alguna vez fueron. Nunca me interesó retratar a mi pueblo, sino más bien reconocer aquellos elementos que cualquiera podría tomar y decir “yo conozco ese lugar”.

—¿Qué fue lo más difícil en el proceso de dar forma a la trama de este policial en el que las preguntas quedan en el aire?
—No aceptar, nunca, que estaba escribiendo un policial. Alejarme del lugar del detective, dejar de buscar justicia. Evitar los lugares comunes y las casillas de los géneros y permitirme, al mismo tiempo, tantear otras herramientas del terror, del fantástico. Medir las palabras para que nada se revele por completo, acaso solo se intuya. Sostener la voz del narrador y no sucumbir a la tentación de confesar.

—¿Hay recorridos de tu propia historia en esta ficción?
—La respuesta rápida es no, en cuanto no es algo que me interesó trabajar. No pretendí escribir un testimonio ni hacer memoria ni purgar culpas. Me borré explícitamente del texto para darle lugar a la historia y algo de esa sustracción recayó, eventualmente, en el narrador, que no piensa, que no sabe, que no dice, que no quiere. Que tan solo ve. Dicho esto, la propia vida siempre es cántaro al que se vuelve. Uno toma posturas, modos de ver, detalles, fragmentos de historias, pequeñas anécdotas. Escenografía, alumbrado y extras. Indio, Apache y Lola son los perros de mis viejos. David Williams existió y desapareció tal cómo se lo hice decir a Bruno Alfano. El himno que canta la madre de Javier en un recuerdo lo cantaron en el funeral de mi abuelo. Los fragmentos de mensajes al poblador rural fueron tomados de una radio AM que a veces escucho en las vacaciones. De la casa de mis padres tomé el patio, los árboles, los pájaros y el río. Desde ese fondo se ve el puente y los camiones lo dominan tanto como a mi relato. Cuando imaginé al comisario pensé en un compañero del secundario al que le tuve miedo, y cuando hice al veterinario tenía en mente a un amigo que ahora es veterinario en Trelew. A pesar de esto cada uno se volvió su propia cosa, casi enteramente distintos. Ningún nombre es real. Todo lo que cuento pudo haber pasado, pero, hasta donde sé, no pasó. No hice archivo de noticias ni investigué de forma alguna. Así y todo, de a pedazos y sin conexión entre sí, puede ser que cada fragmento haya sucedido y pertenezca a historias distintas. Así funcionan los pueblos. Creo que lo inquietante es que todo suene demasiado posible.

—¿Cómo sigue este año para vos? ¿Existen nuevos proyectos en camino?
—Nunca concebí la escritura y la publicación de ésta novela como un hito único, como quien tacha algo de la lista antes de seguir adelante. Más bien debe ser una carta de presentación, una suerte de habilitación para seguir publicando, ya que, paralelamente, todo el tiempo estoy escribiendo. En este momento me cuesta pensarme como algo más que un novelista. Todo lo que hago rápidamente se inclina para ese lado, aunque empiece por la descripción mínima de algún detalle curioso. Actualmente tengo un par de proyectos que son como perros que tironean para lados distintos, aunque, paradójicamente, todos construyen, entre sí, una suerte de esfera de influencia. Escribo uno y otro de manera alternativa y desordenada. Todos me gustan y todos son el principal por un día, hasta que encuentro algo que siento que funcionaría muy bien, pero en el otro, y así avanzo a los saltos.  

—Para terminar, regresemos por el mismo puente de palabras del comienzo, ¿qué deseo te gustaría arrojar al río que corre por debajo?
—¿Qué significa arrojar un deseo al río? ¿Esperar que se cumpla? ¿O desprenderse de su peso como quién descarta un cadáver? Quizás la respuesta a ambas posibilidades sea la misma: que la novela se aleje de mí. Que llegue a lectores lejanos, aunque yo nunca me entere. Que siga el curso de la corriente, debajo, hasta donde yo ya no pueda ni siquiera pretender dominarla.

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Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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En primera persona: Nair Libonatti, escritora

La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA En Trámite
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