Juan Fernández Marauda: “En este momento me cuesta pensarme como algo más que un novelista”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini

Un regreso al punto de partida, las palabras escondidas en el origen; el pasado recortado en la memoria, como un fragmento quieto que avanza y revela.

Sin embargo, todo es movimiento, como el agua de un río, como un silencio que cuestiona y suelta preguntas en una geografía que, de pronto, se vuelve desconocida.

Transitar el camino de las palabras es dejarse conducir por sus formas, por el sonido que vibra entre sus letras y marca el ritmo de las historias que contienen.

Juan Fernández Marauda es docente y escritor, su vínculo con la palabra lo ha llevado a cruzar un puente cargado de voces en el que se balancea su primera novela “El puente de las brujas”, editada por EME Editorial en este 2020.

—Comencemos esta charla atravesando un puente de palabras. Ese paso imaginario te conduce a la casa de tu niñez. ¿Cuáles son las primeras palabras que percibís en ese camino y qué dicen de vos? ¿Qué vocablo olvidado aparece cuando abrís la puerta de esa casa?
—Ahora pienso que aquella casa también tenía un puente. No lo recordaba. Era un cruce peatonal para atravesar la ruta, a trescientos metros de la casa, sin agua, ni concreto, ni árboles a los lados. La casa estaba en uno de los márgenes del pueblo, al borde de la ruta que viene de Buenos Aires y sigue al sur. Desandando la ruta, hacia el norte, estaban el cementerio y el basural. Siguen estando, en realidad. El que se fue soy yo. Pensaba en la palabra márgenes, cuando empecé a escribir, pero la palabra justa, en realidad, es migrante. Llegamos ahí desde Lanús, yo recién nacido, y luego seguimos bajando. Del margen al centro, del centro al otro margen: el que tiene río, árboles y una garita de seguridad en la entrada al barrio. Ellos, en realidad. Yo me fui. Viví un tiempo en Capital Federal, como si quisiera reclamar una herencia, y de ahí me vine a La Plata, como quién se desangra. Acá volví a dibujar mis márgenes y a encontrarme con lo que significa venir del sur, escribir un sur más inventado que recordado, y vivirlo en Buenos Aires. El centro y la periferia, la gravedad de la tradición.

—Y ya que llegamos a la casa de tu infancia, ¿fue dentro de esas paredes donde nació tu gusto por las letras y la escritura?
—Mis viejos son muy lectores. Mis primeras lecturas fueron lecturas suyas, antes. Ellos me leían cuentos que venían en colecciones de Página/12. Mucho Jack London y Rudyard Kipling; algo de Ray Bradbury antes de dormir. Luego Mario Benedetti, poesía y prosa, y, sobre todo, Osvaldo Soriano. Con él me di cuenta que quería escribir. Y, además, que quería escribir como él: peleando con la inadecuación y con los géneros. Hace poco también descubrí que mi viejo escribía. Poemas de amor, traducciones propias de canciones de los Beatles, textos dibujados en cuadernos que habían quedado guardados en un galpón, numerados del ‘76 al ‘81. Él nunca los mencionó. Los encontré ya de grande, enterrados entre sus discos de pasta y las escopetas de mi abuelo.

—¿Qué libros o autores pudieron resultar “puentes” para llegar a tu primera novela?
—Investigué muchísimo para escribir El puente de las brujas. Buscaba y pedía y leía cuanto autor alguna vez dijo “río”. Volví a Saer, a El limonero real, a La Ribera, de Wernicke, a Sudeste, de Conti. Juan Bautista Duizeide, que fue un faro durante todo el proceso, me presentó la preciosura escondida que es Historia de los galgos, de Sara Gallardo y, aunque nunca lo pretendió, también me abrió la puerta a sus cuentos con olor a mar. Yo quería dejarme tapar por un lenguaje particular, un imaginario compartido. Que me inunde para luego trastocarlo, corromperlo. Como quién envenena un pozo.

—¿Cuál fue el punto de partida de esa historia?
—Creo que en el origen de todo están el comienzo de El extranjero, por un lado, y por el otro una cita sin contexto de Joyce:

¿Qué es un fantasma? preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.

Jugando con esta frase fui armando un personaje que la encarnara. Alguien que, en un descuido, pudiera pasar por aparecido. El fantasma que camina. Por otro lado, soy perfectamente consciente de que no escribí una novela panfletaria, ni siquiera una abierta denuncia de nada. Sin embargo, creo que en esto hay un comentario, la imagen de un pueblo que quizás se parezca al lugar en el que crecí. Ya diré que la geografía es la misma, los paisajes, los animales. También algunas ideas. Formas de ver el mundo que no le son exclusivas pero que echan raíz en el hermetismo de los paisajes patagónicos. La corrupción y los prejuicios naturalizados. Hay una voz hegemónica que dice que no hay que ver a la primera y al mismo tiempo actuar sin tapujos sobre los segundos, sobre los otros.

—¿De qué manera construiste al protagonista y a los personajes con los que comparte su vida y sus dolores?
—Quería encontrar un narrador moroso, una primera persona incómoda con su lugar y sus responsabilidades para con el relato. Incómodo o imposibilitado. Quería que esa sustracción personal fuera menos reserva que vulnerabilidad. Construir a un hombre que, justamente, ya no pudiera compartir nada. Los otros personajes son espejos con los que el narrador debería enfrentarse. Imágenes distorsionadas de un futuro que no se volvió presente. Encarnaciones de la ingenuidad y del sadismo que son particularidades que, cuando se las deja solas, juegan para el mismo bando.

—¿Cómo dibujaste con tus palabras los distintos escenarios, esa geografía donde los recuerdos y la muerte se adhieren al paisaje?
—Durante un verano y un invierno volví al sur con una libreta en la que anoté cuanta imagen me llamó la atención, aunque mas no sea de manera fugaz. Desde el vuelo de los pájaros al sentido de los remolinos en el agua. Hice archivo de impresiones, de ruidos, de comportamientos. Miré a los perros durante tardes enteras en las que hacían poco más que dar vueltas en círculos por el patio de mis padres, para luego ir y echarse al sol. Al pueblo en sí, lo construí como Frankenstein a su monstruo: con pedazos de muertos. Elementos robados del cementerio de la memoria, cosidos entre sí para ser más que la suma de sus partes, pero radicalmente distintos a lo que alguna vez fueron. Nunca me interesó retratar a mi pueblo, sino más bien reconocer aquellos elementos que cualquiera podría tomar y decir “yo conozco ese lugar”.

—¿Qué fue lo más difícil en el proceso de dar forma a la trama de este policial en el que las preguntas quedan en el aire?
—No aceptar, nunca, que estaba escribiendo un policial. Alejarme del lugar del detective, dejar de buscar justicia. Evitar los lugares comunes y las casillas de los géneros y permitirme, al mismo tiempo, tantear otras herramientas del terror, del fantástico. Medir las palabras para que nada se revele por completo, acaso solo se intuya. Sostener la voz del narrador y no sucumbir a la tentación de confesar.

—¿Hay recorridos de tu propia historia en esta ficción?
—La respuesta rápida es no, en cuanto no es algo que me interesó trabajar. No pretendí escribir un testimonio ni hacer memoria ni purgar culpas. Me borré explícitamente del texto para darle lugar a la historia y algo de esa sustracción recayó, eventualmente, en el narrador, que no piensa, que no sabe, que no dice, que no quiere. Que tan solo ve. Dicho esto, la propia vida siempre es cántaro al que se vuelve. Uno toma posturas, modos de ver, detalles, fragmentos de historias, pequeñas anécdotas. Escenografía, alumbrado y extras. Indio, Apache y Lola son los perros de mis viejos. David Williams existió y desapareció tal cómo se lo hice decir a Bruno Alfano. El himno que canta la madre de Javier en un recuerdo lo cantaron en el funeral de mi abuelo. Los fragmentos de mensajes al poblador rural fueron tomados de una radio AM que a veces escucho en las vacaciones. De la casa de mis padres tomé el patio, los árboles, los pájaros y el río. Desde ese fondo se ve el puente y los camiones lo dominan tanto como a mi relato. Cuando imaginé al comisario pensé en un compañero del secundario al que le tuve miedo, y cuando hice al veterinario tenía en mente a un amigo que ahora es veterinario en Trelew. A pesar de esto cada uno se volvió su propia cosa, casi enteramente distintos. Ningún nombre es real. Todo lo que cuento pudo haber pasado, pero, hasta donde sé, no pasó. No hice archivo de noticias ni investigué de forma alguna. Así y todo, de a pedazos y sin conexión entre sí, puede ser que cada fragmento haya sucedido y pertenezca a historias distintas. Así funcionan los pueblos. Creo que lo inquietante es que todo suene demasiado posible.

—¿Cómo sigue este año para vos? ¿Existen nuevos proyectos en camino?
—Nunca concebí la escritura y la publicación de ésta novela como un hito único, como quien tacha algo de la lista antes de seguir adelante. Más bien debe ser una carta de presentación, una suerte de habilitación para seguir publicando, ya que, paralelamente, todo el tiempo estoy escribiendo. En este momento me cuesta pensarme como algo más que un novelista. Todo lo que hago rápidamente se inclina para ese lado, aunque empiece por la descripción mínima de algún detalle curioso. Actualmente tengo un par de proyectos que son como perros que tironean para lados distintos, aunque, paradójicamente, todos construyen, entre sí, una suerte de esfera de influencia. Escribo uno y otro de manera alternativa y desordenada. Todos me gustan y todos son el principal por un día, hasta que encuentro algo que siento que funcionaría muy bien, pero en el otro, y así avanzo a los saltos.  

—Para terminar, regresemos por el mismo puente de palabras del comienzo, ¿qué deseo te gustaría arrojar al río que corre por debajo?
—¿Qué significa arrojar un deseo al río? ¿Esperar que se cumpla? ¿O desprenderse de su peso como quién descarta un cadáver? Quizás la respuesta a ambas posibilidades sea la misma: que la novela se aleje de mí. Que llegue a lectores lejanos, aunque yo nunca me entere. Que siga el curso de la corriente, debajo, hasta donde yo ya no pueda ni siquiera pretender dominarla.

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