Juan Solá: “Mis personajes tienen un poco de mí y un poco del mundo, pero antes que nada una experiencia propia”

PH: Penguin Random House
Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

No es fácil cruzar las fronteras de lo evidente, atravesar los márgenes del silencio, avanzar sobre las oscuridades, recorrer sus formas para revelar lo escondido. Sin embargo, es posible visibilizar lo invisible, dejar que se manifieste, que crezca desde las sombras que lo contienen, permitir que las palabras quiebren las normas y rescaten a aquellos cuyas voces no se animan a cruzar al otro lado de las fronteras.

 El escritor Juan Solá ha logrado realizar ese camino. Sumergido en las orillas, dejándose llevar por el oleaje de los sonidos cotidianos, logra ver más allá de lo evidente, nada en esas aguas, las transita con la palabra, deja que ésta se instale en los huecos para que los habite y los trascienda. Sólo así es posible atravesar la realidad y transformarla.

ContArte Cultura charló con él para recorrer el vaivén de su pluma que llega lejos, a esos rincones olvidados.

PH. Revista Sudestada

—Si pudieras elegir un rincón que te represente, un hueco o un refugio que hable de vos en pocas palabras, ¿cuál sería y por qué?
—Un refugio propio es la infancia, que siempre pareciera configurar cada espacio que habito. Desde esa mirada siento que puedo interpretar el mundo desprovisto del prejuicioso ordenamiento que proponen los mandatos sostenidos desde las instituciones celadoras del orden. La de la infancia es una mirada que me resulta pura y sobre todo útil para desarrollar ficciones que puedan sorprendernos. 

—¿Qué circunstancias de la vida despertaron al Juan escritor?
—Creo que el Juan que escribe siempre estuvo despierto, siempre entendió a la ficción como un patio donde uno tiene permiso de treparse a cualquier árbol, de comer cualquier fruto y construir casitas en las ramas, aunque también exista la posibilidad de caer desde lo alto, de desplomarse y echar la carne por tierra. Los primeros cuentos que conté fueron a mis compañeros de la escuela porque ellos tenían muchas cosas que yo no, excepto la posibilidad de embrujar con ficciones. Narrar para ellos fue lo más cerca que estuve de detener el tiempo. 

—¿Creés que las palabras que construyen tus relatos logran atravesar el silencio de los márgenes para recuperar las voces imperceptibles?
—Creo que la configuración exacta de las palabras es capaz de producir efectos en la sangre, en la carne y el espíritu: creo que todas las palabras son mágicas. Creo que cada cuento es un embrujo y que cuando escribimos, más bien sintonizamos la voz espejo, nos volvemos antenas de una consciencia superior donde cada cuento posible ya ha sido contado. 

—Y hablando de esas voces, ¿de qué manera nacen y se desarrollan tus personajes? ¿Qué te ayuda a dibujar sus mundos interiores?
—Mis personajes tienen todos un poco de mí y un poco del mundo, pero antes que nada una experiencia propia y un decir que debe ser descubierto por quien pretenda narrar su historia. Hallar la voz narrativa es un poco desprenderse de lo que somos para ponernos al servicio de una construcción verosímil desde una propuesta de realidad que es al mismo tiempo contundente y holográfica. La cimentación del mundo interno de un personaje no es otra cosa que la construcción de telescopios de tinta para atravesar la galaxia y buscar vida en otros planetas. 

—¿Cuál fue el punto de partida de tu novela “La Chaco” y qué hilos narrativos la unen a “Ñeri” y a “Galaxia”?
—Identidad. Libertad. Comprensión. Esas serían las palabras claves que conducen esta historia: poder ser para poder hacer y en ese hacer, permitir que otros y otras también sean. La Chaco surge de mi necesidad de plasmar el mundo trans desde la mirada de la infancia, entendiendo que independientemente de nuestra identidad y expresión de género, es en este punto donde la sociedad puede volver a unirse con el segmento humano forzado a la disidencia a partir de discursos de odio impuestos desde el poder. 

—¿Cómo viviste el proceso creativo de “Naranjo en flúo”, un libro que abre las puertas hacia la mitología y la cultura guaraní?
Naranjo en flúo es un poco un homenaje a la tierra que me vio nacer. La posibilidad de devolverle al monte una mirada amorosa que le cure las llagas y, antes que nada, interpelar respecto a la necesidad de protegerlo. Al mismo tiempo, el duelo atraviesa la historia como una suerte de excusa para aferrarnos a lo que está vivo. A lo que todavía respira. Un motivo para entender que a veces el amor tiene el tamaño de una ausencia y otras de una cueva donde nos recostamos a sanar. 

—Contanos acerca de “Invisible”, tu última novela. ¿Sobre qué rincones se abrieron paso tus palabras para visibilizar los silencios de tus protagonistas?
—En Invisible decidí explorar los bordes de la locura como concepto establecido desde la mirada que enjuicia. Me pareció necesario hacer una búsqueda en mi experiencia personal para poder establecer los límites de la ficción y narrar a partir de ahí. En ese buceo, fui capaz de reconocer y reparar ciertos aspectos de mi propia experiencia.

—¿Existen líneas que se cruzan entre “Microalmas” y ” Epicaurbana”? ¿Hay líneas, como puentes, entre todas tus obras?
—Me gusta escribir relacionando todos mis trabajos porque creo que eso somos: un tejido humano, un apósito que sólo funciona si lo colocamos todas y todos juntos. 

—Este último renglón, nuestro hueco en la página, es un espacio para que siembres un deseo, tan solo una palabra que te gustaría ver germinada durante este año.
—La palabra es: LAICIDAD 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*