Luciano Olivera: “La literatura me plantea el desafío de reinventarme, que a esta edad me resulta genial”

Por Walter Omar Buffarini

Una carta a su padre lo llevó, sin darse cuenta, a desandar los caminos de la literatura. Primero como una necesidad casi catárquica y luego, con el correr del tiempo y las letras, como una forma de expresión.

Luciano Olivera es autor de dos libros de relatos, Aspirinas y Caramelos y Largavistas, en los que narra vivencias de su infancia y adolescencia con el toque necesario de ficción y fantasía.

“Me dedico a la televisión. Soy productor”, se adelanta a contestar respecto de su profesión, pero a la vez asume que encontró en la literatura una actividad “supercompatible” con su trabajo y que le permite un crecimiento y una maduración.

En diálogo con ContArte Cultura, el escritor se anima a brindar detalles de su obra, describe la ruta que lo llevó a la publicación y confiesa que vive la literatura como una carrera de obstáculos que le permite reinventarse.

—¿Cómo te embarcaste en este mundo de la literatura?
—Mi inicio fue una casualidad absoluta. Escribí toda mi vida, pero nunca para libros, no literatura, sino por trabajo. Se me da fácil escribir, pero no me había propuesto hacerlo profesionalmente. Es más, siempre tuve mucho respeto por la gente que escribía libros y un día me encontré ahí.

—Hasta ahora tus textos se podrían llamar autoreferenciales…
—Centralmente sí, pero también hay bastante de ficción. En Aspirinas y Caramelos, mi primer libro, hay varios relatos que son claramente ficción, a tal punto que ni siquiera están escritos en primera persona. En Largavistas, que salió este año, si bien el personaje soy yo de chico y lo que cuenta en su gran mayoría son experiencias que viví por lo menos lo que recuerdo de algunas vivencias, también hay algunas circunstancias de ficción que voy poniendo en aquellos lugares en donde la memoria está medio en blanco, en esos lugares donde digo “acá no me acuerdo” o lo que recuerdo es sólo un disparador que no alcanza para convertirlo en una situación atractiva para el lector. Ahí es donde dejo volar un poco la imaginación. Pero sí, la raíz son experiencias personales, mi entorno, mi familia, los lugares donde yo he estado.

—¿Y todo tiene que ver con tu infancia?
—En Aspirinas y Caramelos hay algunas cosas que son más de la adolescencia. Se para en el momento de la muerte de mi viejo, cuando yo tenía 13 años, y hace un viaje hacia atrás y otro hacia adelante. Así abarca infancia y primera juventud. Largavistas sí es un viaje totalmente en mi infancia.

—¿Los escribiste pensando en un público en particular?
—Cuando los escribí no pensé para quién estaban dirigidos. No por una actitud presuntuosa, sino porque no me salió. Me puse a escribir lo que tenía ganas de escribir. De igual modo, la primera respuesta podría ser que es para adultos, la segunda, pero ahí nomás, es que cuando lo leen adolescentes o chicos lo entienden perfectamente y lo toman como un relato del que podrían ser protagonistas. Hoy existe un rescate vintage, Instagram es un rescate vintage de volver a las cámaras fotográficas de antes con las herramientas que tenemos ahora, y ese tipo de cosas son las que acercan a los más chicos bastante a lo que cuento de mi infancia de hace 35 o 40 años. Si se quiere, lo entienden de un modo claro y casi cercano. Sin estar escritos para chicos, son dos libros, sobre todo Largavistas, que tienen un abordaje que muchas veces me sorprende por las respuestas favorables que recibo de los lectores. Evidentemente funciona.


“Casi como por una cuestión de entrenamiento escribo todos los días.
Siento que si no escribo se me va la forma”


—¿Encontraste dificultades para hacer de las historias personales algo interesante para los otros?
—Tengo una teoría sobre eso. Primero es una situación similar a cuando te despertás de un sueño. Soñaste con algo que para vos fue fantástico y se lo contás a alguien entusiasmado, pero al mismo tiempo vos mismo, al contarlo, te das cuenta de que no tiene ninguna ilación, ningún interés, que es una pavada. Pero la contracara de eso es la “anécdota del asado”. En la sobremesa comenzás a contarla y el público se queda escuchando, interesado. Esa anécdota, cuando la podés llevar al papel, es literatura. Yo trato de pararme claramente en lo segundo. Entonces analizo y digo “esto yo lo puedo contar como una anécdota en un asado”. Ahí es donde mezclo un poco lo que realmente sucedió con lo que lo decora al contarlo. Las anécdotas en general son un cúmulo de exageraciones cada vez más grandes a medida que se reiteran. Trato de hacer un poco eso, tengo un nudo central y lo decoro con exageraciones, con ficción. Creo que la vida de uno puede no tener el más mínimo interés para nadie y uno tiene, si quiere hacer de eso un intento de obra literaria, el deber de ponerla atractiva para que alguien la lea. Y así, uno la cuenta del modo más atractivo que puede. Es un verdadero trabajo, porque en principio uno cree que tiene una buena historia, pero si no la adornas como corresponde puede no ser nada o acabarse en tres frases.

—Tengo la certeza de que tu profesión de productor te ayuda a la hora de agregar fantasía a las historias.
—Desde chico me acostumbre que mi único capital es mi cabeza. Para bien o para mal. Todos pensamos todo el día, pero en mi caso, mi deber es crear, para televisión, para radio, entonces eso hace que me sienta un tipo que está todo el tiempo creando. Por supuesto que después eso puede ser una porquería, pero mi mandato es estar todo el tiempo inventando, creando. Eso me sirve a la hora de escribir. El entrenamiento creativo sin duda que es básico, aunque todavía dependo mucho de lo que realmente me pasó y estoy verdaderamente explorando para no tener esa dependencia. Me gustaría poder ir despegándome de lo biográfico, que de todos modos para mi tiene un valor enorme. Me parece que la evolución de un escritor, el que yo quiero ser, va de la mano de poder prescindir completamente de lo que le pasó, o saber tomar sólo una parte y a partir de ahí inventar una historia entera. Ese es el desafío que me impongo para adelante.

—¿Qué o quién te llevó a publicar tu primer libro?
—La carta que dio origen a Aspirinas y Caramelos fue como un destapar la cabeza. A partir de ahí comencé a escribir bastante catárquicamente, y lo fui subiendo al blog que había inaugurado con ese primer texto y que fue creciendo con algunas cosas más. Así, un día llegaron unos amigos del sello editorial Aurelia Rivera, y me dijeron “¿Te das cuenta que estás escribiendo un libro?”, y yo les respondí “No, para nada, sólo son entradas en un blog”. Y ellos entonces me insistieron con que recopiladas bien podían ser un libro. No demoraron más de una semana para acercarme un maquetado, con uno de los textos impresos en el papel que debía ser, como para que yo viera de qué se trataba. Fue realmente muy bueno verlo, porque sinceramente no lo imaginaba. Pero cuando lo tuve materializado entendí que podía funcionar. A partir de ese momento acordamos que yo elegiría los textos que quería que estén y además aprovecharía a escribir algunas cosas más. Me embarqué de llenó y, pensando ya en la publicación, escribí mucho. Tanto que el sesenta por ciento del libro final son textos que no estaban en el blog.

—¿Y qué más pusiste en ese primer libro?
—Contiene algunos de los textos que escribía para Cancha Llena del Diario La Nación. Son historias que tienen que ver con el descenso de Independiente, el club del que soy hincha, como lo era mi papá. Son crónicas que yo le contaba a mi viejo después de cada partido que el Rojo jugaba en la B, y en las que le mentía para que no sintiera que habíamos descendido. Estaba escribiendo mucho en ese momento, así que tenía el entrenamiento.

—¿Y “Largavistas” surge como una necesidad del escritor?
—Si. A Aspirinas y Caramelos le había ido muy bien, con ediciones agotadas y varias reimpresiones, entonces ya sentí lo lindo que era que interesara lo que yo hacía. Conjuntamente con eso, me empecé a plantear cuánto me había quedado sin contar, y así empecé a escribir el germen de Largavistas, que sería una historia previa en donde contaba qué pasaba con la familia antes de la muerte de papá. Pero cuando tenía terminado el libro, o por lo menos eso creía, la editorial Planeta me ofreció reeditar Aspirinas y Caramelos. Eso me detuvo, ya que aprovechando la posibilidad agregué algunas cosas para lo que sería la edición definitiva de ese primer libro. Así, pasó un largo tiempo, que me permitió redondear Largavistas para finalmente publicarlo en abril de este año.

—Varios de tus textos tienen mucho que ver con Independiente ¿Con que escritor de los “futboleros” te identificás más?
—En principio, trato de quedarme con lo mío. Hay autores que me gustan, particularmente con Eduardo Saccheri soy amigo, trabajo con él, es un monstruo, un crack con una voz muy identificable, pero entiendo que cada uno tiene lo suyo. Si tuviéramos que hablar de influencias, la mía siempre fue Fantonarrosa. Me fascinó la facilidad que tenía el Negro para contar la vida cotidiana, más allá del fútbol. Le tengo una profunda admiración y cuando lo comencé a leer, sin saber que yo terminaría escribiendo, me planteaba que lindo sería poder escribir como él. Hay algo que Fontanarrosa hacía, algo en particular, que es el manejo del humor de una manera tan fina como brutal que admiré siempre, muchísimo. Cuando estoy en alguna situación medio endeble, busco algún libro de Fontanarrosa para leer de nuevo.


“Soy un lector voraz. No hay un día que pase en el que no lea.
Y a pesar de tener mis preferencias, leo de todo un poco”


—Tu primer público debe haber sido la familia ¿cómo reaccionaron?
—Recibieron los libros muy bien y diría que con orgullo. Tanto mamá, mis dos hermanas, mi hija… Respecto de alguna de las historias en particular, que como decía antes las decoro con ficción, a veces me dicen “de eso yo no me acuerdo”, pero sí reconocen el germen de la historia. Y en ese camino de charlar sobre personajes y situaciones, tuve una discusión divina con mi hermana mayor. En la tapa de Aspirinas y Caramelos hay un auto que era el que teníamos cuando éramos chicos y que es bastante protagonista de los textos. Un Fiat 800 gris con asientos rojos. Cuando mi hermana leyó los relatos me llamó y me dijo: “Che Luciano, el auto era un Fiat 850, celeste con los asientos grises”. Allí se inició el debate que finalizó cuando encontramos una de las fotos, que es la que está en la portada. Pero, más allá de la “disputa”, eso no hizo más que demostrarme que la memoria no deja de ser en parte un invento. Si mi hermana hubiera escrito la historia lo hubiera hecho distinto a mí, con las transformaciones propias de sus recuerdos.

—¿Recuperaste un poco a tu papá a través de estas historias?
—Yo me había enojado mucho con papá. Él se murió por fumar. Había tenido un preinfarto a los 49 años, le dijeron infinidad de veces que tenía que dejar el cigarrillo y nunca lo hizo. Entonces me enojé muchísimo con él por no cuidarse. Tanto que hasta lo había borrado. Creo que lo que aparece después, como texto emocional fuerte, tiene que ver con que era tanto el peso de aquella ausencia, y tanto el enojo y lo que yo tenía guardado, que cuando salió fue una liberación. Sin dudas que al poder escribir todo aquello me permitió recuperarlo. Los relatos también me ayudaron a contarlo, en algunos casos poniéndolo muy alto, pero en otros narrando sus debilidades, alguna de sus lejanías y sus cuestiones bien humanas. Y también pude charlar con él desde otra dimensión, ya de igual a igual, él con sus 49 años y yo con los míos. En cierto punto fue muy sanador, cerró el duelo y me permitió madurar.

—¿Cuál es tu meta dentro de la literatura?
—Soy un tipo que produce. Si me preguntan que soy, contesto “un productor”. Me siento más completo cuanto más produzco. Como comenté, vivo de mi cabeza, me siento con ideas, bastante activo, entonces mi meta pasa precisamente por producir. En el caso particular de la literatura es escribir. Por supuesto que, cuando uno escribe y empieza a editar, lo que quiere es seguir escribiendo, sin tener un final. Asimismo, lo siento como una carrera donde tenés que ir saltando obstáculos. Con el primer libro salté un obstáculo importante que era precisamente “el primer libro”. Con el segundo superé uno que sentí más fuerte aún, que fue descubrir que no se había agotado en el primero. Con el próximo, el obstáculo que debo saltar es mi propia capacidad para seguir produciendo sistemáticamente, ir descubriendo definitivamente al escritor, adquirir el nuevo oficio, y me gusta mucho porque me plantea el desafío de reinventarme, que a esta edad me resulta genial.

—¿En qué estás por estos días?
—Ahora estoy embarcado en dos proyectos, con la idea que uno salga en 2019 y el otro en 2020, pero eso se irá viendo. Son dos proyectos nuevos, uno más futbolero compuesto por relatos y cuentos cortos, y el otro una novela.

—¿Si hoy tuvieras que elegir, te quedás con el escritor o con el productor?
—Si me pienso a 25 años me veo en un escritorio escribiendo historias, si se quiere hasta por una cuestión física, de cansancio orgánico. Pero de acá a unos cuantos años más me veo haciendo las dos cosas. Son dos actividades supercompatibles y creo que produzco mejores ideas, para televisión o para otros productos, a partir de tener la cabeza muy abierta en mi tarea literaria y viceversa. No creo que compitan en ningún momento, sino que se retroalimentan.

—¿Qué creés que pensaría tu papá al verte hoy?
—Imagino que estaría orgulloso. Tanto de que estuviera escribiendo como de la productora, porque en definitiva era en el ambiente en el que él se movía. Era periodista y era escritor, aunque nunca publicó. Creo que me vería en un mundo bastante similar al de él y probablemente le gustaría verme ahí.


Luciano Olivera

Nació en Buenos Aires en el año 1968. Es productor, guionista y director de televisión. Creó y desarrolló formatos que le valieron numerosos premios. Dirigió Canal 7 y UBA TV, ejerce el periodismo, es docente y actualmente está al frente de Zoom In, su propia empresa de contenidos. Es autor de los libros de relatos y cuentos cortos Aspirinas y Caramelos y Largavistas, y también columnista en diversos medios digitales.

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