Margarita Mainé: “En las escuelas descubro que si el docente se apasiona, los alumnos también y los personajes pasan a ser amigos”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen voces invisibles que llaman desde los rincones más inesperados, son tan solo murmullos imprecisos, atrapados en el interior de alguna palabra, en el punto exacto donde nace una historia. Cuentan que el viento sopla los nombres que un lápiz dibuja, que sobre los papeles las voces toman forma y comienzan a rodar entre las páginas, cuentan los que cuentan que las letras juegan en el interior de cada libro.

Margarita Mainé es docente y escritora, su voz rueda dentro de las tantas historias que ha escrito, esos mundos invisibles que hace realidad a través de sus palabras, con las que construye a sus personajes y atrapa a sus lectores.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, la autora abre las puertas de su universo creativo y nos invita a conocerlo.

—Una valija cargada de historias rueda sobre estas primeras palabras que nos conectan. Adentro, un cuaderno antiguo esconde un secreto, una anécdota que te incluye y que al abrir la valija será revelada, ¿cómo comenzaría esa historia en la que podremos encontrar algunas letras que te definan?
—Tengo sesenta años y pocos secretos para develar. Sobre todo, por recorrer tantas escuelas y los chicos preguntando cada detalle de mi vida como escritora… ¡Ah! Encontré uno: Tenía 16 años en 1976, plena dictadura en Argentina. Mi tío Esteban fue detenido y por milagro legalizado, sabíamos que estaba preso y cada tanto se lo podía visitar. Mi tía se vino a vivir a mi casa con sus 4 niños pequeños y mi tío les mandaba desde el horror de la cárcel cuentos infantiles que él mismo escribía. Recuerdo uno de una jirafa… Fue la primera vez que, con admiración, pensé que se podía escribir sin ser escritor. Pasaron diez años para que empezara a pensar en hacer lo mismo pero esa escena fue fundante en mi biografía.

—¿Qué libros de tu niñez fueron puentes hacia la escritura?
—Los cuentos de hadas, toda la serie de Mujercitas, los cuentos que salían en las revistas Fabulandia que compraba mi tía. Y recuerdo un libro que leí innumerables veces que es “María”, de Jorge Isaacs. Lo releía cada vez que quería llorar, ya que es una historia muy triste. Igualmente, ni pensaba en escribir, fui solamente una amante de la lectura desde muy pequeña.

—¿En qué momento de tu vida te encontraste escribiendo las historias que habitaban en tu imaginación?
—Fue de la mano de la docencia. Maestra jardinera recién recibida, la narración de cuentos fue mi primer recurso para que mis alumnos se enamoraran de las historias. Narré todos los que conocía y creo que por jugar empecé a inventar mis propias historias. Las contaba, sin intención de escribirlas todavía, en el hermoso arte de la narración, llena de gestos, onomatopeyas e imágenes corporales. Me divertía mucho hacerlo y ver las caritas de los chicos disfrutando. Años después, pensé que escribirlos era el paso siguiente y empecé un taller literario en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores).

—¿Cómo podrías describir tu espacio creativo en pocas palabras?
—Mi espacio creativo está en la niñez. Tengo una enorme admiración por los niños, me gusta compartir tiempo con ellos, conversar, escuchar lo que opinan, lo que imaginan y lo que sueñan, para tejerlos en mis historias. Si la pregunta se refiere al lugar físico, tengo en casa un escritorio que era el cuarto de mis hijos, ya independizados. Lo tengo lleno de cartas y dibujos de niños, fotos de mis nietos y un escritorio solido y viejo que me regaló mi amiga Viviana y que era de su marido, escritor también. Ahora mismo lo estoy mirando y veo tantas cosas a mi alrededor… libros, lápices de colores, señaladores, cuadernos, anotadores, el mate, un Pinocho, un Peter Pan, un Puki tejido que me regalaron en una escuela. ¡Se habrán dado cuenta que soy muy desordenada!

—¿De qué manera percibís el comienzo de una historia y cuáles son los pasos que seguís para darle vida?
—Las ideas llegan de maneras muy diferentes, pero siempre empiezan con una pequeñita idea que vive en mi cabeza a veces semanas o meses, y en ocasiones años. El único paso que sigo es sentarme a trabajar y trabajar y trabajar. No soy una “inspirada”, soy una trabajadora de las palabras. No me salen fácil, mi escritura requiere siempre mucha corrección, mucho trabajo de reescritura.

—Contanos dónde pueden gestarse tus personajes y cómo trabajás sus rasgos a través de las palabras. ¿Hay un descubrimiento conjunto de esos rasgos con los ilustradores? ¿Se modifican durante el proceso creativo?
—Lo que me sucede con los personajes es que imagino cómo son interiormente, su carácter, su manera de pensar, sus opiniones. No suelo imaginar si son altos o bajos, de qué color tienen el pelo o su imagen corporal. Por eso, suele ser fácil para mí aceptar las imágenes que suman los ilustradores. Respeto y admiro mucho el trabajo que hacen dándole vida al libro. ¿Qué sería de un libro infantil sin la belleza de su trabajo? Con el libro ya ilustrado hay un ajuste que a veces son modificaciones en el texto y otras veces de las ilustraciones. Distinto fue mi trabajo, por ejemplo, con Nora Hilb. Con ella pensamos libros en conjunto y nos hacemos aportes mutuos para enriquecerlo y se nota ese trabajo en común.

—¿Creés que los finales abiertos favorecen la creatividad de los lectores?
—No sé responder a esa pregunta. Sé que cuando recurro al final abierto es porque no puedo decidir un final cerrado. Y que como lectora no me gustan los finales abiertos, pero como escritora recurro mucho a ellos.

—¿Cómo ves la literatura infantil-juvenil por estos días? ¿Cuál es tu experiencia en las escuelas que visitás?
—La LIJ (literatura infantil juvenil) sostiene en las escuelas el último lugar para que los niños se conecten con la lectura y son los maestros los artífices de ese milagro. En las escuelas se sigue leyendo, sigue habitando el libro y por ese motivo estoy muy agradecida con mis colegas. En las escuelas descubro que si el docente se apasiona, los alumnos también y los personajes de los libros pasan a ser amigos, compañeros. Y la figura del escritor se valora y los chicos reaccionan ante mi visita como si yo fuera una tía, una abuela de todos, con mucho cariño.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días? ¿Hay algún libro en camino?
—En estos días de cuarentena no estoy escribiendo mucho. Sí revisando una novela que tengo muy adelantada y que ya hace tiempo está en etapa de corrección. Todavía no tiene título, pero es sobre un niño que se muda y encuentra un vecino muy particular en su casa nueva.

—Volvamos a nuestra valija del comienzo, ¿qué sueño te gustaría dejar guardado entre esos papeles antiguos?
—No muchos… quizás guardaría la risa de los niños que me mandan las madres cuando leen mis historias. Las muestras de cariño que recibo todos los días y mi profundo amor por la infancia. Y el sueño, sin duda, de un mundo mejor para ellos.

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