Martín Mercado: “Observar a un simple tipo que camina por la calle me motiva a escribir alguna historia”

Por Andrea Viveca Sanz

Los sonidos del barrio despiertan su imaginación. Las historias, enredadas entre sus veredas, comienzan a rodar en su mente inquieta para convertirse en cuentos, en los que la realidad se filtra mediante gotas, que huelen a bares, a fútbol, a amores y a amigos.

De esta manera, Martín Mercado se convierte en un mensajero de anécdotas, de esas que saltan de boca en boca, de esas que vibran en los rincones de las plazas, que se introducen en las esquinas y que de tanto girar se hacen eternas.

En diálogo con ContArte Cultura, el escritor de Castelar abre las páginas de sus libros y desde ellas emergen los cuentos que invitan a sumergirse en la fantasía de lo cotidiano.

—¿De qué manera comenzó a rodar entre las esquinas de la vida la historia de Martín Mercado escritor?
—Empezó cuando tenía 14, 15 años, ya en ese entonces me gustaba escribir letras de canciones para el proyecto trunco de una bandita de rock, y algún que otro poema, que generalmente terminaba en el tacho de la basura. Siempre fui bastante obsesivo y exigente con mis textos. Tampoco es que pasaba demasiado tiempo escribiendo, y ya que la pregunta lo menciona, a decir verdad, me gustaba más la esquina y la calle que la literatura.

—¿Cuál crees que es hoy el poema que mejor te representa?
—Es difícil elegir uno en particular, y me da un poco de vergüenza también, pero me gusta mucho uno que se llama Al mediodía, que fue escrito en un bar frente a la estación de Caseros. Es una mezcla de amor, calles y el cálido momento de esperar a una persona observando todo el tiempo a través de la ventana. Lo elijo no tanto por el poema en sí, sino que me trae muy lindos recuerdos la época y el momento por el cual estaba pasando en mi vida personal, soy egoísta lo sé.

—¿Qué cosas, enredadas entre las veredas del barrio, son las que disparan tu imaginación para convertirse en cuentos?
—Las veredas en sí, las calles, los recuerdos e historias vividas con los amigos. Más que la imaginación, el volver a sentir la niñez o el observar a un simple tipo que camina por la calle me motivan y llevan a escribir alguna historia. Mis cuentos suelen ser casi todos hechos vividos por mí directa o indirectamente. Muchas veces tomo alguna historia cercana, de un vecino, un amigo y, si sale, lo vuelco al papel. Siento que de esta forma estoy siendo más sincero con el lector y conmigo mismo. Ojo, es una apreciación muy personal, y respeto cualquier tipo de inspiración y todo tipo de trabajo, siempre y cuando esté hecho con pasión.

—Contanos qué objetos no puedan faltar en tu espacio creativo y al menos dos que te perturben a la hora de escribir.
—La verdad que me encantaría que fuera una botella de vino y el mar de fondo, pero suelo escribir cuando puedo, tal vez en el tren o en algún barcito de esquina. Lamento decepcionar a aquéllos que esperaban otro tipo de respuesta (risas). No sé si existe algún objeto que me perturbe. Me molesta el hecho de no contar con el tiempo suficiente, pero eso es algo que le pasa a la mayoría de los escritores, bailarines o mecánicos.

—Hablanos del proceso que seguís para elegir y construir a los personajes que caminarán cada uno de tus cuentos.
—La verdad es que lo hago naturalmente. Trato de contar y describir al personaje que integra cada cuento tal y como es. Como suelen ser personas de la vida diaria, no tengo que hacer un gran esfuerzo con respecto a eso, aunque a veces describir lo sencillo es lo más complejo.

—¿Qué pueden encontrar los lectores en tus libros de cuentos “El deseo de don Mario” y “Ceremonia al amanecer y otros cuentos de esquina”?
—En esos dos libros se reflejan de un modo más notorio las historias barriales, con sus típicos personajes, la plaza y el pibe que juega a la pelota. También las dedicatorias a un abuelo, a una madre, y cierta melancolía inevitable al tratar de estos temas tan profundos.

—¿Cuál es la temática principal que entrelaza los relatos de tu último libro “Los perros del conurbano”?
—Creo que, en este último libro, podemos encontrar cuentos de diferente índole. Desde una historia de amor hasta un muchacho maduro que extraña el tiempo que ya no está, desde un linyera que muere en la calle a un tío soñador que intenta inculcarle a su sobrino los viejos valores, el jugar a la bolita, al ring-raje…

—Por estos días, ¿estás en la búsqueda de otras historias barriales?
—Las historias llegan solas, soy parte de ellas, nunca esquivé un partido de fútbol en el barrio, ni una juntada en la esquina. A su vez, al frecuentar a menudo los bares uno asoma un poco a la vida. Como dijo Fontanarrosa: “En el bar estás en tu casa, pero a la vez estás balconeando la calle”.

—¿Hay alguna nueva obra en camino?
—Si todo va bien, a futuro habrá un nuevo libro de cuentos. Empecé una novela, pero llegó un momento en el que no estaba haciéndola con gusto ni pasión y no permito en mi vida eso, al menos en la escritura. Cuando vuelvan esas ganas seguramente vuelva al ruedo.

—¿En qué lugar te gustaría ver florecer a tu próximo sueño literario?
—Que florezca donde tenga que ser, o mejor aún, que florezcan los sueños de quien pueda leerme.

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