Mercedes Pérez Sabbi: “Si se escribe en libertad aparecen los elementos para que el texto sea luminoso”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
Edición: Walter Omar Buffarini

Existe un mundo invisible en el interior de cada artista, un entramado de emociones que emergen y se revelan a través de sus obras. Diminutos fragmentos de poesía, escondidos detrás de los disfraces, se superponen a las máscaras y se adhieren a las palabras, que dan vida a aquello que permanece callado en la boca del tiempo y se desata en un punto de silencio.

Mercedes Pérez Sabbi es escritora, actriz y murguera, lleva dentro suyo las formas y los colores con los que teje cada una de sus obras, en las que cada letra se une a la siguiente para sostener los límites de sus universos de ficción. Es en esos escenarios imaginados donde sus personajes se mueven guiados por su voz, aunque desde algún reflejo de la vida han sido ellos los que hablaron primero.

En diálogo con ContArte Cultura, la destacada autora de textos infantiles recorre su camino de palabras y comparte sus vivencias en el mundo de las letras.

—Comencemos esta entrevista con una especie de juego en el que te entregamos un lápiz invisible dentro del cual habitan palabras de colores. Una vez en tus manos, un simple movimiento de tu imaginación te permitirá liberar exactamente cinco palabras. ¿Cuáles serían esas palabras que se te aparecen en el instante en que recibiste nuestro lápiz? Usando algunas de esas palabras, ¿cómo presentarías a Mercedes Pérez Sabbi?
—Infancia, jazmín, abuelo, misterio y soles son las palabras que escribí con mi lápiz invisible. Estoy hecha de un entramado de infancia que huele a jazmín, a limonero del jardín de la casa de mis abuelos. Allí nací. Allí, de la mano de mi abuelo asturiano, republicano y poeta, comencé a transitar los pasadizos secretos y misteriosos de la literatura. Soy sus poemas, sus relatos de alcanfor. Hilos de infancia. Una urdimbre de risas, de tristezas, de juegos, de cuentos, de agonías y resurrecciones. Toda una alquimia. Misterios que me han llevado por los senderos de la escritura.

—¿Recordás en qué momento sentiste que la escritura era un camino que querías recorrer?
—Somos telares, como dice la vieja Kush de Liliana Bodoc, una trama hecha por muchos hilos, por eso me resulta difícil decir el momento preciso que sentí que escribir era el camino que quería recorrer. De pequeña supe que las palabras tenían poder. El poder de abrazar como lo hacían los poemas de mi abuelo; el de lastimarme, cuando recibía una amenaza o una burla; el de mis palabras, persuasivas o molestas, cuando quería ser escuchada… Supe de niña que la poesía era muy poderosa, porque cuando mi abuelo leía un poema a la familia reunida, el silencio se volvía inmenso, único. Sé que ahí está la primera siembra. Claro que en aquellos días no podía imaginarme que podía dedicarme a la escritura. Porque si bien contaba con mi abuelo poeta (así lo veía yo), él era un trabajador ferroviario, señalero, que escribía poemas entre las llegadas de un tren y otro, y aunque tenía un gran amor por la lectura, estaba lejos de ser un escritor, un intelectual. Lo que sí puedo reconocer de aquellos días es el placer por la lectura y un fuerte deseo de expresarme a través de lo artístico: recitar los poemas de mi abuelo en Radio El Mundo, bailar danzas españolas en los cumpleaños, en los bailes de Tapalqué -el pueblo de mi madre-, armar representaciones teatrales con guión y dirección con mi hermano y amigos. Entre juegos, lecturas y otras búsquedas, transcurrió mi infancia y adolescencia. Tengo la intuición de que me demoré en saber qué era lo que me hacía feliz, pero a la vez pienso que es muy difícil medir esos tiempos subjetivos. De adulta me centré en el camino del teatro, la escritura, la docencia y la psicopedagogía. Mientras dirigía el grupo de teatro infantil “Obsoletos”, escribía literatura infantil y trabajaba en escuelas como asesora pedagógica. Todas mis actividades unidas por la infancia y la escritura. En esos años -principio de los 90- publiqué mis primeros cuentos para chicos en la Editorial Orión, de la mano de Poldy Bird. Pienso que esas primeras publicaciones reafirmaron mi fuerte deseo de seguir escribiendo y elegir a la literatura infantil como el modo de expresión.

—¿Qué cosas pueden despertar en vos una historia dormida en tu interior o en la memoria colectiva?
—Cuando comienzo una historia es porque hubo un encuentro entre un deseo, a veces escondido, con algo del afuera que lo pone en descubierto. Es como si esa historia llevara una hebra de la cuerda que conlleva mi deseo. Y si bien cada novela es una alquimia que refleja lo que llevamos dentro, creo que es muy difícil determinar la densidad simbólica de sus componentes. Manuela en el umbral partió del relato de Anahí, una joven compañera de mi hija en la escuela de cine, hija de desaparecidos. Su relato tocó mi ser, mi corazón, obviamente sensibilizado por haber vivido la dictadura, las desapariciones de amigos y compañeros. Su historia estuvo dando vueltas más de un año en mi cabeza, perturbando mi descanso, tal vez obsesionándome, hasta que pude escribirla. Fue muy liberador concretarla, como todo proceso creativo que se materializa. En Sopa de estrellas, historia de un niño cartonero, convergieron los recuerdos de mis primeros alumnos en una escuela de González Catán, con las imágenes de los niños del jardín de mi hijo, cuando jugaban a transformar la página de un diario en varios objetos. Nos vamos, nomás, nos vamos es

un relato murguero donde narro la historia de un pueblo que quiere vivir en libertad. Un pueblo que cotidianamente pierde algo, que estaba sucio a los ojos del poder, y no se resigna. En cada “chau” de sus pobladores hay una búsqueda por encontrar la alegría perdida. Se van. Se exilian. En esta historia se entretejen las imágenes coloridas y musicales del Grupo de Teatro Catalinas Sur, al que pertenecí muchos años, con la obsesión por la limpieza de una escuela donde trabajaba como psicopedagoga. Murga y limpieza. Limpieza como metáfora de prohibición, de represión. En la escuela se construyó un fuerte malestar institucional y quienes trabajábamos en ella teníamos deseos de huir. Esta situación la vinculé con el exilio en la dictadura. En el relato murguero encontré la manera de jugar libremente con las palabras. Busqué que la libertad del texto acompañara rítmicamente a la historia. Y podría seguir con los ejemplos de cada uno de mis libros, porque como dijo Galeano “quien escribe, teje”, y se teje con todo el ser, con la imaginación, los recuerdos, las vivencias.

—Tus libros están atravesados por temáticas sociales como las ausencias, el exilio, la sexualidad y muchos otros, ¿creés que quienes se sumergen en tus páginas regresan con preguntas que los ayudan a transitar esas realidades de una manera diferente? ¿Cuáles han sido tus vivencias en este sentido?
—Sabemos que el texto literario es polisémico, por lo tanto, resignificado por los lectores de manera personal. Como expresa Ana María Matute: “Un libro no existe en tanto alguien no lo lea. Y nunca nadie lee el mismo libro”. La comunicación que se produce con los chicos y jóvenes a través de los encuentros o de las diferentes expresiones que recibo, ya sean cartas, mensajes, dibujos, videos, etc., me permiten saber que hay textos que llegan a sus corazones. Y cuando esto ocurre, es que se está atravesado por un hecho artístico, y considero que esto modifica a quien lo vive, a quien lo transita. Se observa la realidad desde otro lugar, y tal vez esta nueva posición permita una nueva manera de vincularse con ella. De referenciarse y auto-referenciarse con el pequeño o gran universo que cada uno tiene. He tenido muchas y hermosas vivencias respecto del vínculo de los chicos y también de los docentes con mis textos. La Escuela de Gestión Comunitaria de La Rioja y la Escuela Expedición Zelada y Dávila propiciaron un trabajo participativo sobre Manuela en el umbral. Los chicos investigaron sobre la dictadura y los desaparecidos en la familia y el barrio.

Me leyeron relatos testimoniales y conmovedores cuando viajé en el 2012 en el marco de actividades organizadas por el Plan Nacional de Lectura. Camila, de la Escuela Expedición Zelada y Dávila, nos contó: “Yo quiero contar sobre la época militar porque mi abuelo fue militar y fue a Malvinas y mi abuelo está vivo (…) Pero a mi tío lo secuestraron. Una noche vinieron y no lo vieron más (…) Mi abuela lo esperaba con el plato en la mesa, como dijo usted, Mercedes, que hacían las madres, eso hacía mi abuela”. Más recientemente, escuelas secundarias de Córdoba me han acercado sus producciones y relatos sobre Pascualita Gómez, una chica que se las trae. En esta novela abordo el tema de la identidad. A partir de ganar un concurso televisivo, la joven Pascualita emprende la transformación de su cuerpo para ser una modelo internacional. Afiches conmovedores. Relatos de los docentes que ponen de manifiesto la búsqueda identitaria de los jóvenes lectores. Sopa de estrellas fue llevada al teatro por la Compañía de Teatro de Fernán Cardama, y recorrió muchas ciudades de Argentina y otros países con un importante reconocimiento por parte de los chicos. En estos días, los chicos y chicas del Colegio David Mc Taggart, de Santiago del Estero, hicieron la obra teatral de Dos asesinos, un muerto y tres obleas, con una puesta increíble. En verdad, es maravilloso recibir las muestras de afecto y cariño que despiertan muchos de mis textos. Conmovedor, por cierto.

—¿Cómo lográs escuchar la voz de un personaje para luego convertirla en palabras?
—Más que la voz de un personaje, lo que me resulta más difícil es encontrar la voz del narrador, quién cuenta la historia. Y para encontrar la voz del narrador necesito la trama, la historia que quiero contar. La búsqueda de la voz narrativa es un proceso de mucha movilización interna. Las voces de los personajes, los distintos escenarios, los detalles secundarios, los giros de la trama…  los voy descubriendo en el hacer. Escribo mucho con el pensamiento. Hago borradores. Tacho, rompo papeles. Escribo en la computadora y guardo y vuelvo. Confieso que varias de mis novelas se iniciaron entre el sueño y la vigilia. Por eso suelo dormir con un anotador y una lapicera en la mesa de luz.

—Contanos cómo viviste la experiencia de trabajar en el Plan Nacional de Lectura.
—Cada vez que recuerdo mis días en el PNL, que fueron de 2007 a 2015, me viene al cuerpo una sensación de alegría, como si retornaran las vivencias de un trabajo de siembra, de mucha siembra. Coordiné los proyectos y programas de un equipo en red a nivel nacional, que me permitió articular estrategias para que la lectura forme parte de la experiencia cotidiana de la escuela. Trabajamos con una dimensión política de la infancia, en el sentido de contar con una mirada emancipada de la niñez. Autores, talleristas, narradores, artistas, especialistas, llegaban a las escuelas de todo el país. Millones de libros y publicaciones fueron parte de un trabajo del que siempre estaré orgullosa. Y hoy, frente al desmantelamiento del PNL de la actual gestión, sigo trabajando junto a compañeras y compañeros del Colectivo LIJ en la defensa del libro, la lectura y los derechos de autores y mediadores.

Colectivo LIJ

—A tu criterio, ¿qué no debería faltar en un libro infantil?
—Pienso que la literatura infantil es toda literatura que especialmente disfrutan los niños. Esto significa que además de tener los atributos necesarios de un texto literario, el libro infantil debe tener un lenguaje asequible a la infancia y potenciar la belleza del texto en diálogo con las ilustraciones. “Todo lo bello enseña”, dijo Goethe. Belleza que surge de la libertad de sus autores. La permeabilidad de límites entre realidad y fantasía que tienen los chicos, nos permite a los autores jugar con libertad. Si se escribe en libertad, si se ilustra en libertad, sin los condicionamientos didácticos, pedagógicos o editoriales, aparecen las palabras, los colores, la musicalidad, el humor, la ternura, el juego, el misterio…, elementos necesarios para que el texto sea luminoso y atractivo para los chicos. Y una vez que el libro está listo y publicado, lo que no debería faltar son mediadores amorosos entre el libro y los chicos.

—¿Cuál es el libro que más te costó escribir y por qué? ¿Y el que más disfrutaste?
Manuela en el umbral es el libro que me llevó más tiempo de búsqueda y pienso que se debe a la densidad simbólica que conlleva el terrorismo de estado en nuestro país. Yo me preguntaba: ¿Cómo encontrar la voz de una niña de 4 años que después de una pesadilla, se despierta y no ve más a su mamá y a su papá? Y tanto me costó, que inicio la  novela diciendo: “Yo tengo un montón de palabras en la cabeza, pero cuando las quiero decir no me aparecen; es que están desordenadas y pienso que son feas también…”. En cuanto al disfrute, paso momentos de mucha ansiedad y también de disfrute en todos los textos que escribo.

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? ¿Hay algún libro en camino?
—Acabo de terminar una novela que está en lectura. No realizo comentarios sobre ella hasta que esté decidida su publicación. En los próximos meses me dedicaré a leer. Un pilón de libros me esperan en mi mesa de luz.

—Imaginemos un globo que lleva en su interior un sueño literario, ¿cuál sería y qué cielos te gustaría que recorriera?
—Uno de mis sueños recurrentes es que alguna de mis novelas llegue al cine, y que la película guste tanto, tanto, que recorra los cielos del mundo. Parece un sueño infantil, pero a la hora de soñar me gustan los sueños extraordinarios y mágicos, tan bellos y maravillosos, como suelen ser los sueños de los chicos.

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