Entrevistas
Mercedes Pérez Sabbi: “Si se escribe en libertad aparecen los elementos para que el texto sea luminoso”
Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
Edición: Walter Omar Buffarini
Existe un mundo invisible en el interior de cada artista, un entramado de emociones que emergen y se revelan a través de sus obras. Diminutos fragmentos de poesía, escondidos detrás de los disfraces, se superponen a las máscaras y se adhieren a las palabras, que dan vida a aquello que permanece callado en la boca del tiempo y se desata en un punto de silencio.
Mercedes Pérez Sabbi es escritora, actriz y murguera, lleva dentro suyo las formas y los colores con los que teje cada una de sus obras, en las que cada letra se une a la siguiente para sostener los límites de sus universos de ficción. Es en esos escenarios imaginados donde sus personajes se mueven guiados por su voz, aunque desde algún reflejo de la vida han sido ellos los que hablaron primero.
En diálogo con ContArte Cultura, la destacada autora de textos infantiles recorre su camino de palabras y comparte sus vivencias en el mundo de las letras.
—Comencemos esta entrevista con una especie de juego en el que te entregamos un lápiz invisible dentro del cual habitan palabras de colores. Una vez en tus manos, un simple movimiento de tu imaginación te permitirá liberar exactamente cinco palabras. ¿Cuáles serían esas palabras que se te aparecen en el instante en que recibiste nuestro lápiz? Usando algunas de esas palabras, ¿cómo presentarías a Mercedes Pérez Sabbi?
—Infancia, jazmín, abuelo, misterio y soles son las palabras que escribí con mi lápiz invisible. Estoy hecha de un entramado de infancia que huele a jazmín, a limonero del jardín de la casa de mis abuelos. Allí nací. Allí, de la mano de mi abuelo asturiano, republicano y poeta, comencé a transitar los pasadizos secretos y misteriosos de la literatura. Soy sus poemas, sus relatos de alcanfor. Hilos de infancia. Una urdimbre de risas, de tristezas, de juegos, de cuentos, de agonías y resurrecciones. Toda una alquimia. Misterios que me han llevado por los senderos de la escritura.

—¿Recordás en qué momento sentiste que la escritura era un camino que querías recorrer?
—Somos telares, como dice la vieja Kush de Liliana Bodoc, una trama hecha por muchos hilos, por eso me resulta difícil decir el momento preciso que sentí que escribir era el camino que quería recorrer. De pequeña supe que las palabras tenían poder. El poder de abrazar como lo hacían los poemas de mi abuelo; el de lastimarme, cuando recibía una amenaza o una burla; el de mis palabras, persuasivas o molestas, cuando quería ser escuchada… Supe de niña que la poesía era muy poderosa, porque cuando mi abuelo leía un poema a la familia reunida, el silencio se volvía inmenso, único. Sé que ahí está la primera siembra. Claro que en aquellos días no podía imaginarme que podía dedicarme a la escritura. Porque si bien contaba con mi abuelo poeta (así lo veía yo), él era un trabajador ferroviario, señalero, que escribía poemas entre las llegadas de un tren y otro, y aunque tenía un gran amor por la lectura, estaba lejos de ser un escritor, un intelectual. Lo que sí puedo reconocer de aquellos días es el placer por la lectura y un fuerte deseo de expresarme a través de lo artístico: recitar los poemas de mi abuelo en Radio El Mundo, bailar danzas españolas en los cumpleaños, en los bailes de Tapalqué -el pueblo de mi madre-, armar representaciones teatrales con guión y dirección con mi hermano y amigos. Entre juegos, lecturas y otras búsquedas, transcurrió mi infancia y adolescencia. Tengo la intuición de que me demoré en saber qué era lo que me hacía feliz, pero a la vez pienso que es muy difícil medir esos tiempos subjetivos. De adulta me centré en el camino del teatro, la escritura, la docencia y la psicopedagogía. Mientras dirigía el grupo de teatro infantil “Obsoletos”, escribía literatura infantil y trabajaba en escuelas como asesora pedagógica. Todas mis actividades unidas por la infancia y la escritura. En esos años -principio de los 90- publiqué mis primeros cuentos para chicos en la Editorial Orión, de la mano de Poldy Bird. Pienso que esas primeras publicaciones reafirmaron mi fuerte deseo de seguir escribiendo y elegir a la literatura infantil como el modo de expresión.
—¿Qué cosas pueden despertar en vos una historia dormida en tu interior o en la memoria colectiva?
—Cuando comienzo una historia es porque hubo un encuentro entre un deseo, a veces escondido, con algo del afuera que lo pone en descubierto. Es como si esa historia llevara una hebra de la cuerda que conlleva mi deseo. Y si bien cada novela es una alquimia que refleja lo que llevamos dentro, creo que es muy difícil determinar la densidad simbólica de sus componentes. Manuela en el umbral partió del relato de Anahí, una joven compañera de mi hija en la escuela de cine, hija de desaparecidos. Su relato tocó mi ser, mi corazón, obviamente sensibilizado por haber vivido la dictadura, las desapariciones de amigos y compañeros. Su historia estuvo dando vueltas más de un año en mi cabeza, perturbando mi descanso, tal vez obsesionándome, hasta que pude escribirla. Fue muy liberador concretarla, como todo proceso creativo que se materializa. En Sopa de estrellas, historia de un niño cartonero, convergieron los recuerdos de mis primeros alumnos en una escuela de González Catán, con las imágenes de los niños del jardín de mi hijo, cuando jugaban a transformar la página de un diario en varios objetos. Nos vamos, nomás, nos vamos es

un relato murguero donde narro la historia de un pueblo que quiere vivir en libertad. Un pueblo que cotidianamente pierde algo, que estaba sucio a los ojos del poder, y no se resigna. En cada “chau” de sus pobladores hay una búsqueda por encontrar la alegría perdida. Se van. Se exilian. En esta historia se entretejen las imágenes coloridas y musicales del Grupo de Teatro Catalinas Sur, al que pertenecí muchos años, con la obsesión por la limpieza de una escuela donde trabajaba como psicopedagoga. Murga y limpieza. Limpieza como metáfora de prohibición, de represión. En la escuela se construyó un fuerte malestar institucional y quienes trabajábamos en ella teníamos deseos de huir. Esta situación la vinculé con el exilio en la dictadura. En el relato murguero encontré la manera de jugar libremente con las palabras. Busqué que la libertad del texto acompañara rítmicamente a la historia. Y podría seguir con los ejemplos de cada uno de mis libros, porque como dijo Galeano “quien escribe, teje”, y se teje con todo el ser, con la imaginación, los recuerdos, las vivencias.
—Tus libros están atravesados por temáticas sociales como las ausencias, el exilio, la sexualidad y muchos otros, ¿creés que quienes se sumergen en tus páginas regresan con preguntas que los ayudan a transitar esas realidades de una manera diferente? ¿Cuáles han sido tus vivencias en este sentido?
—Sabemos que el texto literario es polisémico, por lo tanto, resignificado por los lectores de manera personal. Como expresa Ana María Matute: “Un libro no existe en tanto alguien no lo lea. Y nunca nadie lee el mismo libro”. La comunicación que se produce con los chicos y jóvenes a través de los encuentros o de las diferentes expresiones que recibo, ya sean cartas, mensajes, dibujos, videos, etc., me permiten saber que hay textos que llegan a sus corazones. Y cuando esto ocurre, es que se está atravesado por un hecho artístico, y considero que esto modifica a quien lo vive, a quien lo transita. Se observa la realidad desde otro lugar, y tal vez esta nueva posición permita una nueva manera de vincularse con ella. De referenciarse y auto-referenciarse con el pequeño o gran universo que cada uno tiene. He tenido muchas y hermosas vivencias respecto del vínculo de los chicos y también de los docentes con mis textos. La Escuela de Gestión Comunitaria de La Rioja y la Escuela Expedición Zelada y Dávila propiciaron un trabajo participativo sobre Manuela en el umbral. Los chicos investigaron sobre la dictadura y los desaparecidos en la familia y el barrio.
Me leyeron relatos testimoniales y conmovedores cuando viajé en el 2012 en el marco de actividades organizadas por el Plan Nacional de Lectura. Camila, de la Escuela Expedición Zelada y Dávila, nos contó: “Yo quiero contar sobre la época militar porque mi abuelo fue militar y fue a Malvinas y mi abuelo está vivo (…) Pero a mi tío lo secuestraron. Una noche vinieron y no lo vieron más (…) Mi abuela lo esperaba con el plato en la mesa, como dijo usted, Mercedes, que hacían las madres, eso hacía mi abuela”. Más recientemente, escuelas secundarias de Córdoba me han acercado sus producciones y relatos sobre Pascualita Gómez, una chica que se las trae. En esta novela abordo el tema de la identidad. A partir de ganar un concurso televisivo, la joven Pascualita emprende la transformación de su cuerpo para ser una modelo internacional. Afiches conmovedores. Relatos de los docentes que ponen de manifiesto la búsqueda identitaria de los jóvenes lectores. Sopa de estrellas fue llevada al teatro por la Compañía de Teatro de Fernán Cardama, y recorrió muchas ciudades de Argentina y otros países con un importante reconocimiento por parte de los chicos. En estos días, los chicos y chicas del Colegio David Mc Taggart, de Santiago del Estero, hicieron la obra teatral de Dos asesinos, un muerto y tres obleas, con una puesta increíble. En verdad, es maravilloso recibir las muestras de afecto y cariño que despiertan muchos de mis textos. Conmovedor, por cierto.

Córdoba 2019 
Córdoba 2019 
Dos Asesinos – Santiago del Estero 
Teatro – Santiago del Estero
—¿Cómo lográs escuchar la voz de un personaje para luego convertirla en palabras?
—Más que la voz de un personaje, lo que me resulta más difícil es encontrar la voz del narrador, quién cuenta la historia. Y para encontrar la voz del narrador necesito la trama, la historia que quiero contar. La búsqueda de la voz narrativa es un proceso de mucha movilización interna. Las voces de los personajes, los distintos escenarios, los detalles secundarios, los giros de la trama… los voy descubriendo en el hacer. Escribo mucho con el pensamiento. Hago borradores. Tacho, rompo papeles. Escribo en la computadora y guardo y vuelvo. Confieso que varias de mis novelas se iniciaron entre el sueño y la vigilia. Por eso suelo dormir con un anotador y una lapicera en la mesa de luz.
—Contanos cómo viviste la experiencia de trabajar en el Plan Nacional de Lectura.
—Cada vez que recuerdo mis días en el PNL, que fueron de 2007 a 2015, me viene al cuerpo una sensación de alegría, como si retornaran las vivencias de un trabajo de siembra, de mucha siembra. Coordiné los proyectos y programas de un equipo en red a nivel nacional, que me permitió articular estrategias para que la lectura forme parte de la experiencia cotidiana de la escuela. Trabajamos con una dimensión política de la infancia, en el sentido de contar con una mirada emancipada de la niñez. Autores, talleristas, narradores, artistas, especialistas, llegaban a las escuelas de todo el país. Millones de libros y publicaciones fueron parte de un trabajo del que siempre estaré orgullosa. Y hoy, frente al desmantelamiento del PNL de la actual gestión, sigo trabajando junto a compañeras y compañeros del Colectivo LIJ en la defensa del libro, la lectura y los derechos de autores y mediadores.

—A tu criterio, ¿qué no debería faltar en un libro infantil?
—Pienso que la literatura infantil es toda literatura que especialmente disfrutan los niños. Esto significa que además de tener los atributos necesarios de un texto literario, el libro infantil debe tener un lenguaje asequible a la infancia y potenciar la belleza del texto en diálogo con las ilustraciones. “Todo lo bello enseña”, dijo Goethe. Belleza que surge de la libertad de sus autores. La permeabilidad de límites entre realidad y fantasía que tienen los chicos, nos permite a los autores jugar con libertad. Si se escribe en libertad, si se ilustra en libertad, sin los condicionamientos didácticos, pedagógicos o editoriales, aparecen las palabras, los colores, la musicalidad, el humor, la ternura, el juego, el misterio…, elementos necesarios para que el texto sea luminoso y atractivo para los chicos. Y una vez que el libro está listo y publicado, lo que no debería faltar son mediadores amorosos entre el libro y los chicos.

—¿Cuál es el libro que más te costó escribir y por qué? ¿Y el que más disfrutaste?
—Manuela en el umbral es el libro que me llevó más tiempo de búsqueda y pienso que se debe a la densidad simbólica que conlleva el terrorismo de estado en nuestro país. Yo me preguntaba: ¿Cómo encontrar la voz de una niña de 4 años que después de una pesadilla, se despierta y no ve más a su mamá y a su papá? Y tanto me costó, que inicio la novela diciendo: “Yo tengo un montón de palabras en la cabeza, pero cuando las quiero decir no me aparecen; es que están desordenadas y pienso que son feas también…”. En cuanto al disfrute, paso momentos de mucha ansiedad y también de disfrute en todos los textos que escribo.
—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? ¿Hay algún libro en camino?
—Acabo de terminar una novela que está en lectura. No realizo comentarios sobre ella hasta que esté decidida su publicación. En los próximos meses me dedicaré a leer. Un pilón de libros me esperan en mi mesa de luz.
—Imaginemos un globo que lleva en su interior un sueño literario, ¿cuál sería y qué cielos te gustaría que recorriera?
—Uno de mis sueños recurrentes es que alguna de mis novelas llegue al cine, y que la película guste tanto, tanto, que recorra los cielos del mundo. Parece un sueño infantil, pero a la hora de soñar me gustan los sueños extraordinarios y mágicos, tan bellos y maravillosos, como suelen ser los sueños de los chicos.
Entrevistas
Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”
Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /
Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.
Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

—Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?
—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.
—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?
—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.
—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?
—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.


—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?
—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.
—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?
—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?
—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.
—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?
—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.
Entrevistas
“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres
Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini
Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.
Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.
“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.
— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?
— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios. Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma. A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas.
— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?
— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?
— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816.
— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?
— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan. Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables.
— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?
— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones.

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?
— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces.
— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?
— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.
— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?
— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.
— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?
— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso.
Entrevistas
En primera persona: Nair Libonatti, escritora
La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra
Sobre sí misma y su arte
Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.
En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.
Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.
Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.
Sobre su obra
He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.



Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias. “El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.
Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.
Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.
Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires







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