Silvia Schujer: “Entiendo el mundo no como un universo cerrado, sino un trayecto que se hace con interrogantes”

Por Andrea Viveca Sanz

Algo llama su atención, la convoca desde algún sitio y se presenta ante ella con la intensidad de un rayo o con el atrevimiento de una semilla que desea germinar. De esta manera, Silvia Schujer comienza a enredar las palabras necesarias para desatar los nudos oportunos y entregarse a la apasionante tarea de contar.

Con habilidad, pinta con letras a cada uno de sus personajes para darles vida y soltarlos dentro de las historias que los abrazan.

Sus textos son verdaderos puentes que conducen al otro lado de las palabras, a ese espacio vacío en el que flotan las preguntas que los contienen.

En diálogo con Contarte Cultura, la escritora comparte su universo reflejado en libros y presenta su obra “Maleducada”.

—A modo de presentación, ¿cómo comenzaría un cuento, narrado en primera persona, en el que Silvia niña fuera la protagonista?
—La de esta historia era una nena común salvo por dos cosas: el desmesurado tamaño de sus ojos –que le ocupaban casi toda la cara- y el de sus dientes, que también ocupaban mucho espacio, pero adentro de su boca. Tan así eran las cosas (tanto ojo tanto diente) que, cuando la nena se reía, para dar espacio a la dentadura que se le desataba en el gesto, debía achicar los ojos hasta convertirlos en poco más que dos rayitas intrascendentes.

—¿De qué manera recordás el momento en el que las palabras comenzaron a bullir en vos y necesitaron evaporarse para construir historias?
—Empecé a escribir poesía. La primera fue una que le dediqué a Robert Kennedy cuando lo asesinaron. No sé, fue una muerte que por algún motivo me cautivó y me impulsó a escribir. Debo señalar, no obstante, que la poesía era algo que circulaba con fuerza en mi casa. Mi hermano leía y escribía poesía desde bastante chico y yo era fanática de una recitadora de excelencia: “Berta Singerman”. Supongo que ahí está el origen.

— ¿Podrías mostrarnos, como si fuera una foto y en pocas palabras, la imagen de tu lugar creativo? ¿Qué no puede faltar en ese espacio?
—Mi escritorio está en un entrepiso que recibe la luz de todo el living comedor más el de sus propias ventanitas que dan a la calle. Es un lugar muy alegre con una pared de ladrillo en la cual hay fotos enmarcadas de mis seres queridos y, repartidas en el resto del ambiente, varias bibliotecas. En estas (me refiero a las bibliotecas de mi escritorio, porque luego hay otras diseminadas por toda la casa) hay literatura argentina, ensayos literarios y materiales de consulta (enciclopedias, antologías, etc.). Por supuesto, también está mi escritorio en L donde apoyo la computadora y tres millones de otros papeles. No es un lugar ordenado. Mi escritorio es mediano tirando a chico, pero le metí de prepo un viejo sillón. Es para que venga mi perra (que adora los sillones) y me haga compañía.

—¿Qué cosas pueden convertirse en la raíz de una historia para contar?
—Antes que raíz son semillas. Y esas semillas (que no siempre germinan) pueden aparecer en algo que leo y me resuena (una frase, un concepto, el sonido de una palabra), algo que veo o que me cuentan (una sensación, un deseo, una anécdota)… En cualquier caso siempre se trata de algo que me provoca curiosidad, ganas de saber. Algo que por razones que no siempre conozco, es significativo para mí y necesito volver significativo para un otro.

—¿De qué manera construís cada uno de tus cuentos o novelas?
—Esta pregunta es incontestable tal cual está planteada, porque en cada caso, lo que escribo demanda algo diferente. Una novela, en general, me demanda mucha investigación y organización previa a la escritura. Un poema irrumpe. Y a veces es de noche, en el entre sueño. Entonces agarro la libreta que tengo siempre en mi mesa de luz y, aunque esté medio dormida, intento transcribir lo que sale. Después, más lúcida, me dedico a corregir. Con los cuentos se me suele presentar una idea, es decir un conflicto, y apenas encuentro el punto de vista y el tono con el que “desatar el nudo” me puedo sentar directamente frente a la computadora. Muy a grandes rasgos, así serían las cosas en relación con los géneros. Después está lo particular de cada circunstancia y cada texto.

—¿Cuáles son los pasos fundamentales para dar vida a tus personajes?
—Mis personajes nacen con las historias. Para las novelas, donde en general los que realizan las acciones son seres humanos, suelo hacerme perfiles bien completos de cómo es cada uno (más allá de que eso, después, no necesariamente aparezca en el texto). Cuando los personajes de mis historias son animales, trato de que los rasgos de su especie y su hábitat estén siempre presentes (no me gusta, entre otras cosas, que una especie animal viva en casas y forme familias iguales a las de los seres humanos). Me interesan también los personajes colectivos: una vecindad, por ejemplo. Un pueblo, un grupo de personas que, por algún motivo, conforman una unidad. En mi libro El monumento encantado el personaje es siempre toda la gente del barrio.

—¿Cómo ves la literatura infantil-juvenil en nuestro país por estos días?
—Para ser franca, no estoy híper informada. Sé que hay mucha producción, no toda con la calidad literaria y la originalidad que me gustaría, pero con algunas muy buenas voces dando vueltas: Liza Porcelli Piussi o Paula Bombara, por ejemplo. Y los de siempre: Ricardo Mariño, Ema Wolf…

—¿Creés que tus libros son puertas hacia nuevas preguntas?
—Eso espero. A veces los lectores se me quejan de los finales abiertos. Pero de ese modo entiendo al mundo. No como un universo cerrado, sino un trayecto que se hace con interrogantes.

—¿Qué nos podés contar de tu libro “Maleducada”?
—Fue un gran placer la escritura de Maleducada. Es un conjunto de siete cuentos que transcurren en una escuela pública del siglo pasado (de los años 60) y que, sin que esto constituya la propuesta principal, aporta una mirada crítica sobre ciertas cuestiones educativas que -salvando las distancias- aún ameritan ser revisadas. Yo fui a la primaria hace más de cincuenta años así que tuve que hacer un precioso ejercicio de memoria por un lado y, por otro, una búsqueda muy particular de tono, de modo que pudiera contar -desde la adulta que recuerda y hasta puede compartir ciertas ironías con los lectores- aquello puro y crudo que vio y sintió como niña.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Estoy organizando mis vacaciones. Tuve un año muy intenso: no solo terminé una novela breve (que saldrá el año que viene por SM) sino que viajé mucho, participé más de lo que lo suelo hacer normalmente en congresos y jornadas docentes y visité gran cantidad de colegios. Fue un modo de actuar contracíclicamente. Algo así como: ante la crisis, ante el cierre de todos los planes y proyectos oficiales en pro de la lectura y la cultura en general, redoblar la energía. Seguir adelante.

—¿Con qué sueño cumplido te gustaría encontrarte el próximo año?
—Mi sueño sería que cambie el gobierno. Al frente de mi país, quiero un gobierno que repare en las necesidades de los desposeídos. Que piense y actúe a favor de la educación y la salud públicas. Un gobierno al que le interese la cultura, el respeto de los derechos humanos y la soberanía nacional.


Silvia Schujer

Nació el 28 de diciembre de 1956 en Olivos. Estudió en el Profesorado de Literatura, Latín y Castellano. Realizó numerosos cursos de perfeccionamiento en el área de las letras. Fue Directora del suplemento infantil del diario La Voz y participó en distintos medios gráficos. Su tarea en la Secretaría de Derechos Humanos del gremio de prensa estuvo destinada a los niños. Coordinó el Departamento de literatura infantil y juvenil de Editorial Sudamericana. Entre sus más de 80 libros publicados figuran Cuentos y chinventos (Premio Casa de las Américas, 1986), Las visitas (Tercer Premio Nacional de Literatura, 1994) y Hugo tiene hambre (Premio Fundalectura, 2006). Sus libros fueron traducidos a diferentes idiomas. Entre sus últimos títulos publicados se encuentran El tesoro escondido y otras fotos de familia (2005),  A la rumba luna (2008), El muy magnífico Felipe G. Rey (2011), El astronauta del barrio y otros oficios (2011), Puercoespín primavera (2012), Caballo de cuento (2012), Calle de rondas (2012) y Regalos (2013). Fue galardonada con el Premio Konex en 2004 (Diploma al Mérito – Literatura infantil) y 2014 (Diploma al Mérito – Literatura juvenil).

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