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Entrevistas

Vanesa Spinelli: “Me gusta escribir sobre la posibilidad de encontrar el equilibrio para amar sanamente”

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Por Andrea Viveca Sanz

Especializada en el arte de comunicar, Vanesa Spinelli se deja llevar por los mensajes que brotan desde su interior y los deja fluir entre letras para dar forma a las palabras oportunas que, como flechas, llevan sobre sus bordes el murmullo del amor.

Son sus propias emociones las que logran atravesar el corazón de todos aquellos que se acercan a sus historias y los envuelven en vivencias fugaces, retazos de la vida misma.

Su libro, “Alma de abril” es una invitación a descubrirnos sobre la paleta de colores con  que ella pinta los sentimientos que la habitan.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora cuenta sus pasos en el camino de la escritura y se atreve a seguir caminando sobre las palabras en busca de perpetuarlas.

—Para presentarte, si de pronto una poesía se convirtiera en el espejo que mejor te refleja, ¿cuál sería y por qué?
—La poesía de Alfonsina Storni me encanta y puedo elegir “Alma desnuda” para describirme, porque encuentro en ella “formas identificables” de mi personalidad. Puedo visualizar en este poema cómo el ser se va transformando, va soplando sus alegrías, sus tristezas, sus disfrutes y espinas. Se acomoda a lo frágil, llora, pero también es fuerte al vestirse de viento. Somos más alma que cuerpo y en ella se concentra nuestro verdadero sentir, el núcleo de cada emoción. Además, siempre busco transformarme en “el buque en marcha detrás de la estrella”.

Soy un alma desnuda en estos versos,
alma desnuda que angustiada y sola
va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
que puede ser un lirio, una violeta,
un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
y ruge cuando está sobre los mares
y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares
dioses que no se bajan a cegarla;
alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
con sólo un corazón que se partiera
para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
dice al invierno que demora: vuelve,
caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
en tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
a campo abierto, sin fijar distancia,
y les dice: libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia,
de un suspiro, de un verso en que se ruega,
sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
y negando lo bueno el bien propicia
porque es negando como más se entrega.

Alma que suele haber como delicia
palpar las almas, despreciar la huella,
y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
como los vientos vaga, corre y gira;
alma que sangra y sin cesar delira
por ser el buque en marcha de la estrella.

—¿En qué vuelta de la vida sentiste que las palabras que brotaban de tu interior podían quedar plasmadas en un papel y trascenderlo?
—Escribo desde la adolescencia, desde aquellos sentimientos e impulsos de la edad que me empujaban a escribir agendas y cuadernos con poesías. Sin embargo, en la etapa universitaria la escritura recreativa se había vuelto el medio de distensión, por excelencia, para mis emociones y mi sentir. Con la adultez y las exigencias de la vida cotidiana, transité años sin poder escribir. Incluso creo que había pensado que no volvería al mundo de las letras. Sin embargo, desde hace cinco años volví a soñar con la escritura, con el deseo de expresar y comunicarme con otros a través de las palabras. Hice varios talleres y abrí mi página en Facebook donde comencé a compartir mis escritos.

—¿De qué manera puede gestarse un poema o un relato dentro tuyo? ¿qué cosas te inspiran para escribir?
—Mis estados de ánimo, cuando son muy profundos (tanto en la tristeza, melancolía o felicidad) son los que actúan muchas veces como estímulo para escribir, especialmente si es una poesía. Con respecto a los cuentos, puede ser una escena de una película, el fragmento de una canción, una escena que presencié, algo que me impactó en un sueño que tuve, que disparan una imagen o una conversación. Muchas veces queda en solo una imagen y en otras es necesario sentarse a escribir.

—¿Cómo debería ser el lugar ideal para dar comienzo a una historia de ficción?
—Requiero de mucha concentración para escribir. Hoy destino una habitación para esta actividad, con mi escritorio, biblioteca, cuadernos y pizarra. Me gusta escuchar música y muchas veces acompaño con sahumerios u hornitos con esencias, que me generan un clima agradable. Si pudiera elegir estar en un lugar ideal para escribir, sería una casa en el sur, que desde los ventanales pudiera observar lagos y montañas, o también, un lugar de la costa que conjugue el bosque con el mar.


“Creo que en la naturaleza encontramos los secretos del universo, la respuesta a todo, si sabemos mirar en calma y en silencio.”


—¿Dónde y cómo te encontrás con los personajes que vas a soltar en cada historia? ¿cuál es el proceso que llevás adelante para construir sus rasgos físicos o psicológicos?
—En general mis personajes absorben rasgos de personas que conozco o que solo tengo un intercambio fortuito; también por lo que otros me cuentan de sus familias, parejas, hijos, amistades. Me gustan los personajes creíbles, bucear en su interior, que puedan expresar contradicciones, miedos y desafíos. En lo personal considero que todos tenemos un poco de todo. Hay veces que podemos sentir la seguridad implacable de seguir un sueño, otras tantas, nos sentimos derrotados, sin saber si el camino elegido era el correcto. En el amor podemos encontrar estos mismos polos. Amamos con la intensidad de los vientos, nos impregnamos de él sin darnos cuenta, pero corremos el riesgo de quedarnos desarmados, de rozar el dolor. El psicoanalista Gabriel Rolón plantea que “la pasión es esa espada de doble filo que puede llevarnos al máximo disfrute o también a la angustia más extrema”. A mí me gusta escribir sobre estos dos polos, el tránsito sobre ellos y la posibilidad de encontrar el equilibro para amar sanamente.

—”Alma de abril” es tu primera obra literaria en la que los relatos forman un entramado de historias en la que es posible descubrirse, ¿cómo nació la idea de reunirlas? ¿Cuál es el nuevo camino que tomará ese libro?
—Alma de Abril es un compilado de cuentos breves, microrrelatos y poesías publicado por primera vez en noviembre de 2016, de la mano de una incipiente editorial. Al año siguiente, decidí que era mejor autopublicar, para tener otra cercanía con los lectores y realmente poder dar a conocer mi obra de uno a uno. Le agregué un nuevo relato y poesía.  La corrección y el maquetado estuvieron a cargo de Carolina Kenigstein, a quién le agradezco su cariño, conocimiento y trato hacia el libro. La fotografía de tapa es autoría de mi hermano Leonardo y contó con el prólogo y epílogo de Andrea María Vázquez. A ellos, mi agradecimiento absoluto, como a todos los colegas y lectores que me ayudaron a ser parte del camino literario. El libro surge con la idea de comunicar mi mirada acerca del amor y el desamor, pero a través de diferentes narradores e historias. Es un libro intimista, poético, que recorre las emociones y sentimientos como si fuesen estaciones del tiempo. El camino que va a tomar es que será editado en digital por el sello romántico de Selecta, perteneciente a Penguin Random House. Habrá cambio de tapa y se sumará otro cuento, que no estaba en las ediciones anteriores. Especialmente quiero agradecer a la escritora y correctora del sello Mimi Romanz, quien recomendó el libro a la editorial.

—Por estos días estás trabajando en la escritura de una novela, ¿existió algún cuento previo que disparó la temática o tuvo su origen en otras fuentes de inspiración?
—Desde que escribí el cuento Deseo Turbulento, que abre la antología de Alma de Abril, supe que tenía una historia para continuar, que sus protagonistas merecían un espacio mayor para desenvolverse y contar cómo el amor los atravesaba. Por eso estoy escribiendo la novela que incluirá la vida contemporánea, pero también la que transcurría en Florencia (Italia) en el siglo XIV. En lo particular creo en las vidas pasadas y la reencarnación. Hace años que busco respuestas acerca de este tema, a través de bibliografía (como Brian Weiss, Deepak Chopra, Rudolf Steiner, entre otros) o la realización de talleres que me permitan considerar esta idea. La existencia o no del alma gemela, que uno se encuentra o reencuentra en esta u otras vidas, será parte del tema a trabajar, pero sin olvidar que lo más importante es el “aquí y ahora”, y que las decisiones se toman con la información que contamos en el momento.

—Contanos qué cosas fueron o son fundamentales a la hora de construir esta nueva historia de ficción.
—La documentación es una piedra fundamental para escribir esta historia, específicamente porque abordo una época histórica y eso merece respetar las normas y los estilos de vida asignados. Hace un año y medio me contacté con la Sociedad Argentina de Estudios Medievales (SAEMED), que tiene su biblioteca mayor en el Conicet (Saavedra 15-CABA) y gracias a una de sus becarias, la doctora Luciana Cordo Russo, accedí a bibliografía específica y entrevistas con especialistas de ese período histórico. Un mundo fascinante para conocer y derribar mitos.

—A manera de adelanto, ¿con qué palabra definirías la historia que estás escribiendo?
—Me es difícil sintetizar esta nueva historia con una sola palabra porque creo que los protagonistas van a transitar experiencias y sentimientos que los van a obligar a replantearse sus estructuras, sus conceptos, acerca del amor y de lo que realmente vale la pena experimentar. Pero voy a recurrir a una palabra dicha en un libro que personalmente me emocionó mucho: Comer, rezar, amar, de Elizabeth Gilbert.  La palabra es “attraversiamo”. Una historia que generó mucha influencia en mí.

—¿Qué sueño te gustaría perpetuar en otras vidas?
—El sueño que me gustaría poder perpetuar en otras vidas sería ser escritora y dedicarme exclusivamente a ello, transitar mis días entre lectura y escritura, reuniéndome con personas enamoradas de la literatura en diferentes partes del mundo.


Vanesa Spinelli

Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y Community Manager (UTN). Docente de nivel secundario y universitarios en medios de comunicación. Especialista en comunicación institucional con más de diez años de experiencia en asesoría organizacional, se desempeña en el área de la capacitación, la gestión de contenidos en medios digitales y la planificación integral de la comunicación. Comenzó a escribir a las 13 años, principalmente poesías y microrrelatos con los que participó en concursos y formó parte de antologías. Realizó diversos talleres literarios y en los últimos años se inclinó por la escritura de cuentos y relatos.

2 Comentarios

1 comentario

  1. Vanesa

    29/04/2019 a 16:21

    Gracias Andrea y Walter por tan linda nota que me realizaron.

  2. Natalia González Villoldo

    01/05/2019 a 00:39

    Muy buena nota. Vane escribe con el alma y eso es realmente excelente. Muchos relatos de “Alma de abril” dan para novela, ojalá los pueda leer en un futuro no tan lejano. “Felicitaciones!!!

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Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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En primera persona: Nair Libonatti, escritora

La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
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