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Literatura

“Victoria”, de Anna K. Franco – Del Fondo Editorial

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Del Fondo Editorial acaba de editar “Victoria”, la nueva novela de la escritora Anna K. Franco.

Sinopsis

Hailey escapa de la ciudad convertida en Avery para ocultar un secreto inconfesable. Nadie puede saber que alguna vez se llamó Victoria ni todo lo que ese nombre representa: un engaño, una relación abusiva y el descubrimiento de una verdad que podría costarle la vida. En un pueblo conoce a Matt, un chico con un pasado difícil. Mentiras, peligros y secretos acechan entre los despojos de una vida en llamas, esperando ser descubiertos. Solo la fuerza del presente hará que el pasado se desvanezca… o no. ¿Se puede salir de una relación oscura? ¿Cómo resurgir cuando te han robado hasta tu identidad?

Sobre la autora

Anna K. Franco nació en la ciudad de Quilmes, provincia de Buenos Aires, el 3 de marzo de 1985. Es escritora y docente de Literatura. Aunque cultiva diversos géneros, se destaca en novela romántica.

Estudió Letras y Corrección Literaria, y comenzó a escribir a temprana edad, lo que posteriormente se convertiría en su profesión.

Leyó su primera novela romántica a los quince años y eso despertó su pasión por el género.

Se desempeñó como jurado de diversos concursos literarios institucionales y como coordinadora de talleres de escritura.

Obtuvo varios certámenes literarios y publicó su primer relato en 2005. Desde entonces han visto la luz muchas publicaciones en antologías hasta que en 2011 se publicó su primer libro.

Literatura

Un libro revela vínculos ocultos en “El Eternauta” entre Borges y Oesterheld

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Un nuevo libro del investigador Martín Hadis propone una relectura de “El Eternauta” al indagar en los vínculos intelectuales entre su autor, Héctor Germán Oesterheld, y el escritor Jorge Luis Borges. La obra sostiene que la célebre historieta posee dimensiones filosóficas y literarias que habían pasado inadvertidas hasta ahora.

Según Hadis, Oesterheld no solo fue un guionista clave de la narrativa gráfica, sino también un intelectual de vasta formación. Doctor en Ciencias Naturales, combinó ese saber con un conocimiento autodidacta de literaturas, mitologías y religiones. En ese marco, el autor subraya su vínculo con Borges, a quien describe como una influencia decisiva.

“Borges y El Eternauta” plantea que la clásica historieta puede leerse como una obra de alta literatura, con raíces en la tradición clásica griega y atravesada por elementos presentes en la obra borgeana. Asimismo, sostiene que ambos autores se conocieron y desarrollaron una relación personal, y que la historieta incluso habría dejado huellas en la producción posterior de Borges.

Hadis es doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y cuenta con una formación académica internacional que incluye estudios en el MIT, la Universidad de North Texas y la Universidad de Harvard. Entre sus trabajos se destacan investigaciones centradas en la obra de Borges, así como su participación en la traducción al inglés de “El Eternauta” publicada en Estados Unidos en 2015.

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Literatura

El Premio Hebe Uhart de Novela abrió la inscripción a su cuarta edición

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Ediciones Bonaerenses, la editorial oficial de la provincia de Buenos Aires, anunció la convocatoria a participar del Premio Hebe Uhart de Novela 2026, certamen que celebra su cuarta edición reconociendo y difundiendo la producción literaria. Entre el 30 de marzo y el 11 de mayo se recibirán nuevos textos inéditos escritos por autores y autoras bonaerenses.

El Premio Hebe Uhart de Novela fue pensado para promover la creatividad artística, impulsar la escritura, fomentar la producción de novelas, reconocer y darles una visibilidad mayor a las nuevas narrativas dentro del catálogo del sello editorial público y estatal. A la fecha han participado de él ya 900 obras.

En la edición 2025 participaron 331 autores y autoras con sus textos inéditos, enviados desde 72 localidades de la Provincia de Buenos Aires. En agosto, el jurado anunció la obra ganadora: “En el cielo un hombre”, de Manuel Crespo, que fue publicada por Ediciones Bonaerenses en su colección “Nuevas Narrativas”, y también las dos menciones especiales: “Habló con los muertos”, de Enrique Antonio Rivas, y “El tatuaje de la pólvora”, de Lautaro Ortiz.

En ediciones anteriores las obras premiadas fueron “Las visiones venenosas”, de Fermín Eloy Acosta (2024); “A ningún lugar”, de Nelson Mallach, y “Moscú también existe”, de Marina Berri (ambas de 2023).

Partgicipantes

Podrán participar del concurso todas las personas humanas, mayores de 18 años, que cumplan con alguno de estos requisitos:

  • haber nacido en la Provincia de Buenos Aires,
  • haber residido en la misma por el lapso de dos años, o ser residentes al momento del envío de la obra.

Las obras

Las novelas deben ser originales e inéditas. La temática es libre.

Premio

$4.000.000 y la publicación de la obra bajo el sello Ediciones Bonaerenses

Fechas

La convocatoria se encuentra abierta desde el 30 de marzo y hasta el 11 de mayo de 2026. El jurado estará compuesto por tres destacadas figuras del ámbito literario y su fallo se hará público durante el mes de agosto.

Cómo participar

Las personas interesadas pueden consultar aquí las bases y condiciones y el instructivo para la inscripción.

(Fuente: Prensa Ediciones Bonaerenses)

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Textos para escuchar

El tiempo que nos une – Alejandro Palomas

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Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une


Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida.  Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.

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