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Entrevistas

Voluntariado de Lectura del Chubut, una forma de hacer camino a través de la palabra

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Una puerta se abre, adentro sopla un viento blando, de páginas flexibles. Las letras se balancean en el aire y una historia flota entre las imágenes inventadas. Hay palabras que bailan delante de los ojos que escuchan. Los oídos perciben un rumor, como una brisa, el aliento sonoro de una danza, la vibración de las voces que narran el cuento escondido detrás de la puerta.

Leer es abrir una puerta, es avanzar sobre las letras hacia otros mundos, atravesar caminos de palabras, absorber el aroma de la tinta. Leer es acariciar con nuestros ojos la materialidad de cada palabra para percibir sus formas y descubrir su textura.

El Voluntariado de Lectura del Chubut sabe de palabras, viene trabajando desde hace muchos años en la promoción de la lectura, sólo para abrir una puerta, muchas puertas.

En diálogo con ContArte Cultura, la doctora Silvia Contín, quien fuera coordinadora de este proyecto durante 15 años, cuenta acerca de las rutas recorridas y los caminos por recorrer.

—Para comenzar nos gustaría que nos cuentes cómo y cuándo nació el Voluntariado de Lectura del Chubut.
—El Voluntariado surgió en el año 2010 como parte de las acciones del Programa de Lectura del Chubut, en aquel entonces y hasta 2019 inclusive coordinado por mí. Se constituyó como una línea de trabajo vinculada al Programa de Abuelas y Abuelos Lee Cuento que se llevaba adelante desde el Ministerio de Educación de la Nación, con la coordinación de la profesora Adela Rattner.


Silvia Contín

Es doctora en Didáctica de la lengua y literatura por la UAB. Es profesora y directora de Maestría en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y posee una amplia experiencia en gestión de proyectos literarios y culturales en Argentina . Posee diversos artículos y documentos de trabajo publicados en España y Argentina. Es productora de programas educativos de radio y tv.


—¿Quiénes forman parte de este grupo dedicado a promocionar la palabra?
—El grupo fue creciendo en los años siempre como una acción de voluntariado de lectura en voz alta y apoyada por un equipo que me tocó coordinar durante 15 años  consecutivos. Conformamos ocho grupos estables reuniendo un total de 88 voluntarios, en general adultos mayores, pero no todos abuelos y abuelas. Muchos con el tiempo sumaron sus nietos y eso fue lo que nos animó a denominarnos voluntarios, ya que en los últimos años ingresaron muchos jóvenes, varios estudiantes de secundaria, terciaria y universidad, y así este gran grupo comenzó a ser un lugar de cruces generacionales donde la lectura era el puente que recorríamos para conocernos y sacar lo mejor de cada uno. El alejamiento personal de mi cargo de coordinadora en el estado provincial de Chubut fue en este año 2020, en el mes de febrero, por motivos políticos que amenazaron el sentido de mi integridad y tarea profesional y de estas acciones. Quince años de trabajo no permitían que nos desintegremos por un cambio de gobierno provincial y por el destrato de las autoridades que no entendían nuestra tarea. Por ello, nos convocamos en forma voluntaria redoblando la apuesta de la lectura como equipo y decidimos seguir con lo nuestro, expresando mediante cartas nuestro desacuerdo con las medidas y políticas del Ministerio de Educación de Chubut y compartiendo también esto con una inmensa red de expertos y escritores nacionales que nos apoyaron y supieron siempre de nuestra tarea humana como lectores, mediadores, voluntarios. Era impensable seguir perteneciendo al Estado y obrar desde allí cuando los docentes no cobraban, los niños no iban a la escuela y había violencia institucional y social de todo tipo. Hicimos un paso al costado sabiendo que la pasión por la lectura crecía en fuerza y coherencia.

—¿Cuál es la importancia del libro como símbolo en la preservación y la custodia de la palabra escrita?
—Creemos en los libros como una fuerza estética, social y cultural fundacional. Desde ellos la palabra echa raíces y se constituye en relato estable que podemos convidar sin pedir nada a cambio. En estos años nuestras voluntarias se han formado como lectoras y mediadoras, y los libros han sido el único y gran motivo de las cientas y miles de reuniones que hemos realizado. Conocerlos, elegirlos, explorarlos, dejarnos seducir, es y ha sido nuestra meta central. Cada lectura nuestra empieza y acaba con un libro apoyado en las manos y con un autor que aparece invitando a más.

—¿Qué tareas realiza un voluntario de la lectura?
—El eje de nuestra tarea es la lectura literaria en voz alta, por placer y atravesando todos los niveles del sistema educativo .También la lectura en la comunidad y la lectura mediada por tecnologías. Fuimos y somos hormiguitas en escuelas y bibliotecas. Nos dedicamos siempre a ir de visita, llegar a la escuela, hacernos cómplices de la maestra y la bibliotecaria y juntos crear esa escena irrepetible y única. Leer para otros y leer con otros, que nos esperen los niños con ganas de leernos a nosotros. Así llegamos a recorrer muchísimas escuelas de Chubut, siendo esperados y homenajeados siempre por niños, jóvenes y adultos que sabían que no íbamos con cuestionarios ni con trabajos prácticos, sino con historias para compartir y descubrir. Además de esta tarea que siempre nos emocionó, también hacemos nuestras reuniones de grupo en las cuales se prepara la cocina lectora, se lee, se elige, se debate, se estudia. Armamos charlas y talleres con especialistas y así nos vamos fortaleciendo. Durante seis años realizamos el encuentro anual de voluntarios y así aprendimos a convivir, a contarnos experiencias, a debatir estilos de trabajo y sobre todo a vivir estas jornadas como una gran celebración anual, donde casi todos los municipios de la provincia nos agradecían la tarea con la renovación del título que aún portamos como “Embajadores de la Palabra”.

—¿Cómo experimentaron este tiempo de pandemia en la difusión virtual de la lectura?
—Durante la pandemia debimos dejar de ir a las escuelas, así que nos reinventamos maravillosamente con el apoyo del escritor y amigo Gerardo Cirianni. Comenzamos a hacer radio a grabar y regalar nuestras voces para acompañar y sanar a quienes estaban pasándola mal. Grabamos textos literarios breves para adultos, jóvenes y niños. El proyecto Las otras voces llegó a más de 25 radios de Chubut y Argentina, y sin querer voló a México donde se sumó la compañera Marlén Reyes y se conformó un ciclo estable que fue reconocido por las autoridades del municipio chubutense de Madryn como un ciclo de interés educativo y cultural. Actualmente tenemos planes de organizar todo el material para ponerlo a disposición de escuelas y bibliotecas de todo el mundo. También durante la pandemia colaboramos con el homenaje y fogón virtual a la escritora Laura Devetach y al escritor Gustavo Roldán. Por otra parte, la abuela Teresita, del grupo Madryn, inició una hermosa aventura de leer desde el cerco casa a casa, y esto se multiplicó siendo una batalla de amor dado al virus.

—¿Quiénes colaboran con ustedes y de qué manera pueden hacerlo aquellos que quieran acercarse?
—Durante este año tan particular ha llegado gente hermosa a sumarse con ayuda e ideas renovadas. Deseo nombrar a algunas personas pero sin que la lista sea cerrada: Gerardo Cirianni, Margarita Eggers Lan, Laura Roldán Devetach, Lorena Vicente, Mercedes Pérez Sabbi, Cecilia Malem, ALIJA, Paulo Casutti, Alfredo Fernández, Mariela Sánchez, Haydee Mirta Romero, Laura Alonso, Marisa Pasarin desde buenos Aires, Yamile Piedra desde Ecuador, Marlén Reyes desde México, Diego Sachella también de Buenos Aires, Ricardo Roldán desde Venezuela.

—¿Y hoy cuál es el vínculo que mantienen con las Abuelas Lee cuentos de la Patagonia?
—Las Abuelas de Chubut se han quedado en nuestro grupo como voluntarias, nos ayudamos y apoyamos entre todos, ya que el gobierno provincial no nos representa ni apoya en ningún sentido y podemos decir que nos autosugestionamos manteniendo contacto con la Fundación Mempo Giardinelli, ya que sabemos que la línea de abuelos y abuelas nació allí hace muchos años y por ello siempre son una referencia valiosa para nosotros. Algunos grupos han podido incluso visitar Chaco y participar de los foros de la Fundación.

—¿Qué vivencias o experiencias rescatan a lo largo de este camino recorrido?
—Son enormes las vivencias, el aprendizaje, el cariño, la tarea solidaria y las anécdotas de tantos años recorridos, que van desde el caminar las escuelas hasta bailar y cocinar en los encuentros, presentarnos en ferias de libros, leer en plazas y bares, cosechar acelga para el almuerzo compartido, crear libros artesanales, compartir viajes y talleres inolvidables, enfermarnos y cuidarnos con lecturas, viajar desde las historias… todo ello es lo que no nos deja renunciar aunque los contextos sean adversos .

—Un deseo para el próximo año.
—Justicia, inclusión, lectura y arte al alcance de todos y todas.

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Artes Visuales

Andrea Suárez Córica: “Mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Todo se transforma, las calles se ensanchan en los pasillos de la memoria, son senderos nuevos, territorios escondidos, universos invisibles, palabras que mutan sobre la superficie de una hoja, voces texturadas, sonidos que nos habitan en el espacio cotidiano.

A veces, sólo basta mirar. Detenerse en el instante, retenerlo entre las pestañas, palpar sus formas, oler sus límites, percibir los fragmentos que descansan sobre las baldosas, degustar sus texturas. Sólo para preservarlos en los pasillos de la memoria, sólo para que logren transformarse en el interior de los ojos que aún no han visto la eternidad del instante.

Andrea Suárez Córica es artista visual y naturalista autodidacta. El espacio urbano es el territorio donde su arte logra transformar los pequeños retazos de cada día en verdaderos tesoros que atraviesan sus obras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura invita a recorrer las calles, a sumergirse en el paisaje arbóreo y a detenerse para mirar más allá de lo evidente.

—¿En qué ramificaciones de tu vida descubriste tu vocación por el arte?
—Durante muchos años llevé a cabo una serie de actividades que no sabía que tenían que ver con el mundo del arte, esto es, recolectaba objetos que encontraba en la calle y formaba colecciones. No cualquier objeto, sino aquellos rotos, desgastados, incompletos, de algún modo con cierta orfandad e intemperie. Y, claro, también inutilidad. Incluso, dentro de ese universo, tenía una predilección especial por los metales oxidados, descubrí esa poética del óxido y de lo que hace el paso del tiempo con las cosas. Hasta que realicé un seminario con Roger Colom, artista y curador, en La Fabriquera y todo cambió. Su mirada sobre ese corpus, la basura, el detritus o “lo que queda”, como prefiero llamarlo, como materia del arte contemporáneo y la inscripción del mismo en un circuito por fuera de mi casa y dentro de los espacios de arte, me posibilitó descubrirme o, mejor dicho, reconocerme como artista. Su propuesta para realizar mi primera muestra y mi aceptación para involucrarme en eso, me fundó como artista visual.

Andrea con el libro de poemas de su madre Luisa Marta Córica

—¿Cuál es la importancia de la observación para un artista visual? ¿Creés que es posible “mirar” con todos los sentidos?
—Diría que mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos desde el mismo momento en que mis trabajos tienen mucho que ver con lo urbano, con las recolecciones, los recorridos por la ciudad. La presencia del cuerpo implicado en sus ritmos, direcciones, sensaciones, cambios de velocidad. Y cuando hablo de recolección, no me refiero solo a lo material, sino a la recolección de ideas, pensamientos, incipientes poemas, imágenes. Me gusta llamarme espigadora urbana, en homenaje a Agnés Varda. Mi amiga Leonor Arnao, artista plástica, me recomendó sus películas, en especial, Los espigadores y la espigadora. Antes de Varda me consideraba ciruja, que en definitiva es lo mismo, es ir detrás de los restos.

—Si la memoria fuera un baúl donde pudieras guardar tus tesoros, ¿qué objetos, espacios, territorios o sensaciones formarían parte de esa colección imaginaria?
—La memoria es una construcción y por lo tanto está en permanente movimiento. Esos tesoros, por ende, cambian, se transforman. Pero dentro de esas variaciones, guardo mi infancia junto a mi madre, mi infancia ya sin ella, pero con abuelos, mis vagabundeos con mis hermanos y la bandita del barrio por el centro de la ciudad, luego, con mis hijos, esos paseos donde descubríamos el barrio, sus casas, sus jardines, los perros, en definitiva, donde ejercíamos el bautismo pagano de nuestro propio universo. También atesoro mi colección de cuadernos y libretas y el herbario con unas 1000 hojas de árboles.

Gramática del Embalaje

—¿Cuáles son los materiales con los que trabajás habitualmente? ¿Qué elementos del espacio urbano se convierten en disparadores de tus obras?
—Se me hace difícil poder describir todos mis procesos de producción y los materiales que llaman mi atención, por su gran diversidad. Mis intereses son múltiples, me dejo llevar por lo que me atrae, sin prejuicios sobre qué tipo de artista soy. Tengo cuadernos donde voy anotando los proyectos que van surgiendo: con las colecciones de hojas de árboles, de aerosoles aplastados o de patas de madera de muebles viejos. También reflexiono sobre mí hacer, me interesa conceptualizar sobre las prácticas, su devenir, sus cruces. Escribir manifiestos como “Los siete pecados de un artista” “O decir después en el arte es el suicidio de la oportunidad (kairós)”.  Escribo poesía, he publicado Alas del alma (1993) e Imágenes rotas (1994). Realizo inventarios de las cosas que encuentro, desplegando ahí una maquinaria administrativa. Construyo cuadernos de artista como La gramática del embalaje, de 50 por 70 cm, y con 490 íconos de cartón pegados, es decir, enorme, y también El libro rojo del peronismo, de tamaño estándar, con una temática bien específica, el peronismo. Libro que después se publicó en formato fanzine, a pedido del público.  Los dos libros tienen la técnica del collage, del “busco, recorto y pego” de la escuela primaria. Organizo archivos que luego devienen obras o performances como La niña y el archivo (2019). Realizo instalaciones, como Modos de nombrar y no nombrar (2016), trabajo vinculado a la memoria de nuestro pasado reciente y al lenguaje. Colecciono relatos oníricos desde 1987, sobre mis propios sueños. De hecho, en 1996 publiqué el libro Atravesando la noche, 79 sueños y testimonio acerca del genocidio. Volviendo a la pregunta, pienso que la ciudad es generosa conmigo, tenemos un muy buen diálogo cotidiano. Transitarla es para mí una fiesta, mantengo una especie de atención visual flotante que me permite mantener renovado el asombro propio de la niñez.

Proyecto Arbórea

—¿En qué consiste el Proyecto Arbórea?
—Es una investigación poética sobre los árboles de la ciudad. Es descubrir la ciudad desde sus árboles, en una mirada que cruza arte, ciencia y ambientalismo. Propone el goce estético de su contemplación, el conocimiento de los ejemplares desde la botánica y su importancia para la vida, para la ciudad, el ambiente y los seres vivos. Empezó en 2008 junto a mi hijo Juan Manuel de siete años, en ese entonces lo llamamos Bosque Ambulante porque llevaba a las escuelas una valija con frutos, hojas y fotografías. Luego, se sumaron mapeos, registros fotográficos en diversas escalas, los herbarios y carpotecas más sistematizados, cuadernos de artista, “cuadros de apoyo” para las muestras en espacios de arte y también las caminatas, observando los árboles de las veredas, que son los que más me interesan en tanto son los que vemos a diario, los que tenemos a mano en nuestro andar cotidiano. Se trata de entrenar la mirada, entrando en el detalle de cada ejemplar para luego llegar al nombre de la especie. Creo que cuanto más conocemos, mejor podemos cuidar nuestro patrimonio vivo. De hecho, el Proyecto Arbórea integra el Foro en Defensa del Árbol de La Plata, que se propone visibilizar el arbolado público, su importancia y su preservación. Y además, acaba de ser declarado de interés municipal por unanimidad. Enorme alegría.

—Contanos acerca de la muestra “El abrazo de los objetos, ejercicios de memoria”, que se puede visitar en el Centro de Arte de la UNLP.
—La muestra indaga, por un lado, en la poética de los objetos (libros, ropa, adornos, discos, fotos) que pertenecían a mi madre, Luisa Marta Córica -víctima del Genocidio en 1975-, y por otro, en la posibilidad del arte de aportar a la construcción de la memoria de nuestro pasado reciente. Se pregunta por el tipo de sentidos a los que abre, si posibilitan o clausuran la reflexión sobre el Genocidio. Sabemos que las políticas en torno a la memoria generan determinadas condiciones de posibilidad en cada contexto. Lo que se puede decir, lo que se debe callar, lo que se puede o no nombrar. El Nunca Más, por ejemplo, constituyó un gran aporte en su momento, pero la memoria que aporta está vinculada principalmente a lo que nos hicieron, al horror de la tortura, de los centros clandestinos de detención, a los operativos de los grupos de tarea. Su lectura es insoportable. Uno espera cerrar el libro definitivamente. Esta muestra, si bien nos está hablando de una ausencia, la de Luisa, nos habla principalmente de una vida, de sus sueños y su lucha, sus gustos e intereses, alegrías y tristezas. Del amor, de los hijos y de la militancia. Humaniza la cifra 30.000. Le pone nombre, rostro, identidad política, un modo concreto de habitar este mundo. En este sentido, los objetos operan como poleas de transmisión entre las distintas generaciones, la de los compañeros de Luisa, sus hijos y sus nietos. Contrario a lo que impuso el Proceso de Reorganización Nacional, como el aislamiento, la muerte, el silencio, la diáspora, esta muestra nos permite juntarnos, ejercer la palabra y el disenso y construir de manera colectiva nuestra historia reciente.

El abrazo de los objetos

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando por estos días?
—La pandemia trastocó cualquier plan que tuvimos pero, a su vez, permitió que afloraran cosas quizá impensadas. El año pasado, en condiciones similares, fui haciendo un libro de artista que se llama Carne. Contiene imágenes y textos sobre artistas y escritores que influyen en mi trabajo, como Marcel Duchamp, Edgardo Vigo, Agnés Varda, Mark Dion, Joseph Cornell, Guillermo Hudson y también reflexiones y digresiones en torno a mi propia producción.  La incertidumbre hoy por hoy continúa, al igual que el confinamiento, así que ese es el marco desde donde pensar y producir. La virtualidad gana terreno y repliega los cuerpos. Todas las expediciones urbanas quedaron en suspenso, por lo que me gustaría poder organizar un taller para transmitir el “método Arbórea”, si es que podemos llamarlo así, en todo caso un método inacabado en permanente construcción y transformación. También estoy con un proyecto editorial, trabajando con una ilustradora platense de lujo, pero no quiero adelantar mucho sobre esto. Y, además, estoy con la re-edición de Atravesando la noche, un libro fundante de mi propia existencia y que jamás ha perdido su vigencia en estos 25 años, que es permanentemente solicitado. Respecto a las caminatas, tal vez organice recorridos personalizados que podrían ser una buena opción tanto para evitar aglomeraciones como para no extrañar el caminar y conversar con otros por los distintos barrios de la ciudad.

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Entrevistas

“Secretos al alba”, la nueva novela de Gabriela Exilart: “Es un enorme rompecabezas que se completa en las últimas páginas”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Resuenan. Vibran las voces de la guerra como un eco lejano. Son palabras deshabitadas, fragmentos de un mundo quieto, restos sobre restos, letras sin nombres, nombres enterrados en papeles arrugados, murmullos del más allá que viajan en hilos de tinta.

Y derraman la sangre derramada.

Una grieta de silencio.

Las palabras ascienden lentamente por las laderas del tiempo y del espacio.

Aún resuenan las balas y los gritos.

Aún resuenan los huecos de la guerra.

Aún resuenan, como “Secretos al alba”.

La escritora marplatense Gabriela Exilart vuelve a España, al escenario de su anterior novela, para completar una historia. Esta vez el mar no es escenario, pero con una escritura fluida y manteniendo el ritmo del oleaje que pone en movimiento las páginas, la historia corre sobre las letras y revela. Sólo basta sumergirse en la textura del papel para vivirla y conocer los “Secretos al alba” que dan nombre a su nueva novela.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en la palabra que abre las puertas de esta historia: secreto. Si pudieras elegir un objeto o un lugar donde se esconde el gran secreto de esta novela, ¿cuál sería?
—La novela tiene varios secretos, pero podría decir que los principales los tienen escondidos las mujeres, y una de ellas está recluida en un convento perdido entre las montañas.

—Hay una vieja nota, un papel que deja al descubierto algunas huellas del pasado, ¿son esas letras las que llevarán a la protagonista a reencontrarse con sus orígenes?
—Esa nota lleva a María de la Paz Noriega a una ciudad desconocida para ella, y de allí a un pueblito donde empezará a desovillar la historia de su padre y de su familia entera.

—Si pudieras marcar en un mapa imaginario los puntos geográficos donde suceden los acontecimientos de esta novela, ¿dónde se encontrarían? ¿De qué manera trabajaste para construir esos escenarios con tus palabras?
—La novela transcurre mayormente en la ciudad de Burgos y en algunos pueblos aledaños, como Covarrubias. También hay pasajes muy importantes en un convento. Para narrar sobre esos sitios miré fotos de paisajes de la zona, pueblos de Castilla y mapas, más que nada para ver las distancias.

—Tracemos ahora una línea de tiempo: ¿En qué años se desarrolla la trama de esta historia? ¿Hay saltos temporales que permiten superponer las “fotografías” de distintas épocas y armar el rompecabezas que une el pasado con el presente?
—La novela es un enorme rompecabezas que se logra completar en las últimas páginas. Comienza en 1956, que es el presente de la historia, y todo el tiempo viaja a 1936, a los tiempos de la guerra, y al 1900, que es cuando nació Bruno Noriega, cuya historia se termina de dilucidar.

—¿Cómo lograste representar el silencio que atraviesa a tus personajes, tan fragmentados por la guerra?
—Son los hijos de la guerra los que van a hablar y a descubrir esos silencios que rodean a sus padres, tan golpeados por la guerra civil española.

—¿Qué nos podés adelantar de los protagonistas de esta historia?
—Hay muchos personajes que fueron surgiendo a medida que escribía, pero los principales son María de la Paz Noriega, una joven que pretende conocer el origen de su padre y sueña con ser escritora, y Antón Navarro, un hombre que oscila entre la seducción y el misterio; un hombre que oculta un secreto que por momentos lo vuelve violento y hermético, y que a la vez puede desplegar una gran fascinación.

—¿Cuáles son los temas centrales que aborda esta historia?
Hay un tema muy fuerte de abuso infantil que, si bien no es el principal de la novela, es el que desencadena todo. La guerra, la posguerra y sus secuelas, los secretos familiares, la búsqueda de la identidad y la violencia. Además de los lazos familiares que se estiran y se contraen todo el tiempo.

—¿Las olas de ese mar en el que te sumergiste para dar vida a tus personajes seguirán en movimiento o ya se detuvieron en un punto final escondido en alguna roca?
—En esta novela el mar no es protagonista, sin embargo, hay un oleaje profundo y constante a lo largo de la historia que encuentra su final en una playa de Gijón.

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“Germanicus”, un retorno al Imperio romano para que las historias encuentren su final

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los caminos se bifurcan, cada pie en el sendero que le corresponde. La vida late. Hay un regreso al punto de partida, una distancia que quiebra las palabras. Una búsqueda. Todo está allí, en el origen de cada cosa. Entonces se escucha el latido. Y los caminos se tocan “Entre Marte y Venus” del otro lado de la guerra.

El abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres regresa con su pluma a Roma y vuelve a poner en movimiento a los protagonistas de “Germanicus”. Y ellos, empapados de tinta, aceptan el desafío de viajar entre las páginas. Sólo para descubrir cómo termina su historia.

—Regresaste a Roma, a un tiempo en el que tus personajes Publio Aquilio y Kendrya esperaban la continuación de su historia, ¿qué te llevó a regresar? ¿Sentías que sus vidas merecían nuevos capítulos?
—Es un mérito más de los lectores. Iba a ser un libro único, pero cuando empezaron a leerlo todos entendieron que había un después. Empecé a ver, frente a tanta opinión coincidente, y vi que tenían cierta razón. La historia tenía un posible camino para seguir. Una revancha de los protagonistas, una suerte de segundo tiempo, para decirlo en términos futbolísticos. Surgieron entonces diferentes escenas, imágenes de ese después que pronto se articularon en un hilo narrativo. En la novela estamos un poco después del año 90 de nuestra era, ya no en Roma, sino que además de esa ciudad de poco más de un millón de habitantes (el mundo no conocerá otra así hasta Londres en el siglo XIX), nos extendemos por el Imperio. Desde los bosques y aldeas de la Germania Magna, la parte bárbara y los puestos de frontera romanos, hasta las inmensas aguas del Nostrum Mare, como le decían por entonces al Mediterráneo.

—Dos caminos, una distancia que separa, pero a la vez puede llegar a unir, ¿se cruzarán en algún punto las rutas de tus protagonistas?
—Cuando dos personas tienen cuentas pendientes, el destino tiende a reunirlos alguna vez para saldarlas. No siempre de la mejor manera. Esto es lo que les pasa a los protagonistas. Siempre me gustó el concepto de sincronicidad que postuló Carl Jung en sus estudios psicoanalíticos y traté de aplicarlo en la construcción de la novela. Publio, Kendrya, Valeria Aquilia, todos tienen algo por perder, algo que quieren ganar. Y van a ufanarse por conseguirlo.

—¿Qué sucede entre Venus y Marte? Hay una fusión o una escisión entre los “dioses/guerreros”?
—Me gustó oponer la guerra al amor en esta trama y para ello qué mejor que los dioses que lo representaban en la Antigua Roma. En la mitología romana Marte era el dios de la guerra, la virilidad masculina, la violencia, la pasión, la sexualidad, la valentía, del horror y victoria en las guerras. Venus era, por su parte, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Viven, los personajes, entre el placer y el deber, entre perdonar o castigar, y, en el caso de Publio en particular, entre lo que deben ser y aquello que quieren ser.  

—¿Qué rutas de investigación te ayudaron a recrear los escenarios de esta novela?
—Intenté mantener la tensión de la trama sin alejarme de la verdad histórica en materia de hechos o costumbres, lo que implicó no pocos esfuerzos. Mucho de los que tenemos aceptado como parte de esa civilización, en realidad se trata de suposiciones basadas a partir de diversos hechos que sí han sido verificados. En esos casos, uno elige de las posibilidades, la que mejor se ajusta a donde se apuntaba con la historia. Además, la romana fue una sociedad en permanente evolución donde las costumbres variaban de época en época, pero no de forma brusca, sino que iban evolucionando, surgiendo y pereciendo de a poco, por lo que no fue muy sencillo respecto de determinadas prácticas, por caso el matrimonio, establecer que tanto regían en un momento determinado. Aun así, todo lo que sucede podría perfectamente haber pasado en la Roma de aquel tiempo. Traté de seleccionar los escenarios y costumbres sociales más representativas para articular los hechos que mueven la trama. Quise que el lector viviera todo eso con sus cinco sentidos. No sólo que viera la cotidianeidad de los romanos, sino que también la escuchara, la palpara, la sintiera en la piel de todas las formas posibles.  

—Si pudieras elegir un elemento simbólico que represente la esencia de esta historia, ¿cuál sería y por qué?
—El puggio, el puñal usado por los legionarios romanos un siglo antes y después de Cristo, que adoptaron de los pueblos hispanos. Bien puede resumir toda la historia, pero van a tener que leer la novela para entender el por qué.

—¿Cómo fue el proceso de escritura durante este tiempo tan particular que estamos viviendo?
—La escritura fue mi gran refugio en la pandemia. Un ámbito donde estaba a gusto. Tener un mundo interior en el cual soñar, imaginar, fue algo espectacular para mantener la cabeza y el ánimo en orden.

—¿Creés que los sucesos históricos se repiten una y otra vez en el tiempo, aunque muten las formas?
—Sí, definitivamente. Hay ciertos universales que son comunes a todas las culturas y los tiempos. Los que nos conectan como seres humanos sin importar lo distintos que podamos ser.

—¿Habrá un nuevo capítulo de estas vidas entrelazadas o ya pusiste el punto final a la historia de tus personajes?
—De mi parte, creo que estamos en el final de la historia. Pero si algo me ha enseñado este último tiempo es que no existen demasiadas verdades definitivas.

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