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Entrevistas

Fabián “FAFO” Villamil: la ruta de un cancionista

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Por Walter Omar Buffarini 

“Músico y docente, en ese orden”, así se define Fabián ‘FAFO’ Villamil, rodeado de instrumentos en una de las aulas de Espacio Mapu, en donde recibió a ContArte Cultura, en el barrio platense de La Loma.

El lugar es tan grande como permita la imaginación. Una batería corona el espacio, en donde guitarras, bajos, teclados, amplificadores, micrófonos y cables conforman el ecosistema musical.

FAFO promete unos mates, pero la cebada se demora porque, según él mismo confiesa, “me gusta la situación de entrevista”. Y cómo hablamos de música, ese es el tema que más le interesa y el mate debe esperar.

“Toda mi vida estuvo relacionada con la música, empecé a aprender guitarra a los ocho años y después, fútbol de por medio, a los 14 comencé a estudiar con un maestro que se llamaba Gabriel Marotta, quien tenía la particularidad de ser un autodidacta y todo lo que había aprendido de algunos profesores lo había bajado a un formato súper práctico. Y su forma me marcó en la manera de vivir la música y es el sistema que hoy yo uso para enseñar”, recuerda FAFO, quien evoca sus comienzos con la misma pasión con la que hoy se describe como “un cancionista”.

La pava eléctrica aguarda, desenchufada y vacía, que FAFO se decida a calentar el agua y cumplir la promesa, pero el mate descansa en sus manos tan vacío de yerba como cuando se ubicó en el taburete del batero que eligió para sentarse.

Fabián sigue concentrado en lo que está contando y profundiza en la descripción de lo que narra: “A pesar de contar con dos títulos oficiales –Músico Profesional de la Escuela de Música Contemporánea y Profesor de Guitarra del Centro de Estudios Musicales-, me despegué de la cuestión netamente académica para vivir la cosa más desde la práctica y nunca dejé de tocar, siempre tuve bandas de distintos estilos, cuestión que se fue ampliando desde que empecé a estudiar. Así me volqué a la música popular, tuve bandas de rock, de cover, canté en una murga uruguaya, toqué candombe, folklore, cumbia, y con el tiempo me fui quedando con mis canciones, la música que a mí me brota”.

Y así redondea el concepto: “Soy cancionista, porque soy cantautor y también soy interprete”.

Y la razón de autodenominarse cancionista surge en el momento de tener que encuadrar su estilo musical: “Ese es un gran tema. Nos decimos cancionistas porque somos un montón de gente que venimos haciendo música y que básicamente nos engloba un sinnúmero de estilos. Está el rock metido ahí. Está el jazz, el folklore, la cumbia. Pero básicamente es la canción. Para nosotros es bien importante la letra. No nos da lo mismo ‘lo que dice’. No utilizamos la letra como una excusa para tocar algo, sino que partimos desde la letra”.

En este momento del relato de FAFO vuelve a aparecer el docente. Porque no duda resaltar el camino elegido y acentúa que “valoramos el sonido de la palabra y el sonido de la música, y desde ahí la pensamos. Y también desde ese lugar nos conectamos con la educación. Para nosotros las canciones son muchas veces la excusa para atraer a la gente hacia la música”.

Cancionistxs

Hace un impase y el ruido de la bombilla en el recipiente aún vacío lo saca por un breve instante de la entrevista. Entre risas cumple su promesa, prepara el mate, lo seba y se dispone a continuar la charla.

En el caso particular de FAFO, convertirse en un cancionista no fue una casualidad, sino que surgió como una necesidad de crecimiento artístico. “Desde hace un tiempo empecé a sentir la necesidad de darle una vuelta de tuerca a mis presentaciones, ya no me alcanzaba con ir y sólo cantar mis canciones”, detalla a la vez que explica: “Como siempre tuve ese ímpetu de armar cosas, veladas, noches, muestras de mis alumnos, y lo hice desde distintos lugares, es que tomé cosas de antiguas experiencias y comencé a delinear lo que hoy es el grupo Cancionistxs”.

“Se trata de cinco cantautores por noche, o mejor dicho cinco cancionistas, que hacen cinco canciones cada uno, pero a su vez en esas noches también hay gente que dibuja, gente que pinta, o exposiciones de fotos. Todo por una sola razón, porque le hace bien a la música”, afirma Fabián Villamil, quien rememora al grupo De la Guarda, quien se transformó en punta de lanza en ese tipo de shows, continuados hoy por Fuerza Bruta. “Luego de presenciar aquellos espectáculos cambió mi forma de ver las cosas”, asegura.

“Hay algunos que se inclinan simplemente a tocar y no tanto a cantar, pero el ámbito en el cual estudiamos o las obras que abordamos son las canciones”

FAFO también recuerda un viaje al sur con sus hermanas actrices que influyó sin dudas en su forma de vivir el arte: “Vengo de una familia relacionada con el teatro. Cuando tenía 15 años compartí una experiencia por el sur con mis hermanas y un grupo en el que había actores, directores de orquesta, de teatro, cineastas. Ahí descubrí que todas las disciplinas tienen algo que comunicar desde lugares distintos y a todos nos involucran de diversas maneras. Y eso hace a la experiencia y a la sensibilidad”.

Si bien en los espectáculos de Cancionistxs “la idea es que todo lo que se hace tenga que ver entre sí”, Fabián confiesa que “a veces se da y a veces no. Es un poco difícil porque desde ya las cinco canciones de cada cancionista no están relacionadas, y ni hablar entre cada uno de ellos, pero, por ejemplo, sí se logra con los dibujantes, porque ellos casi siempre dibujan a quien está cantando, y eso lógicamente conecta el espectáculo y la gente se predispone de una manera diferente, especial”.

Para Fabián, otra de las cosas importantes es que “quien va a una presentación de Cancionistxs va a escuchar cinco cantautores, cada uno con cinco canciones, es decir veinticinco canciones originales y en versiones originales. Aunque haya escuchado el disco de alguno de ellos, Cancionistxs es acústico, por lo que las versiones siempre terminan siendo originales”.

Pensar la música sin prejuicios

La puerta de un salón continuo se abre y de allí sale uno de los alumnos de Espacio Mapu. El sonido de la guitarra había acompañado la entrevista y ahora el silencio hace ruido en la atmósfera musical que se respira.

La interrupción sirvió para empezar a hablar de las expectativas de quienes se acercan a aprender música y los mitos sobre qué es música y quién puede hacerla.

“Como músicos populares, la experiencia del trabajo nos demuestra que debemos agarrar nuestros prejuicios y guardarlos en un bolsillo. Con prejuicios no podés ser músico popular”, no dudó en asegurar FAFO, quien explicó que “cuando alguien viene y nos cuenta qué es lo que quiere, intentamos respetar su búsqueda, pero con el tiempo buscamos mostrarle el abanico de posibilidades que le brinda la música”.

Fabián y quienes lo acompañan en su función docente tienen la certeza de que “todos los estilos tienen algo para enseñar y también creo que todas las personas, de alguna manera, se pueden conectar con la música”.

“Lo que también creo es que no todas las personas pueden conectarse con todas las facetas musicales o con todos los instrumentos, y eso es lo que intentamos transmitir”, reflexiona.

Insistiendo en esa relación hombre-música, FAFO está convencido de que “cada persona tiene una sensibilidad especial que la conecta con algún instrumento en particular. No es lo mismo tocar percusión, que vos le pegás y suena, a un instrumento quizás más sofisticado como es el piano, o un instrumento con mucha más exposición como es cantar o tocar la guitarra. Esa conexión muchas veces tiene que ver con la personalidad de quien ejecuta”.

Componiendo un sueño

Por las características familiares, la decisión de Fabián de construir su futuro junto a la música no hizo demasiado ruido, y la coyuntura nacional tras la crisis de 2001 tal vez lo ayudaron a tomar y hacer pública la decisión. “Si los médicos manejaban taxis, qué peor me podía salir a mí”, recuerda haber analizado en aquel momento.

“Siempre fue difícil vivir sólo de tocar, pero eso no significa que no se pueda vivir de la música”, lo asegura hoy, despojado de la incertidumbre de otros momentos y con la experiencia de haber logrado encaminar su profesión.

Pensando el futuro referencia el pasado: “Cuando empecé a andar este camino, tocar en Buenos Aires parecía la meta a alcanzar. Hoy, por suerte, se convirtió en algo habitual y las expectativas están enfocadas en cosas nuevas”.

Y así, Fabián FAFO Villamil, integrante de la banda Lusber, solista, cancionista y docente de Espacio Mapu, sigue componiendo un sueño al que no renuncia, el de transitar un circuito en el que fluya la música.

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Entrevistas

Julieta Fajardo cuenta “La flor que extrañaba el sol”, un musical que abraza el mensaje de la amistad y la solidaridad

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Una sombra se expande sobre los pétalos, tapa los últimos rayos de sol. No hay luz y el espíritu de la flor se arruga hasta que una voz decide rescatarla y las palabras se multiplican, como si las sombras no fueran ciertas.

“La flor que extrañaba el sol” es un musical galardonado con tres premios Atina por su coreografía, vestuario y diseño de iluminación.

La dramaturgia es de Julieta Fajardo, la música de Mariano Gora, la coreografía de Miranda Sonzini, bajo la dirección de Camila del Río.

Contarte Cultura charló con la autora y productora general para conocer los detalles de un espectáculo que puede disfrutarse de manera virtual durante las vacaciones de invierno.

—Vamos a comenzar esta charla poniendo la mirada en un  personaje del que se desprende la trama de esta obra: la flor. ¿Qué disparadores de la vida cotidiana te ayudaron a dar vida a “La flor que extrañaba el sol”?

Julieta Fajardo, autora de la obra

—Antes de convertirse en musical, esta historia de una flor urbana y los amigos que la ayudan a tener una vida plena, fue un cuento. Lo escribí en 2020, cuando la pandemia nos obligó a encerrarnos en nuestros hogares y a estar separados por largo tiempo de nuestros afectos: familiares y amigos. A pesar de la separación física, la unión (aunque a la distancia) con nuestros seres queridos y el apoyo mutuo fue lo que nos ayudó a enfrentar la adversidad y salir adelante. De ese contexto de encuentros imposibles, extrañando los abrazos y los besos a los que estábamos tan acostumbrados, nació el cuento infantil “La flor que extrañaba el sol”, como un ejercicio literario que reivindicaba la empatía, la amistad y la solidaridad como pilares de la felicidad. En él, una pajarita, una gata, un perro y un chico se unen para ayudar a una flor triste y solitaria y, en el proceso, las vidas de todos mejoran porque, desde aquel momento, saben que se tienen mutuamente y que podrán seguir contando los unos con los otros, en las buenas y en las malas. Al poco tiempo de escribir el cuento, surgieron las canciones con las que cada uno de los personajes relataban sus respectivas historias y sus circunstancias y, a partir de allí, el texto dramático de la obra musical brotó sin pausa. La literatura, el teatro y la música son expresiones artísticas que me apasionan desde que tengo memoria. Afortunadamente, nunca perdí el amor por la literatura y el teatro de mi infancia y el hecho de convertirme en madre me llevó a redescubrir los cuentos, las novelas y las obras musicales que tanto disfruté en aquel entonces y volver a emocionarme. Fue así como el aislamiento, el apoyo recíproco con los afectos, mi reconexión con la literatura, el teatro y la música de mi infancia -durante ese 2020 tan extraño y difícil-, y la necesidad de transmitirle a mi hijo los valores que considero más importantes de una manera alegre y divertida, se combinaron en mí y derivaron, inevitable y afortunadamente, en la escritura de mi primer obra musical dirigida a la niñez. Además, en ese contexto, sin poder salir a caminar todas las mañanas por mi amado parque Saavedra como solía hacerlo antes de la pandemia, yo misma me sentía un poco como una flor cubierta por la sombra, extrañando el sol y “sin poder hacer la fotosíntesis”, tan necesaria para revitalizar cuerpo y alma.

—Y es esa flor la que pone en movimiento la historia, ¿cómo viviste el proceso de construir a los otros protagonistas que en conjunto harán avanzar este musical?

Del 18 al 31 de julio. Entradas: $1200 IG y FB: @laflorobra

—Antes de tener armada la historia tenía en claro que quería hablar de la importancia de la amistad, los afectos, la empatía y la solidaridad. No se puede vivir plenamente estando aislado. Lo malo se hace más llevadero cuando se comparte, y lo bueno se vive más intensamente, como cuando te reís en compañía y la risa de uno contagia al otro y se va haciendo cada vez más potente hasta que todos terminan llorando a carcajadas. Se me ocurrió pensar en una historia sencilla donde los personajes armaran una especie de “cadena de favores” a partir de la cual, ayudando a otro, terminan beneficiándose todos. Para que no se me olvidara esta idea y seguir trabajándola con el correr de los días, en la pizarra de mi oficina dibujé rápidamente una flor seguida de una flecha que señalaba a un pajarito, seguido de otra flecha que señalaba a una gata, seguida de otra flecha que señalaba a un perro, seguido de una última flecha que señalaba a un chico que vivía en un edificio. Sabía que iba a ir presentando los personajes de a uno y que, de a poco, se unirían para ayudar a la flor y terminarían haciéndose amigos y siendo todos más felices. Quería que los personajes fueran animales urbanos que, además de ayudar a la flor, colaboraran para que el adolescente de la historia, enajenado por la ciudad y la tecnología, volviera a conectar con su entorno y consigo mismo. Hasta hace muy poco había igual cantidad de animales que humanos en mi hogar familiar -dos gatos y una perra y tres personas-, así que era lógico que los personajes que ayudaran a la flor (como representante de la naturaleza) a conectar con Mateo (el adolescente urbano de la historia) fueran una gata y un perro, además de un pajarito que uno puede encontrar en cualquier plaza de Buenos Aires.  

—Son esos personajes los que se unirán por un objetivo en común: rescatar a la flor de la sombra. Si pudieras elegir una palabra que resuma la temática principal de esta obra, ¿cuál elegirías y por qué?

—Es difícil elegir solo una. Diría amistad y solidaridad, aunque la segunda se desprende de la primera, ya que creo que los verdaderos amigos deben ser solidarios entre sí o al menos eso espero. Como dije antes, la vida de estos personajes se enriquece al conocerse, acompañarse y ayudarse mutuamente. Todos son más felices por tener a los demás.

—¿Qué te gustaría destacar de la escenografía y del vestuario?

—La escenografía, con diseño de Pablo Calmet y realización de Hernán Todisco, es bastante gris y despojada. La idea era representar un paisaje urbano de edificios y que la vida estuviera dada por los animales y la flor, que se apropian de ese paisaje y resisten a pesar de la falta de sol y la indiferencia humana. El hecho de utilizar una tarima con escaleras a ambos lados favorece el juego de los personajes principales y las gatas del ensamble en diferentes niveles. El espectador siempre tiene algo interesante para ver, más allá de los personajes que estén llevando la acción principal en cada momento. Siempre hay una gata estirándose, acechando a la pajarita o desplazándose de un nivel a otro. El vestuario de Anastasia Meier -ganadora de un premio Atina por su labor- es sencillamente hermoso. Usando telas en capas, con diferentes texturas y colores, mediante un trabajo muy detallista y artesanal, contribuyó a darle vida a los personajes, cada uno con un estilo propio y único. 

—¿De qué manera interactúa la música con las actrices y actores en escena?

La música de Mariano Gora -integrante de “Vuelta Canela”- fusiona diferentes géneros como el tango, el blues, el rock, el jazz y la cumbia con el pop y los ritmos urbanos, para acercar a los espectadores el mensaje de la obra a través de un sonido con el que puedan sentirse identificados tanto chicos como grandes. La coreografía de Miranda Sonzini -galardonada con un premio Atina por su trabajo- logra que los personajes se apropien de los diferentes estilos musicales para narrar sus respectivas historias, transmitiendo sus emociones en cada caso, y que la acción avance de forma dinámica, emotiva y sumamente entretenida. A medida que la historia avanza y los personajes unen sus voces y sus movimientos, las canciones y las coreografías van creciendo y haciéndose cada vez más potentes y emocionantes. Esta emoción se percibe en los sonidos que emite el público, que suspira aliviado cuando los personajes superan sus obstáculos, se ríe, y acompaña cada canción con palmas y moviendo los pies al ritmo.

—La iluminación también es fundamental para contar esta historia de luces y de sombras, ¿cómo trabajaron para lograr transmitir emociones a través de los juegos lumínicos?

—El diseño de iluminación estuvo a cargo de Daniela García Dorato, también acreedora de un premio Atina muy merecido. Junto con el vestuario, la iluminación es uno de los medios que utilizamos para darle color y vida al paisaje urbano gris y despojado. Mediante los juegos de luces se potencian las emociones transmitidas por los personajes mediante la música, el canto y la coreografía. Además de enriquecer la acción dramática, el diseño lumínico también sirve para diferenciar el espacio del cantero, donde la flor sufre cubierta por la sombra, del espacio del parque, donde el sol baña todo y la flor puede vivir plenamente rodeada por sus amigos. 

—¿Quiénes participaron en el diseño de la imagen que representa el espíritu del espectáculo?

—La propuesta estética y de puesta en escena es de la directora, Camila del Río. Como productora general, yo participé activamente en la toma de decisiones de varias áreas, sobre todo en lo que respecta al vestuario y la música (la mayoría de las melodías de base son mías), pero fue Cami quien, junto a los responsables de cada rubro, se encargó de construir el universo de “La flor que extrañaba el sol” para llevarlo a la escena. Y, desde mi punto de vista, hizo un excelente trabajo. Con Cami charlamos mucho respecto a cómo cada una se imaginaba la puesta y ella siempre tuvo bien en claro que quería que la estética urbana lo atravesara todo, desde la escenografía y el vestuario hasta la música y las coreografías. Desde un principio me encantó su visión y, cuando finalmente la vi cobrar vida sobre el escenario, me alegré mucho de haberla convocado como directora. No sólo supo concretar lo que había imaginado, sino que superó mis expectativas.

—¿Hay algo más que te gustaría destacar de esta obra?

—Sí, que además de los rubros señalados hasta acá (diseño y realización de escenografía, vestuario, música, coreografía, iluminación y dirección), el gran equipo que supimos construir se completa con: Roberto Lachivita en la producción ejecutiva, asegurándose de que no falte ni falle ningún detalle; Camila Sebio en coaching actoral, ayudando al elenco a conectar con el aspecto animal de sus personajes, y publicidad en redes; Brenda Surijon, colaborando para transformar las expresiones de los actores y actrices en las de sus respectivos animales; María Sol Frisardi en diseño, creando nuestro hermoso banner oficial y toda nuestra gráfica publicitaria; Melany Mosquera en fotografía, capturando con su lente cada momento de nuestra obra con una magia especial; y un elenco de jóvenes actores, cantantes y bailarines de lujo con Malena Ramos (La flor), Sofía Mangiaterra (Casimira), Ana Fay (Ágatha), Facundo Furque (Beto) y Leroy Barrera (Mateo), Paula Stiepovich (gatita beige), Micaela Bergalli (gatita naranja), Sabrina Birmajer (gatita negra) y Sabrina San Román (gatita negra y blanca).

—Para terminar, ¿dónde y cuándo se podrá disfrutar de “La flor que extrañaba el sol”?

—“La flor que extrañaba el sol” se podrá ver de manera online durante todas las vacaciones de invierno. Pueden adquirirse las entradas anticipadas ingresando a este link: https://la-flor-obra.eventbrite.com.ar y, a partir del lunes 18 de julio hasta el domingo 31 de julio, van a poder disfrutar de nuestro amado musical, a través de cualquier dispositivo.

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Artes Plásticas

Ana Luisa Stok: “Solo empapándome profundamente en el texto, puedo dejar nacer cada imagen”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /

Hay palabras como líneas, rectas en el cielo, curvas en la boca, letras como vientos y hojas como rutas. Hay colores colgados de las ramas y pájaros que marcan el tiempo, al otro lado del horizonte, que llama, se corre, se vuelve agua en los cuerpos, línea y distancia.

Hay muchas maneras de narrar. Contar una historia a través de las imágenes no es tarea sencilla, cada ilustrador necesita conectarse con el mundo de las palabras para acercarse, desmenuzar los colores escondidos, saborear lo que no se ve para hacer foco en esa distancia y llegar al centro. A la esencia oculta de cada cosa.

Ana Luisa Stok sabe de líneas y de palabras, su arte atraviesa el lenguaje y llega allí donde convergen la voz y el silencio.

En diálogo con ContArte Cultura, la ilustradora nos acerca a su espacio creativo y cuenta sus vivencias en el mundo del arte.

—Existen muchas versiones de cada uno de nosotros, nuestros fragmentos en movimiento. Estamos hechos de agua y de tiempo. Para comenzar, y a modo de presentación, si pudieras representar en pocas líneas o en una palabra dibujada la versión actual de Ana Luisa Stok, ¿qué veríamos?

—¿Mi actual versión? Yo diría que estoy más madura, no paro de crecer en profundidad. Es un momento de satisfacción con mi obra.

—Y hablando de tiempo, ¿recordás en qué momento de tu vida descubriste tu gusto por el arte de “decir ilustrando”?

—En la adolescencia fue Platero y yo mi primer motor hacia la ilustración. Mi formación viene de las escuelas de Bellas Artes donde “ilustrar” no era una palabra muy valorada. A pesar de eso siempre me atrajo develar, sondear en las líneas de los textos para descubrir otras caras no tan visibles. 

—Si pudieras pintar en cuatro palabras tu espacio creativo, ¿cuáles elegirías para definir ese rincón donde nacen y se concretan tus proyectos?

—No importa en dónde viva, mi espacio siempre es una mesa cerca de una ventana rodeada de mis elementos de trabajo. Un lugar silencioso y tranquilo.

—¿Cuáles son las técnicas y los materiales con los que te sentís más cómoda trabajando?

—Pinceles, plumas y tintas. Acuarelas y agua. Papeles diversos para pintar y dibujar, así como viejos papeles pintados por mí que rescato y recorto dándoles nueva vida.

—¿Cuándo y cómo comenzó tu camino como ilustradora editorial?

—Mi carrera de ilustradora comenzó el día que decidí hacer un giro y pasar de “lo artístico” a “lo rentado” y lo más afín para mí eran los libros dentro del campo editorial. En esa época no había formación en ilustración y en mi primera entrevista con la editorial El Quirquincho me encontré con el diseñador gráfico Oscar Díaz, quien después de ver mi carpeta supo trasmitirme cómo era el proceso de ilustrar y secuenciar las imágenes. Al poco tiempo me encargó mi primer libro: ¿Qué le dijo? y otras preguntitas, de Carlos Silveira.

—¿De qué manera lográs conectarte con los textos que vas a completar con tus ilustraciones?

—Primero leo el texto, dos o tres veces. Luego me quedo en silencio por varios días para dejar que las imágenes surjan. Y es allí donde empiezan a ser parte de mi cotidiano, las espío y me espían. Se instalan, van naciendo y tomando forma.

—Seguramente desde la imagen es posible capturar y definir la esencia de los distintos personajes, ¿cómo llevás adelante ese proceso de darles vida y movimiento a los protagonistas de cada historia?

—Este punto se me une al anterior. Solo empapándome profundamente en el texto, siendo una con cada palabra, puedo dejar nacer cada imagen, sean personajes, objetos, climas o paisajes. Es un trabajo de inmersión profunda para luego poder generar las imágenes que salen de mi interior.

“Una versión de Dios”, el libro álbum que fusiona un texto de Liliana Bodoc con ilustraciones de tu autoría, atraviesa la temática del tiempo, ¿cómo viviste ese latido temporal en cada página dibujada? 

—Después de leer y releer pasé un período bastante largo donde fui investigando distintas técnicas y diferentes caminos expresivos. Por más que tengo larga experiencia de ilustrar textos alternativos y abstractos, me costó encontrar el camino, sentía mucha responsabilidad frente a tremendo texto.

—Y viajando hacia atrás, al momento de tu contacto inicial con ese universo de Bodoc ¿recordás cuál fue la imagen o las imágenes que se te representaron al leer el texto por primera vez?

—La primera vez que leí el texto me quedé sin aliento. Era tan poderoso, tan divino, que me asusté mucho. Cuando pude ver en mí alguna imagen, aparecieron brujas, madonas y cristos, aunque ninguna de esas imágenes sobrevivieron. Pasó tiempo hasta que un día pude hacer una síntesis y volcar sin respirar las imágenes de todo el libro, casi como lo vemos hoy publicado.


“Sin duda en Una versión de Dios hubo un encuentro con Liliana Bodoc de otra dimensión.

A Galileo, su hijo, le gusta decir, como en el prólogo, que este libro tiene dos madres, y realmente así lo siento.”


—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

—Actualmente estoy comenzando a trabajar un texto inédito de María Teresa Andruetto.

—Para terminar, si pudieras elegir una imagen que represente un deseo para los próximos meses, ¿Cuál sería?

—Sería un árbol de grueso tronco y gran follaje. Me veo trabajando, comprometida con un texto que me represente, que me conmueva y que me interpele.


Ana Luisa Stok

Es profesora Nacional de Dibujo y Pintura, egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Argentina.
Ha participado con ilustraciones en diarios y revistas de circulación nacional como: Diario La Nación, Diario La Prensa, Revista Sur, Enoikos, Uno Mismo, Mutantia, Filofalsía, Contratapa, Club de Pensamiento, Todo Riesgo, Discursos Apasionados, Plena, Casi Ángeles y Argentina en la Danza.
Ilustró libros infantiles y juveniles en Argentina para: Editorial Sudamericana, SM, Quirquincho, Alfaguara, Estrada, Abran Cancha, De la Flor, Troquel, El Ateneo, Darim Publishing Korea, Goodmother Publishing House Korea, Del Naranjo y Guadal Argentina.
Libros para adultos en: Papeles de Coghlan, Arauco (USA), Sudamericana, Paidós, Espacio de Arte Amia y Grijalbo y Editorial Comunicarte.
Libros educativos en: Coquena, El Ateneo y Troquel.
Participó en muestras colectivas e individuales en Argentina, Estados Unidos, India, Colombia, Yugoslavia, República Eslovaca, Brasil, Berlín y Frankfurt.
Integra el Comité organizador de ADA (Asociación de Dibujantes Argentinos) que organiza muestras y jornadas en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Integra el Comité de profesionales de la Fundación el Libro.

Distinciones

  • 1972 Seleccionada para el Primer Salón Municipal del Tapiz – Museo “Eduardo Sívori” BuenosAires.
  • 1986 Semifinalista del Concurso Coca-Cola en las Artes y la Ciencias de Buenos Aires.
  • 1992 Ganadora del Concurso para Tapas de Ilustraciones de la Editorial Imaginarte de Buenos Aires.
  • 1999 Seleccionada para exponer en la XVII Internacional Bienal of Illustration, Bratislava, República Eslovaca.
  • 2000 Trabajo seleccionado para la exposición del IBBY Internacional, Cartagena de Indias, Colombia.
  • 2001 Seleccionada para exponer en la XVIII Internacional Bienal of Illustration, Bratislava, República Eslovaca.
  • 2002 Seleccionada para exponer en el X Salón Internacional de Dibujo para la Prensa Porto Alegre, Brasil.
  • 2005 Becada por la Fundación Sankriti Kendra, para el desarrollo de un proyecto artístico en Nueva Delhi, India.
  • En 2008 es seleccionada por la Embajada de India para exponer y es galardonada por su participación.
  • 2012 Fue convocada para participar del primer diccionario de ilustración de Latinoamérica. Publicado por SM-Méjico.
  • 2012 Fue invitada por la Geneseo State University of New York, USA a dar una charla sobre su obra.
  • 2015 Invitada a dar una charla “Maridaje de texto e imagen”, para ilustradores en el marco de la FIL de Guadalajara, Méjico.
  • 2015 Recibe, por sus ilustraciones, una mención especial de la Fundación del Libro de Buenos Aires.
  • 2016 Expone en Berlín y Frankfurt, dentro del proyecto “Ojalá”.
  • 2022 Recibe el premio de “Los destacados de Alija 2020-21” para el libro “Una versión de Dios” libro-álbum juvenil, de Liliana Bodoc y Ana Luisa Stok.
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Entrevistas

Juan Vila: “Hay que dejar que las canciones vayan creciendo y pidiendo cosas, ellas saben lo que necesitan”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
PH: Eduardo Emmi -foto principal-, Jenny Giraldo, Kiki Herrera //

Brotan sonidos, ascienden desde el fondo de la tierra, un murmullo de agua en las raíces, música en el pico de un pájaro solitario, muta, es un canto antiguo, primitivo, con aroma a madera y a viento; se transforma, emerge. Se abre la boca de una guitarra, los dedos pronuncian palabras, como una respiración, como una metamorfosis del paisaje.

El músico Juan Vila es un artista que se pliega en los pliegues de la realidad y del paisaje, bebe sus formas, se alimenta de la escucha, toma prestadas las voces y las palabras para transformarlas.

En diálogo con Contarte Cultura,el compositor e intérprete nos sumerge en sus creaciones e invita a recorrer la música de su último disco: “Axolote”.

—Comencemos esta charla volviendo la mirada hacia el animal que simboliza el espíritu de tu último disco: el axolote, un anfibio que conserva en su cuerpo rasgos primarios, como si estuviera a mitad de camino de su proceso evolutivo y, sin embargo, tan preparado para el cambio y la transformación. Para entrar en tu universo de música y creatividad y a modo de presentación, si pudieras elegir alguna de sus características que te represente como artista, ya sea desde lo corporal o desde lo simbólico, ¿cuál sería y por qué?

—Sin duda esa naturaleza metamórfica, el hecho de que el axolote (o axolotl como lo llamaban los nahuas) no asume una forma definitiva. Pero, y esto es lo más curioso, sólo vive en la cuenca de México. Es decir, se transforma pero al mismo tiempo está siempre en el mismo hábitat. Para mi esa es una metáfora biológica de lo que hago como músico: busco transformar constantemente los géneros que exploro, pero conservando el arraigo al lugar, a los territorios donde esas músicas fueron germinadas. Al mismo tiempo, yo me siento un axolote acá en la Ciudad de Buenos Aires, entre las paredes de mi casa. Entonces busco decir lo que pueda decir desde el lugar que habito. No voy a hablar de los cerros y el mar; voy a hablar del asfalto y del desmonte, ¿no?

—Y hablando de ese mundo propio donde la melodía es un puente que te conecta con todo lo que te rodea, ¿recordás de qué manera surgió tu primera conexión con la música?

—Mi madre tiene cierta teoría de que está en los genes, porque mi bisabuelo era violinista y pianista, también autodidacta. En mi vida, lo primero que recuerdo tener entre las manos para “hacer canciones” fue un pequeño teclado. Hacía canciones y las practicaba en mi habitación, para después mostrarlas a toda mi familia (¡paciencia no les faltaba!). Ya a mis 9 años estudiaba percusión con Santiago Vázquez, que era un vecino del barrio. Así que mi infancia musical fue con las percusiones, que nunca me abandonaron.

—En tus temas es posible percibir un verdadero diálogo entre varios instrumentos, ¿cómo vivís el proceso de ensamblar esas “palabras” hechas de sonidos con las letras de tus canciones?

—En mi proceso creativo, por lo general viene primero la música, y aun cuando tengo una letra, lo principal es, como decís, su musicalidad, su dimensión melismática. Después viene el esfuerzo de hacer que las palabras digan algo. A veces vienen solas, como en la Chacarera del Desmonte, que salió derechita. En otros casos, como en la Zamba sin nombre, tardé literalmente meses. Puentes donde hay muros, por ejemplo, tuvo letra un tiempo, hasta que me di cuenta que no la necesitaba… ¡y se volvió instrumental! Hay que dejar que las canciones vayan creciendo y pidiendo cosas, ellas saben lo que necesitan antes que uno mismo. Esto de componer “diferentes voces en diálogo” es algo característico de mi manera de hacerlo, quizás de escuchar tanto Inti-Illimani, que juega mucho con el contrapunto. Ahora que lo decís, mi primer disco, Pura Semilla, también tiene esta característica de un dúo de cuerdas conversando entre sí. Cuando orquesto las canciones con el ensamble, me gusta mucho que cada instrumento ocupe un espacio sonoro y se desarrolle en él.

—Seguramente también hay algún ritual a la hora de dar vida a cada una de esas letras, ¿cómo se manifiesta una canción en tu interior? ¿Qué cosas de la vida cotidiana suelen volverse música en tu cuerpo?

—Las cosas más insignificantes suelen ser las que disparan gérmenes de creación, semillas que germinan lentamente bajo la piel. Por ejemplo, un día agarré un libro para chicos, sobre la historia de Buenos Aires, que al principio hablaba sobre los querandíes que habitaban esta tierra cuando llegaron los españoles. Y una cosa que decía el libro era que ellos “habían aprendido a vivir en el pantano”. ¡Claro! ¡Buenos Aires es un pantano! No nos damos cuenta porque le pusimos 4 toneladas de asfalto encima, tapamos los arroyos y le dimos la espalda al río. Pero siempre nos quejamos de la humedad. Y esa sola idea me llevó a escribir Juncal, que habla de una persona que vive en un pantanal y está buscando un río sin poderlo hallar. El huaynito Cascabel, que es un diálogo entre mi guitarra y un piano, pasó por miles de palabras y no dejaba entrar ninguna. Empezaba una letra y la canción la rechazaba, simplemente no funcionaba. Hasta que un día se escapó de mi casa un gatito que habíamos adoptado de la calle y cuando se fue le canté esta canción, y la letra salió en un día. Son procesos misteriosos.

—Hay en tus creaciones un compromiso con la naturaleza y con la sociedad, como si intentaras tomar sus propias palabras y transformarlas, ¿cuáles son las temáticas ambientales o sociales que te gustaría convertir o que ya convertiste en canción, como es el caso de la “Chacarera del desmonte” y de “Zamba sin nombre”?

—Curiosamente, soy docente en un espacio de Aves Argentinas, la Escuela de Naturalistas, donde doy una materia que se llama “Naturaleza y Sociedad”. El tema ambiental existe en mi vida desde que tengo memoria. Era socio de Greenpeace y Vida Silvestre a los siete años, y mi madre me acompañaba a las charlas y reuniones. Siempre tuve un fuerte interés en la cuestión ambiental, y hoy que es “el” tema, “el” problema de nuestra civilización, siento que no se puede cantar sobre otra cosa. No digo que todo tiene que ser sobre la catástrofe ambiental, pero el mundo se está secando, ¿vamos a hablar del descapotable que tengo? ¿Qué queremos decir cuando hacemos canciones? Porque el arte produce sentido social: somos nosotros los que elegimos ayudar a ampliar la conciencia o empobrecerla.

—¿Cómo definirías en una palabra la esencia de tu primer disco “Pura semilla”, grabado con la cantante chilena Catalina Jordán?

—Diálogo. Ella mujer, yo varón. Ella tocando el cuatro, yo la guitarra; o yo el charango y ella la guitarra. Ella cantando la voz aguda, yo, la grave, o viceversa. Ella chilena, yo argentino. Todo el disco tiene esta idea de dualidad, la complementariedad de opuestos, que es un elemento fundamental de la cultura andina. De hecho, la última música de ese disco es una sikuriada. En las sikuriadas, la melodía es construida en el diálogo entre dos instrumentos: el arka y el ira, cada una con sus notas. Es decir que en la música ancestral del sikus se necesitan al menos dos personas para hacer una sola melodía. Nadie hace nada solo. Pura Semilla tiene ese sello en la mayor parte del trabajo.

—Por estos días estás presentando “Axolote”, tu segunda obra y un disco que habla de transformación. ¿Cómo fue el proceso compositivo y de producción de cada uno de los temas?

—Diría que cada tema se presentó como un desafío muy particular, pero en todos pasó lo mismo: una vez terminados, a los pocos días los volvía a cantar y comenzaban ya a transformarse. Las versiones que quedaron en el disco tienen, la mayoría, cosas que les fui cambiando hasta el último día, a veces menores, a veces importantes. Es parte de una filosofía de la creación musical que tengo: como el axolote, no dejar que las canciones tengan una forma definitiva. Posiblemente al hacerlas en vivo vaya cambiándolas. El disco es sólo una fotografía de un proceso creativo que es dinámico, constante. Hay canciones que me demandaron muchísimo, como la Zamba sin nombre que tardé literalmente un año y medio en hacerla. Luché mucho con su estructura y su armonía. Después con la letra. Pero hay un momento en que las energías se acomodan y la cosa fluye. Hay que ir probando una y otra vez hasta encontrar la combinación de la caja (risas). Otras canciones, como la Chacarera del desmonte, Puede la Copla o Gira Gira Girasol, salieron rápidamente, quizás porque las ideas que le dieron origen ya tenían en sí mismas todos los elementos que se necesitaban. Los Morochos, por ejemplo, es una morenada que compuse en 2018, y cuando llegamos a grabarla le había agregado una cuarta voz, sikus, y el sonido del piano, que antes estaba reservado a una flauta. Por eso digo que el disco es una fotografía: los temas tienen vida propia, antes y después de la grabación.

—¿Quiénes te acompañaron en ese camino, tanto desde la música como desde la producción?

—Desde el primer momento que vi que se venía un disco, que había material para pensarlo y hacerlo, tuve en mente a Emiliano Khayat. Él fue pianista y productor artístico de mi primer disco y desde ese momento somos muy buenos amigos. Emiliano tiene una forma de trabajar que admiro. Es muy profesional, muy estricto con la organización, y al mismo tiempo se involucra emocional y creativamente con el trabajo. Eso es fundamental. Ni hablar que hay vibra, entendimiento de ese que ni se habla. Es como un hermano musical. Este disco lo produjimos juntos, pero también participó como músico tocando acordeón, teclados y piano. A Nige Achy ya la conocía de mis años de programador musical en Vuela el Pez (donde también conocí a Emiliano) y desde ese entonces la tenía en la mira porque es una percusionista de otro planeta. Fue un placer convocarla. Ale Demogli, que participó en La Vanidosa, es un monstruo musical. Es profesor de guitarra de jazz en Berkeley, tocó con Quique Sinesi, con Pat Martino, John Scofield… estoy hablando de titanes del jazz. Pero también viajó a la India a estudiar otros ritmos, escalas, otras músicas. Ale es docente en la misma carrera de música que yo, en la UNTREF, y tenerlo en el disco fue un honor y una alegría. Sebastián David tocó el bajo eléctrico en varias canciones. Es el más antiguo amigo de ese grupo y tuve con él una banda de rock a los 20 años. Ahora está terminando su carrera de Folklore y Jazz en la EMPA, y es un bajista tremendo. Después participaron Fátima y Mayra de la banda de sikuris El Ombligo. Son viejas amigas que ya me habían honrado con su participación en mi primer disco. Después están los chicos del grupo que llamé Ensamble Axolote (lo formé un poco para poder tocar el disco en vivo y otro poco para darle vida propia al bicho, con otras canciones). Ellas y ellos son estudiantes de la carrera de música americana de la UNTREF en donde soy docente. Son músicos muy buenos y con una predisposición para el juego que me encanta. Con ellos montamos canciones muy complicadas, como Puentes donde hay muros que tiene muchas polirritmias, y la grabamos, contra todo pronóstico, sin usar ningún metrónomo. Además de grandes músicos, son un grupo humano hermoso. Aunque no sea música, mi compañera Jenny Giraldo es inseparable del proyecto, porque sin su ayuda (es gestora cultural) nunca hubiese conseguido los fondos para empezar a planificar el disco.

—¿Quién o quiénes estuvieron a cargo del arte de tapa que resume la idea simbólica de “Axolote”?

—Se trata de Chris “Kiki” Herrera, un tremendo artista. Él es un artista plástico colombiano que se dedica fundamentalmente al muralismo, pero también pinta, colorea, tatúa, construye, etc. Es realmente un artista con mucho genio y, en el momento en que lo convoqué para que haga el arte del disco, ambos estallamos en lágrimas y abrazos. Tenemos una amistad basada en una mutua admiración artística. Es un vínculo muy hermoso el que tengo con él, y un privilegio enorme que haya accedido a regalarme su arte para el disco. 

—Para terminar, ¿dónde se puede escuchar tu música y cuáles son los próximos pasos musicales de Juan Vila?

—Se me puede escuchar en Spotify, y también en mi perfil musical de Instagram como @juanvilamusica. Asimismo, también tengo mi canal de Youtube. El próximo paso ya está siendo dado: viajaré a Chile a grabar el segundo disco con Catalina Jordán González, financiados por el Ministerio de Cultura chileno, y junto al Ensamble Siglo XX, un grupo maravilloso de música de cámara (quinteto de cuerdas, piano, clarinete, flauta y percusión). Así que ya estoy componiendo arreglos de muchas de mis canciones de ambos discos y algunas otras. El álbum se llamará Antü: los dos tiempos, y será también un diálogo, un puente, entre la música académica contemporánea y el folclore latinoamericano. Lo grabaremos en Valparaíso en el mes de octubre. Sin dudas, un año movido.

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