Marcos Rocca: “Abordo a los instrumentos como juguetes que me posibilitan seguir jugando”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Un acorde levanta vuelo, aletea sobre las múltiples opciones que ofrece el viaje, libre, como si el movimiento lo llevara a concretar una búsqueda, como un punto de encuentro  en el aire de la música, puro viento creativo, el lugar donde convergen las palabras ocultas en cada nota, la voz del paisaje que asciende desde las profundidades de una tierra nueva.

Marcos Rocca es musicoterapeuta, docente y músico, su vida está habitada por los sonidos del entorno y también por aquellos que se esconden en las oscuridades de cada ser.

En diálogo virtual con ContArte Cultura recorre sus pisadas en el pentagrama de cada paisaje y comparte sus creaciones.

—Vamos a comenzar esta charla con un juego de presentación. Si pudieras elegir tres notas que constituyan un acorde que te represente, ¿cuáles serían y por qué? ¿Cómo imaginás la forma geométrica de ese acorde?
—¡Qué manera de comenzar! Bueno… a ver… elijo las notas que conforman cualquier acorde Maj9 en cualquiera de sus tres inversiones, lo cual me permite abordar un espectro bastante amplio cuando quiero iniciar el libre juego de la improvisación, que mayormente realizo en un teclado. Este tipo de acorde incluye una séptima (mayor si el acorde con novena es mayor) así que es posible tener opciones para moverse en algunas direcciones a la hora de buscar (y encontrar) melodías. Similar a cuando se está viajando. Hay múltiples direcciones y opciones en cada paso dado. Los caminos son infinitos conforme los vamos desandando. He recorrido, mochila a la espalda, Sudamérica y Centroamérica por las puras ganas nomás y un poco bajo los influjos de la prosa espontánea de Jack Kerouac, y concluyo que la exploración dentro del proceso creativo es como darse al viaje. El aquí y ahora. Supongo que el tipo de acorde que propongo podría representarme, aunque también los acordes de sexta me inducen a perderme en cantidad de derroteros posibles. Claramente, la segunda pregunta involucra un ejercicio consciente en relación a la  sinestesia. Intuyo. La forma geométrica del acorde elegido se me presenta como la idea o imagen de un fractal, que es una forma geométrica que se manifiesta a infinitas escalas.

—¿Cuándo y cómo descubriste que la música era un camino posible?
—Con las primeras sensaciones causadas a fuerza de escuchar la música que sonaba en mi hogar de la niñez. Tuve suerte. En un pequeño grabador sobre la mesa de la cocina no dejaban de sonar cassettes de The Beatles, Pink Floyd, Alan Parsons Project, Yes, Charly García, John Lennon, Paul McCartney… para un niño de 10 años fue material formativo. Y como fan del rock sintonizábamos Radio del Plata con mi hermana. Allí escuchábamos el programa “Submarino Amarillo” del recordado Tom Lupo, quien le hacía reportajes a los primeros Soda Stereo, Virus, Sumo. Luego los primeros recitales en vivo viendo a tres tipos tocando en un escenario, el sonido, la situación de común unión de la gente. “Por ahí va la cosa” me dije en algún momento.

—Como musicoterapeuta y docente de música tenés la posibilidad de acompañar a muchas personas en el proceso de sanación mental o física y de despertar emociones a través de la música, ¿de qué manera vivís esa experiencia de “despertar” en otros los sonidos escondidos?
—El tema es extenso dado que la formación como músicoterapeuta no es la formación de un docente de música. Los objetivos son diferentes en ambas disciplinas. Desde la pedagogía los objetivos están planteados para obtener un resultado estético mediante un proceso de aprendizaje que involucra múltiples factores psicofísicos. En ese contexto, no podría afirmar que la música sea una herramienta de sanación, ya que no es el objetivo de la enseñanza de la música. En cambio, desde la perspectiva músicoterapéutica en cualquiera de sus líneas de pensamiento y metodologías, el resultado estético en lo musical no es un objetivo en sí mismo. El enfoque está dirigido a mejorar la calidad de vida de las personas en tanto una forma de terapia que logra acceder “allí donde la palabra no tiene acceso“. La experiencia en esta disciplina la vivo en base a mi responsabilidad como profesional en la materia. Ciñéndome a la atención flotante, reconociendo los límites del encuadre, interiorizándome en nuevos enfoques posibles, se trabaja con el emergente, lo cual implica tener acceso a diferentes estrategias de abordaje. No me centro tanto en cómo vivo yo la experiencia del hacer músicoterapéutico, sino más bien en abordar el deseo de una otra o un otro y desplegar la escena para que el o la concurrente o paciente pueda ser en la música.

—¿Qué te inspira a la hora de componer?
—Sin dudas, la potencia de la naturaleza, un viaje hacia lo inhóspito, los embates de la realidad circundante. Todo lo que me permita establecer una conexión pura con las cosas. 


“El  bajo eléctrico fue el primero que logré hacer sonar y a fuerza de que escaseaban bajistas en Ushuaia”


—¿Podrías elegir un instrumento musical con el que te sientas identificado, ya sea por los materiales que lo componen, su musicalidad o la historia compartida?
—Dudo que pueda elegir un instrumento con el cual identificarme. Abordo a los instrumentos como juguetes que me posibilitan seguir jugando. En mi diminuto estudio casero tengo algunos que voy manoteando de acuerdo al momento. Las composiciones varían enormemente en relación al instrumento que se me ocurra agarrar. El  bajo eléctrico fue el primero que logré hacer sonar y a fuerza de que escaseaban bajistas en Ushuaia a mediados de los 80. Pero si en ese momento me hubieran dicho que escaseaban bateristas probablemente hubiera elegido tocar batería. Para mí, lo más importante era estar en una banda de rock. El instrumento era algo secundario. Yo quería estar con cuatro o cinco personas tocando y viviendo la vorágine que se suponía que acontecía en un show en vivo. La adrenalina y todo eso. Un poco influido por las fotos que veía en la revista Pelo que mi hermana se afanaba de un kiosko y que aún conserva su colección. Si bien el bajo es mi instrumento principal en los shows en vivo, me gusta involucrarme con las guitarras, los teclados, las percusiones… en las producciones y coproducciones que vengo realizando me mando con todo eso. Siempre en la medida que aporten a la causa. No hay que olvidarse que uno está al servicio de la canción.

—¿Recordás cuál fue el primer grupo de rock del que formaste parte?
—¡Sí! Un grupo de amigos que se llamaba Sociedad ilícita. Ushuaia 1987, aproximadamente. Tocábamos versiones de temas de The Doors, Eric Clapton, Rollings Stones, The Beatles… Ensayábamos en un galponcito que estaba detrás de la casa de los padres del tecladista. Chiflete por todos lados (risas). Invierno. Se colaba la nevada por las rendijas de la puerta o lo que quedaba de ella. Nos calentábamos las manos en una vieja estufa. El bajo lo sacábamos por un combinado… ¡Tremendo! Confieso que yo hacía lo que podía porque no tenía nociones musicales. Quedé por siempre agradecido a los integrantes de esa banda, por la paciencia y la fe que me tuvieron.

—Este año realizaste varios trabajos de producción y post-producción musical, contanos cuáles fueron y a qué músicos acompañaste en ese proceso.
—A principios de año terminé de co-producir junto a Christian Van Lacke el tercer álbum de Julieta Rimoldi (Señales de un mundo nuevo). Luego hice la co-producción y post-producción del álbum Viajero de Christian. Paralelamente, terminé el segundo y tercer álbum de mi proyecto personal de músicas instrumentales: Los acordes secretos. El álbum Tierra muerta ya está disponible en las plataformas digitales por medio del sello Viajero Inmovil. El título del álbum es una ironía y te das cuenta al ver la foto del arte de tapa. No tiene intenciones apocalípticas, todo lo contrario. El tercer álbum lo liberaré en el 2021. Está más orientado a músicas para películas. Y actualmente estoy encarando el cuarto. Por otro lado, grabamos con Las Lenguas Muertas, grupo que integro junto a Antonio Birabent, Ariel Minimal y Claudio Leiva, un EP más el primer álbum que verá la luz en breve. Afortunadamente pudimos hacer un recital en febrero de este año y en YouTube está la filmación de ese show  en  vivo. Luego… las circunstancias conocidas y todos confinados.

—Como contaste, en 2014 diste vida a “Los acordes secretos: Canciones para el fin del mundo” y este año nació “Los acordes secretos: Tierra muerta“, ¿qué hilos unen estos dos trabajos y en qué se diferencian?
—Partamos de la base de que Canciones para el fín del mundo es un álbum de versiones de algunas canciones de rock argentino. Algo que surgió mientras terminaba de producir el segundo disco de Julieta Rimoldi (“Voy“). Luego, Tierra muerta es un álbum de composiciones propias excepto por un sólo tema que había quedado afuera de Canciones para…. El hilo que une a ambos trabajos es la impronta de la identidad de nuestro rock. Con Tierra muerta me ciño más a la premisa que pregonaba Don Atahualpa Yupanqui al decir que “la forma tiene que ser nacional y el contenido universal”. Decidí entonces centrarme en la forma y de ese modo se mixturó el rock, que es de dónde vengo, con algunas formas de nuestro folklore, tanto del suroeste como del NOA, e incluso con las músicas folklóricas del Perú en donde cuento con el generosísimo aporte de Juan Luis Pereira de la agrupación El Pólen. A su vez, cada música y músico que participó puso su impronta a partir de lo que escuchaban: Christian Van Lacke, Pablo Carreras (quien también se encargó de la masterización), Julieta Rimoldi, Blanca Gornatti, Jairo Zuleta (Lima, Perú) desde el recuerdo, Juan Ravioli, Lucas Herbin, Luis Ocampo y hasta mi padre, Roberto Rocca. Estos encuentros definieron la dirección que tomó el álbum completo.

Las lenguas muertas: Marcos Rocca, Antonio Birabent, Claudio Leiva y Ariel Minimal

—¿Cuál es tu aporte en lo que se viene de “Las lenguas muertas”?
—En Las Lenguas Muertas la fuerza compositiva recae en quienes cantan, Antonio y Ariel, y luego cada integrante aporta desde su manera de tocar. Todos venimos de lugares musicales diferentes y la combinación de los cuatro genera una frescura que se hizo palpable en el show que dimos en febrero. En ese sentido, somos como adolescentes en su primer experiencia en una banda de rock. ¡Está buenísimo que eso suceda! Sobre todo sabiendo que justamente dejamos esa etapa atrás  hace muchos  abriles.

—Para terminar y volviendo al comienzo, te invitamos a soltar un deseo en nuestro acorde imaginario.
—Paz, amor, unión y respeto para todas y todos.

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