Gabriela Romeo cuenta “El bosque del silencio”, obra que reestrena en Vera Vera Teatro

Por Andrea Viveca Sanz

En el escenario, tres almas despojadas de sus cuerpos esperan. Ya no existe un tiempo que las contenga e inmersas en ese destiempo, en el que la incertidumbre las enreda en el silencio, deberán hacer méritos para reencarnar en otra vida.

La imagen de un bosque y una mesa fueron la puerta de entrada a un universo en el que Gabriela Romeo decidió internarse para dar vida a “El bosque del silencio”, la obra que dirige y que se reestrenará el 9 de marzo en Vera Vera Teatro de la Ciudad de Buenos Aires.

En diálogo con ContArte Cultura, la actriz y dramaturga toma la punta de una madeja imaginaria y cuenta con qué podrán encontrarse todos aquellos que deseen descubrir lo que sucede más allá, en un espacio sin tiempo.

—¿En qué lugar y momento ubicarías la punta del ovillo que dio nacimiento a esta obra?
—La mayor parte del día estoy expectante y con los sentidos despiertos. La punta del ovillo de El bosque del silencio “sucedió” caminando una vereda de San Telmo en dirección a una parada de colectivos. Como una puerta que se abre para construir y poetizar apareció en un estacionamiento de autos, venido a menos: un living con dos sillones de un cuerpo y otro de dos cuerpos, lámpara de pie, un pedazo de alfombra; todo deteriorado por el paso del tiempo. Un living a la intemperie. Me detuve y mientras observaba una imagen muy potente, un recuerdo, estalló delante de mí: Un eucalipto enorme, añoso, que me impactó en un viaje que hice a Tanti, Córdoba. Ese árbol se metió entre los sillones. Todo se impregnó de su aroma. Se multiplicó en muchísimos. Apareció un bosque y en esos sillones vi cuatro almas desoladas esperando el momento de reencarnar. Esas almas tenían un cuerpo. El que dejaron en su última vida antes de dejar el cuerpo físico. “¿A quiénes esperan?”, me pregunté. Se me escapó una carcajada y me respondí: “A Los Muchachos de la Luz”. Me causó gracia la musicalidad de la frase y la fuerza de la palabra “Muchachos” con toda su implicancia mítica. Así comenzó el universo de El bosque del silencio.

—¿Cuál es el argumento encerrado en ese ovillo escénico en el que emerge lo profundo entre las hebras de lo solemne?
—La obra es muy profunda y nada solemne. Tiene mucho humor. Tuve muy claro al escribir que un tema profundo, como en este caso “la reencarnación”, tenía que estar desprovisto de solemnidad, de bajada de línea, de información. Me permití jugar, asociar cosas que no son pensadas para estar juntas. Hay momentos muy bizarros, otros despiadados, conmovedores, otros con humor y poesía. Un gran desafío para los actores que son maravillosos. La incertidumbre, los miedos, la espera, las culpas, las ilusiones, la esperanza. Almas desalmadas por momentos y enormemente vitales e infinitas en otros. Todo esto es lo que no se dice pero está, subyace, es metáfora.

—¿Qué hilo temático conecta a los personajes en escena?
—El hilo temático que conecta a estos personajes, que dejan de serlo en el cuerpo de los actores para transformarse en almas, es el enorme conflicto que les genera lo desconocido. Las preguntas que se hacen y no tienen respuesta. El enigma de no saber en qué momento llegarán Los Muchachos de la Luz. Cómo son y cómo los evaluarán. El no tiempo de ese lugar y el misterio desconcertante de recibir mensajes de la Alta Luz a través de un perro cartero. 

—¿De qué manera se entrelazan la música y la poesía con las voces de los protagonistas?
—La música en este Universo es poesía. La poesía está escrita con los cuerpos de los actores, sus respiraciones, energía, sus emociones y la de los personajes. Todo construye relato. Trabajamos mucho para encontrar el lenguaje, para construir una singular poética. Revelaciones, estallidos, puntos de inflexión. Todo sucede. Acontece y se hace verosímil.

—¿Quiénes son los actores que dan vida a cada personaje?
—Jorge Gregorio es Carson, un mayordomo inglés. Alejandra Ríos, Monona, una hippy de los setenta a quien se le arrebató su hijo en época del proceso. Un informante, buchón, al que le da vida Alfredo Sánchez. Hernán Sebastiani es Pepe, un portero de escuela. En el transcurso de la historia se irán develando situaciones que tienen que ver con el cómo llegaron a ese lugar. Agustina Armelino es nuestra asistente general, gran colaboradora. Mariana Rovito diseñó la gráfica. Lula Gregorio nos fotografió y Horacio Novelle diseñó las luces. Un equipo de lujo.

—Contanos cuándo y dónde se reestrena la obra.
—Será el sábado 9 de marzo a las 20.30 en Vera Vera Teatro. (Vera 108, Caba). Pueden hacer las reservas por Alternativa Teatral o al correo elbosquedelsilencio4@gmail.com. Esta es nuestra segunda temporada. La primera fue a sala llena en todas las funciones.

—¿Por qué deberíamos atravesar la línea del tiempo y sumergirnos en las dudas y contradicciones que se esconden en “El bosque del silencio”?
—Atravesar esa línea de tiempo les permitirá un viaje bello, profundo, pleno de humor y poesía. Podrán, con sus propias imágenes, completarlo.

2 comentarios

  1. Felicitaciones por la obra… entonces hay que ir a verla, porque es un tema muy interesante. Ir a un bosque donde es silencio y sin embargo hay seres que se comunican, qué genial.

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