“Juglares”, el desafío de abordar el arte escénico desde la improvisación

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
y Walter Omar Buffarini

Cada objeto está habitado por historias. Hay en su interior un relato dormido que es posible despertar, y es justo ahí donde los Juglares entran en escena.

Una máscara los separa del público presente y tras ella se dejan llevar por las sensaciones del ambiente, por la energía de la sala en la que llevan adelante su espectáculo de improvisación.

Así, se apoderan de un libro y de todo aquello que los propios espectadores ponen en sus manos. La historia encerrada en cada uno de los objetos busca liberarse a través de sus cuerpos, que hacen de ella un cuento nuevo, tejido con las hebras del momento y arropado por la música que se manifiesta, improvisada y justa.

De esa mágica interacción entre actores y espectadores, entre músicas e historias, habló con ContArte Cultura Juan Martín Cabana, integrante de Juglares, que cada martes a las 22 despliegan su arte en el bar Guajira de La Plata.

—¿Contanos qué es Juglares?
—Es un grupo de actores compuesto por Matías Lausada, Tutte Frutte y yo, quienes realizamos teatro improvisado, todos los martes desde hace tres años. En realidad, nosotros somos quienes todas las semanas estamos en escena, pero también nos acompaña en cada obra un músico, que puede ser Nahuel Acosta (teclados) o Francisco Cadierno (chelo), y la parte técnica está a cargo de Pali Massaccesi.

—¿En qué consiste el teatro improvisado?
—Podría decirse que la improvisación tiene eso de vivir el momento. Mi compañero hace algo, yo reacciono ante eso y haré otra cosa, y entonces él sumará algo más. También hay una música que incide mucho en la función. El músico improvisa igual que los actores. Él desde la música y nosotros desde los cuerpos. Como en cualquier otro tipo de espectáculos, el músico puede interferir en la escena muchísimo y sin duda enriquecerla.

—Si bien tienen una actuación por semana, también deben ensayar para ellas…
—Cuando se trata de improvisación la palabra adecuada no sería ensayo sino entrenamiento. Y se usa ese término porque lo que se hace es entrenar técnicas, estrategias, y se entrena conocerse con quien compartirá escenario, para generar códigos, vínculos, como en general pasa en un deporte. De esa manera se logra entendimiento, y aunque no te conozcas con la otra persona, si ambas saben de técnicas de improvisación pueden hacerlo en conjunto. Y eso lo posibilita el compartir esa técnica entrenada, ese conocimiento.


Con Matías Lausada conformamos lo que hoy es Chamuyo Compañía Teatral, y Juglares está enmarcado en ella. Estamos auspiciados por el INT (Instituto Nacional de Teatro), que nos dio un subsidio de actividad grupal para realizar diferentes obras.


—¿Cómo inician cada espectáculo?
—Debe ser lo único que se puede reiterar en cada presentación, porque entramos a la sala donde se encuentra la gente, usando unas máscaras que representan a estos juglares que se presentan, y les “robamos” objetos a quienes están presentes y los usamos como disparadores. Particularmente esos objetos pueden ser libros, de los que uno de los actores lee un texto al azar, sin conocer lo que va a leer, y eso da pie para comenzar a contar una historia.

¿Hacen que el público forme parte de la obra?
No, el público no interviene. Solo lo hace con los objetos que le quitamos al comenzar la función.

—¿Las temáticas también surgen en el momento o ya están predefinidas por ustedes?
—Las historias surgen en el momento y es muy difícil que se repitan. En realidad, es como un juego muy de niños, que agarran cualquier cosa, crean algo y ya se inventaron una historia. Puede decirse que hacemos más o menos lo mismo. Por eso es que se habla muchas veces de jugar en escena, porque en definitiva no deja de ser eso. Es entrar y dejarse llevar en ese juego. Como ya explicaba, el primer disparador es el texto.

—¿Y si no hay libros?
—Muchos de quienes presencian nuestras obras ya nos conocen y van a la función con uno. Pero en un principio, cuando no sabían bien qué realizábamos, como es un horario en el que suelen ir muchos universitarios utilizábamos sus textos de la facultad. Pero de a poco fue pasando que comenzaron a conocer nuestros códigos y empezaron a llevar libros y objetos a propósito, para ver qué hacíamos con ellos. Así nos encontramos con textos que van desde manuales de física hasta libros de cuentos, pasando por filosofía, política o poesía. En ese sentido, puede aparecer de todo.


Juglares está pensado y armado para un teatro bar. Para un lugar en donde puedas tener a la gente cercana. Ese ambiente es el que mejor nos va para lo que hacemos.


—¿Al ser improvisación, no debe ser fácil manejar sus propios estados de ánimo?
—Muchas veces las obras se ven afectadas por el estado de quienes la interpretan, pero imagino que no sólo pasa en la improvisación, sino también en las obras de texto. Si te pasó algo en el día se ve, el cuerpo lo muestra. Pero en definitiva la idea es dejar un poco la calle afuera aunque no siempre se pueda. Por eso mismo es que en nuestro caso nos juntamos una hora antes de arrancar, preparamos el escenario, acomodamos las cosas y ya nos vamos poniendo en sintonía. Tenemos un momento de charla para compartir algo y saber en qué está cada uno, cómo está, qué le pasó durante ese día. Eso nos va aflojando un poco, acompañado por una etapa de entrenamiento y entrada en calor del cuerpo, para despejarnos y encontrar concentración.

—Antes nos contabas que la gente no participa de la obra, pero, en definitiva, el trabajo de ustedes depende de la gente que los va a ver…
—Sí, seguro. Uno se alimenta muchísimo de la energía de la gente. Muchas veces pasa que el día está pesado, la gente lo siente y está pesada, entonces la función sale pesada (risas). Pero para esos casos es bueno tener en claro que no necesariamente hacemos humor. En general la improvisación va hacia el humor, lo genera, provoca risa, porque tiene esa complicidad con el espectador y lo ocurrente y lo espontáneo genera risa, pero no necesariamente debe ser así. Y particularmente nos gusta buscar otros climas, explorar en el terreno dramático y en muchos otros.


La improvisación tiene eso de poder generar distintas situaciones. De repente surge algo muy disparatado y terminamos haciendo cosas muy de payasos, y otras veces hay momentos en donde hacemos una improvisación física aprovechando la música y es una especie de danza contemporánea que se nos da en escena y que nos encanta jugarla.


—¿Tienen algún límite respecto de los temas que interpretan?
—No, porque tenemos en claro que son los personajes quienes llevan adelante las historias, entonces no nos ponemos límites. Tampoco al momento de expresar opiniones políticas, sociales, que son nuestras pero que las decimos desde el lugar del personaje y desde lo que éste transmite. En definitiva, el secreto es que conocemos a nuestro público y solemos compartir ideologías tanto políticas como sociales, lo que nos permite jugar con eso. Es un espectáculo que gusta, hemos recibido muy buenos comentarios de quienes lo han presenciado.

—Y no hay críticas…
—A veces sí. Ha sucedido que recibimos algunas críticas por el tipo de personajes que interpretamos, pero dejamos en claro que en muchas ocasiones estos son los que nos permiten abordar determinados temas. Lo que si queda claro es que si un personaje es violento no significa que estemos a favor de la violencia. Si interpretamos un personaje nazi, no significa que estemos a favor del nazismo, sino que es una herramienta para poder mostrar un tema y hablar de él.

—¿Por qué Juglares está compuesto sólo por hombres?
—Sólo porque se dio así. Pero hace un tiempo Matías sufrió una lesión y fue reemplazado por Rocío Santamaría, que es una amiga nuestra. También en algún momento hizo suplencias Griselda Panis, quien hoy se encuentra en Bahía Blanca y quien también pertenece a Chamuyo.


Si bien en un principio siempre había algún amigo en la sala, hoy podemos decir que tenemos un público verdadero y variado. 


—¿A quién le recomendarías ir a ver la obra?
—Lo nuestro es principalmente para un público universitario. Ese que sale de cursar y en lugar de volverse a la casa a comerse un arroz, estira un rato más y comparte una cerveza y una pizza con un grupo de amigos y se distiende mirando la función. Por eso las obras son de 45 minutos y a la gorra. La duración es porque somos conscientes que un martes no se puede terminar tan tarde.

—¿Y por qué los martes?
—Cuando surgió la idea charlamos con Matías y nos propusimos hacer algo para actuar todas las semanas. Entonces nos dimos cuenta que podría chocar con otras ocupaciones que nos pudieran surgir, y decidimos hacerlo un día que habitualmente no hubiera nada. Y así surgió la idea de los martes.

—¿Existen proyectos en el corto plazo?
—Nunca nos proyectamos demasiado. Cuando queremos exigirle un poco más a Juglares empezamos a trastabillar y concluimos en que lo mejor es seguir los martes, que es algo que nos gusta hacer, en donde estamos bárbaro y nos divertimos muchísimo.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*