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“Me voy a comer el mundo”, en clave Covid-19

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La española Verónica Zumalacárregui estrenará este lunes a las 17 por la señal de cable El Gourmet un envío especial de su popular programa “Me voy a comer el mundo” orientado a los hábitos alimentarios en tiempos de la pandemia de coronavirus en donde muestra “cómo las personas recurren a la cocina como un refugio para superar y soportar el encierro”.

Durante una entrevista con la agencia de noticias Télam desde su casa madrileña, Zumalacárregui advirtió que el especial Covid-19 de “Me voy a comer el mundo” (que tendrá una repetición el lunes a las 23) “es muy blanco y de entretenimiento sin olvidar que esto es un drama y que a partir de mostrar realidades de los cinco continentes se torna muy interesante sociológicamente”.

A través de videollamadas, Verónica se enlaza con otras siete personas que ya pasaron por el programa que ostenta cuatro temporadas recorriendo el planeta en una panorámica global que reúne a la ciudad china de Xiaojing, Nueva York, Jordania, Italia, Río de Janeiro, Marruecos y Australia.

“En esta ocasión soy una de las anfitrionas del programa porque soy madrileña y Madrid es uno de los focos más afectados por el coronavirus, así que he enseñado mi nevera, las calles y algunas de las iniciativas solidarias como las de restaurantes de la ciudad que dan de comer a indigentes o familias con menos recursos”, adelantó.

La animadora resaltó que la selección de países para el especial del envío “reúne situaciones diversas como la de España que se encuentra en un punto medio, otros en fase previa como Australia o en desconfinamiento como en China que nos muestra que hay luz al final del túnel”.

De ese reporte y aún sin querer develar las atracciones del programa, la comunicadora nacida en 1988 y que vivió en España, Francia e Irlanda y además domina el inglés y el francés, escogió algunas postales como “que en China te tomen la temperatura a la entrada del mercado o ver un pasillo enorme de un supermercado totalmente vacío como en Australia y con personas sin mascarillas ni guantes”.

Zumalacárregui también refirió a “la playa de Copacabana desierta, las colas en Nueva York de más de horas para comprar comida y de qué manera una familia marroquí se prepara para vivir el Ramadán bajo estas circunstancias”.

—¿Cómo surgió la idea de este formato para “Me voy a comer el mundo”?
—A partir de unos directos en Instagram que que empecé a hacer en cuarentena y llamé “coroneveras”, el director del programa, Regis López, me propuso hacer un capítulo especial a través de videollamadas y grabaciones de móvil para ver cómo están llevando el confinamiento en otros países en términos culinarios. Cómo están los mercados, qué productos están escaseando, cuáles son los antojos de estos anfitriones que son personas que ya han salido en el programa, y a qué alimentos recurren cuando están tristes o con ansiedad.

—¿Qué tipos de alimentos se imponen en este contexto de pandemia y aislamiento?
—Estoy viendo fenómenos muy distintos porque por un lado hay mucho producto saludable y mucho producto fresco pero por otro lado es evidente que la harina, el azúcar y la levadura están agotadas en medio mundo y eso es porque hemos vuelto a lo que se conoce como “confort food”, esa comida que nos traslada a la infancia, a momentos felices. También ha crecido el consumo de snacks o madalenas, tal vez porque son uno de los pocos premios que nos damos ahora y que hasta hace no mucho teníamos alejados de nuestras dietas habituales.

—¿En este contexto es posible recuperar alimentos más saludables y regionales?
—Hay una parte buena del Covid-19 y es que no hay polución en Pekín y la campana de contaminación en Barcelona y Madrid es inexistente. Pero además resulta evidente que vamos a tender al producto local porque no se puede exportar ni importar y porque tenemos que sostener a nuestros productores.

—¿Cómo describirías la actual situación española frente al coronavirus?
—Afortunadamente los míos y yo estamos bien y la situación en general va mucho mejor, está en descenso el número de contagios y se puede salir una hora por día. Lo cierto es que vamos a tener que reinventarnos todos en nuestras formas de ocio en un contexto en que tenemos que ir readaptándonos, pero sinceramente espero que no desaparezca el bullicio madrileño y el ajetreo porque son una marca de España. Por otro lado, los jóvenes estamos volviendo a muchos guisos tradicionales que hemos tenido que aprender porque ya no podemos comerlos los domingos en las casas de nuestros padres como el cocido madrileño, la paella o la fabada.

—¿Pensás que las dos acciones que rigen “Me voy a comer el mundo” que son viajar y probar alimentos se han vuelto peligrosas?
—Mucha gente me dice lo del peligro de haber comido murciélago, que es de las pocas cosas que no he probado. Esto que está ocurriendo es súper grave y dramático pero muy puntual. Yo pasé los últimos cuatro años comiendo en las calles del mundo y no me ha pasado nada, ni siquiera tuve una indigestión. Soy bastante valiente y hay que tener mucho cuidado incluso en mi propio país pero en mis viajes no voy a dejar de disfrutar comiendo.

—¿Y cómo imaginás el futuro del programa?
—Está claro que durante el próximo año no vamos a poder grabar con normalidad. Pero también es una oportunidad para apoyar a mi país que lo está pasando tan mal y poner mi granito de arena para dar un impulso al turismo y la hotelería que está muy perjudicado y es una fuente de ingresos muy importante para el país.

—¿Qué recuerdos te dejó la visita a la Argentina de febrero de 2019?
—Todos buenísimos. Tanto la comida como la gente. Conocí personas súper cultas y súper educadas, recibí mucho cariño y Buenos Aires me apasionó. De hecho, me quedé un día y medio de relax y pude disfrutar y me enamoré aún más de las tiendas de libros y del mercadillo en Palermo, pero aspiro a volver y disfrutar de su vida cultural.

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“Germanicus”, un retorno al Imperio romano para que las historias encuentren su final

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los caminos se bifurcan, cada pie en el sendero que le corresponde. La vida late. Hay un regreso al punto de partida, una distancia que quiebra las palabras. Una búsqueda. Todo está allí, en el origen de cada cosa. Entonces se escucha el latido. Y los caminos se tocan “Entre Marte y Venus” del otro lado de la guerra.

El abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres regresa con su pluma a Roma y vuelve a poner en movimiento a los protagonistas de “Germanicus”. Y ellos, empapados de tinta, aceptan el desafío de viajar entre las páginas. Sólo para descubrir cómo termina su historia.

—Regresaste a Roma, a un tiempo en el que tus personajes Publio Aquilio y Kendrya esperaban la continuación de su historia, ¿qué te llevó a regresar? ¿Sentías que sus vidas merecían nuevos capítulos?
—Es un mérito más de los lectores. Iba a ser un libro único, pero cuando empezaron a leerlo todos entendieron que había un después. Empecé a ver, frente a tanta opinión coincidente, y vi que tenían cierta razón. La historia tenía un posible camino para seguir. Una revancha de los protagonistas, una suerte de segundo tiempo, para decirlo en términos futbolísticos. Surgieron entonces diferentes escenas, imágenes de ese después que pronto se articularon en un hilo narrativo. En la novela estamos un poco después del año 90 de nuestra era, ya no en Roma, sino que además de esa ciudad de poco más de un millón de habitantes (el mundo no conocerá otra así hasta Londres en el siglo XIX), nos extendemos por el Imperio. Desde los bosques y aldeas de la Germania Magna, la parte bárbara y los puestos de frontera romanos, hasta las inmensas aguas del Nostrum Mare, como le decían por entonces al Mediterráneo.

—Dos caminos, una distancia que separa, pero a la vez puede llegar a unir, ¿se cruzarán en algún punto las rutas de tus protagonistas?
—Cuando dos personas tienen cuentas pendientes, el destino tiende a reunirlos alguna vez para saldarlas. No siempre de la mejor manera. Esto es lo que les pasa a los protagonistas. Siempre me gustó el concepto de sincronicidad que postuló Carl Jung en sus estudios psicoanalíticos y traté de aplicarlo en la construcción de la novela. Publio, Kendrya, Valeria Aquilia, todos tienen algo por perder, algo que quieren ganar. Y van a ufanarse por conseguirlo.

—¿Qué sucede entre Venus y Marte? Hay una fusión o una escisión entre los “dioses/guerreros”?
—Me gustó oponer la guerra al amor en esta trama y para ello qué mejor que los dioses que lo representaban en la Antigua Roma. En la mitología romana Marte era el dios de la guerra, la virilidad masculina, la violencia, la pasión, la sexualidad, la valentía, del horror y victoria en las guerras. Venus era, por su parte, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Viven, los personajes, entre el placer y el deber, entre perdonar o castigar, y, en el caso de Publio en particular, entre lo que deben ser y aquello que quieren ser.  

—¿Qué rutas de investigación te ayudaron a recrear los escenarios de esta novela?
—Intenté mantener la tensión de la trama sin alejarme de la verdad histórica en materia de hechos o costumbres, lo que implicó no pocos esfuerzos. Mucho de los que tenemos aceptado como parte de esa civilización, en realidad se trata de suposiciones basadas a partir de diversos hechos que sí han sido verificados. En esos casos, uno elige de las posibilidades, la que mejor se ajusta a donde se apuntaba con la historia. Además, la romana fue una sociedad en permanente evolución donde las costumbres variaban de época en época, pero no de forma brusca, sino que iban evolucionando, surgiendo y pereciendo de a poco, por lo que no fue muy sencillo respecto de determinadas prácticas, por caso el matrimonio, establecer que tanto regían en un momento determinado. Aun así, todo lo que sucede podría perfectamente haber pasado en la Roma de aquel tiempo. Traté de seleccionar los escenarios y costumbres sociales más representativas para articular los hechos que mueven la trama. Quise que el lector viviera todo eso con sus cinco sentidos. No sólo que viera la cotidianeidad de los romanos, sino que también la escuchara, la palpara, la sintiera en la piel de todas las formas posibles.  

—Si pudieras elegir un elemento simbólico que represente la esencia de esta historia, ¿cuál sería y por qué?
—El puggio, el puñal usado por los legionarios romanos un siglo antes y después de Cristo, que adoptaron de los pueblos hispanos. Bien puede resumir toda la historia, pero van a tener que leer la novela para entender el por qué.

—¿Cómo fue el proceso de escritura durante este tiempo tan particular que estamos viviendo?
—La escritura fue mi gran refugio en la pandemia. Un ámbito donde estaba a gusto. Tener un mundo interior en el cual soñar, imaginar, fue algo espectacular para mantener la cabeza y el ánimo en orden.

—¿Creés que los sucesos históricos se repiten una y otra vez en el tiempo, aunque muten las formas?
—Sí, definitivamente. Hay ciertos universales que son comunes a todas las culturas y los tiempos. Los que nos conectan como seres humanos sin importar lo distintos que podamos ser.

—¿Habrá un nuevo capítulo de estas vidas entrelazadas o ya pusiste el punto final a la historia de tus personajes?
—De mi parte, creo que estamos en el final de la historia. Pero si algo me ha enseñado este último tiempo es que no existen demasiadas verdades definitivas.

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“Buscamos dibujar un mapa de la literatura japonesa que sirva como hoja de ruta a nuevas lecturas”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Alguien mira más allá, estira su cabeza, ve lo que existe al otro lado de la ventana, se arrastra con su único pie, descalzo de todo. El viaje comienza, los sentidos se abren, son antenas en los bordes de la cabeza que se deja llevar por esa experiencia única e irrepetible.

Con la cabeza erguida también el caracol se me parece” (Shiki) fue el verso que dio vida a la editorial independiente También el caracol, dirigida por Mariana Alonso (directora editorial) y por Miguel Sardegna (director de la colección “Bosque de bambú”).

ContArte Cultura charló virtualmente con ellos para conocer parte del recorrido que propone su caracol y aproximarnos a la profundidad de cada una de sus obras, que sin dudas son puertas a otros mundos.

—Comencemos esta charla con la imagen del caracol que los representa. Pensemos en su cuerpo blando deslizándose a uno y otro lado de las palabras, en su conchilla enrollada y en las antenas que perciben lo que hay más allá. ¿Qué cosas de este caracol imaginario los podrían ayudar a definir el proyecto editorial que llevan adelante? ¿Cuál fue el origen del nombre elegido para la editorial?
—Llegué al punto de que no puedo pensar en un caracol sin recordar a Shiki, uno de los grandes maestros del haiku y el gran renovador de la poesía clásica japonesa. El nombre de la editorial es un verso de uno de los últimos haikus que escribió.

con la cabeza erguida

también el caracol

se me parece

Shiki sostenía que el poeta debía escribir sobre aquello que veía y no sobre lo que otros habían escrito antes, una práctica muy común en la poesía japonesa clásica. La variación alusiva era un recurso por el que se solían introducir pequeños cambios a un poema anterior. El poeta esperaba que el lector reconociera el poema aludido y se regocijara en ello. Shiki proponía lo contrario: basar la poesía en la propia experiencia. Irónicamente, pasó sus últimos meses postrado en una cama con tuberculosis. Habiendo construido toda su teoría sobre la experiencia, de pronto vio la suya reducida a cuatro paredes. Muchos de sus poemas de esa época describen sonidos de la calle, objetos de su habitación. En este poema se describe a sí mismo, estirando el cuello, para poder mirar el jardín a través de los paneles corredizos. Me da piel de gallina cada vez que leo este haiku. Lo veo como una forma de resistencia, de superación. Nos gusta pensarnos estirando el cuello para descubrir cosas, para ver más allá de nuestro espacio personal.

—¿Cómo surgió la idea de crear este espacio que abre las puertas a mundos literarios y culturales desconocidos por la mayoría de nosotros?
—Tanto para Miguel Sardegna, director de la colección de literatura japonesa, como para mí, la puerta de entrada a Japón fue la literatura, de ahí pasamos al idioma y su cultura, a otras artes como la música, el cine, el anime. Podría ser más específica y decir que en realidad nuestra puerta de entrada fue una novela: Mil grullas, de Kawabata. Él fue tendiendo puentes a otros autores. Aun hoy lo hace, si uno mira nuestro catálogo. Miguel tiene la teoría de que la literatura japonesa de principios de la primera mitad del siglo XX orbita en torno a Kawabata, al menos la que más nos gusta a nosotros. A Yokomitsu, el primer autor que publicamos en la colección de literatura japonesa, llegamos a partir de Kawabata, eran amigos y fundadores de la Escuela de las Nuevas Sensaciones. Hace unos años dábamos clases de literatura japonesa en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y cuando leíamos a Kawabata hablábamos de la Escuela de las Nuevas Sensaciones y tocábamos de costado a Yokomitsu. Pero no había nada suyo traducido al castellano. Pasados más de diez años, seguía sin traducirse. Así que un día nos decidimos a hacerlo nosotros.

—¿De qué manera “recortan” esos pequeños universos de la cultura japonesa para guardarlos en cada uno de sus libros? ¿Cuál es el proceso de selección, investigación y traducción que realizan?
—Nuestros procesos de selección tienen que ver mucho con nuestro recorrido y nuestros deseos como lectores. Hay una costumbre en Japón de asociar a los autores en escuelas literarias. Algunas veces la relación se justifica más; otras, menos. En cualquier caso, en torno a autores ya traducidos como Dazai o Kawabata, hay toda una constelación de escritores que, por algún motivo inexplicable, todavía no han sido traducidos al castellano. Lo más sorprendente es que no se trata de autores menores. Así como Kawabata nos llevó a Yokomitsu, Dazai nos llevó a Oda. Traducimos lo que queremos leer en castellano. Nuestras traducciones son directas del japonés y trabajamos con equipos de dos o tres personas. Creemos que ese intercambio enriquece la traducción.

—Hay en la literatura japonesa un gusto por los detalles, por lo breve, que sugiere e invita a completar lo incompleto. ¿Qué hilos temáticos creen que entrelazan a las obras de su colección “Bosque de bambú”?
—No diría que los libros de la colección estén entrelazados por un hilo temático. A simple vista es difícil trazar un hilo temático entre la experimentación y la belleza de Yokomitsu y la escritura combativa de los escritores proletarios o la marginalidad de Oda, pero de algún modo misterioso los puentes existen. Una de las búsquedas que perseguimos con nuestros estudios preliminares es ese: trazar puentes, establecer relaciones entre autores y escuelas literarias, dibujar un mapa de la literatura japonesa que sirva como hoja de ruta a nuevas lecturas.

—Y hablando de esos libros, si pudieran elegir una o dos palabras que definan a cada uno de ellos, ¿cuáles serían y por qué? 
—Estoy segura de que para definir La primavera llegó en un carro tirado por caballos, de Riichi Yokomitsu, Miguel y yo usaríamos palabras distintas. Él elegiría “lo bello y lo triste”, porque en Yokomitsu también se ve algo de lo bello y lo triste que hay en Kawabata. Tienen un perfume parecido. Pero, además de eso, yo a Yokomitsu lo asocio con la forma y la experimentación. Era un escritor de vanguardia, jugaba con la forma y con el lenguaje. Abordar la traducción de sus cuentos es toda una aventura, un desafío enorme. Con los otros, probablemente coincidiríamos. La canción del arrozal, de Lafcadio Hearn es música, es un libro de sonidos, aun en los capítulos dedicados a insectos que no tienen una voz propia, como las luciérnagas. El signo de los tiempos, de Oda, es marginalidad, ironía y “aware”, un término japonés hermoso y muy difícil de explicar, pero que se podría traducir como “compasión o nostalgia por las cosas”. Bajo un cielo oscuro cargado de nieve es revolución y lucha.

—En la editorial tienen, además, una serie de ficciones de autores nacionales, ¿quiénes forman parte de esta colección y cómo llegaron a ustedes?
—Tenemos cinco libros publicados en la colección de narrativa argentina. La primera fue Monoblock, de Karina Sacerdote. La siguieron El cristo roto, de Marcelo Rubio, En la semilla ya está el aroma, de César Díaz; 33 rpm, de Juan Guinot; y nuestra última novedad, Las comadrejas no existen, de María Marcela Vicente. Son novelas muy distintas. Pero si algo tienen en común, es la voz enorme de sus autores, todos ellos con un estilo fuerte y personal. No importa cómo nos llegue, cuando elegimos una novela, necesitamos que nos golpee y nos deje sin aire. Y es lo que nos pasó con todas las novelas argentinas que publicamos hasta ahora, y las que ya tenemos elegidas para publicar más adelante.

—¿Qué elementos o detalles no pueden faltar en una obra de También el caracol?
—Es difícil pensar en un elemento o detalle en particular. En realidad, nos gusta más la idea de mantenerme abierta a distintos abordajes. Nos gustan las voces potentes y supongo que hay un hilo invisible, una especie de musicalidad, que recorre todos los libros que publicamos y que se da naturalmente, por nuestro gusto como lectores.

—¿Cómo llevan adelante el proceso de producción y diseño de las imágenes que forman parte del arte de tapa de cada libro?
—Para la colección de literatura japonesa solemos usar alguna obra de arte japonés, pero depende de cada libro. Pensamos cada tapa. Para el último libro de literatura japonesa usamos un afiche proletario de los años 20 y lo intervenimos. En el caso de la colección de narrativa argentina definimos un concepto y componemos una foto especialmente para cada libro. Las fotos de todos los libros que hemos publicado hasta ahora son de Sofía Varacalli.

—¿Qué nos pueden adelantar de las novedades editoriales que prepararon o preparan para este año?
—Para finales de este año tenemos planificado un segundo libro de Riichi Yokomitsu, en el que ya estamos trabajando. Pero antes se vienen dos libros más de literatura japonesa. El primero va a ser de cuentos de Rintarō Takeda, un autor nacido en Osaka inédito en castellano y que nos encanta. Los cuentos que integran la antología son de una época particular de su producción literaria, quizás la mejor, que se conoce como “asuntos de ciudad”. Recuerdan un poco a Oda por sus personajes marginales, pero tienen también un resabio de su época proletaria y algo del espíritu experimental de la Escuela de las Nuevas Sensaciones. Siento que en él se condensa algo de todos los autores que hemos publicado hasta el momento.

—Para terminar nos gustaría que pongan la lupa en un rincón del espacio editorial que conducen y saquen una foto que sirva de síntesis del camino que recorre También el caracol.
—En lugar de sacar hoy una foto a un rincón, me gustaría compartir una foto de hace algunos meses. Un instante casual captado en cámara que sintetiza a la perfección nuestro camino con También el caracol, tanto el de Miguel como el mío. Que sea yo la que aparece en la foto es algo circunstancial, podría haber sido cualquiera de los dos.

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Artes Plásticas

Myrian Bahntje, Teresa Prost y ese infinito y lúdico ensamble de la ilustración y la literatura

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Un libro abre su boca, bosteza palabras, las pliega en sus brazos de papel, retiene las letras que respiran en los vértices de una imagen, las invita a rodar, a acomodarse en ese aire retenido, como una inspiración sobre los márgenes. Todo se pliega, es un cuento que se cuenta una vez, muchas veces, infinito.

Las unieron las palabras y las imágenes, llevan años compartiendo su arte, la ilustradora Myrian Bahntje y la escritora y narradora oral Teresa Prost se vuelven a encontrar en Tapeka, un proyecto que invita a jugar con libros con infinitas posibilidades de lectura.

ContArte Cultura charló con ellas para conocer los detalles de esta propuesta lúdico-literaria que las reúne.

—Para iniciar esta charla les proponemos un juego de presentación. Las piezas de un gran rompecabezas se han encontrado, son imágenes y palabras que cuentan una historia que las une, ustedes mismas son parte de esas piezas, como fragmentos de un cuento que podría contarse de manera infinita. ¿Cuál es la primera imagen que perciben de ese rompecabezas? ¿Está completo? Si no fuera así, ¿qué piezas faltan? ¿Dónde se ubicarían ustedes en ese espacio imaginario?
Teresa Prost: La primera imagen que percibimos es un dragón. Es que Dragón sin cielo raso, mi cuento,  había sido seleccionado ganador del concurso “Palabra de Maestro” y el premio fue la publicación del mismo, ilustrado por alumnos de la carrera de Ilustración de la Escuela de Artes Visuales de aquí, de Bahía Blanca. Myrian, como profesora, guio el trabajo de ilustración. Ahí nos conocimos. Y el rompecabezas no está completo, por suerte. Queda camino, asombro y la incertidumbre de encajar o no. Las piezas que faltan son las historias que aún no contamos. Un desafío, siempre.

—Myrian, ¿de qué manera llegaste al arte? Y vos, Teresa, ¿cómo te iniciaste en el camino de  la palabra, tanto oral como escrita?
Myrian Bahntje: Dibujo y pinto desde siempre, pero la aproximación al campo artístico lo hice en mi adolescencia, asistiendo al taller particular de una profesora de la Escuela de Artes Visuales de Bahía Blanca, Marie Verger, quien me habló de esta escuela a la que luego ingresé para estudiar el Profesorado Superior en la especialidad pintura. Por otra parte, siempre me apasionó la literatura infantil. Me llevó tiempo conectar ese ámbito con el campo de la ilustración pero una vez que mis neuronas hicieron sinapsis, ha sido el espacio artístico donde indago, exploro, estudio y produzco. En este camino de aprendizaje y crecimiento, la Asociación de Dibujantes de Argentina (ADA), de la cual formo parte, resulta un pilar más que importante, porque si bien la producción en mi trabajo es muy solitaria e individual, el pertenecer a un colectivo siempre enriquece, te permite aprender de tus pares y a formarte como un profesional, uno que además de ser experto en la especificidad del área debe saber sobre cuestiones legales, de contratos y un largo etcétera.
TP: En mi caso, crecí entre palabras, cuentos y poemas sabidos de memoria. La lectura sumó. Fui una niña lectora. Luego vino la necesidad de escribir y después las ganas de compartir y sembrar. Será por eso que elegí ser maestra y bibliotecaria. Un día descubrí a la narración oral como un extraordinario recurso para “pescar” lectores. Y decidí perfeccionar eso. Contar cuentos es cautivar con la palabra, llevar la literatura a todas partes. Sabemos que hay muchísimas personas que, por diversas realidades (personales, económicas, sociales, culturales), no accederían a uno u otro texto. El narrador salta esos obstáculos y de pronto, en una plaza o sociedad de fomento o biblioteca, cual mago y su varita, abre la voz y aparecen Borges o Hecker o Schweblin o Cortázar o Tolstoi o Bradbury o… tantos tan necesarios. La narración oral habilita una literatura para todos y todas.

—¿Qué proyectos compartidos lograron fundir sus capacidades creativas?
Secretos, Algo para contar, El principio, Bebé Saurio dejó el chupete, El niño raro, Hormigas a montones… y el recién nacido, Luna que juega.

—Y hablando de proyectos, cuéntennos de qué se trata “Tapeka”.
Tapeka es un proyecto editorial que intenta la producción de libros no convencionales y, en este sentido, próximos a la idea de libro-objeto. Quizá en algún momento decidamos realizar un libro tal como lo imaginamos al decir la palabra “libro”, pero por el momento la inquietud es explorar otros formatos que respondan o acompañen conceptualmente al texto. Así es como nació nuestro primer “libro infinito”. En cuanto a la denominación del sello editorial, surgió a partir de jugar con sílabas. Buscábamos una palabra cuya sonoridad nos remitiera a un mundo infantil, tuviera fuerza en esa combinación de consonantes y vocales, fuera fácil de recordar y lo suficientemente abstracta como para cargarla con todo un universo de sentido (de ahí la Luna, el Sol y las estrellas en el isologo), un universo nuevo en el que “creamos disfrute, disfrutamos creando”  tal como expresa nuestro slogan.

—¿Cuándo y cómo surge la idea de realizar “libros infinitos”?
MB: Mi abuela decía que las casualidades no existen. Por alguna razón yo había indagado en el formato de libros infinitos para implementarlos como trabajo de ciertos conceptos en la escuela secundaria en la que daba clases (me jubilé el año pasado), y a la vez había conversado con una compañera de la Escuela de Artes Visuales, quien también se había topado con esta posibilidad, e intercambiamos ideas; esto fue en el 2019. A principio del año pasado, Teresa me propuso realizar un nuevo libro y me preguntó si conocía algún formato de libro infinito. La verdad es que no deja de llamarme la atención cuando estas sincronías se dan, pero admito que no se me había ocurrido pensar en este formato para una propuesta editorial. Cuando Teresa me lo planteó me pareció una excelente idea. El libro infinito presenta un movimiento de repetición constante que invita al lector a una actitud lúdica basada en una racionalidad libre de objetivos. Esta manera de entender el “jugar-con” es innata a lo humano, quizás por eso a los niños los conecta con su mundo y a los adultos nos lo recuerda. Es un formato de libro que maravilla a grandes y chicos, por eso muchos adultos lo compran para regalar a los niños pero también para ellos, y con una sonrisa cómplice dicen: “¡Este es para mí!”.

—¿Cómo llevaron adelante el proceso creativo del primero de los libros “Hormigas a montones, ¿en todas las estaciones?”?
MB: El proceso de este libro es una constante en nuestra manera de trabajar. Teresa escribe, yo ilustro, Teresa vuelve al texto a partir de esas ilustraciones, yo reviso las imágenes generadas acorde a las modificaciones que surgieron, y así va y vuelve todo hasta que decidimos que el trabajo está terminado. En este caso en particular, hubo además que averiguar cómo llevar el libro infinito a un proceso seriado. En este sentido tuvimos más de una charla con la imprenta y entre todos fuimos construyendo un proceso de producción que ahora, aprendido, nos permite hacer otros, como Luna que juega, por ejemplo.

—Precisamente, “Luna que juega” es la segunda obra compartida, ¿qué van a encontrar los lectores en ese mundo iluminado por la luna?
—Nos maravilla sentir que la luna que vemos es la misma de hace miles, millones de años y que repite sus fases así, una y otra y otra vez. Los lectores encontrarán plasmada esa secuencia en el formato. Si se detienen en las imágenes encontrarán alguna que otra historia y vinculaciones sutiles a descubrir. Entre texto e ilustración encontrarán poesía. Está pensado para que los más peques lo disfruten (ilustraciones, imprenta mayúscula, extensión…) pero no está prohibido para lectores más grandes. De acuerdo a la edad del lector las posibilidades se multiplican.

—¿De qué manera trabajaron para lograr esa síntesis donde se funden los textos con las imágenes que, como acabás de mencionar, además se superponen en diversas posibilidades de lectura?
—Cada creación es única y requiere exploración, búsqueda, juego, tiempo de intentos. Intuíamos qué queríamos contar y cómo, pero recién al amasar los ingredientes fuimos encontrándole la vuelta. Esto implicó no solo jugar con colores, formas, palabras, sino también indagar acerca de las fases lunares y cómo se ven de acuerdo al hemisferio donde estemos parados.

—¿Hay un próximo libro infinito en camino?
—Hay una catarata de ideas y entre ellas más libros infinitos. Nuestro próximo proyecto es explorar un formato que nos está dando vueltas. Simultáneamente iremos intercalando alguna otra propuesta. Las ideas se suceden y son un desafío, como esas piezas que faltan en nuestro rompecabezas.

—Para terminar, y volviendo a ese rompecabezas del comienzo, les pedimos que dejen un deseo suspendido entre sus piezas.
—¿Solo uno? (risas) Que cada vez haya más niños lectores. Pero se nos escapan otros: que nunca dejemos de asombrarnos; que siempre haya algo nuevo por descubrir; que Tapeka siga creciendo.

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