El aire: un soplo de vida en las creaciones artísticas

Por Andrea Viveca Sanz

La voz del viento

Un susurro del aire se hizo escuchar. La voz tomó la fuerza necesaria y se elevó entre las ramas de los árboles que se plegaron al mensaje.

Enredado sobre las hojas se encontraba el sonido que murmuraba cosas escuchadas, guardadas en el vientre de una atmósfera fecunda.

Notas musicales formaron torbellinos entre las nubes y la melodía se dispersó serena de un lugar a otro.

La música, que el viento transportó, se hizo vuelo y recorrió grandes distancias sobre las alas de una mariposa. Más tarde, atravesó la siringe de un pájaro y se convirtió en trino, que el aire absorbió agradecido.

Un silbido lejano arrastró las palabras de muchos, múltiples mensajes de formas diversas, y las liberó en el espacio.

Libres, en los remolinos del aire, esas mismas palabras se elevaron para convertirse en una canción recién nacida.

El aire como símbolo

El aire es un elemento fundamental para la vida. Los gases que lo componen circulan entre los seres vivientes mediante ciclos continuos. En ese movimiento constante todos forman parte del soplo creador.

Es posible considerar entonces que el aire vincula de una manera sutil a todos los habitantes del planeta. A través de él, el sonido se expande y los mensajes se transportan para que puedan ser escuchados. De la misma manera, por su intermedio fluye la luz y los olores.

El aire es visto como fuerza universal, es espíritu y aliento creador. Es vehículo de ideas y palabras, de notas musicales y de aromas que se desparraman a través del viento, que no es otra cosa que aire en movimiento.

Los vientos, sin embargo, se suelen asociar a las tempestades o tormentas de la vida, y los huracanes o tornados a catástrofes o situaciones límite.

El vuelo, la ligereza, los perfumes y la luz, están conectados con la simbología del aire.

Vuelos literarios

En la literatura son muchos los autores que utilizan el símbolo del aire en todas sus manifestaciones.

Gabriel García Márquez lo utilizó en Cien años de soledad, su obra cumbre:

“…Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra…”

Ray Bradbury, en su cuento La mañana verde, utiliza la figura del aire, tan necesario para la vida:

“Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.

El poeta Gustavo Adolfo Becquer también habla del aire en su rima XXXVIII:

¡Los suspiros son aire y van al aire!
¡Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer, cuando el amor se olvida
¿Sabes tú adónde va?

El autor mejicano Juan Rulfo, en su libro Pedro Páramo, utiliza al viento y al aire en diversas escenas de manera simbólica:

“…El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento…”

El aire y sus manifestaciones son recursos comunes a la hora de titular las obras literarias:

Artes plásticas

En las artes plásticas muchas veces el aire actúa de escenario en el que las obras toman vida:

Música

En la música, el aire se vuelve protagonista fundamental, ya sea por los instrumentos de viento, por ser musa inspiradora o sencillamente por ser el medio por el que viajan los sonidos :

En el cine

 

 

1 Comentario

  1. Gracias, Andrea, por incluirme. En “Viento tras los ojos” el viento es enojo, miedo, frustración. Antonia, la protagonista, absorbe su fuerza y sus características de la naturaleza.

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