Pilar Centeno: “Cuando ilustramos damos luz a aquello que no se puede contar con palabras”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini

Las palabras de grafito se deslizan sobre el papel. Hay una búsqueda y un encuentro, pura fusión de texturas. Una línea crece, se pliega en la blandura del sustrato para volver a desplegarse. Se detiene en un punto inmóvil, el detalle.

Lo escondido se revela, toma forma, crece, tanto como la historia que narran los trazos de grafito, tanto como la voz del lápiz que intenta contar lo que existe del otro lado de las palabras.

Las obras de la ilustradora Pilar Centeno están atravesadas por hilos invisibles, detalles que revelan la magia de sus mundos inventados y que invitan a sumergirse en sus misterios.

En diálogo con ContArte Cultura, la artista plástica, especialista en animación, abre las páginas de sus creaciones y cuenta sus vivencias.

—Vamos a comenzar esta charla, como hacemos habitualmente con nuestros invitados, poniendo en tus manos un objeto imaginario. En tu caso se trata de una taza en cuyo interior, exactamente en el fondo, descansan tres palabras que te definen, ¿cómo percibís esa taza?¿Cuáles son las palabras que contiene y que hablan de vos?
—La taza es un elemento que me habita desde siempre. O tal vez soy yo la que habito en esa taza que es grande y colorida, cálida y humeante como una chimenea en invierno. Estampada, con flores o con lunares. En sus colores no puede faltar el rojo, equilibrado con algún tono apastelado como la aguamarina o alguno neutro, y también con algo de blanco que dé contraste. Encuentro esta taza ligada a instantes eternos, a momentos de la diaria en donde irrumpe una revelación sin golpear la puerta, al buceo interno, a la mirada extraviada de repente, porque sin querer te encontraste navegando aguas profundas en medio de los ruidos de la cotidianidad y el reflejo en esa taza te devuelve siempre, al acercarla, tu propia imagen. Me siento en el borde mojando las puntas de los dedos con gotas de café con leche. Lo enfrío un poco pataleando, y me sumerjo finalmente en esta taza hogar, nadando y nadando hasta llegar al fondo: ahí voy a buscar y a encontrar estas tres palabras, y luego voy a guardarlas como tesoros en un bolsillo, o adentro de las páginas de un libro.

La primera palabra es búsqueda. Creo que buscar es una de las palabras que mejor me define: desde la infancia a esta parte, siempre estoy buscando algo. Ese algo es intangible, no es algo físico. Es un algo ligado a la experiencia, al misterio, a lo indecible, a observar la vida un poco en cámara lenta y sentir que está repleta de detalles. Busco para sentirme inmersa en ella, como en mi taza de café con leche.

La segunda palabra es mirada. Esta palabra me atraviesa desde muchas aristas: desde un plano físico me remite a mi miopía de nacimiento, al sentir que las cosas se veían siempre borrosas al principio, hasta el momento en que me las acercaba mucho a los ojos. Las nubes se disipaban con la cercanía. Al estar cerca, la mirada se inundaba de detalles que me parecían mágicos. Era hermoso conocer el mundo que me rodeaba paseando por los laberintos de sus huellas digitales. Esto determinó una relación muy especial e íntima de la mirada con lo mínimo, con lo minúsculo, con lo escondido, que creo que se ve reflejada en mis ilustraciones. Adoro poner guiños para aquellos que disfrutan de mirar de cerca, para los buscadores eternos del detalle, que es mi tercera palabra. 

El todo es más que la suma de las partes. Pienso que la unión de estos detalles, conectados como puntos en movimiento, hace de la vida ese todo constelado, un dibujo inmenso, único e irrepetible. Llevo esta búsqueda, esta mirada (que ahora trasciende los ojos y se transforma en una forma de mirar) y estos detalles conmigo a todos lados, vaya a donde vaya.

—Si pudieras volver el tiempo atrás y poner una lupa sobre el instante en el que el arte de la ilustración despertó en tu interior, ¿qué objetos, elementos o colores representarían ese momento que nuestra lupa busca revelar?
—Cuando era chica jugaba horas y horas interviniendo algunos objetos cotidianos con ilustraciones. Un botón o un pedazo de cartón podían transformarse en personajes que habitaban un cuaderno cuyas páginas eran las habitaciones de una casa de papel donde podían ocurrir un sinfín de historias. Recuerdo que a los nueve años comencé a intercambiar libros ilustrados con una amiga del cole. Ya en aquel momento apareció ese sentimiento de conexión profunda con los libros, más que nada con las puertas que los libros abrían en mí. De ese amor por los libros surgió el deseo (que parecía imposible en aquel momento) de que mis dibujos formaran, algún día, parte de sus las páginas. Muchos de los objetos que anidan en mis ilustraciones se encuentran ligados al clima de lectura: lámparas, tazas, sillones, ventanas (para perder la mirada después de una frase contundente) y, siempre pero siempre, los libros. Además de las historias maravillosas que guardan, adoro los libros como objetos. Me gusta tenerlos a la vista, olerlos, cambiarlos de lugar, mantenerlos en movimiento. Mi casa está poblada de libros álbum. Algunos de ellos son, para mí, auténticas obras de arte. Son libros que me transforman y emocionan profundamente. Recurro a ellos siempre que necesito inspiración o vibrar diferente. 

—¿Qué huellas se pueden encontrar entre los trazos de una ilustración? ¿Creés que las imágenes completan el sentido de las palabras?
—Creo que las imágenes no vienen a completar el sentido de las palabras, sino que sus huellas son diferentes, danzan a su propio ritmo y con su propio lenguaje. Cuando ilustramos damos luz a aquello que no se puede contar con palabras. En el caso del libro álbum, por ejemplo, es hermoso cómo la palabra y la imagen se fusionan como un todo indivisible y muy poderoso puesto a disposición de lo que se está narrando. 

—¿Con qué materiales se despierta más frecuentemente tu creatividad?
—Mis materiales favoritos son los acrílicos, los lápices, las microfibras y las acuarelas. Y también me encanta experimentar con materiales nuevos y hacer que mis ilustraciones salten del papel hacia otros soportes: ilustro cajitas, piedritas o caracoles, y también hago libros miniatura de dos o tres centímetros, que pinto y escribo a mano. Como disfruto de los detalles ínfimos, cuando ilustro en tradicional prefiero el pequeño formato, como cuadernos o pequeños cartones entelados en los cuales trabajar con pinceles muy pequeños, acompañados de lápices y estilógrafos. 

—¿Qué técnicas utilizas habitualmente?
—En lo que es ilustración editorial, hoy trabajo casi exclusivamente con técnica digital. Hace unos años atrás era una analógica empedernida que no me imaginaba jamás dibujando sobre una pantalla. Pero los tiempos editoriales (a veces tiranos), la animación y mi inclinación (casi obsesiva) por los detalles, me llevaron a intentarlo y hoy resuelvo casi todos los libros de manera digital, prestando especial atención a cuidar que no se pierdan ciertas marcas, texturas, trazos e imperfecciones propias de la ilustración tradicional. 

—¿Cuál es el punto de partida de cada personaje? ¿Cómo lográs ponerlos en movimiento para darles vida?
—El diseño de personajes es una de las cosas que más amo de este oficio. Cuando leemos un texto enseguida comenzamos a imaginarnos esos gestos, miradas, situaciones, posturas de quienes van a llevar a cabo la acción dentro de una historia: cómo es su personalidad, cómo me lo imagino físicamente, qué le está sucediendo dentro de la trama. Luego, para comenzar a darles vida,  arranco con bocetos sueltos, que suelen ser formas geométricas básicas con líneas bien peludas al principio, pero que luego se van transformando y delineando hasta llegar al resultado final. Una vez hecho el estudio del personaje de frente, suelo rotarlo en 360° para verlo en su giro completo. Y después viene el plantado de los gestos: dibujarlo mostrando distintas emociones y acciones, y en diferentes perspectivas. Es hermoso ver cómo los personajes van mutando desde el comienzo de un proyecto hasta el final. Y también es increíble ver cómo el estilo de nuestros personajes se va transformando con el paso del tiempo, como nosotros. En mi caso, me gusta poner énfasis en la mirada de mis personajes para darles profundidad y emotividad.

—Cómo ya nos contaste, tus obras están habitadas por detalles, pequeñas presencias que son hilos conductores en muchas de tus ilustraciones, ¿esos detalles son el punto de partida, el comienzo de tu narrativa visual, o el punto de llegada, lo que completa la totalidad de la obra al momento de terminarla?
—En un punto de partida, cuando pienso en cómo contar una historia, puedo imaginarme cada escena en términos generales: tipos de plano, composición, color. Pero ni bien arranco a dibujar se me hace casi imposible imaginar una ilustración desprovista de ciertos detalles. Muchas veces pienso de antemano cuáles van a ser esos detalles que van a recorrer un libro, página tras página. En otras ocasiones van surgiendo espontáneamente mientras dibujo. A veces los detalles funcionan como un guiño puntual hacia el lector en una ilustración determinada, pero otras tantas los utilizo como disparador o como recurso poético para aportar nuevos recorridos. 

—¿Qué nos podés contar sobre tu arte de animar?
—Elegí estudiar animación luego de una crisis existencial. Antes de decidirlo había estudiado comunicación social, pintura y dibujo durante algunos años. En un momento de quiebre, hice una pausa en mis estudios. Sentí que quería reconectarme con el dibujo desde ese costado lúdico y más amigable, como en mi infancia, y para ello debía quitarle de encima esa solemnidad y perfeccionismo que yo misma le había puesto de mochila. La animación apareció como una síntesis preciosa de lo que estaba necesitando en ese momento: primero salir de lo estático, llámese retrato, naturaleza muerta o paisaje, yo necesitaba poner las cosas en movimiento, y a partir de ahí, volver a jugar y a contar historias como cuando era chica. A nivel narrativo y técnico, hay muchos puntos de encuentro entre el cine de animación y la ilustración de libros. Una vez definida la historia, el ilustrador debe diseñar personajes, fondos, resolver tipos de plano, ritmo y alternancia de las imágenes, debe pensar ilustraciones de manera narrativa y mucho de eso lo aprendí estudiando animación. Las ilustraciones que hice durante esos años de carrera funcionaron más tarde como un puente de ingreso al mundo de la literatura infantil y juvenil. Y lo increíble es que hoy la literatura infantil y juvenil me está reconectando con el mundo de la animación. En 2020 diseñé personajes y fondos para un corto animado basado en El niño de pocas palabras, un libro hermoso de mi querida amiga Silvia Arazi, que ahora veremos en el cine. 

Corto animado “El Nino de pocas palabras”

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente y cuáles quedaron pendientes durante 2020?
—Acabo de terminar de ilustrar un libro que siento como una bisagra en mi camino ilustrado y que se llama Universos fugaces. Habla sobre las despedidas y las bienvenidas. Nos cuenta la vida como ese instante fugaz, en continuo movimiento y cambio, abriéndose paso como un diálogo infinito (y cósmico) entre lo que llega y lo que se va, aun cuando esas bienvenidas o esas partidas sean para siempre. Ilustré Universos fugaces a lo largo de todo 2020. Se cocinaron a fuego lento, texto e ilustraciones. Hasta ahora, es el libro al que más tiempo me permitieron dedicarle, flotando y de la mano de sus autoras, con quienes nos unimos amorosamente para llevarlo adelante en un año muy especial para el mundo entero. Además, sigo ilustrando para un proyecto llamado “Pampa Azul”, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, que hace un reconocimiento de la belleza, biodiversidad e importancia del espacio marítimo argentino. También estoy trabajando en otros proyectos que verán la luz este 2021, con editoriales amigas como Del Naranjo y Quipu, que me conectaron con textos que son una hermosura, de autoras como Mercedes Pérez Sabbi (a quien admiro y tengo el honor de ilustrar por primera vez) y de Jaquelina Romero, compañera de libros que adoro y con quien formamos una dupla creativa hace años. Un poco más adelante se viene un proyecto independiente muy lindo, que habla sobre la búsqueda de la vocación. Este libro nacerá del otro lado del océano.

Universos Fugaces

—Para finalizar, y volviendo a nuestra taza del comienzo, ¿qué deseo te gustaría dejar flotando en su interior?
—En el interior de mi taza dejaré flotando el deseo de escribir e ilustrar mi propia historia, como autora integral. Y por qué no también el anhelo y la esperanza de que aquello que decida contar, algún día, se transforme en libro.

1 comentario

  1. Hermoso mensaje. Te conocí muy chiquita y al encontrarme con tanta madurez , creatividad y sensatez provoca en mi admiración. Gracias por este momento tan elocuente. Un fuerte abrazo deseándote éxito y muchas felicidades

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