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Entrevistas

Editorial Mil Botellas: un viaje al alma de un sello, de la mano de su director

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Por Walter Omar Buffarini //

Mil Botellas es una editorial independiente de la ciudad de La Plata que surgió, como tantos otros proyectos autogestivos, luego de la crisis económica desatada en 2001.

Hoy el sello tiene editados más de 40 títulos, varios proyectos en proceso y otros en carpeta, destacándose fundamentalmente entre ellos textos de ficción, como cuentos y novelas, como así también de no ficción pero firmemente relacionados con temáticas literarias.

Su director, Ramón Tarruella, dialogó con ContArte Cultura acerca de la actualidad de la editorial, y brindó detalles de esa cadena de producción de libros, que involucra no sólo la edición, sino también la selección, impresión, promoción, distribución y venta de las obras.

—Para comenzar, contanos qué es y cómo nace Mil Botellas

Mil Botellas es un proyecto editorial independiente que nació en noviembre de 2007 en La Plata. Surgió como una necesidad después de la crisis que el país vivió a partir de 2001. Yo venía pensando un proyecto desde hacía un tiempo, pero en realidad la aparición coincide con un boom de editoriales nacidas en ese entonces. Fue un momento en el que surgieron Las Cuarenta, Godot, Milena Caserola, entre otras tantas. Creo que precisamente tiene que ver con el fenómeno que se dio post 2001. Esa cosa de la autofinanciación, de los proyectos alternativos que se dieron al mismo tiempo de las asambleas barriales. Fue un fenómeno que también pasó en lo musical con el surgimiento de muchos sellos independientes chiquitos y obviamente también en lo político con las asambleas barriales. Entiendo que todas esas cosas aparecieron como una necesidad a partir de la ruptura del relato histórico de ese momento. Pero no creo que fuera algo consciente, sino que lo advertimos ahora, con el tiempo transcurrido. En definitiva, fue una necesidad que tenía que ver con el contexto político, ideológico, también filosófico en el sentido de crear una propia vos.

—¿Quiénes integran el sello en la actualidad y cuáles son sus temáticas a la hora de editar un libro?

—Si bien cuando empezamos éramos siete los integrantes, hoy soy el único responsable del sello y trabajo junto a dos colaboradores que me asisten y colaboran en la lectura del material que llega a la editorial. Respecto de las temáticas, en la actualidad intentamos editar todo lo que es cuentos y novelas, aunque además abarcamos una variante de no ficción pero que también está vinculada a lo literario, como pueden ser, por ejemplo, libros biográficos o ensayos literarios. Es decir que lo que editamos de no ficción también está relacionado a la literatura.

—Recién hablabas del material que llega a Mil Botellas y quienes te ayudan a leerlo, pero ¿cómo llegan esos textos y cuál es el criterio de selección?

—Llegan de la mano de los propios escritores, muchísimos y todo el tiempo, y está muy bueno porque la idea siempre es publicar cosas nuevas, autores nuevos, aunque muchas veces hay cosas que no cierran, principalmente porque no cuadran con lo que sería el estilo de la editorial en esa búsqueda de textos de ficción, cuento o novela. En este punto está la importancia del trabajo de dos amigos que me ayudan en las lecturas, sobre todo porque conocen el catálogo y saben qué sí y qué no. Reitero que siempre la intención de la editorial es tener cosas nuevas, como sucedió con Martín Malharro en su momento, quien más allá de que no era joven era un autor nuevo, o Facundo Báñez, o Bruno Petroni… y así hay varios autores nuevos que hemos publicado. Para este año también estaba la idea de publicar algo nuevo, pero la verdad que lo que llegó no nos termina de convencer. Una pena, porque era la idea sacar algo de ficción.

—Mencionaste a Martín Malharro, de quién Mil Botellas publicó toda su saga. ¿Cómo fue que contactaron?

Mil Botellas hoy tiene editados más de cuarenta títulos, entre ellos los de Malharro, que si se quiere es parte de la identidad de la editorial. Lo de Martín fue algo impresionante e inesperado. Podría decirse que fue una apuesta bien nuestra. Él había publicado “Banco de Niebla”, a través de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, y luego presentó “Calibre” en Sudamericana. Como no llegaron a un acuerdo, Martín se enojó y me contactó ofreciéndome que lea la novela para que le diera mi opinión. Recuerdo que la empecé a leer y me encantó. En ese tiempo también trabajaba en la editorial una chica a la que le pedí que leyera la novela y a la que también le gustó. Poco después nos juntamos con Malharro en el bar Casablanca, frente al Congreso de la Nación, y acordamos su edición y publicación en Mil Botellas. A los dos años publicamos “Carne Seca” y  posteriormente hicimos una reedición corregida de “Banco de Niebla”. Finalmente, me mandó “Cartas Marcadas” en febrero de 2015, con la intensión de publicarla rápido, pero en mayo de ese año falleció. La novela terminó saliendo a fines de ese año, después de un homenaje que le hicieron a Martín en la Facultad de Periodismo, en donde me encontré con su esposa y acordamos la publicación. Son libros que aún hoy se siguen vendiendo muchísimo, dos de ellos fueron traducidos al francés y ahora estamos con un proyecto de traducir toda la saga al italiano en una editorial de Milán.

—Volvamos a aquellos que acercan sus textos con la ilusión de ser publicados, ¿qué debe esperar ese escritor?

—El autor Gabriel Báñez decía algo muy interesante y era que el escritor tiene que encontrar a su editor. Me parece que quien acerca un texto debe esperar un poco eso, encontrar a su editor. Que uno rechace un texto no significa que sea malo o que no pudiera funcionar, de hecho hay un montón de textos que yo rechazaría y que son éxito en la literatura nacional argentina. Hay autores y autoras que son boom y que yo hubiera rechazado. No pretendo textos vanguardistas, pero si cierto cuidado, cierta búsqueda con el lenguaje. Es cierto también que puede ser frustrante sentirse rechazado, y es por eso mismo que suelo hacer una devolución al escritor para que sepa qué opinamos de su texto, y la verdad es que esto es muy bien recibido. También están los casos de gente que se enoja un poco, pero también es entendible, porque escribir una novela implica mucha dedicación, mucho tiempo invertido y, sobre todo, cuando uno escribe el ego está presente y es normal que así sea.

—Y cuál creés que sería el mejor consejo para ese escritor?

—Creo que hay un error recurrente y es que quien envía un texto no se fija en el catálogo de la editorial en la que lo presenta, no lo conoce, y ese es un problema. Es importante que el escritor sepa qué tipo de cosas trabaja la editorial a la que envía un texto antes de hacerlo.

—Las ferias de libros como las de editores son sin duda uno de los lugares centrales a la hora de la difusión. ¿Cómo manejás ese tema?

—Las ferias son un desgaste grande, pero este año opté por asistir a la máxima cantidad posibles y el año que viene veremos qué pasa. Es como que este año estuve probando. Las ferias son un trabajo aparte, cansador y desgastante, pero debo confesar que me gusta. Sobre todo aquellas que están bien organizadas, como la de Santa Rosa en La Pampa, en donde va mucha gente y vale la pena, no solamente por vender sino por la posibilidad de difundir el proyecto. Entre las diez o doce ferias que hay en el año, como la de Santa Rosa también hay muy buenas ferias en Mar del Plata y Adrogué, que están muy bien organizadas.

—Otro tema central sin dudas es la distribución…

—Durante los años que existe Mil Botellas trabajamos con dos distribuidoras, pero ahora también desde el sello nos encargamos de la distribución. No volvería a trabajar con distribuidoras, ya que la experiencia fue muy mala, los libros no llegaban a los lugares que decían que iban a llegar y las comparaciones de ventas de un año a otro eran malas. Además, las distribuidoras se llevan un 60 por ciento del valor de venta, por lo que hace que tengas que subir el precio de los libros.

—Y entonces, ¿cómo llegás a las librerías?

—En Santa Fe y Córdoba trabajamos con una chica que nos distribuye, y una librería se encarga de la distribución en CABA. En lo que hace al resto del país, me encargo personalmente. En este punto, la relación con los libreros es otro tema importante.

—Dejemos Mil Botellas y hablemos un poco más sobre quién es Ramón Tarruella.

—Soy de Quilmes y vine a estudiar la carrera de Historia a La Plata, allá por 1994 o 1995, después de haber empezado y abandonado Periodismo en la Universidad de Quilmes. Dos años más tarde decidí venirme a vivir definitivamente a la ciudad. Estuve por distintos barrios hasta que finalmente, en 2013, me radiqué en Los Hornos.

—Pero más allá de no haber concluido la carrera, sí trabajaste de periodista.

—Estudié Periodismo no más de un año y medio, pero trabajé mucho tiempo de periodista, muchos años, mayormente freelance, y tuve una experiencia en Diario El Sol de Quilmes, donde trabajé fijo una época. También estuve en una productora de contenidos en Buenos Aires, que prestaba servicios en el exterior. Ahí me utilizaban para tareas de producción o como periodista. Cuando comencé a estudiar Historia dejé un poco esas tareas. Una vez recibido empecé a dar clases y hoy soy profesor en un terciario, pero con pocas horas, sólo porque me gusta. Además dicto talleres literarios, que si bien en algún momento fueron muchos, hoy me quedé con algunos pocos. Los talleres siempre fueron presenciales, pero tras la pandemia son mayormente virtuales, sobre todo aquellos que dicto para grupos. Lo presencial quedó más para las clases individuales.

—¿Qué podés contar de Tarruella escritor?

—Tengo tres libros de ficción: dos novelas y uno de cuentos. La primera obra la publiqué por Mil Botellas, y fue la única por mi editorial. La otra novela, “Allá, arriba, la ciudad”, la publiqué por Los Lápices Editora y fue premiada en Córdoba, en 2010. Esa obra empezó como un cuento, pero al empezar a trabajarlo me di cuenta que tenía algo más, que tenía respiración de novela.

—Y tuviste tu experiencia en otras editoriales con textos de no ficción.

—Si. Publiqué un libro de historia por Aguilar, en lo que era el Grupo Prisa, en 2014, y después, creo que en 2015 o 2016 lo compró Randon House. Fue una linda experiencia, porque por un ratito estuve en la cocina de esos monstruos. Después firmé un contrato por otro libro, uno sobre la relación del Partido Comunista con los artistas argentinos, pero fue un proyecto que con la llegada de la pandemia terminó en la nada. A pesar de ello, como comentaba, fue una experiencia que me permitió conocer un poco de adentro algunas cuestiones que luego me sirvieron para la editorial.

—Para concluir, volvamos a Mil Botellas y contanos cuales son las últimas novedades del sello y los proyectos por salir.

—Lo último de la editorial es el libro “Antonio Di Benedetto: Diario de una agonía”, que es una obra testimonial de Juan-Jacobo Bajarlía, y próximamente sale una biografía de Juan Rulfo, en noviembre, que ya fue editada en España pero no en nuestro país. Para el año que viene hay un par de proyectos, entre los que se encuentra una biografía de Raymond Chandler, y espero encontrar a algún autor nuevo o autora nueva para publicar. Además, hay algunos proyectos de traducciones y alguna cosita más, como una novela de Enrique Wernicke, “El agua”,  que me encanta, y la vamos a reeditar.

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Cynthia Edul repasa “El punto de costura”, una obra donde lo familiar y lo laboral disparan y sostienen la historia

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es un hilo más otro hilo. Y otro. Manos urdiendo la trama, el lenguaje de los dedos, un sonido que teje. 

Es una palabra encima del hilo, las voces cosidas, el acento en la aguja, un hilván que sostiene.

Es la tela y el hilo en la tela, la tijera y el silencio, texturas superpuestas, voces asomándose entre los puntos, una costura del verbo.

Es antes y después, todos los hilos y todas las palabras, la sintaxis de la trama.

“El punto de costura” es una obra que se introduce en el universo textil, una trama tejida con hilos personales que se expande más allá del escenario.

En diálogo con ContArte Cultura, Cynthia Edul, autora de los textos, directora y responsable de la lectura en la obra, tira de un hilo y de otros, indaga, cose y corta con su voz, con los sonidos que despiertan, texturas y nombres, en el punto de sus propias costuras.

—Sin dudas a lo largo de nuestras vidas existen hilos de historias que nos cosen por dentro, palabras en las telas de los cuerpos, costuras que nos definen. Para comenzar y a modo de presentación, si pudieras elegir la imagen de una “costura” que te represente, ¿cómo sería? ¿Qué hilos formarían parte de esa trama?

—Creo que la imagen textil que me representa es el Boro. En Japón es un tipo de costura como el patchwork que se hace con retazos y esas prendas se heredan de generación en generación. Cada generación sigue usando ese traje y las memorias de toda la familia se conservan en ese texto.

—Y porque hay hilos que permanecen a lo largo del tiempo, nos gustaría llegar a los orígenes, a tu propio primer punto de costura. ¿Qué vivencias personales te acercaron al mundo textil?

—En mi caso, mi familia paterna se dedicó a lo textil. Desde que llegaron de Siria se iniciaron en ese rubro, así que la tradición del trabajo familiar era ese. Y también el mandato de ese negocio pesaba mucho en mi familia. Yo me dediqué a la literatura, pero siempre estuve involucrada en el negocio familiar y en la pandemia me tuve que hacer cargo… no tuve opción. Entonces empecé a escribir sobre qué sentidos puede tener regresar a los oficios familiares, a la historia del trabajo familiar y recuperar mis experiencia con todo ese mundo.

—¿Cuáles fueron los disparadores para empezar a poner en palabras esas vivencias hasta llegar a dar vida a tu obra “El punto de costura”?

—El primer disparador, como comentaba antes, fue el regreso a los oficios familiares textiles en primera persona. A partir de ahí comencé a construir esa primera línea, que tenía que ver directamente con el motivo del regreso. Después empecé a tirar hilos que se relacionaban con la historia familiar: la historia del algodón, las historias de las hilanderas. Y a sumar otras como las historias de opresión y de resistencia a través del textil. Recuperando eso fui reencontrando las vivencias personales, a la luz de otras vivencias, históricas y sociales.

—Toda la escenografía da cuenta de ese universo donde una trama se superpone a la otra, la palabra y la imagen, el sonido y las texturas, ¿quiénes colaboraron en el proceso creativo del mundo textil sobre el escenario?

—La escenografía fue algo que fuimos construyendo con María Venancio y Nicolás Zuñiga, en un principio, y luego con Sebastián Francia. La idea era hilar texto, imagen y sonoridad, construyendo de alguna manera las mesas de costura. En una trabaja Guillermina Etkin y en otra yo, con un espacio que es la alfombra, el espacio textil tan sagrado para muchas religiones también. Y así, simplificando pero dándole sentido específico a cada función, fuimos construyendo ese espacio, que tiene en el centro al telar y la máquina de coser. Dos elementos que se vuelven centrales en el relato.

—También hay un trabajo muy interesante con la música, un paisaje sonoro que se une a la voz y al piano para crear texturas nuevas. ¿Cómo fue el trabajo con Guillermina para lograr esa fusión de sonidos que ayudan a narrar?

—Con Guillermina leíamos el texto y a partir de eso ella empezaba a componer sonoridades, canciones, tonos, que expresaran el sentido profundo que le provocaba lo que leía. Así que fuimos buscando parte por parte, investigando la sonoridad en cada momento. Además, teníamos una premisa que era usar los textiles como elementos sonoros: de ahí el telar, la máquina de coser, las telas, el costurero y la amplificación de esos sonidos que, como decía John Cage, “actúan”.

—Para concluir, detengámonos entonces en esos sonidos. Si pudieras elegir el que represente el espíritu de la obra, ¿cuál sería y por qué?

—Difícil pregunta, pero si tengo que elegir uno: la máquina de coser. Ese sonido mecánico y al mismo tiempo familiar, ese objeto con el que trabajaron nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías. Hay está el espíritu de las mujeres costureras. Creo que ese representa muy bien el espíritu de la obra.

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Gabriela Margall: “Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El fuego arrasa, incendia los nombres. Es la guerra sobre el amor, que resiste y se deja abrazar por las llamas. Hay una revolución en los cuerpos, una intuición de libertad, como si adentro y afuera se encontraran en una misma batalla.

Y es que los combates se dan primero en los cuerpos, en las ideas capaces de encender otras chispas y alimentar otras llamas.

Tres mujeres, tres historias atravesadas por el fuego y por la guerra. Tres deseos de libertad encerrados en aquello que no puede nombrarse, pero igual crece.

La trilogía de Gabriela Margall, que incluye sus novelas “Si encuentro tu nombre en el fuego”, “Con solo nombrarte” y “La viajera del sur” y fue publicada por Del Fondo Editorial, recorre los tiempos de las invasiones inglesas y de las guerras napoleónicas para sumergir a los lectores en tres historias de amor capaces de resistir cualquier batalla.

ContArte Cultura charló con la autora e historiadora para acercarnos al proceso de escritura de esta saga, cuyas protagonistas seguramente serán capaces de trascender las páginas que las contienen a través de cada lectura.

—La guerra y la libertad son dos temas que atraviesan tu trilogía. Entre las páginas se desatan revoluciones históricas pero también las personales. Vamos a detenernos ahí. Para comenzar esta charla y a modo de presentación, hagamos foco en esos movimientos personales que te llevaron a escribir a las protagonistas femeninas de estas novelas. Si pudieras elegir dos cosas de esas mujeres en las que te veas reflejada, ¿cuáles serían?

—No siempre construyo personajes porque me reflejo en ellos. Si hago una historia de las protagonistas, probablemente no haya muchas características similares. De hecho, me gusta trabajar con personajes y elementos que no tienen que ver conmigo, porque lo que me interesa es la reconstrucción de un período histórico y qué ocurría con los seres humanos dentro de ese tiempo. 

—Como todo tiene un comienzo y un final que suelen tocarse, nos gustaría llegar a ese punto de contacto: ¿Qué fue lo que te movilizó para escribir aquella primera novela “Si encuentro tu nombre en el fuego” y luego de tantos años llegar a la escritura de “La viajera del sur” para cerrar la historia de la familia Torres?

—Como decía antes, lo que me gusta es la reconstrucción de un período histórico. El fin del Virreinato del Río de la Plato, las Invasiones Inglesas, la Revolución de Mayo y la guerra por la independencia de España, son períodos que están muy estudiados en la historia argentina. Tenemos mucha información, incluso sobre la actuación de las mujeres y otros sectores subalternos. Escribir esa historia, incluso desde la ficción, es una de mis cosas favoritas.

—En ese lapso de tiempo entre una y otra obra escribiste “Con solo nombrarte”, una novela ambientada en los escenarios de la segunda invasión inglesa a Buenos Aires. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir aquellos días y de darle continuidad a tu primera historia?

Si encuentro tu nombre en el fuego y Con solo nombrarte fueron concebidas juntas. Las dos salieron para los bicentenarios de la primera y segunda invasión inglesa y por eso nunca existió la urgencia de continuar la historia. Y tampoco hubo urgencia después, sino que fue un proceso de cambio y continuidad que se dio con los años. Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando.

—Si hay un punto en común en esta trilogía es la presencia de mujeres fuertes, que se atreven a todo, algo que no era común en esos tiempos, ¿de qué manera trabajaste para darle vida a cada una de tus protagonistas?

—En las tres protagonistas lo que busqué fue “ir un poco más allá”. Las tres, Paula, Jimena, Julieta, tienen una base histórica, podemos establecer que sí, que algunas mujeres hicieron lo que hacen ellas (con algunos límites). Lo que busqué en las novelas fue que eso que hacían (el acceso a libros y organización de reuniones, la participación en batallas y el comercio y actuación como espías) quedase bien definido y con algunas licencias. Pero todo tiene un anclaje en la realidad.

—Más allá de los vínculos de sangre que las unen, qué  te parece que podría representar a tus tres protagonistas: Paula, Jimena y Julieta.

—Están en el mismo punto de vista político, las tres son parte de ese grupo que va a liderar el proceso de revolución e independencia de España. A veces se considera que solo son hombres los que tenían ideas políticas, pero basta leer las cartas de Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno para saber que ella tenía un conocimiento claro de la realidad política del momento.

—Y hablando de Julieta, ella es la que va a cruzar el océano para hacerse parte de otra guerra, ¿qué fue lo que más disfrutaste o padeciste al momento de “viajar” con ella hacia los tiempos napoleónicos.

—Mucho antes de que supiera qué historia iba a contar con Julieta, sabía que iba a ser una novela de viajes. Así que fue un proceso tranquilo.

—¿Cuál fue la batalla que más te costó escribir y por qué?

—La batalla por la Reconquista de Buenos Aires en Con solo nombrarte. Conocía bien la ciudad y las calles, pero las tropas de ambos bandos avanzaban y retrocedían, entraban en casas, había túneles, arroyos en la ciudad, no fue sencillo tener todo eso en la cabeza y traducirlo en una novela.

—Más allá de las guerras, cerca de ellas siempre late el amor, ¿de qué manera surgieron en vos las historias de amor de tus protagonistas?

—Siempre pienso en los protagonistas como una pareja, nacen así, y considero con atención qué es lo que los separa, porque es el centro de la novela, y cómo se va a resolver, si es que se resuelve.

—Con la trilogía completa, ¿qué sigue ahora en el universo Margall?

—Veremos. Hay varias cosas que tengo en mente y no me alcanza el tiempo para todas. La historia siempre está presente, aunque me gustaría probar con la épica fantástica.

—Para terminar, te invitamos a elegir tres telas o vestimentas que representen respectivamente a cada una de tus novelas.

Si encuentro tu nombre en el fuego: una mantilla de encaje.
Con solo nombrarte: un abanico.
La viajera del sur: un vestido verde oscuro.

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Verónica Sordelli: “Escribir fue la manera de leer mi vida”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las huellas de sus pies desaparecen, se hunden en la arena como si nada hubiera existido, después de los deseos. Son partículas de tiempo disolviéndose, nada. Cada paso los acerca y los aleja. Son un espejismo de sus propias palabras. No basta con pronunciar sus nombres, el viento se los lleva, los arrastra al vacío, donde alguna vez existieron castillos de arena.

“Castillos de arena”, la última novela de Verónica Sordelli, cuenta una historia que se pierde en las arenas del desierto, en un escenario que muta para dejar en los lectores un viento de preguntas que, poco a poco, van revelando los otros desiertos, los que habitan en el interior de sus protagonistas.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora cuenta acerca de su propia ruta en el camino de la escritura, especialmente de su última obra, donde invita al lector a viajar a través de sus palabras.

—La arena, su liviandad, esa convergencia de partículas en movimiento y la textura al pisarla suelen llevarnos a distintos escenarios donde nuestros pies han dejado sus marcas. En tu novela el desierto es un gran protagonista, es por eso que para comenzar nos gustaría detenernos en las sensaciones que la arena haya despertado en vos, en sus huellas, que de alguna manera puedan ayudar a presentarte.

—Soy de Necochea, la arena me acompaña desde mi infancia. Siempre fue la misma, soy yo la que con el paso de los años la fui viendo distinta, porque en cada etapa de mi vida despertó sensaciones diversas: una infancia construida de la misma manera que con la pala y los rastrillos se construyen los pozos esperando que desde su interior surja el mar. El asombro de no entender por qué sucedía y la alegría de que así fuera. Una adolescencia donde la arena representó los fogones con amigos, el primer beso de amor y tal vez la primera lágrima de desamor. Una adultez donde comencé a caminarla, y se la presenté a mis hijos y los ayudé a construir sus castillos y los escuché gritar de alegría y tuve que consolarlos cuando el mar, en cuestión de segundos, los desmoronaba. Miré muchas veces para atrás, no estaban solamente mis huellas, y lloré mucho despidiendo algunas que se fueron y agradecí recibiendo a aquellas que se sumaron. ¡Y si! ¡Así es la vida! Y como aquella niña siento el asombro de no saber porque sucede y la alegría de que así sea.

—Y en ese desplazamiento que significa viajar, vayamos a tus comienzos como escritora. ¿Recordás en qué momento de tu vida se despertó tu deseo de contar historias?

—Mi primera novela surgió de la necesidad de contar la historia de las playas de Quequén, una historia llena de naufragios, con uno de los hoteles más imponentes de Sudamérica. El momento exacto fue cuando una de las tantas mañanas que salí a trotar por la costa, sentí el privilegio de vivir en este maravilloso lugar. 

—Mirando hacia atrás, ¿qué hilos temáticos atraviesan todas tus obras?

—Escribir fue la manera de leer mi vida. En mis libros estoy. Entonces diría que el hilo rojo que une a mis novelas es la mujer. En algunos momentos de la historia, o de la cultura en la que vivió, no tuvo demasiado o ningún poder de decisión, en otros pudo hacerlo. Pero siempre luchó para ser fiel a sus pensamientos.

—Tu novela “Castillos de arena”, publicada por Del Fondo Editorial, es una historia de amor y de fusión de culturas, ¿cuál fue el disparador para su escritura?

—La importancia que tiene la religión en la cultura árabe y la maravillosa diferencia con el occidente me llevó a preguntarme: ¿Qué tenemos en común? Por encima de toda diferencia tenemos en común el amor. A partir de ahí comenzó la historia.

—¿Cómo viviste el proceso de cruzar el desierto para acercarte a una cultura tan diferente de la nuestra?

—Agradezco haber podido viajar en tres oportunidades a encontrarme con la cultura árabe. En cada una de ellas mi premisa fue no cuestionarla y respetarla. Fue lo que me ayudó a entender la importancia de los mandatos sociales y religiosos en sus vidas y como viven para cumplirlos. Fue también entender que somos distintos, ni mejores ni peores, solo distintos. Toda cultura se merece ser respetada, pero creo que para lograrlo hay que estudiarla, no desde los extremismos porque gente mala y buena hay en todas, sino desde la esencia del ser humano.

—¿Qué o quiénes te ayudaron a darle vida a Jayif, el protagonista de “Castillos de arena”?

—Jayif fue creado a partir del lugar que ocupaba en su cultura y con los mandatos que ella le imponía.

—Y si tuvieras que definir a Elena, tu otra protagonista, en una sola palabra, ¿cuál sería?

—Superación

—Al avanzar en la historia aparecen situaciones límite donde el dolor y la muerte envuelven a tus personajes, ¿qué fue lo que más te costó al momento de escribir esas escenas?

—Investigué y leí muchísimos testimonios. Lo más difícil fue aceptar que se trataba de situaciones reales.

—Un deseo sin spoilear… ¿hay vida después de la muerte?

—No lo sé, sólo puedo afirmar que la muerte es la no presencia física, pero siempre estaremos vivos en el recuerdo de aquellos que nos aman. Dicen que la vida es corta, pero también dicen que las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan.

—Para terminar, ¿qué aroma creés que representaría a tus “Castillos de arena” y por qué?

—Mi preferido: el perfume que siento cuando abrazo a una persona que amo. Porque el amor sana y salva.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA Nº 2022-106152549
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