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Entrevistas

Editorial Mil Botellas: un viaje al alma de un sello, de la mano de su director

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Por Walter Omar Buffarini //

Mil Botellas es una editorial independiente de la ciudad de La Plata que surgió, como tantos otros proyectos autogestivos, luego de la crisis económica desatada en 2001.

Hoy el sello tiene editados más de 40 títulos, varios proyectos en proceso y otros en carpeta, destacándose fundamentalmente entre ellos textos de ficción, como cuentos y novelas, como así también de no ficción pero firmemente relacionados con temáticas literarias.

Su director, Ramón Tarruella, dialogó con ContArte Cultura acerca de la actualidad de la editorial, y brindó detalles de esa cadena de producción de libros, que involucra no sólo la edición, sino también la selección, impresión, promoción, distribución y venta de las obras.

—Para comenzar, contanos qué es y cómo nace Mil Botellas

Mil Botellas es un proyecto editorial independiente que nació en noviembre de 2007 en La Plata. Surgió como una necesidad después de la crisis que el país vivió a partir de 2001. Yo venía pensando un proyecto desde hacía un tiempo, pero en realidad la aparición coincide con un boom de editoriales nacidas en ese entonces. Fue un momento en el que surgieron Las Cuarenta, Godot, Milena Caserola, entre otras tantas. Creo que precisamente tiene que ver con el fenómeno que se dio post 2001. Esa cosa de la autofinanciación, de los proyectos alternativos que se dieron al mismo tiempo de las asambleas barriales. Fue un fenómeno que también pasó en lo musical con el surgimiento de muchos sellos independientes chiquitos y obviamente también en lo político con las asambleas barriales. Entiendo que todas esas cosas aparecieron como una necesidad a partir de la ruptura del relato histórico de ese momento. Pero no creo que fuera algo consciente, sino que lo advertimos ahora, con el tiempo transcurrido. En definitiva, fue una necesidad que tenía que ver con el contexto político, ideológico, también filosófico en el sentido de crear una propia vos.

—¿Quiénes integran el sello en la actualidad y cuáles son sus temáticas a la hora de editar un libro?

—Si bien cuando empezamos éramos siete los integrantes, hoy soy el único responsable del sello y trabajo junto a dos colaboradores que me asisten y colaboran en la lectura del material que llega a la editorial. Respecto de las temáticas, en la actualidad intentamos editar todo lo que es cuentos y novelas, aunque además abarcamos una variante de no ficción pero que también está vinculada a lo literario, como pueden ser, por ejemplo, libros biográficos o ensayos literarios. Es decir que lo que editamos de no ficción también está relacionado a la literatura.

—Recién hablabas del material que llega a Mil Botellas y quienes te ayudan a leerlo, pero ¿cómo llegan esos textos y cuál es el criterio de selección?

—Llegan de la mano de los propios escritores, muchísimos y todo el tiempo, y está muy bueno porque la idea siempre es publicar cosas nuevas, autores nuevos, aunque muchas veces hay cosas que no cierran, principalmente porque no cuadran con lo que sería el estilo de la editorial en esa búsqueda de textos de ficción, cuento o novela. En este punto está la importancia del trabajo de dos amigos que me ayudan en las lecturas, sobre todo porque conocen el catálogo y saben qué sí y qué no. Reitero que siempre la intención de la editorial es tener cosas nuevas, como sucedió con Martín Malharro en su momento, quien más allá de que no era joven era un autor nuevo, o Facundo Báñez, o Bruno Petroni… y así hay varios autores nuevos que hemos publicado. Para este año también estaba la idea de publicar algo nuevo, pero la verdad que lo que llegó no nos termina de convencer. Una pena, porque era la idea sacar algo de ficción.

—Mencionaste a Martín Malharro, de quién Mil Botellas publicó toda su saga. ¿Cómo fue que contactaron?

Mil Botellas hoy tiene editados más de cuarenta títulos, entre ellos los de Malharro, que si se quiere es parte de la identidad de la editorial. Lo de Martín fue algo impresionante e inesperado. Podría decirse que fue una apuesta bien nuestra. Él había publicado “Banco de Niebla”, a través de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, y luego presentó “Calibre” en Sudamericana. Como no llegaron a un acuerdo, Martín se enojó y me contactó ofreciéndome que lea la novela para que le diera mi opinión. Recuerdo que la empecé a leer y me encantó. En ese tiempo también trabajaba en la editorial una chica a la que le pedí que leyera la novela y a la que también le gustó. Poco después nos juntamos con Malharro en el bar Casablanca, frente al Congreso de la Nación, y acordamos su edición y publicación en Mil Botellas. A los dos años publicamos “Carne Seca” y  posteriormente hicimos una reedición corregida de “Banco de Niebla”. Finalmente, me mandó “Cartas Marcadas” en febrero de 2015, con la intensión de publicarla rápido, pero en mayo de ese año falleció. La novela terminó saliendo a fines de ese año, después de un homenaje que le hicieron a Martín en la Facultad de Periodismo, en donde me encontré con su esposa y acordamos la publicación. Son libros que aún hoy se siguen vendiendo muchísimo, dos de ellos fueron traducidos al francés y ahora estamos con un proyecto de traducir toda la saga al italiano en una editorial de Milán.

—Volvamos a aquellos que acercan sus textos con la ilusión de ser publicados, ¿qué debe esperar ese escritor?

—El autor Gabriel Báñez decía algo muy interesante y era que el escritor tiene que encontrar a su editor. Me parece que quien acerca un texto debe esperar un poco eso, encontrar a su editor. Que uno rechace un texto no significa que sea malo o que no pudiera funcionar, de hecho hay un montón de textos que yo rechazaría y que son éxito en la literatura nacional argentina. Hay autores y autoras que son boom y que yo hubiera rechazado. No pretendo textos vanguardistas, pero si cierto cuidado, cierta búsqueda con el lenguaje. Es cierto también que puede ser frustrante sentirse rechazado, y es por eso mismo que suelo hacer una devolución al escritor para que sepa qué opinamos de su texto, y la verdad es que esto es muy bien recibido. También están los casos de gente que se enoja un poco, pero también es entendible, porque escribir una novela implica mucha dedicación, mucho tiempo invertido y, sobre todo, cuando uno escribe el ego está presente y es normal que así sea.

—Y cuál creés que sería el mejor consejo para ese escritor?

—Creo que hay un error recurrente y es que quien envía un texto no se fija en el catálogo de la editorial en la que lo presenta, no lo conoce, y ese es un problema. Es importante que el escritor sepa qué tipo de cosas trabaja la editorial a la que envía un texto antes de hacerlo.

—Las ferias de libros como las de editores son sin duda uno de los lugares centrales a la hora de la difusión. ¿Cómo manejás ese tema?

—Las ferias son un desgaste grande, pero este año opté por asistir a la máxima cantidad posibles y el año que viene veremos qué pasa. Es como que este año estuve probando. Las ferias son un trabajo aparte, cansador y desgastante, pero debo confesar que me gusta. Sobre todo aquellas que están bien organizadas, como la de Santa Rosa en La Pampa, en donde va mucha gente y vale la pena, no solamente por vender sino por la posibilidad de difundir el proyecto. Entre las diez o doce ferias que hay en el año, como la de Santa Rosa también hay muy buenas ferias en Mar del Plata y Adrogué, que están muy bien organizadas.

—Otro tema central sin dudas es la distribución…

—Durante los años que existe Mil Botellas trabajamos con dos distribuidoras, pero ahora también desde el sello nos encargamos de la distribución. No volvería a trabajar con distribuidoras, ya que la experiencia fue muy mala, los libros no llegaban a los lugares que decían que iban a llegar y las comparaciones de ventas de un año a otro eran malas. Además, las distribuidoras se llevan un 60 por ciento del valor de venta, por lo que hace que tengas que subir el precio de los libros.

—Y entonces, ¿cómo llegás a las librerías?

—En Santa Fe y Córdoba trabajamos con una chica que nos distribuye, y una librería se encarga de la distribución en CABA. En lo que hace al resto del país, me encargo personalmente. En este punto, la relación con los libreros es otro tema importante.

—Dejemos Mil Botellas y hablemos un poco más sobre quién es Ramón Tarruella.

—Soy de Quilmes y vine a estudiar la carrera de Historia a La Plata, allá por 1994 o 1995, después de haber empezado y abandonado Periodismo en la Universidad de Quilmes. Dos años más tarde decidí venirme a vivir definitivamente a la ciudad. Estuve por distintos barrios hasta que finalmente, en 2013, me radiqué en Los Hornos.

—Pero más allá de no haber concluido la carrera, sí trabajaste de periodista.

—Estudié Periodismo no más de un año y medio, pero trabajé mucho tiempo de periodista, muchos años, mayormente freelance, y tuve una experiencia en Diario El Sol de Quilmes, donde trabajé fijo una época. También estuve en una productora de contenidos en Buenos Aires, que prestaba servicios en el exterior. Ahí me utilizaban para tareas de producción o como periodista. Cuando comencé a estudiar Historia dejé un poco esas tareas. Una vez recibido empecé a dar clases y hoy soy profesor en un terciario, pero con pocas horas, sólo porque me gusta. Además dicto talleres literarios, que si bien en algún momento fueron muchos, hoy me quedé con algunos pocos. Los talleres siempre fueron presenciales, pero tras la pandemia son mayormente virtuales, sobre todo aquellos que dicto para grupos. Lo presencial quedó más para las clases individuales.

—¿Qué podés contar de Tarruella escritor?

—Tengo tres libros de ficción: dos novelas y uno de cuentos. La primera obra la publiqué por Mil Botellas, y fue la única por mi editorial. La otra novela, “Allá, arriba, la ciudad”, la publiqué por Los Lápices Editora y fue premiada en Córdoba, en 2010. Esa obra empezó como un cuento, pero al empezar a trabajarlo me di cuenta que tenía algo más, que tenía respiración de novela.

—Y tuviste tu experiencia en otras editoriales con textos de no ficción.

—Si. Publiqué un libro de historia por Aguilar, en lo que era el Grupo Prisa, en 2014, y después, creo que en 2015 o 2016 lo compró Randon House. Fue una linda experiencia, porque por un ratito estuve en la cocina de esos monstruos. Después firmé un contrato por otro libro, uno sobre la relación del Partido Comunista con los artistas argentinos, pero fue un proyecto que con la llegada de la pandemia terminó en la nada. A pesar de ello, como comentaba, fue una experiencia que me permitió conocer un poco de adentro algunas cuestiones que luego me sirvieron para la editorial.

—Para concluir, volvamos a Mil Botellas y contanos cuales son las últimas novedades del sello y los proyectos por salir.

—Lo último de la editorial es el libro “Antonio Di Benedetto: Diario de una agonía”, que es una obra testimonial de Juan-Jacobo Bajarlía, y próximamente sale una biografía de Juan Rulfo, en noviembre, que ya fue editada en España pero no en nuestro país. Para el año que viene hay un par de proyectos, entre los que se encuentra una biografía de Raymond Chandler, y espero encontrar a algún autor nuevo o autora nueva para publicar. Además, hay algunos proyectos de traducciones y alguna cosita más, como una novela de Enrique Wernicke, “El agua”,  que me encanta, y la vamos a reeditar.

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Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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En primera persona: Nair Libonatti, escritora

La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA En Trámite
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