Historias Reflejadas
“Emociones congeladas”
Emociones congeladas
En los infinitos dobleces de la memoria, se ocultan oscuros los recuerdos de un tiempo que no fue.
Debajo de la piel, adormecida de dolor, late el pasado y las hebras del destino se ramifican determinando la esencia de aquellos que se permitieron el olvido.
Cada latido se manifiesta y se vuelve pesadilla, imagen desdibujada en una niebla que interpela y avanza soltando preguntas sin respuestas.
Emociones congeladas en un ovillo de vivencias lacerantes, toman forma para luego mutar en sombras que se convierten en presencias silenciosas.
Allí, en esos vacíos, las raíces se pierden para dar lugar a otros, tan distintos de sí mismos, que resultan desconocidos.
El ser, multiplicado en heridas que no sanan, no encuentra rostro ni identidad en los espejos que lo reflejan.
En un eco lejano sus nombres se pierden en una frontera borrosa que divide lo que fueron de lo que otros decidieron que fueran.
Sin embargo, en un diminuto rincón de la existencia todavía es posible retornar, volver a sí mismos a través del encuentro.
En los infinitos dobleces de la memoria, la tibieza de un amor verdadero, es capaz de liberar el lado salvaje de cada uno, esa esencia recuperada, capaz de desplegar sus alas para lograr volar en algún abrazo hacia la tan ansiada libertad.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “En brazos de mi enemigo”, de Andrea Milano; “Pasiones en guerra”, de Cynthia Wila; “Tu lado salvaje”, de Magalí Varela; y “El cautivo de la niebla”, de María. E. Sherriff.
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“Sin lluvia”

Sin lluvia
Es una gota,
se alarga,
mueve sus brazos de tinta.
Se alarga la lágrima
al costado del ojo,
avanza sobre la gota que cuelga.
Corre la gota.
Corre la lágrima,
se unen.
Cambian de cara.
Cuelgan manchas que pintan el espacio.
Entre las pestañas
se deslizan lentamente.
Se estrellan contra la hoja,
otra vez.
Es una mancha el enojo,
y el miedo.
¿Cuál es la forma del enojo?
¿En qué manchas habitan los miedos?
Se balancean en el borde de la mirada.
Es otra mancha la tristeza.
¿De qué color es la pena?
Prenden y apagan
el miedo y la pena,
se refleja el enojo.
Son luces en un papel dibujado.
Parpadean.
Hay tormenta y no llueve.Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “Un papá intermitente”, de Magela Demarco, con ilustraciones de Caru Grossi; “Uno, dos, tres… ¡Juntos otra vez!, de Patricia Iglesias y Damián Zain; “¡Epa, ese miedo no es mío!, de Luciano Saracino y Alejandro O’Kif; y “Don enojo hace a su antojo”, de Mercedes Pérez Sabbi y Rodrigo Folgueira.
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“Lágrimas como palabras”

Lágrimas como palabras
No se puede,
las lágrimas se escapan,
son gotas de silencio,
no callan,
avanzan desde el fondo de un secreto,
son suspiros
huyen de las bocas como látigos,
son letras en un papel,
cartas que van y vienen, olas,
vientos que despiertan por dentro, palabras desafinadas,
palabras mágicas,
terribles,
presencias ausentes,
pájaros en la ventana
tempestades en los ojos,
nubes que mutan
silencios como rayos, rayos como voces,
vacíos inundados,
el presente en el pasado, sin futuro.
No se escucha, ni se ve,
no hay lugar en el espacio de las palabras, no se puede,
son lágrimas
y flores
y besos con abrazos,
no se pueden evitar las formas invisibles del amor,
ni las lágrimas
como señales
al otro lado de las palabras.Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “El almacén de las palabras terribles”, de Eli Barcelona; “Un hijo”, de Alejandro Palomas con ilustraciones de Teo; “Cartas para una ballena”, de María Pérez Alonso con ilustraciones de Eugenia Susel; y “El ojo de Balor”, de Olga Drennen con ilustraciones de Matías Daviron.
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“Soledades”

Soledades
Caminan sobre la cornisa, sus pies resbalan, buscan un punto de equilibrio.
Todo es gris.
El paisaje se mueve fuera de sus cuerpos, se asoman por un hueco inventado. Necesitan aire, los cubren capas de silencio.
Esconden secretos, se ocultan. Dudan.
La decisión está tomada.
Viajan.
Avanzan y retroceden.
Se proyectan en las sombras de otros cuerpos.
Son sombras. Se hunden en olas de miedo, en laberintos de hojas. Hunden sus ojos en trenes vacíos, como líneas en movimiento.
Se pierden en la geometría de un pueblo fantasma, entre los fantasmas del pueblo.
Buscan. Se buscan. Escapan.
Pasan las páginas que contienen su nombre.
Escriben en líneas torcidas. Son líneas en las páginas que dibujan.
Se arriesgan.
Saltan al vacío, los deglute el abismo, la soledad del abismo.
Todo es silencio en la verdad revelada.Por Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “La buena suerte”, de Rosa Montero; “La última felicidad de Bruno Fólner”, de Mempo Giardinelli; “Los abismos”, de Pilar Quintana; y “Dejen todo en mis manos”, de Mario Levrero.
Andrea
29/04/2018 a 16:50
Qué bello, Andre!!!!! Muchas gracias!!!! Beso!