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Entrevistas

Federico Kempff: “En mi adolescencia tuve la intuición de que la música me iba a acompañar siempre” 

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Busca en el abismo, las notas flotan, son palabras suspendidas en el caos, burbujas que se rompen, se derrumban, son ruinas en las almas, silencios, como un comienzo, como una canción que emerge del vacío y estalla.

Federico Kempff nació en La Plata, desde siempre se sintió movido por las cuerdas de la música, por el lenguaje invisible de las palabras que suenan, y en esta etapa solista de su carrera, charló con ContArte Cultura  para presentar su último trabajo “Estos días” y compartir sus proyectos.

—Para comenzar vamos a poner en tus manos un objeto imaginario, en tu caso será una cuerda: ¿Cuál es la primera imagen que percibís? ¿A dónde pertenece esa cuerda y qué tiene que ver con vos?
—Esa cuerda pertenece a mi primera guitarra. A los 17 años la tuve y fue mi primer acercamiento con un instrumento y lo que me hizo desear hacer canciones.

—¿En qué momento de tu vida descubriste que la música sería un camino por recorrer?
—En mi adolescencia, escuchando, jugando a ser músico, pensando en cómo se hace para hacer canciones. Creo que ahí tuve la intuición de que la música me iba a acompañar siempre. 

—¿Dónde comenzó tu carrera como músico y cuál fue el primer instrumento que tocaste?
—Fue en La Plata, en 1990 más o menos… tocaba la guitarra y todavía no me animaba a cantar.

—Contanos cómo se llamó la primera banda de la que formaste parte. ¿En qué otros grupos participaste y quiénes te acompañaron? 
—Mi primera banda se llamó Dorian Gray y éramos un trio con batería electrónica, una chica que cantaba y yo tocaba una de las guitarras; en esa banda estábamos con Nicolás y Santiago Colli. Luego, con Santiago formamos Siempre Lucrecia y por ahí estuve con un montón de músicos muy queridos y talentosos. Después de eso me hice solista y edité mi primer disco que se llamó Tardes de sol. Posteriormente vino Fede Kempff y Tarantinos, con quienes editamos dos discos: El lugar que nos espera para ir y Con el viento. Luego, en 2015, formé Ciudad de los sauces, junto a grandes amigos entre los que se encontraban Nicolás Prado, Fernando Suárez, y los Ullon Brothers (Dani y Natanael), y en 2018 Otoño intenso, donde también estuvieron Nicolás y Fernando. Finalmente volví al comienzo y soy nuevamente Federico Kempff, solista. 

—¿Y cuándo fue que comenzaste a transitar ese camino como solista? 
—En el año 2000, después de que se terminara Siempre Lucrecia. Como comentaba antes, en el medio volví a estar en bandas, hasta que en 2020 retomé mi carrera como solista… y esta vez definitivamente. Y en este punto me gustaría destacar a mucha gente que me acompañó y colaboró conmigo en este camino, tanto en la etapa solista como con las bandas. Es, por ejemplo, el caso de Martín Bonetto, quien hizo las tapas de Estos días y Almas, Mariano Vera, quien realizó el video de Ciudad de los sauces y suele hacerme fotos, Gonzalo López con videos en Fede Kempff y Tarantinos, Otoño intenso y el clip de Ruinas, y Ramiro Peri con sus trabajos de fotografía.

—Si pudieras elegir una palabra que defina a cada uno de tus discos, ¿cuál sería y por qué?
—Creo que la palabra sería la misma para cada uno de ellos: libertad. 

—Y hablando de tus discos, tu último trabajo, “Estos días”, nació en las particulares circunstancias de la pandemia que sorprendió al mundo, ¿cómo viviste ese proceso de silencio en el que surgieron los cuatro temas que forman parte del álbum? ¿Quiénes te acompañaron en ese proceso? 
—Ese disco se hizo literalmente a la distancia. Pablo Ventura vive en General Roca, es un amigo al que quiero mucho y que fue parte de Siempre Lucrecia y de mi primer época solista; a él le dije que tenía muchas ganas de grabar algunas canciones solo (había terminado con Otoño intenso hacía nada) y le pregunté si quería producirme. Con su gran generosidad aceptó y llevó mis canciones a lugares en los que nunca había estado antes. Fue muy lindo eso de llegar a lugares lejos de la zona de confort que uno puede llegar a tener y aventurarse por caminos desconocidos… eso fue para mí Estos días.

—¿Qué es lo que define a este disco?
—Claramente, lo que lo define es el espíritu de ese primer encierro: desolación, miedo, incertidumbre… pensar qué va a pasar, qué nos espera. De eso va ese disco, esas canciones.  

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? 
—En Febrero de 2021 editamos un sencillo llamado Almas, que fue producido hermosamente por Mauri Aguirre, otro amigo al que quiero mucho y también es exSiempre Lucrecia. La canción quedó hermosa y también creo que fuimos para otro lugar. Actualmente estamos junto a Mauri produciendo algunos temas con la idea de que sean un disco más cercano a un larga duración que a un EP, así que la idea sería que para fin de año, o a más tardar los primeros meses del año que viene, tener el disco listo, aunque antes seguramente vamos a presentar un sencillo. 

—Para terminar y volviendo a nuestra cuerda del comienzo, ¿qué deseo te gustaría soltar en su vibración? 
—Que podamos vivir plenos, tratando de ser y hacer lo que nos hace felices, lo cual es mucho decir ya. Ojalá todos lo logren, en la medida de lo posible.

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“En un mundo distorsionado, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini / Fotos: David Lescano y Pablo Martínez //

Hay canciones que se nutren del paisaje, son sonidos arraigados al vientre de la tierra, voces del aire, palabras del agua, suaves aleteos entre las hojas. Hay música que cruza los márgenes, va y viene en un oleaje de tiempos sucesivos, se desparrama, habita las costas, es de arena y de sombras, es de viento y de barro, de polen que fecunda, crece, se transforma, deja huellas que evaporan, caen, son frutos, como si fueran una ofrenda a la vida, como si las canciones también nutrieran al paisaje.

La banda santafesina Barro nace en esas costas donde viven las canciones, donde el agua va y viene, deja huellas en la tierra mojada y es justamente en ese barro, la materia prima del arte, donde sus integrantes modelan las letras de sus temas.

Contarte Cultura charló con ellos para conocer el universo de sus creaciones y para acompañarlos en la presentación de su nuevo disco: “Canciones como flores”.

Agustina Cortés, Cintia Amorela Bertolino, Franco Bongioanni y Gonzalo Díaz

—Para comenzar esta charla vamos a poner en sus manos un elemento simbólico, que en este caso será una flor. Si pudieran elegir una parte de esa flor que represente el espíritu de Barro, ¿cuál sería y por qué?

—El espíritu de Barro estaría en el polen, esa partícula casi invisible que contiene información, un mensaje que es posibilidad: de otra flor, otra planta, otro fruto. Ese mensaje es antiguo, cargado de belleza milenaria, tradición. Y esa información puede combinarse con otra y engendrar un nuevo ser. Nosotros seríamos las obreras abejitas llevando y trayendo, combinando, esparciendo los mensajes. Así, nuestra música viaja por el aire con la posibilidad de polinizar oídos de seres sensibles para que crezcan nuevas flores en sus corazones.

—¿De qué manera surge el nombre que da vida a esta agrupación musical?

—Acá, en Santa Fe, luego de la gran inundación de 2003, provocada por la fuerza de la naturaleza y agravada por la acción (o inacción) gubernamental, nos quedó una marca muy fuerte. El agua tapando un tercio de ciudad y cuando se retira queda el barro dónde todo se pierde, se pudre; pero también dónde surge la vida nueva y la organización espontánea del tejido social para hacer frente al desastre. A partir del barro como materia prima ancestral, noble, moldeable, entablamos una relación entre naturaleza y cultura, entre lo dado por la tradición y las nuevas formas y, como artesanos, podemos darle forma a esa materia.

—¿Cuándo y cómo nace Barro y quiénes forman parte de este grupo?

—Los inicios de Barro se remontan al 2006, año en que tuvo su primera aparición en la Bienal de Arte Joven, en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, dónde obtuvo una mención. En esa primera etapa estaba Franco Bongioanni. A partir de 2007 se incorporó Cintia Amorela Bertolino y desde 2009 Gonzalo Díaz. En todos estos años la agrupación fue teniendo diversas formaciones y desde 2018 se afianzó como cuarteto con la incorporación de Agustina Cortés. Desde siempre Barro fue un espacio para encontrarnos en la creación de canciones que hablen del lugar y el tiempo que habitamos, por ello es difícil definir un género específico de lo que hacemos. Usamos lo que llevamos en nuestras mochilas culturales: los folclores afro-latinoamericanos, el jazz, el rock, la música de cámara.

—Sus canciones son verdaderos poemas evaporados del paisaje que los rodea, crecidos en los bordes de lo cotidiano. ¿Qué es lo primero que despierta esos temas? ¿Son las letras, es la música o ambas se dan de manera sincrónica?

—La creación se da de maneras diversas y misteriosas, a veces una poesía que encuentra su forma cantada, otras veces un motivo de guitarra funciona como disparador de una historia para contar, y también hay casos en que surgen al mismo tiempo la voz cantada con una letra que pareciera venir de algún lugar preexistente. Esa inspiración está relacionada con momentos significativos de nuestras vidas: las sensaciones que nos deja un paisaje, un ser querido. El estado de contemplación propicia el descubrimiento de algo cotidiano que se vuelve singular. Y el juego que, con goce y tropiezo inesperado, es el gran motor de la creatividad.

—¿Cuáles son los instrumentos que habitualmente acompañan el encuentro de palabras y música en sus canciones?

—Dependiendo de lo que invoque ese encuentro vamos usando los instrumentos que tenemos a mano y que son muchos: las guitarras, los teclados (piano, sintes), el saxo, también las voces a veces como “instrumentos” que aportan a la textura, la batería, y las percusiones con toda una gran colección de “cotidiáfonos”, ollitas, campanas, sonajas, juguetes… Todos elementos muy importantes en la construcción de los paisajes sonoros. Y ese entramado no sólo acompaña a la voz cantante sino que aporta sentido y potencia su mensaje.

—Por estos días están presentando su disco “Canciones como flores”, ¿de qué manera se fue dando el proceso creativo de este álbum?

—En principio la creación de cada canción se dio de manera individual y también colaborativa en algunos casos. Luego el minucioso trabajo colectivo de laboratorio en el armado de los arreglos, en elegir las tímbricas, explorar las texturas, las capas rítmicas. Entregarnos al juego y al goce para encontrar esa trama-paisaje sonoro que enfatizará cada canción. Así llegamos al momento de la realización de este álbum con un repertorio armado y que ya tenía un recorrido en vivo por escenarios.

—¿Hay algún hilo conductor que entrelaza las distintas canciones?

—En ese repertorio de canciones estaban muy presentes las aves, las canciones-ofrendas, los ciclos de la naturaleza, las estaciones, la vida; y claro, las flores. En ellas descubrimos una potencia simbólica integradora que hilvanaba esos conceptos.

—Como explican, la naturaleza está presente de diversas maneras en sus creaciones, pero también lo está lo urbano, lo que el hombre modifica del paisaje natural, ¿es en esa intersección donde nacen las canciones como flores?

—Sí, es con ese barro, como materia prima no exclusivamente humana: el hornero también la usa. Es ahí, parados en ese borde, donde nuestra música se nutre de esa relación y propone una convivencia, un diálogo permanente y en igualdad de condiciones entre naturaleza y cultura. Tejiendo con tradiciones propias, tradiciones impuestas por la cultura dominante y la búsqueda de nuevas formas, la multiplicidad de tramas de nuestra propia identidad.

—Para terminar, y volviendo a nuestra flor del comienzo, los invitamos a dejar en su interior un deseo, como una canción. —El deseo-mensaje que dejamos en esa flor, en ese polen, es que la belleza nos circunda y nos sorprende a cada paso, sólo hay que dejarla ser, dejarla aparecer y brindarse a ella en la certeza de su poder transformador. En un mundo distorsionado dónde toda acción debe ser calculada para algo, sobre todo por su rédito económico, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí.

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Ansilta Grizas: “’Un temporal’ tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
Foto de Portada: Federico Peretti //

Algo se quiebra, los cuerpos se fracturan, el viento desparrama las formas conocidas, hay palabras que se desarman, son retazos, no pueden nombrar lo que nombran, son piezas sueltas en el agua que corre, se mojan, se alejan. Todo es oscuro en la memoria, el tiempo se detiene. ¿En qué lugares se funden nuestros pedazos desarmados?

Ansilta Grizas es licenciada en Artes Visuales y fotógrafa, profesión que la llevó a publicar “Diario de Navegación”. Por estos días está presentando su primera novela “Un temporal”, de Editorial Entropía.

Contarte Cultura charló con ella a la distancia para conocer los motivos que la llevaron a explorar el camino de las palabras y vivencias que dieron vida a su libro.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en una imagen simbólica. Se trata de una pared, un muro que divide pero a la vez conecta, ¿cuál es la primera palabra que percibís escrita sobre esa superficie? ¿Qué nos pueden contar de vos la pared y la palabra?

PH: Catalina Bartolomé

—Supongo que si me encontrara con esa pared más que ver una palabra miraría primero de qué está hecha. Si es de barro, de cemento o de piedra. Si tiene textura, si la pintura se saltó, si parece que tiene muchos años ahí o es más bien nueva. Me interesaría más en su materialidad, en si es suave al tacto o tiene cositas de las que agarrarse, si es que se logra calentar con el sol o es más bien de esas tapias gruesas que conservan el fresco. Y creo que esto tiene que ver con que mi entrada a las palabras viene desde el registro de la fotografía. Me interesa mirar las cosas. Cómo son, cómo les pega el sol, el dibujo de la sombra. Y a partir de ahí escribo.

—¿Recordás qué fue lo primero que escribiste?

—Escribir con la intención de la escritura, mi primer diario íntimo a los 8 años. Desde ahí nunca dejé de llevar un diario/cuaderno personal.

—¿Cuáles son las cosas o hechos que te invitan a contar?

—Tengo algunas obsesiones o temas frecuentes, supongo que siempre van desde la naturaleza a la relación del hombre con ella, los hijos y el tiempo. Es un montón, pero con esto quiero decir que nada extraordinario… me interesa más bien el registro de las cosas que nos rodean.

—Por estos días estás presentando “Un temporal”, tu primera novela publicada por Editorial Entropía. Si pudieras congelar en una foto el punto de partida de esa historia, ¿qué podríamos ver en esa imagen?

—Una libreta chiquita, medio arrugada, con una lapicera viajando en mi cartera, en unos días de mucho calor, mientras buscábamos geriátrico para internar a mi papá. Es el inicio de la novela y fue el puntapié de la escritura de esta historia, está todo ahí, en esa libreta.

—Seguramente, al igual que los protagonistas de “Un temporal”, tuviste que tomar decisiones, elegir qué contar y qué no, ¿cómo viviste el proceso de construcción de esta novela que atraviesa tu vida? ¿Cuáles fueron los ‘temporales” (si los hubo) que hicieron tambalear tu escritura?

—En el 2017 empecé a hacer taller con Romina Paula y Cynthia Edul, ahí llevé los primero capítulos cuando todavía no sabía bien qué era lo que estaba escribiendo. Y ellas me impulsaron a seguir y a seguir escribiendo. Ese año yo estaba embarazada de mi segundo hijo que nació en agosto, así que iba al taller cada lunes con material nuevo intentando avanzar lo más posible antes que naciera. ¡Como si fuera una carrera! Por supuesto que no es que terminé nada antes, y a los meses logré retomar esa escritura y seguir adelante. Después, en una instancia más de tutoría con ellas, la terminé de cerrar. Pero sí, al ser una novela que como decís “atraviesa mi vida” tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura. No fue fácil escribir sobre algo que duele, escribir desde el dolor. Supongo que las dificultades que atravesé con Un temporal son también propias de la maduración de un dolor. Digo, para atravesar algo que duele, hay etapas donde uno se enoja, o duda, o se pierde, hasta que al fin vislumbra algo que se parece a una idea clara. Yo elegí contar una historia, una ficción, en donde una hija le habla a ese padre enfermo y reconstruye esa memoria de a dos. Pero en verdad es también la historia de mi propio papá y mía. Y en la novela ese padre muere, pero -en la vida real- mi papá no está muerto. Entonces ahí hubo una gran decisión a la hora de seguir escribiendo, porque si no tomaba ese camino no podía terminarla. Ese despegarme de la realidad, armar una ficción, fue una gran liberación para mí, porque pude seguir escribiendo sin sentirme atada a nada y poder ver la historia a un nivel novela. Y podría decir también que por ahí fue que descubrí que en realidad la historia no tiene que ver con que el padre muera o no, sino con la maduración de ese dolor, ese camino.

—¿Y entonces qué cambió en vos cuando se rompió ese dique y fluyeron las palabras?

—Encontrarme con la escritura y con mi voz.

—Para terminar, ¿qué te gustaría que suceda con esta novela una vez en manos de los lectores?

—A mí me gustaría que les pase lo que me pasa a mí cuando un libro me gusta, y es que alguna imagen se le quede pegada por un tiempo, esto de recordar escenas de un libro tan claras como si las hubiéramos visto. Y que les den ganas de escribir.

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Merceditas Elordi: “’Fuerte como el vidrio frágil’ es, sobre todo, una obra que habla del amor”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los tiempos se superponen, una huella sobre la otra, las palabras apiladas, como flechas que marcan el destino, como líneas ramificadas en las arrugas de una piel que calla, que busca el camino, flota en la incertidumbre de una realidad provisoria, de un espejismo donde habitan los sueños, se acercan, se alejan, son pisadas en un espacio circular, cada cosa es igual a la siguiente, la debilidad es fortaleza.

“Fuerte como el vidrio frágil” es una obra de vínculos, los protagonistas forman un triángulo de deseos contrapuestos, hay principios y finales que unen los vértices de la historia, líneas que constituyen los lados de esa geometría que amenaza con romperse a cada instante.

ContArte Cultura charló con Merceditas Elordi, su directora, dramaturga y actriz, para entrar junto a ella en el mundo de esta obra.

—Vamos a comenzar esta charla con un objeto simbólico que está inmerso en el título de la obra que escribiste y dirigís: el vidrio que, a pesar de ser un material fuerte es también frágil. ¿Qué fue lo primero que despertó en vos la materialidad del vidrio para empezar a escribir esta historia?

PH Cristian Holzmann

—¡Qué buena pregunta! El origen está en una bicicleteada de primavera del colegio de mis hijas, dejame hacer cuentas… hace 28 años. La menor de ellas estaba en salita de 4 años y andaba en bici con rueditas. Éramos bastante pobres, así que sus bicis eran usadas, de segunda mano, y a la de ella se le salía la cadena a cada cuadra, así que habíamos quedado muy atrás del resto de la caravana. Con mucha paciencia, cada vez que se salía la cadena, parábamos, la arreglábamos y seguíamos. Ella, lejos de resignarse, cada vez que empezaba a pedalear lo hacía con mucha energía y me decía: “¡Mirá mamá, tengo fuerza de vidrio!”.  Jamás olvidé esas palabras y me inspiraron para este título. A veces, la debilidad es fortaleza. Por otro lado, y esta es la mirada más teatral, menos vivencial, rondaba en mi imaginario la visión de dos personajes emblemáticos de El zoo de cristal de Tennessi Williams, más precisamente Amanda y Laura, luego de la partida de Tom. Imaginaba a una Amanda muy mayor y a su hija Laura ya adulta en situación de desamparo y vulnerabilidad.

—Las protagonistas de esta obra son parte de otra historia que quisiste continuar, ¿cómo llevaste adelante el proceso de meterte en sus mundos interiores para percibir ese “después” en la vida de esa madre y esa hija?

—Precisamente, esto va linkeado a la pregunta anterior. Pensé qué habría sido de esas mujeres treinta años después. Me di cuenta que el mundo está plagado de “Amandas y Lauras”, y que podían estar en cualquier tiempo y geografía. Entonces escribí la obra anclándola en una ciudad de la provincia de Buenos Aires en la primavera del 2001. Eso me dio el contexto. También apareció lo vivencial, ya que cuando escribí la primera versión de la obra mi mamá estaba transitando la última etapa de vida, por lo que hubo una gran identificación; vi a mi madre en Amanda y a mí misma en Laura.

—Y en el “después” aparece “el candidato”, ¿de qué manera surgió en tus letras el personaje de Ruperto?

—Nuevamente aparece lo vivencial. Ruperto se llamaba mi abuelo que vivía en Mercedes, ciudad donde nací, de quien tengo tiernos recuerdos de la infancia. Las sillas en la vereda cuando cae el sol, el encuentro con los vecinos, las figuritas que me traía de regalo cada día cuando volvía de su kiosco. En la obra, Ruperto es ese hombre sencillo que sueña con “pegarla” alguna vez. Pero a la vez, es la expresión del amor para Laura. Es “su” candidato, no el que su madre quiere. Porque Fuerte como el vidrio frágil es, sobre todo, una obra que habla del amor.

PH Cristian Holzmann

—Como decías anteriormente, sobre el escenario, los personajes transitan el año 2001 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, ¿por qué elegiste ese tiempo y ese espacio para contar sus historias?

—Necesitaba crear un contexto que nos fuera cercano y nos atravesara en nuestra historia contemporánea. Yo viví como adulta ese momento que fue traumático para nuestra sociedad. Muchos sueños quedaron truncos, hubo muchas víctimas de aquel famoso corralito de fines de 2001, y no estoy hablando de personas que no pudieron viajar al exterior, sino de los que tenían sus ahorros para comprar su casita o negocio, para una operación por cuestiones de salud. Yo no tenía un solo dólar, pero el impacto social fue tan grande que todos lo padecimos de un modo u otro.

—Si pudieras poner una lupa en alguno de los objetos de la escenografía que represente el espíritu de la obra, ¿cuál sería y por qué?

—A priori te diría los animalitos de vidrio que Laura guarda, pero inmediatamente me doy cuenta que esos objetos forman parte de su pasado. El presente de estos tres personajes está más identificado con el regalo que le trae Ruperto a Laura, un hipocampo de esos que cambian de color con el clima y que se compran en un negocio de recuerdos en las ciudades de la costa. Porque en el mar están los sueños de Laura y Ruperto, que se van transformando y adaptando a sus realidades. Hay muchos objetos que encierran el espíritu de la obra: la cama donde Amanda se va apagando, la jaula del canario ya vacía, el cuadro del padre… pero si tengo que elegir uno entre todos, me quedo con el hipocampo que cambia de color.

PH Cristian Holzmann

—¿Cómo fue la elección del vestuario y de la música que acompañan la caracterización de los personajes?

—La música fue un gran aporte artístico de Diego Girón, que supo sensibilizarse con la identidad de cada personaje. La música constituye parte del paisaje. El vestuario es simple, acorde a la sencillez de los personajes. No hizo falta una gran caracterización a través del vestuario, sino estar atentos a visualizar qué paleta de colores sería más apropiada para cada uno, y qué prendas utilizarían, como el delantal de Ruperto, el camisón y la mañanita de Amanda, la falda floreada con ribetes rosas de Laura.

—”Fuerte como el vidrio frágil” tuvo su versión audiovisual durante 2020, ¿cómo vivieron ese proceso de dar a luz una obra con las butacas vacías?

—Fue una gran experiencia. La obra se iba a estrenar en junio de 2020. Apenas habíamos comenzado los ensayos cuando tuvimos que aislarnos. Fue una decisión que contó con la aprobación de todo el equipo. Al principio, no sabía qué hacer, pero sentía la necesidad de mantener el espíritu y el deseo de seguir trabajando, así que comenzamos a ensayar virtualmente, a través de videos, videollamadas, zoom, todas las herramientas que pudimos utilizar. En cuanto habilitaron los teatros para ensayos sin público, desembarcamos en Patio de Actores para realizar esa primera versión en formato audiovisual. Fue una forma de decir “acá estamos, no nos fuimos, las salas están vacías de espectadores pero nosotros seguimos acá”. Fue un “mientras tanto” sabiendo que la obra se iba a concretar con la presencia del público. Fue una hermosa experiencia. Algo diferente, impensado hasta ese momento. En una obra de teatro es necesaria la tríada obra–artistas–público, de modo que necesitábamos volver a la presencialidad para el estreno. Al fin lo concretamos en septiembre de este año.

—¿Qué vivencias se recuperaron en el reencuentro con el público?

—El teatro es una expresión artística performática que ocurre en el tiempo presente. Cada función es única, la comunicación con el público es única. Yo siempre pienso, cuando estoy por comenzar la función, que tal vez entre el público haya alguna persona que nunca antes fue al teatro, entonces mi objetivo es que esa persona salga del teatro con el deseo de volver y de esa forma se genere un círculo virtuoso. Por eso, al salir a escena es al cien por ciento, no hay grises, hay que darlo todo, estar ahí, presente, conectado con el espacio, con los compañeros, viviendo la obra y siendo el otro que nos convoca para construir un personaje. Si esto no ocurre, no hay obra. Por eso, el público nos interpela todo el tiempo, nos guía y se forma ese puente invisible de comunicación. El hecho teatral se construye entre todas las personas que están en la sala, sin excepción, somos un todo, una experiencia única.

—¿Dónde y cuándo se puede ver esta obra?

Fuerte como el vidrio frágil está los domingos a las 18 en la sala Patio de Actores, en la calle Lerma al 568 de la ciudad de Buenos Aires. Los esperamos.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA Nº 2019-79370965 Edición Nº