
Entrevistas
Adrián Oliver: “El detalle y la excelencia hacen al éxito de una obra”
Por Walter Omar Buffarini
A poco del lanzamiento de una nueva temporada de verano en la Costa Atlántica, tanto salas como compañías teatrales ultiman detalles de los espectáculos que compondrán la cartelera. Como cada año, la oferta será muy variada y los responsables saben de la importancia que tiene el trabajo previo a la salida a escena.
En el afán de conocer un poco más de ese mundo que se esconde detrás de los escenarios y descubrir cómo es que se gesta un espectáculo de verano, ContArte Cultura visitó Mar del Plata y dialogó en exclusiva con el actor, bailarín y coreógrafo Adrián Oliver, director artístico de Torres de Manantiales Apart Hotel, quien contó detalles de cómo trabaja la compañía del tradicional espacio marplatense.
—¿En qué momento del año comienzan a trabajar cada temporada artística y qué espectáculos la componen?
—El equipo creativo que dirijo en Torres de Manantiales comienza a trabajar apenas terminado cada período en un trabajo que no se detiene en todo el año. Termina vacaciones de invierno y hacemos una evaluación de los productos que ofrecemos en los shows y espectáculos que realizamos, y en base a encuestas con el público que asistió tratamos de incorporar esa opinión a la propuesta que vamos a hacer la temporada siguiente. Lo mismo pasa con el verano, Semana Santa o las fiestas temáticas que realizamos a fin de año. Manantiales cuenta con Las Nubes, un café en el último piso en una de las torres que es el lugar más alto de la ciudad de Mar del Plata, donde se realizan espectáculos temáticos, muy producidos, con cantantes, músicos y bailarines. En temporada alta se realiza un show distinto cada día y durante el resto del año los fines de semana. Otro de nuestros fuertes son las comedias musicales. En el centro de convenciones del hotel se armó un teatro con capacidad para 500 personas y hoy es uno de los atractivos más importantes que tiene la recreación en Manantiales.

—Respecto de las puestas temáticas que van variando cada temporada, ¿cómo es el proceso para elegirlas?
—Todos los años trato de visitar algún lugar diferente del mundo, que puede ser en primera instancia Nueva York o Madrid, que junto a Buenos Aires son capitales del teatro y de los musicales. También la inspiración llega a veces de otros lugares tal vez más exóticos, en algunas ocasiones se impone algún tema de actualidad, alguna temática que esté de moda, una película, o quizás un suceso relevante. Las vacaciones de invierno son siempre temáticas y hemos viajado a través de la música y las coreografías desde China al Lejano Oeste, África, el espacio, o mundos imaginarios. La idea siempre es tratar de sorprender a nuestros huéspedes creando un universo fantástico dentro del hotel.
—Luego de tantos años de experiencia, ¿a la hora de pensar los espectáculos lo hacés en función de Torres o cómo una obra que podría realizarse en cualquier sala?
—Tengo una formación netamente teatral y si bien soy licenciado en artes visuales, estudié danza y fui bailarín durante muchos años, coreógrafo, director de teatro, trabajé con artistas muy importantes de este país como China Zorrilla, Susana Rinaldi y Solita Silveira, y me dirigieron y fui asistente de coreógrafos argentinos, como de renombre como Ricky Pashkush, Ruben Cuello, y coreógrafos y directores del exterior. Con toda esa experiencia, cuando empecé a trabajar en Manantiales traté de realizar algo que se hace mucho en el exterior, y sobre todo en los cruceros, que es que un complejo hotelero como Manantiales no sea solamente sinónimo de alojamiento y playa, sino que sea una experiencia en donde puedas tener teatro, shows musicales, títeres, espectáculos circenses, es decir, espectáculos que podrían realizarse en cualquier sala de teatro. Y la muestra de ello es que las puestas hoy se realizan en nuestra propia sala, que no tiene nada que envidiarle a un teatro de la calle Corrientes.
—De todo el trabajo previo, ¿qué entendés que puede garantizar el éxito de una obra?
—El detalle y la excelencia hacen al éxito de una obra. No descuidar nada. Prestar especial atención a la calidad de los artistas, la producción de cada show, el vestuario, las luces, el sonido, el contenido de las obras, y sobre todo ponerse en la piel de nuestros pasajeros y pensar qué les gustaría ver a ellos. Tenemos un público muy variado, familias con niños pequeños, adolescentes y los adultos, y en función de ello tratamos de tener entretenimientos para todos. Quienes nos siguen saben que en Manantiales se van a encontrar con espectáculos de primerísimo nivel.

Show Rey del Pop
—Hablaste de la calidad de los artistas, ¿cómo seleccionan el elenco que participa de las obras cada verano?
—El elenco de los espectáculos se selecciona por medio de casting. Así tenemos un grupo estable contratado por Manantiales que se encarga de realizar todos los shows y las comedias musicales. Para ello, tienen que tener una formación sólida tanto en baile, canto y actuación. También, de acuerdo a la temática de las puestas, muchas veces incorporamos artistas de otras disciplinas, como acróbatas o determinados músicos o bandas. Además, dentro de cada programación, sobre todo en verano, invitamos artistas de renombre.
—¿Quiénes son los responsables de las escenografías y los vestuarios?
Si bien el responsable creativo de todos los espectáculos de Manantiales soy yo, partiendo de la idea y pasando por el libro, el diseño de vestuario, la coreografía… trabajo con un equipo de excelencia que forma parte del staff, lo que permite que todo lo que se ve, se hace íntegramente en el hotel. Tenemos taller de realización de vestuario, la escenografía la hacemos con nuestros carpinteros y las luces con nuestros técnicos. Creo que es una de las cosas de las que más orgullosos nos sentimos.
—¿Contanos quienes compondrán los elencos este año?
Las personas que van a integrar el elenco esta temporada son Jonathan Oldoni, Ivana López Ferri, Emi Obern, Octavio Ascacibar, Lucia Guadalupe Ferreira, Otti Cecchetto, Lucia Ominetti, Agustín Carrica, Micaela Spoto, Cristian Antun, Flor Morcia, Lucía Álvarez y Lucrecia Correa Arroyo. Los vestuarios estarán a mi cargo, como las coreografías, en las que trabajo junto a Marcelo Hernández. El sonido es responsabilidad de Jonatan Bravo, las luces de Facundo Del Sordo, Gabriel Girotti es el encargado del diseño de arte, la realización escenográfica está a cargo de Pablo Tarifa y Diego García Bare, en tanto que Valeria Capellari es la asistente de producción.

—Han sido nominados y galardonados con premios como los Estrella de Mar o los Hugo, ¿qué valor tienen esas distinciones?
Tenemos que agradecer que siempre estamos ternados para los premios Estrella de Mar, con muchas nominaciones en diferentes rubros, sobre todo en vestuario, iluminación y coreografía, compitiendo con grandes obras que vienen de la calle Corrientes. Tuvimos la suerte de ganar el Estrella de Mar a Mejor Comedia, Vestuarios, Actor y Dirección en distintos años. En lo personal, gané el Premio Hugo a Mejor Director en Teatro Musical 2018. Son hermosos reconocimientos a nuestro trabajo y da visibilidad a este tipo de espectáculo musical, que puede realizarse en cualquier ámbito.
—¿Con qué se encontrará el público en la temporada 2018/2019?
—Como todos los años, las comedias musicales para chicos son estrenos y los shows de Las Nubes van a ser renovados totalmente, tanto en vestuario como en canciones. Esta temporada también tendremos concierto de música lírica en Villa Gainza Paz y bandas de rock en Club de Mar. La programación va a ser muy variada, para todos los gustos y todas las edades.

Entrevistas
Carranza Torres: “‘El Santo de la Espada’ es un libro complejo que cruza géneros sin traicionar a ninguno”

Por Walter Omar Buffarini /
Del Fondo Editorial acaba de reeditar una joya de la literatura y de los textos históricos argentinos como es “El Santo de la Espada”, biografía del general José de San Martín escrita en la década del 30 del siglo XX por Ricardo Rojas. Pero no conforme con ello, el sello no solo se limitó a reimprimir la obra, sino que le agregó valor con un estudio introductorio sobre la misma y una galería de imágenes.
Ese estudio fue encargado al abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres, quien venía de presentar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires su novela, “Vientos de Libertad”, que aborda un acercamiento al prócer pero desde la ficción.
Contarte Cultura dialogó con el autor para conocer detalles de cómo llegó a hacerse cargo de ese estudio introductorio y el significado y peso que para él tiene en nuestros días la obra de Rojas.
—¿Cómo surgió la posibilidad de acercarte a “El Santo de la Espada” para esta nueva edición de la obra que lanzó Del Fondo Editorial?
—Fue un impensado regalo de la edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Allí firmaba mi última novela histórica, “Vientos de Libertad”, que también tiene que ver con San Martín, pero desde la ficción y enfocada en la guerra de espías que precedió al Cruce de los Andes. En una charla de libros con los editores de Del Fondo, Fernando Peralta y Jessica Gualco me contaron que estaban por reeditar la obra. Comentamos respecto de la importancia que ha tenido para la sociedad argentina en su conjunto, el contexto en que apareció y, sobre todo, su influencia a lo largo del tiempo en la forma que entendemos la figura de José de San Martín. Dos muy lindas charlas, luego de las cuales terminé sumándome al proyecto y escribiendo el estudio introductorio. Un honor impensado. Como suelo decir: las cosas gratas que te traen las letras.
—¿Por qué a la obra original se le agregó un estudio introductorio y una galería de imágenes?
—Al igual que la diagramación de tapa e interiores, muy visual, pensada para capturar a un lector del siglo XXI, tanto el estudio introductorio como la galería de imágenes buscan brindar al lector más elementos para comprender mejor el contexto y alcance de la obra de Ricardo Rojas, así como para entender la vigencia del legado sanmartiniano. Están pensados de modo que el lector de hoy no se acerque al texto de Rojas en el vacío, sino con las herramientas para entender por qué una biografía escrita en 1933 sigue interpelándonos casi un siglo después.
En ese sentido, el estudio introductorio le muestra cómo fue el proceso de su escritura, el porqué del título, las perspectivas que el autor adoptó al escribirlo y la historia de su influencia en la cultura nacional desde su aparición hasta nuestros días.
La galería de imágenes responde a una lógica complementaria: la idea fue mostrar en imágenes —mapas, cuadros de época, fotografías actuales de los lugares y objetos vinculados a la gesta— aquello mismo que Rojas cuenta con su prosa. No se trata de ilustrar el texto de manera decorativa, sino de darle al lector un correlato visual del recorrido que propone el libro: que pueda ver el territorio del Cruce de los Andes, los rostros y escenarios de época, al mismo tiempo que lee cómo Rojas los narra. Allí, además de los editores, Leonardo Menoyo tuvo a su cargo la concepción y selección de las imágenes. Algún aporte hicimos también. De tal forma, texto y galería se completan: uno cuenta, la otra muestra.
—¿Esta biografía de San Martín es para vos la “definitiva” o crees que debería ser entendida en el tiempo y los acontecimientos que rodeaban a Ricardo Rojas cuando la escribió?
—No creo que pueda haber una biografía “definitiva” en el sentido documental del término sobre San Martín, ya que siempre pueden aparecer nuevos documentos que enriquecen e incluso cambian algunas perspectivas. Sí me parece útil leerla sin perder de vista el tiempo en que surgió: Rojas empieza a escribirla hacia 1930, justo cuando lo sacan del rectorado de la Universidad de Buenos Aires tras el golpe a Hipólito Yrigoyen, con el país sacudido por la crisis institucional, y no pocos en la sociedad apostando a un país de tipo corporativo a imitación del fascismo italiano.
Por eso Rojas no solo escribe una obra sobre la vida de San Martín: rescata aspectos del prócer que brindan una respuesta espiritual a esa crisis cívica. Esa es la clave de lectura: no es solo una biografía en cuanto a una sucesión de hechos de la existencia de una personalidad pública, sino un trayecto en la construcción de los valores de una persona y de lo que hizo con ellos.
—¿La polémica que se desató entre Rojas y José Pacífico Otero tras la edición de la biografía en 1933, cambió en algo su posterior repercusión y el valor editorial de la obra?
—Sí, y es uno de los episodios que más me interesó reconstruir. En sus inicios, y a pesar del entusiasmo del público lector en general, ni la obra ni su autor se salvaron de estar incursos en polémicas. La esgrima verbal con José Pacífico Otero la ilustra de forma acababa, pues era un historiador de la vieja escuela, documentalista, y presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano. Más allá de las cuestiones de lucha de egos, que las hubo, ese enfrentamiento marca dos visiones de ver no solo al prócer, sino cómo debe llevarse a cabo las obras de carácter histórico.
Otero era autor de una obra casi contemporánea, de varios tomos, con documentación europea inédita. Rojas apela a mostrar una vida en un solo libro y con un discurso mucho más accesible. Lo interesante es que esa disputa, lejos de perjudicar a Rojas, terminó marcando el destino de los dos libros: el de Otero, más riguroso desde el punto de vista heurístico, quedó circunscripto a los cenáculos especializados; el de Rojas se impuso en los lectores en general. No fue el aparato documental el que definió qué biografía iba a perdurar, sino principalmente el modelo narrativo. Y dentro de él, la accesibilidad del relato.
—Mitre y Pacífico Otero escribieron biografías mucho más extensas y documentales de San Martín. ¿Por qué la de Rojas terminó siendo la que se instaló en la memoria popular y escolar por sobre esas otras?
—Porque Mitre y Otero le hablan en sus páginas al historiador o al estudiante de historia, y en cambio Rojas conversa con el lector de a pie. Mitre funda la historia científica sanmartiniana y Otero la consolida con erudición de especialista, pero ambos escriben con el aparato clásico: notas, documentación exhaustiva, extensión de varios tomos. Y la narración tenía su centro de gravedad mayormente en sus hazañas militares. Rojas hace exactamente lo contrario: un libro compacto, de alrededor de quinientas páginas, sin la estructura de un libro histórico, sin citas al pie ni datos cuantitativos de batallas, centrándose en la progresión espiritual y sicológica de alguien que nació en las misiones guaraníes, creció en Europa, se formó en el ejército español y lo terminó combatiendo para asegurar la independencia de una tierra que sentía próxima, pero en la que no había vivido sino unos pocos años. Para el público de la época eso resultó completamente novedoso. Privilegió un texto atrayente, de rápida comunicación con el lector, y esa decisión de estilo es la que explica por qué es el San Martín de Rojas, y no el de Mitre ni el de Otero, el que se terminó instalado en la currícula escolar y en la memoria colectiva.
—El propio Rojas reivindicaba el derecho a una “historia que se romancea”, frente a las críticas de quienes le reprochaban mezclar erudición con literatura. ¿Cómo definirías vos el género de este libro: ¿biografía, ensayo histórico, o algo distinto?
—Se trata de un libro complejo que cruza géneros sin traicionar a ninguno, lo que habla a las claras de la genialidad de quien lo ha escrito. Si tenemos que encuadrarlo, entiendo que estamos ante una biografía novelada. Se ajusta en todos sus detalles a la verdad histórica, pero alcanza la armonía y la belleza de expresión de un poema. Esa paradoja —rigor histórico y aliento poético en la misma página— es lo que hace al libro difícil de clasificar en una sola categoría, y es al mismo tiempo lo que explica su eficacia para cautivar lectores generación tras generación.
No es menor en esto que Rojas estructura la obra como un tríptico —Iniciación, Hazaña, Renunciamiento— que tiene más la arquitectura de una tragedia clásica que la de una biografía convencional de cuna a tumba. No cuenta una vida pública, narra un camino de la ignorancia a la iluminación, del poder a la renuncia, del héroe al santo. Por eso yo prefiero llamarlo hagiografía laica antes que biografía a secas. Rojas no pretendía hacer historiografía tradicional, y esa fue precisamente la decisión que le permitió trascender.
—La obra se proyectó en otros formatos a lo largo del tiempo —la historieta de los años 50, la película de Torre Nilsson en 1970— ¿Cuál es tú opinión sobre esa capacidad de traducirse a otros lenguajes?
—Me parece el mejor termómetro de la vitalidad real de un texto. En 1950, año del centenario de la muerte de San Martín, el libro ya había dado el salto a la historieta, con las ilustraciones de Víctor Valdivia publicadas en el diario El Día de La Plata. Y en 1970 Leopoldo Torre Nilsson lo lleva al cine, con Alfredo Alcón en el papel de San Martín. Fue una de las películas argentinas más vistas de su época, con colegios enteros yendo a verla, y ese éxito de taquilla generó a su vez un tercer momento de interés editorial que aprovecharon EUDEBA y Editorial Campano para relanzar el libro con nuevos diseños. Un texto que puede migrar de la prosa a la viñeta y de ahí a la pantalla grande sin perder su núcleo de sentido no es un texto agotado, es un mito operativo, todavía en uso.
—¿Cuál es para vos el principal aporte de “El Santo de la Espada” para quien lea la obra en nuestro tiempo?
—Que la salud de una república depende fundamentalmente de la calidad moral de sus ciudadanos y, además, de la altura de sus líderes frente a la adversidad o las tentaciones del poder. Ese es, para mí, el corazón del libro, y se trata de un mensaje que no envejeció un solo día. Rojas nos recuerda que la libertad no es un puerto de llegada sino un ejercicio cotidiano de integridad, que exige coraje para defenderla y, en quienes gobiernan, la valentía de saber renunciar cuando corresponde. Por eso, en el tiempo que sea, leer a Rojas es reencontrarse con la idea, casi olvidada, de que la política y la grandeza pueden convivir en el sacrificio.
—¿Luego del estudio que llevaste a cabo para esta edición, cual es tu pensamiento respecto de la obra de Ricardo Rojas y sobre la propia biografía del Gral. José de San Martín?
—Terminé este trabajo con la convicción de que pocos intelectuales argentinos tuvieron una influencia tan profunda, perenne y en simultáneo sobre la producción, la enseñanza y la legitimación de nuestra cultura nacional como Ricardo Rojas.
Son escasas las obras con el alcance y la permanencia de “El Santo de la Espada”. Junto al “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento y el “Martín Fierro” de José Hernández, ocupa uno de esos contados lugares reservados a los textos que definen la idiosincrasia de una nación.
Respecto de San Martín, lo que más me quedó grabado es algo que Rojas entendió mejor que nadie: que las naciones no se sostienen solo con instituciones y leyes, sino también con los mitos que le dan forma a su autocomprensión. Y que solo los mitos que hunden sus raíces en verdades comunes pueden durar mucho más que su autor y que el contexto convulsionado en que fue escrito. Por eso, leer hoy este libro no es un ejercicio de nostalgia bibliográfica, se trata de un acto de profunda identidad colectiva.
Entrevistas
Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /
Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.
Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.
—Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?
—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.
—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?
—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.
—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?
—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.


—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?
—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.
—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?
—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.
—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?
—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.
—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?
—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.
Entrevistas
“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini
Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.
Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.
“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.
— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?
— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios. Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma. A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas.
— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?
— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).
— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?
— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816.
— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?
— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan. Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables.
— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?
— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 
— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?
— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces.
— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?
— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.
— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?
— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.
— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?
— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso.







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