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Entrevistas

Hania Czajkowski: “Estamos siempre inspirados, el tema es saber entrar a esa zona de inspiración”

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Por Andrea Viveca Sanz
y Walter Omar Buffarini

En los muchos senderos del tiempo, multiplicado en líneas invisibles que se conectan a través de la magia, Hania Czajkowski logra encontrar las palabras que dan forma a una historia en la que es necesario regresar al pasado para sanar el alma.

La autora se entrega a un largo proceso de investigación en el que recorre cada uno de los escenarios, que más tarde dibuja con sus letras y da vida a personajes capaces de viajar con ella por las líneas del tiempo para regresar con una novela que, sin dudas, atrapará a miles de lectores. Porque volver, desandar el camino de nuestros ancestros y encontrarnos en las innumerables vueltas del destino es el secreto para avanzar.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora abre las puertas mágicas, necesarias para descubrir los misterios que se esconden del otro lado y presenta Kalinka, su último libro, en el que nos invita a recorrer el Camino Blanco.

—¿Desde cuándo transitás el mundo de la literatura?
—Desde siempre. Siempre escribía lo que me pasaba, desde chica. Después, circunstancialmente fui arquitecta, y ahora la gente me pregunta ¿cómo hiciste para pasar de la arquitectura a la literatura? y entonces les contesto que en realidad fue al revés. La arquitectura se metió como en un paréntesis en mi vida de escritora.

—¿Y durante ese paréntesis te olvidaste de las letras?
—No, para nada. Siempre seguí estudiando distintos temas. Cuando cursaba el segundo año de la facultad, me encontré con el libro “El misterio de las catedrales”, del alquimista Fulcanelli, y cuando empecé a estudiarlo me dije “este es mi mundo”. La arquitectura me llevó ahí, a descubrir ese universo de las catedrales, de los iniciados, de las órdenes, de los constructores, del símbolo. En ese mismo tiempo comencé a indagar en paralelo todo los temas místicos y esotéricos. Después de recibida hice un pequeño ejercicio de la profesión para luego trabajar en relaciones públicas, contratada en un holding de empresas. Cuando aquello terminó, cuando perdí ese trabajo, me tomé un año sabático en el que estudié mucho con un teólogo en angelología, en una época en que nadie hablaba del tema, y comencé a desarrollar mi primer libro, “Jugando con los ángeles”, que incluye un juego de cartas con mensajes. Esos fueron los primeros pasos profesionales en el camino de la escritura, algo que, sinceramente, nunca había imaginado.

—¿Fue hallar tu verdadera profesión?
—Mi vocación siempre fue escribir, pero nunca lo veía como una profesión, más bien era como una forma de expresarme para mí misma, y así el camino me llevó a ser escritora. Yo quería ser azafata, quería ser guía de turismo, en una época me dio por estudiar Bellas Artes en Boston, para ser pintora. Y ahora me encuentro que estoy haciendo un poco de todo. Porque estoy haciendo de guía de turismo en los viajes en los que llevo grupos y vamos haciendo seminarios. Los próximos serán a Grecia y Praga, en Octubre.

—¿Cómo fue escribir sobre los mundos sutiles?
—Para eso investigué las tradiciones europeas, mucho. Porque mi mamá me contaba muchos cuentos de hadas desde muy chica y ella fue la que me inició en este camino. A los nueve años mi papá me inscribió en la biblioteca del pueblo y entonces yo iba y me llevaba tres o cuatro libros, y me encerraba y leía. Desde ahí viene mi interés por las hadas y los dragones. También mamá me leía muchos textos de la tradición polaca.


En el libro ‘Jugando con los ángeles’ hablo de tres cielos. El primero es el de la inocencia; el segundo es cuando debemos entrar en la racionalidad para desarrollar precisamente la razón; y después se ingresa al tercer cielo, donde se retoma lo de la infancia, pero con conciencia, entonces te vas a vivir a los mundos paralelos, a entrar y salir de ellos sin quedarte pegado en ninguno de ellos.”


Caminos y rumbos 

—Contanos sobre tu “gen nómade”.
—Nací en Buenos Aires, pero soy de todos lados. Por eso hablo de que tengo un gen nómade. Por esa razón mis protagonistas son nómades también. El gen nómade no te permite quedarte mucho tiempo. Está conectado con el cambio permanente, que es la realidad de la vida. Lo que sucede es que cuando tenés una rutina, un marco de seguridad, te olvidás de que la vida es todo el tiempo cambio, que no hay nada seguro. Entonces sí, soy esencialmente una nómade. De casualidad hace unos meses que estoy acá, en Argentina, pero estuve viviendo en México y en distintos lugares. Y no sé por cuánto tiempo me quedo, aunque ahora estoy disfrutando el estar aquí.

—¿Y te sentís de acá?
—Yo soy como una extranjera en cualquier parte, o como ciudadana de todos lados. Te acostumbrás a que todo el mundo es lo mismo. Cambia el idioma, y la escenografía un poco, pero los temas humanos son siempre los mismos. Siempre es la misma búsqueda.

—¿En qué te ayudaron tus libros?
—A apoyarme en un camino que siento que es el mío. Yo quería tener una especie de confirmación del universo. Como nunca pensé en ser novelista ni ser escritora, ni en dar seminarios, lo voy haciendo con suma honestidad y esperando la respuesta del universo que me diga “es por acá”.


Un viaje en el tiempo llevará a la protagonista hasta la mágica Praga del siglo XV, para sanar su linaje ancestral y reencontrarse con su amado. Juntos descubrirán el secreto de la eterna juventud y regresarán al presente para revelarlo.

Kalinka es una artista nómade, una viajera hippie y soñadora, pero a pesar de su espíritu aventurero y atrevido, está desconsolada por el inexplicable abandono de Iván, su gran amor. Llora y deambula perdida en las calles de Antigua sin entender la razón de su partida. Petra, una amiga de la adolescencia, la rescata y la contacta con un misterioso brujo maya quien le da el poder de viajar a través del tiempo para encontrarlo de nuevo.

La cita será en Praga, en el año 1573, la época de oro de los alquimistas. Allí, Kalinka descubre su misión, un Camino Blanco que la inicia en poderosos secretos alquímicos. En medio de grandes aventuras, conoce a Giordano Bruno, al alquimista Bavor, al emperador Rodolfo II, al Rabino Loew, al Conde Saint Germain y a muchos otros personajes míticos del Renacimiento.

Kalinka trae al presente el “Cuaderno de Milagros, Encantamientos y Maravillas”, y el poderoso secreto para lograr la ansiada y eterna juventud. No se trata de un elixir, sino de un misterioso entrenamiento espiritual que todos podemos seguir. Pero hay una condición: derrotar a los siniestros Oscuros que por siglos han evitado que este y otros importantes conocimientos místicos sean revelados.


—¿Qué podés contarnos de “Kalinka. El Camino Blanco”?
—Kalinka es un viaje a otras vidas, a sus ancestros. Ella tiene una vida perfecta, porque viaja, tiene un amor con el que son muy libres, él es artesano y ella pintora, y de pronto él desaparece y ella no entiende por qué la deja, qué fue lo que pasó. Así empieza la novela. A ella le encargan una misión que tiene que ver con el Camino Blanco, el de los alquimistas, que es el camino de la certeza, con todas las dudas que tiene nuestra sociedad. Y de la grandeza también. Precisamente lo más importante de Camino Blanco, aparte de su contexto espiritual, es la grandeza. Salir de la mediocridad, de lo chiquitito, de los miedos, de la uniformidad.

—¿Cómo elegiste los personajes?
—No los elegí, simplemente vinieron. Estudié mucho alquimia y estuve tres veces en Praga investigando, entonces, estando en los lugares los personajes aparecieron solos, se me presentaron.

—¿Cuánto tiempo te llevó escribir esta obra? 
—Alrededor de cuatro años. Después de publicar Morgana, que salió en 2013, recién este año se editó Kalinka, pero de esos seis años debo haber estado cuatro escribiendo.

—¿De dónde surgió el nombre?
Kalinka me apareció por una canción rusa que es muy alegre. Así, apareció. A todos los que estamos conectados con el arte nos aparecen las cosas.

—¿Y también sentís que la historia “apareció”?
—Yo misma me sorprendí por cómo se fue armando la novela, porque creo nunca hubiera podido crear esas tramas entre los personajes. Solo con la razón no lo hubiera podido crear. Porque se unen tiempos, espacios, vínculos entre ellos, causas y efectos, que yo misma, cuando después lo leía, me sorprendía.


“En el rubro novela yo era una mosca blanca y no he dejado de serlo. ¿Quién escribe novelas en la espiritualidad? Casi nadie. Paulo Coelho, James Redfield, y pocos más. Nunca supieron dónde poner mis novelas en las librerías, pero esta vez tuve una alegría enorme al ver a Kalinka, en la librería Cúspide, como novela romántica. En ese momento me dije ‘si, Kalinka es una visión romántica de la espiritualidad, ni científica, ni técnica’.”


—¿Necesitaste un lugar en particular para escribir?
—No, yo puedo escribir en cualquier parte. Si surge, puedo hacerlo en un café lleno de gente. Respecto de lugares geográficos, a Kalinka la escribí mayormente en Grecia, que tiene una energía muy especial, particularmente en Creta. Pero también lo hice en México, en Alemania.

—La saga se inicia con “Morgana. El Camino Naranja”, sigue con “Kalinka. El Camino Blanco” y se completa con una tercera parte ¿siempre supiste que eran tres caminos?
—No, hay muchos más. Cuando inicié con Morgana sabía que había muchos colores más, pero para acotarlo para la editorial lo presenté como una trilogía: Camino Naranja, Camino Blanco y Camino Rojo. Pero esto sigue, y por lo menos serán siete, que tienen que ver con distintas disciplinas.

—¿Cuándo empezaste a escribir “Morgana” ya sabías de estos primeros tres caminos?
—Recuerdo el momento perfecto cuando me apareció el tema, porque era tanta la información de Morgana, que no entraba en un solo libro. Entonces me dije “esto lo voy a tener que dividir”, estaba en Guatemala, en el hostel que menciono en Kalinka, en Monte Rico, y ahí aparecieron los tres caminos.

—Contaste que la próxima novela será el Camino Rojo, ¿ya sabés quién la protagonizará?
—No sé aún su nombre, pero sí que va a ser mujer. No conozco tanto la psicología masculina, estoy tratando de descifrarla, entonces no me animaría a escribir con un protagonista hombre.

Viajes y lugares

—¿Cuando salís de la Argentina siempre sabés a qué lugares vas a ir o simplemente se cruzan en tu camino?
—Mayormente sé cuáles serán mis destinos. Por ejemplo, hay un lugar que quiero explorar próximamente que está en la India. Se llama Auroville y es una comunidad que se creó en los años 60. Hoy es una ciudad con 30 mil habitantes, que tiene distintos barrios y que en cada uno de ellos tiene un hostel. Es un experimento que salió muy bien y que no estuvo marcado por el hippismo, sino que de entrada se armó como una cooperativa. Estuve en San Juan La Laguna, en Guatemala, en un lugar de cooperativas de mujeres impresionante. Y mayormente son ese tipo de lugares, porque busco que tengan algo místico y también social.

—¿Quién te acompaña en estos viajes por el mundo?
—Todo este tiempo me acompañó mi esposo, que es un alemán loco, aventurero también, pintor. Es una relación también un poco nómade. Yo también hago mucho en soledad, puedo hacerlo, pero en realidad nunca estoy sola porque estoy en hostels y siempre tuve afinidad con el tema de las comunidades. En realidad, no viviría sola en un departamentito en ningún lugar del mundo.

—¿Y en la Argentina encontrás de esas comunidades?
—Si, un montón. Pero ahora es tiempo de escuela en comunidad, porque todavía no está la conciencia como para compartir una parte de tu vida, de tu tiempo, en pos de que el bien común sea tan importante como el propio.

—¿Los retiros que organizás tienen que ver con visitar esos lugares?
—No. Los retiros son comunidades que armo por tres días con mis lectores. En esos viajes, cuando llega la gente que va a participar yo les digo “esto es una comunidad, si bien es un viaje y podemos estar disfrutando del Caribe, acá el bien común es más importante que el de cada uno”, así logramos verdaderos aprendizajes de convivencia.


Nosotros somos muchos personajes, los llevamos dentro. Nuestros ancestros somos nosotros. No son otros, somos nosotros en otras vidas. Las líneas genéticas nos unen a todos.


—¿Puede decirse que los libros son tu propia necesidad de contar estas cosas?
—Sí, seguramente. Yo escribo lo que vivo, no vivo para escribir. Nunca me encerraría en un lugar a escribir y vivir de la fantasía. Trato de vivir las cosas y después las comunico. Pero más que una necesidad es casi como una consecuencia. La escritura en mi existir es una forma de vida, porque siempre funcioné de esa manera. Cuando tenía que resolver algo, lo escribía. Esa es la razón por la que todos los personajes tienen que ver conmigo.

—Hablamos de tu profesión de arquitecta, pero no de cómo llegaste a ella, ¿qué te llevó a elegir esa carrera?
—Todo surgió de la idea de estudiar Bellas Artes en Boston, donde tenía una beca que finalmente no llegué a tomar porque extrañaba, no soportaba a los 16 años estar sola en Estados Unidos, a pesar de tener todo un mundo abierto. Cuando volví a la Argentina, acá todo debía ser más práctico, y mi papá me dice: “A ver nena, ¿qué vas a hacer con el arte?”, entonces llegó el momento de sentarnos en familia y llegar a la conclusión de que la arquitectura era algo práctico y también incluía al arte.

—¿Te resultó difícil la carrera?
—Con las materias de arte, de diseño y de arquitectura propiamente dicha me llevaba bárbaro, pero cuando llegamos a las instalaciones, las estructuras, me decía “qué me importa por dónde van los caños”. Y si bien eso me sirvió para reconfirmar que lo que me gustaba era el arte, también descubrí que la arquitectura era una profesión iniciática. Muchos iniciados pasaron por la arquitectura porque tiene los secretos de la magia. Porque vos pasás de una idea a un esbozo, a un plano, y de ahí a las tres dimensiones. Es como construir un estado en equilibrio: primero tenemos la idea, después la vamos definiendo, después entramos en acción y finalmente se materializa. Entonces, a pesar de que primero pensaba que no, después me di cuenta de cuánto tenía que ver con lo que más me gustaba.

Responsabilidades e inspiraciones

—Al estar realizando tantos viajes, ese ir y venir por el mundo, ¿cómo manejás tus tiempos con la editorial?
—Particularmente estos seis años no lo manejé (risas). Me dieron un tiempo y no lo cumplí, me tuvieron mucha paciencia. Pero siempre trato de cumplirlo, porque es un compromiso que uno asume. El tema es que uno no escribe cuando se inspira, no es así, eso es para los principiantes.

—¿Cómo es eso?
—Simplemente uno se pone en un “modo x” que ya se acostumbra a estar ahí, se sale de un mundo habitual y se alcanza otro plano del que se puede entrar y salir, y escribir cuando una quiere, salvo que existan grandes temas emocionales, personales o también materiales, que te traben. Una no puede decir “escribo solo cuando me inspiro”, no, estamos siempre inspirados, el tema es saber entrar a esa zona de inspiración. Y esta no es algo espontáneo que viene sin control. Es voluntario, porque se ingresa a un estado alterado de conciencia, pero después se aprende, sin drogas ni ningún tipo de estímulo, con meditación, con oraciones y con una forma de vida en donde se entiende que hay varios mundos paralelos y se aprende a transitar entre ellos. Es más, Kalinka aprende a viajar entre los tiempos, y eso todos lo podemos hacer.

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Entrevistas

Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
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