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Literatura

El verano más feliz de Sylvia Plath

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Por Luis Carranza Torres (*)

Se conocieron el 25 de febrero de 1956, en una fiesta en Cambridge organizada para celebrar una revista estudiantil, el St Botolph’s Review, en la que él tenía un poema. 

Ella tenía veintitrés años, una beca Fulbright y una ambición literaria que no le cabía en el cuerpo; él, dos años más y una reputación de poeta salvaje que crecía entre los pasillos de la universidad. 

Sylvia Plath no llegó a esa fiesta de Cambridge como una aspirante más. Ya llevaba media vida publicando: había asomado en letra impresa desde niña, había sido becaria de la revista Mademoiselle en Nueva York a los veinte —experiencia que después transformaría en la médula de La campana de cristal— y cargaba también con una primera crisis grave: en 1953 había intentado quitarse la vida, episodio que la llevó a electroshock y que iba a atravesar buena parte de su obra futura. No era una promesa en ciernes sino una escritora ya formada, obsesivamente disciplinada, decidida a que el mundo la leyera.

Lo que no sabía —no podía saber— era que su reconocimiento mayor iba a llegarle después de muerta: recién en 1965, dos años tras su suicidio, se publicaría Ariel, el libro que la volvería una de las voces centrales de la poesía confesional del siglo XX, y en 1982 un Pulitzer póstumo por sus poemas completos terminaría de sellar ese lugar.

La leyenda dice que esa noche se mordieron: ella a él en la mejilla, él a ella en el cuello. Sea o no exacto en ese detalle, lo cierto es que el vínculo fue instantáneo y devorador. Cuatro meses después, el 16 de junio de 1956, se casó con él, Ted Hughes, en secreto en la iglesia de St. George the Martyr, en Queen Square, Londres. Secreto porque ella temía perder la beca; secreto, también, porque a esa altura ya sabían que su historia iba a necesitar cierta clandestinidad para sobrevivir a los otros.

La luna de miel los llevó primero a París, después a Madrid, después a Alicante, y finalmente a un pueblo de pescadores en la costa levantina del que casi nadie fuera de España había oído hablar: Benidorm. Un puñado de casas blancas trepando por un promontorio rocoso, barcas de sardineros, burros tirando de carros por calles de tierra, y una economía que giraba en torno a la pesca y a muy poco más.

PH: Documental Inside the Bel Jar. Sylvia Plath

Llegaron en ómnibus. Al ver esa primera vista del mar centelleante, la curva limpia de la playa, las casas inmaculadas, Plath sintió que habían encontrado su rincón en el mundo. En ese mismo ómnibus una viuda que chapurreaba francés, a la que en su diario llamó Mangada, les ofreció alojamiento en su casa, frente al paseo marítimo. Fachada color durazno pálido, vista directa a la playa. Y allí se acaba lo idílico. También había chinches, no tenía agua caliente ni heladera, el baño era minúsculo y necesitaba limpieza, la alacena tomada por hormigas, y no encontraron cubiertos por ninguna parte. 

La curiosidad vecinal sumó una molestia más a la necesidad de dos escritores de tener paz para crear. Los lugareños se asomaban a mirar a esos ingleses raros que dormían hasta tarde y pasaban el día encerrados aporreando sus máquinas de escribir. A partir de las diez de la mañana, notó Plath, estaba más pendiente de las miradas ajenas que de su propia página.

El agobio provocó mudarse a una casa en la calle Tomás Ortuño, número 59, cerca del centro del pueblo, donde pasaron el resto de la estadía. Ahí sí encontraron lo que buscaban: una casa entera para ellos, autosuficiente, sin teléfono ni visitas que los interrumpieran. 

Se levantaban temprano, mataban moscas, escuchaban las campanillas de los carros de los burros y los pregones de la panadera, calentaban la leche que habían hervido la noche anterior. Plath vivía con un marido que admiraba sin reservas en una casa tranquila, con el mar al final de la calle y las montañas alrededor. 

Lo entendió como la felicidad plena y eso se tradujo en su pasión por las letras.  La productividad literaria de esas semanas fue real y está documentada: además de las entradas de diario —algunas de las cuales funcionaron como borradores de piezas mayores, como el relato “That Widow Mangada” y el proyecto que ella llamó Sketchbook of a Spanish Summer— escribió poemas directamente inspirados en la vida del pueblo: uno sobre las mujeres que remiendan redes de pesca vestidas de luto, otro sobre los melones que llegaban al mercado en carros tirados por burros, otro sobre los mendigos del pueblo. Hughes, por su parte, dejaría su propia huella de ese verano años después, en poemas como “You Hated Spain”, incluidos en Birthday Letters (1998), su ajuste de cuentas retrospectivo con el matrimonio entero. 

Dibujó, también. Bocetos a pluma y tinta de las casas agrupadas en el acantilado, de las barcas sardineras con sus luces características, de un callejón del pueblo conocido como el Carrero dels Gats. 

Dejaron Benidorm hacia fines de agosto, cruzaron a Barcelona el 22, pasaron una semana en París y volvieron a Inglaterra el 29 de agosto de 1956. 

La nostalgia por ese verano español la acompañó el resto de su vida breve: en cartas y diarios posteriores volvió una y otra vez a la imagen del pórtico de la casa de Tomás Ortuño, cubierto de parras, con una franja de Mediterráneo turquesa asomando entre las hojas. Un recuerdo que la calentaba como un sol interior en los inviernos ingleses.

No pudo ser más contrastante con lo que siguió después. Y, sobre todo, con el fin que dio a su vida.  En 1962, mientras el matrimonio se desmoronaba por la relación de Hughes con Assia Wevill, él viajó con ella a España, y una parte de ese viaje —según más de una fuente biográfica— tocó justamente la zona de Benidorm y sus alrededores. El paraíso de 1956 quedó, así, doblemente arruinado: primero por el tiempo, después por la deliberada profanación del lugar. Sylvia Plath se quitó la vida en Londres, siete meses después de enterarse de la infidelidad.  

Era un invierno londinense particularmente duro (el de 1962-63 fue uno de los más fríos del siglo en Inglaterra). Ella estaba sola en la casa de Fitzroy Road con dos hijos chicos, un matrimonio destruido, con problemas de salud y una depresión in crescendo.   

El 11 de febrero de 1963 dejó pan y leche junto a las camas en el dormitorio de sus dos hijos pequeños que dormían. Luego, selló con cinta y toallas las puertas del dormitorio y bajó a la cocina, donde hizo lo mismo, antes de meter la cabeza en el horno y abrió el gas. El gas doméstico británico de esa época era gas de hulla (coal gas), con alto contenido de monóxido de carbono. No era la primera vez que lo intentaba. Tenía treinta años. La encontraron esa misma mañana, sin vida.

Antes de eso, durante esas semanas en Benidorm, en ese verano español, hubo una felicidad que ella misma describió, sin ironía ni sombra alguna, como total.

(*) Abogado y escritor cordobés – Especial para Contarte Cultura

Feria del Libro

Se pone en marcha la 7ma. edición de la Feria del Libro de Malvinas Argentinas

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Desde este viernes y hasta el 21 de septiembre, con entrada gratis, se realizará la 7ma. edición de la Feria del Libro de Malvinas Argentinas, con propuestas para todas las edades. Florencia Canale, Darío Sztajnszrajber, Reynaldo Sietecase, Julia Rosemberg, Beta Suárez, Margarita Luz Tarot, Hernán Navarro, Ariel Bosi, Miguel Rep y Pedro Saborido, serán algunos de los autores que participarán en esta nueva edición.

El acto inaugural será este viernes 11 de septiembre a las 11 y las palabras de apertura estarán a cargo de Leonardo Nardini, intendente del Municipio de Malvinas Argentinas, y de Christian Rainone, presidente de la Fundación El Libro.

“Cada edición de la Feria nos recuerda que la lectura es un derecho y que debe estar al alcance de todos. Por eso recibimos a miles de estudiantes, docentes y vecinos, garantizando que cada chico pueda llevarse su libro con el chequelibro, y ofreciendo un escenario donde escritores locales y personalidades de la cultura comparten sus obras y experiencias. Este encuentro abre puertas: a nuevas historias, a nuevos conocimientos, a voces que de otro modo no tendrían lugar. Es un espacio donde las familias se reúnen para compartir y los más jóvenes encuentran inspiración”, expresó Nardini.

En tanto, Rainone manifestó que “celebrar una nueva edición de la Feria del Libro de Malvinas Argentinas confirma la potencia de la articulación colectiva. Desde hace siete años, la Fundación El Libro tiene el orgullo de coorganizar este encuentro que no solo se consolidó en el calendario bonaerense, sino que hoy es un modelo de gestión cultural para todo el país”.

La Feria contará con más de 60 stands de expositores y una amplia programación que incluye conferencias y charlas, presentaciones de libros y diferentes actividades culturales y educativas. Funciones teatrales para toda la familia, espectáculos de narración oral y talleres de la Asociación de Dibujantes de Argentina (ADA), Martín Fierro Trap: una experiencia de lectura freestyle en clave gauchesca; y los sábados autores y bookfluencers como Flor Dapiaggi, Mila Kate, Gianna Freire y Meli Corbetto, se sumarán a la movida juvenil para debatir lecturas y repasar la actualidad de los libros para jóvenes que se editan en Argentina.

Escuelas y chequelibro

Los alumnos que visiten la Feria con sus delegaciones escolares recibirán un chequelibro por el valor de diez mil pesos, para utilizar en la compra de libros dentro del predio.

Además podrán participar de talleres de arte, espectáculos de narración oral para las infancias y actividades participativas para estudiantes secundarios.

Datos

  • Fecha: Del 11 al 21 de septiembre
  • Días y horarios: lunes a viernes de 9 a 20 horas / Sábados, domingos y feriado de 12 a 21 horas.
  • Lugar: Avenida Presidente Perón 4276, Ciudad de Malvinas Argentinas (Inmediaciones del
  • palacio municipal).
  • Entrada: libre y gratuita.

(Fuente: Prensa Feria del Libro)

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Textos para escuchar

El niño de las avispas – Victoria Bayona

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Victoria Bayona lee su cuento El niño de las avispas


“¿Por qué lo seguían?”, se preguntaban los habitantes de Cuerno Callado. Por un tiempo, nada más. Después, aunque parezca difícil de creerse, se olvidaron de él. Como si se hubiera desvanecido, no recordaban si había existido o lo habían soñado.

Fermín nació una madrugada en la que las estrellas parecían querer quedarse un tiempo más para esperarlo. Alrededor de las siete, un llanto menudo resonó en la casa. Los primeros insectos atravesaron la ventana poco después. Rodearon la cesta de trigos enlazados que les había regalado el hijo de un terrateniente. La madre reposaba aun dolorida por el parto, y fue el padre quien se encargó de espantarlos. Cerró las hojas de vidrio y vio cómo se agolpaban al otro lado. Buscaban cualquier resquicio para ingresar, rodeando el hogar con zumbidos y golpeteos. Lo que en un principio pareció un capricho curioso de la naturaleza, a los padres terminó por asustarles.

Cubrieron la cuna con velos, sellaron cada hueco, se ocuparon cuidadosamente de abrir solo unos segundos las puertas al entrar y salir, y consiguieron, por escasos meses, mantener a los invasores a raya. Pero Fermín crecía y, después de gatear, caminó. Tan pronto pudo acercar los bancos a los picaportes, era él quien dejaba entrar la plaga y la casa se llenaba de nubes bulliciosas.

Fue examinado por médicos, brujos y curanderas. Nada parecía explicar la atracción que sentían las criaturas por el niño. Picaban a cuanta persona estuviera al alcance. Al niño no. A él lo perdonaban de sus aguijones. Los padres entendieron que algo estaba realmente mal cuando escucharon que la primera palabra que su hijo pronunció fue “avispa”.

—¡No podemos seguir así! —gritó la madre un día, mostrándole al marido sus brazos lacerados—. ¡No podemos!

Lloraba a los gritos, y el niño la observaba parado, aferrado a los barrotes de la cuna. Al menos diez avispas revoloteaban a su alrededor. Cada vez que alguno de sus padres quería levantarlo, lo atacaban.

—Esto tiene que parar —repetía la mujer, hecha un ovillo sobre la cama—, tiene que parar.

Un extraño resentimiento crecía en sus corazones hacia el hijo. Al principio intentaron protegerlo, pero se fueron dando cuenta que los insectos no eran una amenaza para él, al contrario, parecía disfrutar su compañía. Pasaban los años y, aunque aun no pudieran confesarlo en voz alta, comenzaban a planear cómo deshacerse de él.

Casi sin mediar palabra, fueron construyendo una casita entre Cuerno Callado y Casadelmar, rodeada de árboles frondosos, bastante alejada del pueblo. Le pusieron un camastro rústico, una mesa, alacenas repletas de comida. Su plan era ir cada mediodía y cada noche a alimentarlo, que el niño durmiera allí, rodeado de los insectos sin que los afectara a ellos.

Cuando llegó el día, la madre tenía un ojo inflamado por una picadura. El padre ponía sobre las suyas un ungüento que les había formulado una curandera de Puerto Espinos. Hartos del martirio, esperaron a que Fermín, que ya tenía seis años, estuviera dormido. Lo envolvieron en una manta y lo dejaron en la cama que habían hecho para él. Lo miraron unos segundos. Cuando las avispas comenzaron a habitar la casa, huyeron.

Al día siguiente amanecieron sintiéndose extraños. El silencio era pesado. Poderoso. No había dentro de su casa un solo insecto. Nada les picaba. El cuerpo no ostentaba nuevas picaduras. Pero su hijo les faltaba. La madre rompió en llanto. El padre lloró también.

—¿Qué hicimos? —se reprocharon.

Salieron disparados rumbo a la casilla. Se convencieron de que encontrarían otras maneras de poder criarlo, que lo que habían ideado era una locura, que habían estado bajo los influjos de la alucinación producida por las picaduras. Que quizás el niño no hubiera despertado y nunca se enterara de que había pasado la noche lejos.

Cuando llegaron, Fermín no estaba. Desde entonces lo buscaron por todas partes. Pero el niño de las avispas nunca apareció.

Abrió los ojos. El olor era nuevo. Olor a madera. A bosque. Esa no era su casa, no era su cama, sin embargo se sentía bien ese despertar. Tan pronto se incorporó, varias avispas lo rodearon. Miró a un lado, a otro, era una casa pequeña. ¿Por qué estaba ahí? ¿Cómo había llegado? No sabía las respuestas a muchas de esas preguntas, pero en su inocencia terminó de entender algo que rompió su corazón: sus padres ya no lo querían.

Una extraña libertad latió en el pecho lastimado: nada lo aferraba al mundo en el que le tocó nacer. Si no corrió antes había sido por quedarse con ellos. Pero en ese momento, confirmó que había ocurrido algún error y que al fin podía enmendarlo. Extendió la mano con la palma al cielo y varios insectos se posaron en ella. Sonrió. Se sentía conectado con esas criaturas que habían sido desde siempre su familia. Por fin estaba en casa.

Corrió a través de los árboles añosos hacia lugares donde nunca había ido antes. Las avispas lo guiaban. Formaban hordas numerosas y, al pasar, los habitantes del bosque los miraban asombrados. Después de mucho tiempo, se detuvieron. Llegaron a una pared de roca que en su base tenía una zona ahuecada. Fermín sintió muchas ganas de descansar allí. Se quitó la ropa y se acurrucó en la superficie dura y fría, pero no le incomodó. Había algo reconfortante en esa rusticidad, en ese estar desnudo sin nada que lo separara de la naturaleza. Cerró los ojos y se sumió en un sueño muy profundo. Tan profundo que no advirtió las redes que los insectos tejían a su alrededor.

Despertó después de muchos meses. No abrió los ojos porque ya no tenía párpados. Simplemente pudo ver, ver. Una película lo separaba del mundo. Extendió sus brazos y rompió la crisálida que lo albergó durante su sueño. Podía sentirlo todo. La savia fluyendo en las venas de las plantas, el andar de las hormigas, el latir acelerado en el corazón de los animales. La brisa, la tierra que palpitaba en la base de sus pies. Se llevó las manos a la cara. La sintió huesuda. Sabía que algo se había transformado y quería verlo. Caminó, el instinto le indicaba dónde encontraría agua. Un séquito de avispas lo siguió.

Finalmente, el reflejo de un lago le sirvió de espejo. Su rostro se había alargado y sus ojos eran redondos, negros y brillantes. Su nueva apariencia no le disgustaba. Estaba aún estudiando sus facciones cuando sucedió lo más maravilloso: detrás de su espalda comenzaron a desplegarse destellos transparentes, un abanico mágico, el sueño que había tenido incluso antes de existir: le habían crecido alas.

Eran miles los insectos que se habían agolpado a presenciar el gran fenómeno. De pronto sus zumbidos se aunaron en uno y parecieron entonar una curiosa melodía. Estaban dándole la bienvenida. Él zumbó también. Hablaba la lengua de los insectos. Con ellos fue que se asentó en un lugar apartado y juntos construyeron un avispero magnífico, la fortaleza de cera y barro que se convertiría en el castillo de Fermín.

Con el tiempo fue olvidando sus años con los hombres. Olvidó primero el sabor de la comida, las camas, las plantas en macetas, el idioma de Cuerno Callado. Olvidó los horarios, las rutinas. Las visitas y los cantos. Y lo último que olvidó, como si no hubiera querido olvidarlas nunca, fueron las manos de su madre y la risa de su padre. Vivía con sus amigos en su nuevo hogar, recorría los alrededores, en ocasiones auxiliaba a aquellos animales que lo necesitaban. Se había convertido en un ser generoso que trabajaba por el bienestar del bosque.

Pasó una mañana. Escuchó un sonido como ningún otro. Se acercó, sigiloso, hacia donde si oído lo guiaba. En medio de un claro entre los árboles, la vio. Una joven muy bella seleccionaba y recogía plantas para luego guardarlas en su delantal. Mientras realizaba su labor, cantaba. Su canto le devolvió todo lo que había olvidado.

—Mamá —murmuró, en aquella lengua que no había usado en años.

Los ojos se le volvieron acuosos y su corazón pareció quebrarse una vez más.

Así lo encontró la joven. Aferrando sus rodillas, con la cabeza oculta.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

Su voz era extremadamente dulce, como si no hubiera dejado de cantar.

Fermín alzó la vista. Por un segundo la muchacha se sobresaltó al enfrentarse a esos ojos negros y profundos. Solo después reparó en sus alas. Intentó que su asombro no se reflejara en sus facciones.

Fermín era un adolescente ya y había acumulado muchos años de rencores. Ver a la muchacha le abrió una herida aneja. De pronto estaba enojado. Enojado con su pasado, con sus padres, con sentirse solo en su singularidad. No lo pensó. La aferró entre sus brazos y voló hasta el castillo de cera, a encerrar a la joven que dolía en una torre de polen y de miel.

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Historias Reflejadas

“La brisa de la paz”

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La brisa de la paz

El viento sopla verdades, expandidas en el aire, con el olor de la muerte. En la profundidad de un silencio conveniente se esconden las tragedias del alma atormentada.

Una sombra cruza las miradas calladas, los ojos parpadean un llanto quieto.

La oscuridad del pasado busca emerger desde las entrañas de la tierra. Las voces calladas, prisioneras de un mutismo obligado, necesitan expresarse.

Todo está congelado en un instante difuso en el que quedaron atrapados los recuerdos inmóviles.

La sangre burbujea los odios que laten en las almas y se derraman en lagunas moradas, espejos en los que se refleja una pasión descontrolada.

Es posible mirar por encima de las guerras, aplacar la música que las contiene, atravesar las ideas y los motivos para trascenderlas.

Conviene bordear los caminos y abrirse paso entre los túneles de una historia encerrada en complicidades compartidas.

En un vértice de la guerra se eleva, tímida, la brisa de la paz.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Napalpí, atrapada en el viento”, de Gabriela Exilart; “Mujeres de invierno”, de Luis Carranza Torres; “Un día las sombras hablarán”, de Sara Bonfante; y “Traslasierra”, de Andrés Rivera.

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