Entrevistas
Franco Vaccarini: “La inspiración es la forma más elegante de no ser uno mismo. Y en ese no ser, nos descubrimos”
Por Andrea Viveca Sanz
En el continuo transcurrir de la vida, Franco Vaccarini se convierte en un observador de cosas que parpadean a su alrededor, se hace parte de esos detalles que brillan y deja que se le peguen a la piel para hacerlos suyos.
De esta manera, vida y literatura se entrelazan y de repente la inspiración lo sorprende para que las historias fluyan como magma burbujeante, soltando palabras olvidadas que estaban allí, listas para decir lo guardado.
Los fantasmas del olvido se hacen presentes para dar vida a cada uno de los personajes que más tarde soltará para dejarlos respirar sus propias letras en cada uno de sus maravillosos libros.
En diálogo con ContArte Cultura el escritor nos cuenta lo que sucede del otro lado de sus creaciones.
—¿Quién es y cómo presentaría Francisco Juan a Franco Vaccarini?
—Elegí que me llamaran Franco y publicar como Franco, desde la adolescencia. Sólo porque me gusta más que Francisco, que es el nombre de mi abuelo materno, y de los abuelos que vienen más atrás. En la familia hay un largo linaje de Franciscos. Y como nací el día de San Francisco, no había mucho que pensar. Y ya que me pusieron el nombre del abuelo materno, entiendo que mis padres se habrán sentido obligados a ponerme el nombre de mi otro abuelo, el paterno, Juan. No deja de ser un motivo de orgullo que, entre ocho hermanos, me tocara heredar el nombre de los abuelos. Pienso que cambiarme el nombre simboliza una cierta distancia, un jugar a ser otro. Hay que ser un poco ingrato para ser más libre; y desde esa libertad, terminás articulando mejor con la memoria y con tu origen; y el agradecimiento, a posteriori, es más genuino. Hoy me siento conectado con la memoria de lo que fueron mis abuelos.
—¿Desde cuándo escribís y en qué género te sentís más cómodo?
—No recuerdo un día de mi vida, desde que estaba en séptimo grado, que yo no escribiera o no pensara que debía escribir. Así que siempre, no fue una elección, sino una aceptación. Acepté que un día no estaba del todo completo si no tenía ese momento de poder. Y mi género preferido es la novela, porque se parece más a la vida, todo cabe, inclusive el resto de los géneros. Con los años, pude hacerme más sociable porque descubrí que vida y literatura eran un continuo.
- Algo que domina el mundo
- El síndrome del ángel
- Eneas, el último troyano
- Merlín
- Presencia
- Maldito vacío
- El misterio del holandés errante
- Otra forma de vida
- Ganas de tener miedo
—¿Qué cosas cotidianas te inspiran para generar una historia?
—La información que me dan mis cinco sentidos, el entorno. Me saturo de información, después filtro. Cuando salgo a la calle, es muy raro que no esté atento a las personas que me cruzo, al estado del tiempo, a los perfumes, a los aromas de una comida en preparación. La realidad de la calle es mi observatorio. Los viajes, caminar, vagabundear un poco. Jugar al tenis me ayuda a enfocarme, me entrena en la concentración. Pero la otra parte es tal vez más valiosa: ir a mi estudio, leer, mirar fotos viejas, dar vueltas en el tiempo, sentir que la vida es también eso y sobre todo eso: la dimensión íntima, los mundos de la conciencia. Eso está más allá de la escritura. Porque… ¿para qué escribo? Para buscar esos momentos, para ver si las cosas parpadean, si se produce un movimiento, una chispa. Normalmente no, sólo trabajamos con las palabras… pero a veces, la palabra se convierte en otra cosa: en una sombra, un animal que se mueve, la puerta que se abre, el miedo o una extraña plenitud. Y entonces todo vale la pena. La inspiración es la forma más elegante de no ser uno mismo. Y en ese no ser, sin embargo, nos descubrimos.

(Foto: Uri Gordon)
—Describinos tu espacio de escritura ¿Qué no puede faltar en ese lugar?
—Libros, muchos libros desparramados, luz natural, una vista a los árboles, los pájaros. Vivo en una pasaje sin salida, que bordea la vía, en Belgrano R. Hay robles, paltas, paraísos viejos, palmeras. Mi estudio es un balcón terraza vidriado. Siento que soy el pasajero de una astronave, pero por favor, que esa astronave tenga Internet.
—¿Cómo nacen tus personajes?
—Son esbozos de mí, de gente que conozco, de gente imaginaria. Cuando siento que el personaje se completa y tiene su propia respiración, sé que lo más difícil está hecho. Me refiero a las novelas, porque hay otro tipo de textos que quizá no necesiten personajes tan definidos.
—Escribís tanto para grandes como para chicos ¿Cuáles son los caminos para atrapar a unos y otros?
—Siento que el lector no es muy diferente a mí, y que todo el secreto se basa en tener conciencia del relato, de lo que voy construyendo. Si esa construcción es tangible para mí, lo será para el lector. Cuando escribo para chicos está claro que el adulto que soy interviene, ironiza, le pone humor. Son gimnasias a la que estoy habituado, pero no me muero por ser consciente de mis propias herramientas: solo las uso.
- Un asunto sin nariz
- Tengo el corazón contento
- No me doy por vencido
- Un tigre de mentira – Dolor de colmillos
- Algo más que un tesoro
- Cien cuentos
- Cuentos del derecho y del revés
- La casa de la risa
- Ningún crimen
—¿Hay algún itinerario particular que sigas a la hora de escribir una novela?
—Si bien hay costumbres, hábitos, cada novela es un caso aparte. Algunas las pienso mucho antes, en otras me aventuro a lo desconocido, con mínima hoja de ruta. En cualquier caso, es una experiencia vital en la que paso por muchos estados de ánimo, pero siempre con la convicción de que la cosa tomará una forma y tendrá una conclusión. Escribí novelas cortas en tres meses y otras, en años, con interrupciones. Está “la pesca del día” y está lo que requiere mucha elaboración. Está lo que discurre con fluidez y lo que se traba, nos desafía, nos demanda más.
—Contanos cómo es aquello de que “todo lo que olvidamos vuelve como fantasma”.
—Es una definición personal de la inspiración. A veces pienso que la inspiración es algo externo a nosotros, pero últimamente creo que es algo que nos resulta extraño sólo porque lo hemos olvidado. Allí, en el olvidadero, se arma una sopa multicelular que genera nuevas formas y de pronto aparece un rastro en la escritura; y te preguntás ¿cómo se me ocurrió esto? ¿de dónde vino? ¿de quién es? Y es quizá lo más propio y personal, lo que ya no puedo diferenciar de mi piel porque es mi piel. Eso te lleva a sospechar que uno se conoce menos de lo que le gustaría. Que uno es un poco fantasmal.

La editora
—¿Qué libro está burbujeando en el magma de tu creatividad en estos días?
—Una reescritura completa de una novela. Se llama La reina muerta. Está bien, pero necesito pasar a tercera persona un montón de páginas y es un trabajo descomunal. Cada tanto descanso de eso con otra historia, que transcurre en un bosque cordobés. Me gusta el paisaje de Córdoba, los bosques y los cerros del valle de Punilla. Es uno de mis filones, pero ahora intento escribir una historia aterradora. Y, por otra parte, como acaba de salir La editora, mi segunda novela para lectores adultos, que en días estará en las librerías, estoy armando mentalmente una trama de mi tercera novela para ese público. Tengo el título, los dos o tres temas que pienso tratar.
—¿Cuáles son los sueños que aún no cumpliste y por los que trabajás hoy?
—Nunca me gustó que me dijeran “sos un soñador”, cuando era adolescente y escribía poemas a diario. Porque no me gusta que un sueño se quede sólo en sueño, prefiero ser realizador a soñador. Lo que siento es que estoy en el camino que yo quería caminar, un camino donde está mi vocación, mis sentimientos, que no me aleja de mi origen, pero a la vez me impulsa a ir lejos. Iré tan lejos como me lo permita el tiempo que tengo asignado para estar aquí. En realidad, escondo un poco las cartas, como un buen tahúr. Los sueños son un espacio íntimo, de táctica y estrategia, porque cuando tengo uno, lo quiero cumplir. Y para eso, la escenografía de mi vida cotidiana no es demasiado majestuosa: soy ese alguien en el rincón, que teclea, que lee. No parece algo muy impresionante, pero eso es todo el secreto: leer y escribir.
Franco Vaccarini
Nació el 4 de octubre de 1963 en una zona rural de Lincoln, provincia de Buenos Aires. Es un escritor que se mueve en distintos géneros literarios como novela, cuento y poesía, dirigido la mayoría de las veces a un público juvenil.
A finales de 1983, cuando tenía veinte años, decidió radicarse en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lugar en el que reside hasta el presente. Realizó estudios de Periodismo en el Círculo de la Prensa y asistió a talleres literarios dictados por los escritores José Murillo y Hebe Uhart.
Sus novelas juveniles abordan variedad de movimientos literarios como: realismo, fantasía, ciencia ficción y policial. Ha explorado además la novela histórica con “Nunca estuve en la guerra”“Fiebre Amarilla” y “El cruce: Historia de una epopeya”.
Hasta la fecha publicó alrededor de ochenta títulos, obteniendo el premio El Barco de Vapor con su novela “La noche del meteorito” en 2006. Además de en Argentina, sus libros también circulan en otras latitudes latinoamericanas como Brasil, Chile, Colombia, México, y de Norteamérica como Canadá y Estados Unidos.
En 2001 obtuvo la Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes por su novela inédita “La pasajera encantada”.
Ha publicado, además, numerosos cuentos en manuales de las Editoriales Santillana, AZ Editora, Kapelusz, Puerto de Palos y en la revista: La Nación de los Chicos.
También obtuvo el tercer premio del Concurso Literario Internacional “Audiolibro”, que fue convocado por HmrSystems: Consultora Empresarial, en la categoría Novela Juvenil con “Alicia y el fantasma del tarro de azúcar”.
Conocé más de Franco Vaccarini aquí.
Entrevistas
Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”
Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /
Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.
Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

—Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?
—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.
—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?
—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.
—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?
—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.


—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?
—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.
—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?
—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?
—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.
—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?
—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.
Entrevistas
“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres
Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini
Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.
Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.
“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.
— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?
— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios. Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma. A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas.
— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?
— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?
— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816.
— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?
— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan. Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables.
— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?
— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones.

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?
— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces.
— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?
— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.
— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?
— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.
— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?
— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso.
Entrevistas
En primera persona: Nair Libonatti, escritora
La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra
Sobre sí misma y su arte
Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.
En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.
Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.
Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.
Sobre su obra
He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.



Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias. “El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.
Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.
Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.
Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires


















Franco Vaccarini
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