“Germanicus”, la última obra de Luis Carranza Torres que nos invita a redescubrir la historia

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El corazón de la espada late sobre las manos que la sostienen. Los latidos se fusionan, la sangre se derrama junto a la tinta; el olor de la guerra, adherido a las letras, se eleva como un humo antiguo y crece hasta invadirlo todo, como si no existiera otra forma de caminar sobre esta historia; hasta que el amor se enreda como un hilo pegajoso, imposible de evitar.

Luis Carranza Torres hizo un viaje en el tiempo. Caminó por los túneles de un pasado lejano, se hizo parte de los escenarios y de las voces, miró, buscó y recortó fragmentos de la historia para regresar con las palabras necesarias que lo condujeron a “Germanicus”, su última novela.

En un diálogo virtual con ContArte Cultura, el escritor cordobés nos cuenta cómo nació su nueva obra y nos invita a recorrer una trama que promete apasionante.

¿Cuál fue la idea o figura que disparó el flash de tu imaginación para llegar a la foto panorámica de tu novela?
—De chico la historia de la antigua Roma me fascinó. He mantenido desde entonces ese gusto. Cuando estuve en esa ciudad, de muy joven, el Coliseo me maravilló. También me sorprendió lo poco que quedaba en pie. Roma es muchas Romas, cada cual edificada sobre la anterior. Esas ruinas activaron mi imaginación, me hicieron pensar cómo habían sido en sus días de gloria. Hacía tiempo que buscaba escribir algo en esa época, que reflejara esa grandeza que alcanzaron, pero también la implacabilidad sobre la cual lo habían construido todo.

Esta obra implicó un viaje en el tiempo, contanos hacia qué épocas te aventuraste y qué cosas te trajiste del pasado para ambientar cada uno de los escenarios.
—En la novela estamos un poco después del año 90 después de Cristo. Luego de dos emperadores Flavios muy queridos, como Vespasiano y su hijo Tito, llega a la silla imperial Dominiano, el menor de los hijos de Vespasiano, que creció siempre a la sombra de su hermano mayor. Tiene grandes condiciones para el gobierno, pero pronto cede a sus impulsos más básicos y se pretende transformar en un autócrata. Una época de grandes logros, de mucho confort en la vida diaria, con un cristianismo incipiente que no es ni la sombra de lo que será en pocos siglos. Quise que el lector viviera todo eso. Como si lo viera, lo escuchara, lo palpara, lo oliera. Una época muy cómoda pero también muy terrible, donde deben tomarse decisiones muy fuertes para seguir teniendo respeto por uno mismo.  

¿Qué fuentes bibliográficas o recortes históricos te ayudaron a entrelazar los hilos de la trama?
—He leído mucho y variado respecto de ese tiempo de Roma. El tener que documentarme fue una magnífica excusa para volver a leer historia sobre un período que me apasiona. Fue también un ejercicio de humildad. Pensé que sabía del tema, pero conforme avanzaba vi que era muchísimo más lo que desconocía. Roma es un tópico histórico prácticamente infinito. Leer de nuevo a autores como Stephen Dando-Collins y su libro sobre las legiones, el de Konstantin Nossov sobre los gladiadores o Francisco Navarro sobre el gobierno romano, fue por demás gratificante. A veces, tenía que recordar que debía ponerme a escribir.

Y hablando de la trama, ¿cómo lograste fusionar los elementos de la ficción a las piezas históricas durante el proceso creativo?
—Lo histórico daba el contexto que generaba la ficción. No hubo que unirlos demasiado, se combinaban a la perfección. Como la tierra y la semilla, para decirlo de otra forma. Al documentarme y ver cómo vivían, lo que pensaban, me iban surgiendo las escenas. Luego fue cuestión de ensamblarlas y darles un rumbo. 


“Una narración sobre lo que realmente somos,
sobre cómo nos ven los otros y
qué estamos dispuestos a perder
para lograr ciertas cosas”.


¿De qué manera construiste a tu gladiadora celta?
—He crecido y vivo entre mujeres con mucha decisión. Dueñas de sus vidas y de ideas muy definidas. Siempre admiré en ellas esa dualidad de poder dirigir empresas, estudios, ser funcionarias o magistradas sin perder esa sensibilidad particular e intuición femenina. También sé que todas las mujeres con ese tipo de logros tienen por detrás una vida no exenta de renunciamientos. Kendrya refleja todo eso. En cuanto a sus características físicas, se trata de una especie de reconocimiento a una colega que ha librado batallas por dentro tan intensas como mi celta protagonista en el Coliseo. 

Una frase que defina a Germanicus, tu protagonista.
—La búsqueda de la identidad. Un hombre con una vida ya señalada, un camino trazado a la cumbre que de pronto debe decidir lo que es. El deber y los sentimientos no siempre van de la mano y, en ocasiones, se hallan en franca oposición. Eso es lo que pasa con Publio. Alguien que tiene más que claro que para definirse a sí mismo, plantarse ante la vida, va a tener que tomar decisiones difíciles y perder mucho, cualquiera sea el camino que emprenda.

Juguemos un poco: si pudieras elegir la página desde la que seguramente salpicaría sangre hacia los lectores, ¿cuál sería y por qué?
—Entre varias, me decido por la pelea de Kendrya con una rival muy particular, en una lucha a muerte que se transforma en una especie de River-Boca, Boca-River de la antigua Roma. Está a partir de la página 379 hasta la 384. Y si quieren algo triste para las lágrimas, apunten a la 386.

¿Cómo llegaste a ese título?
Germanicus es por el agnomen que el protagonista romano tiene. Una especie de sobrenombre que a él no le gusta particularmente pero que dice mucho más sobre él, incluso de lo que el propio Publio puede pensar. Respecto del corazón de la espada, quise contraponer lo duro de ese símbolo con todo lo que el corazón implica en materia de sentimientos. Una espada es un arma, un instrumento. Puede defender o destruir, según la mano que la empuñe, según el corazón que la guíe. En el fondo, es un recordatorio que siempre tenemos en última instancia, la responsabilidad de los actos que llevamos a cabo, por más condicionados que estemos.

¿Y qué dejó el corazón de la espada que simboliza esta novela en Luis Carranza Torres?
—Es la culminación de un gran desafío literario, de poder construir una historia distinta, en un ambiente histórico muy demandante. Debí recrear calles, objetos, olores, costumbres, rituales, de hace 20 siglos. Dándoles en el camino una sensación de familiaridad a elementos que hoy se ubican en las antípodas de nuestras ideas, como la esclavitud. Ha sido maravilloso escribirlo, a pesar del gran esfuerzo que implicó. Es como haber corrido los 42 kilómetros de una maratón. Pero en papel.

Una invitación a tus lectores a acompañarte en este viaje.
—A mis queridos lectores, los de siempre y los por venir, a aquellos con sed de aventuras como a quienes buscan sentir con un texto, los invito a leer esta sucesión de combates, amores, traiciones, choques de cultura y búsquedas internas y externas, que abarcan desde Hibernia y Britania, pasando por la Galias y Germania, hasta la misma Roma imperial. Una metrópoli tan majestuosa como implacable. La historia de tres seres con poco y nada en común, pero empujados a unirse y desunirse por los dados del destino. Una narración sobre lo que realmente somos, sobre cómo nos ven los otros y qué estamos dispuestos a perder para lograr ciertas cosas.

1 comentario

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*