Historias reflejadas: “Palabras enterradas”

Palabras enterradas

Bifurcaciones lineales de palabras muertas por el fuego se pierden en el tiempo. Fueron enterradas aquella mañana en el rincón más lejano, devoradas por la ira de aquellos que enfurecieron antes de saber de qué se trataba. Y desde entonces supe que el solo recuerdo de esas páginas varias veces replicadas en la mente de los habitantes de aquel pueblo las mantendría vivas para siempre. Y no es que la sombra de aquellos personajes silenciados, que nunca pudieron contar sus historias, aún sobrevolara el espacio. No, de ninguna manera. Esos personajes todavía vivían en gritos de barro perdidos en el suelo y de vez en cuando yo podía escucharlos. Andaban buscándome sabiendo que algún día me encontrarían. La distancia del tiempo se acortaba en la múltiple existencia de circunstancias compartidas. Antes estuve allí, aunque ahora no pueda recordarlo y apenas sospeche que esas letras pudieron ser mías y sienta sobre mi cuerpo el calor de algún fuego que se llevó mi último suspiro.

Llega a mí el lejano murmullo de aquellas palabras guardadas en un libro, recipiente de mis agonías, único refugio de mis penas adormecidas por siglos. Es que las palabras bien guardadas no pueden morir, se retuercen en el fango de los tiempos, persisten inmortales y cada tanto logran escapar de los injustos encierros a los que algunos las someten. Ya no importa lo que el fuego consumió de aquellos libros, lo perdurable no eran las páginas de papel, ni las gotas de tinta que efímeras se deshicieron demasiado pronto. Ahora comprendo que, a pesar de todo, cada una de las palabras que fueron guardadas por mí en esos tesoros de papeles quemados, han logrado permanecer y se pierden verdaderas entre los humos de la historia.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en este cuento las siguientes historias: “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, “El sendero de los caminos que se bifurcan” de Jorge Luis Borges, “Rayuela” de Julio Cortázar, “La sombra del viento de Carlos Ruíz Zafón, “Mi libro enterrado” de Mauro Libertella.

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