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Entrevistas

Julieta Novelli: “Mis viejos me dejaron ser y curiosear sin prejuicios y esas son cosas que me definen”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La realidad se despliega como una tela en movimiento, las voces buscan a las palabras escondidas en el silencio; algo se queda quieto, como la muerte, y sin embargo todo muta en el vacío, pura transformación de la memoria.

Existen imágenes que forman parte de lo cotidiano, fotos que nos pertenecen, aromas y formas adheridos a los espacios, sonidos que se expanden en el tiempo, como una canción que permanece y se recrea, un collage de sensaciones que la escritora y actriz Julieta Novelli es capaz de capturar desde la tela de la realidad para construir historias en las que es posible encontrarse.

En una charla virtual con ContArte Cultura, la artista y docente platense cuenta sus vivencias en el mundo del arte.

—Comencemos esta entrevista como si abriéramos un cajón imaginario donde guardás las cosas que te definen, ¿qué es lo primero que se ve? ¿Qué elementos permanecen en la superficie porque forman parte de tu esencia?
—¡Qué difícil! Probablemente las cosas que me definen no entran en un cajón y, la mayoría, no son cosas. Pero como es un cajón imaginario me permito nombrar personas, lugares, momentos, palabras. Entre esas no cosas están mis viejos y su falta de prejuicios para dejarme ser y hacer lo que se me antojara cada vez: llevarme a teatro desde chica, a Buenos Aires dos veces por semana y esperarme para que yo tome clases con maestras y maestros grosísimos que ni conocían, dejarme ir a la cancha pese a sus miedos, ayudarme a coser una bandera o hacerme mi traje soñado de murguera, y podría seguir. Creo que me dejaron ser y curiosear sin prejuicios y, para mí, son cosas que me definen. Soy curiosa de todo, lo que se me ocurra, me gusta jugar, explorar, con seriedad, con paciencia, con entusiasmo. Me canso, empiezo de nuevo, me invento caminos y no me siento incómoda en la incertidumbre. De hecho me encanta. Los nombro porque me mantuvieron siempre el mundo abierto y ahí aparecen las otras no cosas que me definen, luces que todavía se mantienen prendidas y me siguen haciendo vibrar. Gimnasia, el Lobo, el Bosque, me dio un mundo lleno de emociones, de poesía. Mi maestro Hugo Midón y su humor, pero sobre todo mi maestra Nora Moseinco, a quien siempre nombro porque su sensibilidad me abrió la mirada y mi forma de vincularme no sólo con la actuación sino con el mundo y con mi imaginario.

—Los hilos del arte se entrelazan en tu vida, ¿qué sucedió primero en vos, la escritura o la actuación?
—Siguiendo un poco lo que hablábamos recién, primero vino el entrenamiento actoral. Sobre todo con estos dos “mostros” que te nombré, Midón y Moseinco, comencé a encontrar mi imaginario, mi voz. Ambos trabajan con la improvisación y, sobre todo Nora, con lo que cada uno traía. Este encuentro con mi propio material fue una revelación para mí. Me iba a mi casa llena de imágenes, de voces. En el tiempo en que dejé de entrenar, mi cabeza y mi cuerpo necesitaban ese ejercicio y ahí fue cuando empecé a escribir y, para no solemnizar el material y que no deje de ser un juego, una búsqueda, con todo lo que tienen de fallidas las búsquedas, lo subía directamente en mi Facebook.

¿Crees que lo actoral se cuela en la voz de tus protagonistas?
—Sí, totalmente. Por lo menos hasta ahora sí. Me imagino la voz, eso viene primero. Y es un alivio porque la voz es el soporte, la forma en la que trato de apoyarme, la que me habilita el mundo, y no la idea de personaje. Apoyarme primero en “personajes” sería para mí muy limitante y asfixiante, me llenaría de prejuicios. En cambio de esta manera, la protagonista de Mi vida con ella escucha Gilda y Pink Floyd sin que eso sea un problema. Porque la vida, las personas, para mí, somos mucho más caóticas de lo que pensamos.

—En tus textos la realidad, la cultura popular, las formas cotidianas, constituyen una red que sostiene las historias, ¿cuáles son las temáticas que despiertan tu necesidad de contar?
—Aparece lo cotidiano, aparece el Lobo (siempre), pero no son temas que me lleven a escribir. Escribo, a partir de estas voces, y los temas van apareciendo. La muerte, el amor, la familia, la música, los amigos, la cancha, se me van cruzando ahí en el camino, y en general, como vos decís, son formas cotidianas pero también me divierte trastocarlas un poquito. A veces son disparates, o eso dicen mi padre y mi madre (risas).

—Relatanos cómo se encendió la primera chispa de tu libro “Volver para mí”, y de qué manera trabajaste para hilvanar esos relatos presentados a manera de diario íntimo.
—Volver para mí, comenzó como te contaba, escribiendo textos y subiéndolos a Facebook. Después de un tiempo me ofrecieron publicar dos editoriales y a las dos les contesté lo mismo: “no sé cómo armar el libro”. La primera no respondió más, pero la segunda, Pixel, me invitó a pensarlo con ellos. Y ahí surgió la idea de darle formato de diario íntimo, con entradas, de pensar en personajes, elegir ciertos nombres, momentos, etc. Pero podemos decir que, en una primera instancia, los textos no fueron pensados dentro de un todo.

—¿Cómo llevaste adelante la construcción de tu novela “Mi vida con ella”? Describinos de qué manera llegaste a construir los personajes.
—Mi vida con ella tiene un camino hermoso. Comenzó siendo un monólogo, escena, que escribí para una obra de teatro de dramaturgia colectiva de la que formaba parte: Los Ortúzar. Probé esta voz en los ensayos, una falsa cordobesa con la que aún hoy la leo, para mostrársela a mis compañeros, a quienes admiro mucho y en quienes confío por su sensibilidad, y me alentaron a hacerla y a seguir con la escritura. Después de las funciones, cuando saludábamos a la gente y a amigos que nos habían ido a ver, muchos me alentaban a seguir escribiendo y me daban ideas: “Que se venga el milagro”, “¿qué pasa después?”, “¿qué pasa con la abuela?”, y así. En ese tiempo seguí escribiendo y se fue armando. A partir de ahí, aparecieron de a poco los otros personajes, o voces: el tío Miguel, la monjita frágil, la abuela mágica.

—¿Qué elementos te ayudan a dibujar los escenarios de tus textos?
—Estoy muy repetitiva pero, hasta ahora, la voz. Leo en voz alta y me trae muchas imágenes.

—Formás parte de la murga La 60 y 118, que pertenece al Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, ¿qué vivencias rescatás de esa experiencia artística?
—La murga actualmente no está activa, se fue diluyendo, pero rescato lo mejor del amor. El trabajo con otros, remarla, habitar los espacios que nos hacen felices -en mi caso el Bosque, el Estadio Juan Carmelo-, compartir y escuchar. La murga tiene mucha fuerza. Con ella llegué a lugares y momentos que también me definen y debería haber nombrado en el cofre imaginario. Fue otra forma de vivir mi amor por el Club, llevar los colores, escribir y cantar canciones que nos identifiquen, ver las banderas del Lobo en los barrios, en los corsos, en las marchas, en los comedores, y abrazar las causas populares, pero no desde el discurso sino con el cuerpo. Es una experiencia que, si tuviese que definirla de alguna manera, me dio volumen como persona, me hizo estar más acá, habitar el cuerpo y los lugares a lo ancho y no a lo largo, no con ideas a futuro, sino ahora y acá, así, con plenitud.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Ahora estoy escribiendo lo que yo llamo, medio en chiste, “La novela más triste del mundo”, porque es bastante tremenda. Me divierte y me seduce mucho el drama. La idea de lo terrible. ¿Qué puede ser terrible, pero terrible de verdad, no la idea? Lo que ya todos sabemos, la muerte, la pobreza, eso sí, pero ¿qué más y cómo se puede nombrar? Me gustan los momentos o voces que están ahí, medio en el borde. Además, estoy escribiendo mucha poesía. Armo y desarmo ideas de libros a medida que escribo. Hay uno en particular que está medio ahí con poemas sobre mi casa. Lo empecé a escribir apenas me mudé y hasta hoy, dos años después, que la tuve que dejar porque la vendieron.

—Volviendo a nuestro cajón del comienzo, si pudieras guardar ahí un sueño o un deseo, ¿cuál sería?
—Compartir. Y en el sentido más amplio que se le pueda ocurrir a quien nos lea ahora. Compartir momentos, escritura, dolor, vino, música, alegría, pasiones, abrazos, espacios, lecturas, amor. Suena muy “la paz mundial” pero de verdad, para mí lo más groso de todo es compartir. Esta nota, por ejemplo, me gusta hacerla porque siento que mis viejos van a estar chochos cuando se las comparta, y la van a compartir a sus amigos, y no deja, más allá de las ideas que ellos tengan sobre una entrevista o una nota, de ser una excusa para vincularnos con los que queremos, con los que admiramos, con el mundo, qué se yo. ¡Aguante compartir y encontrarnos!

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Artes Visuales

Andrea Suárez Córica: “Mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Todo se transforma, las calles se ensanchan en los pasillos de la memoria, son senderos nuevos, territorios escondidos, universos invisibles, palabras que mutan sobre la superficie de una hoja, voces texturadas, sonidos que nos habitan en el espacio cotidiano.

A veces, sólo basta mirar. Detenerse en el instante, retenerlo entre las pestañas, palpar sus formas, oler sus límites, percibir los fragmentos que descansan sobre las baldosas, degustar sus texturas. Sólo para preservarlos en los pasillos de la memoria, sólo para que logren transformarse en el interior de los ojos que aún no han visto la eternidad del instante.

Andrea Suárez Córica es artista visual y naturalista autodidacta. El espacio urbano es el territorio donde su arte logra transformar los pequeños retazos de cada día en verdaderos tesoros que atraviesan sus obras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura invita a recorrer las calles, a sumergirse en el paisaje arbóreo y a detenerse para mirar más allá de lo evidente.

—¿En qué ramificaciones de tu vida descubriste tu vocación por el arte?
—Durante muchos años llevé a cabo una serie de actividades que no sabía que tenían que ver con el mundo del arte, esto es, recolectaba objetos que encontraba en la calle y formaba colecciones. No cualquier objeto, sino aquellos rotos, desgastados, incompletos, de algún modo con cierta orfandad e intemperie. Y, claro, también inutilidad. Incluso, dentro de ese universo, tenía una predilección especial por los metales oxidados, descubrí esa poética del óxido y de lo que hace el paso del tiempo con las cosas. Hasta que realicé un seminario con Roger Colom, artista y curador, en La Fabriquera y todo cambió. Su mirada sobre ese corpus, la basura, el detritus o “lo que queda”, como prefiero llamarlo, como materia del arte contemporáneo y la inscripción del mismo en un circuito por fuera de mi casa y dentro de los espacios de arte, me posibilitó descubrirme o, mejor dicho, reconocerme como artista. Su propuesta para realizar mi primera muestra y mi aceptación para involucrarme en eso, me fundó como artista visual.

Andrea con el libro de poemas de su madre Luisa Marta Córica

—¿Cuál es la importancia de la observación para un artista visual? ¿Creés que es posible “mirar” con todos los sentidos?
—Diría que mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos desde el mismo momento en que mis trabajos tienen mucho que ver con lo urbano, con las recolecciones, los recorridos por la ciudad. La presencia del cuerpo implicado en sus ritmos, direcciones, sensaciones, cambios de velocidad. Y cuando hablo de recolección, no me refiero solo a lo material, sino a la recolección de ideas, pensamientos, incipientes poemas, imágenes. Me gusta llamarme espigadora urbana, en homenaje a Agnés Varda. Mi amiga Leonor Arnao, artista plástica, me recomendó sus películas, en especial, Los espigadores y la espigadora. Antes de Varda me consideraba ciruja, que en definitiva es lo mismo, es ir detrás de los restos.

—Si la memoria fuera un baúl donde pudieras guardar tus tesoros, ¿qué objetos, espacios, territorios o sensaciones formarían parte de esa colección imaginaria?
—La memoria es una construcción y por lo tanto está en permanente movimiento. Esos tesoros, por ende, cambian, se transforman. Pero dentro de esas variaciones, guardo mi infancia junto a mi madre, mi infancia ya sin ella, pero con abuelos, mis vagabundeos con mis hermanos y la bandita del barrio por el centro de la ciudad, luego, con mis hijos, esos paseos donde descubríamos el barrio, sus casas, sus jardines, los perros, en definitiva, donde ejercíamos el bautismo pagano de nuestro propio universo. También atesoro mi colección de cuadernos y libretas y el herbario con unas 1000 hojas de árboles.

Gramática del Embalaje

—¿Cuáles son los materiales con los que trabajás habitualmente? ¿Qué elementos del espacio urbano se convierten en disparadores de tus obras?
—Se me hace difícil poder describir todos mis procesos de producción y los materiales que llaman mi atención, por su gran diversidad. Mis intereses son múltiples, me dejo llevar por lo que me atrae, sin prejuicios sobre qué tipo de artista soy. Tengo cuadernos donde voy anotando los proyectos que van surgiendo: con las colecciones de hojas de árboles, de aerosoles aplastados o de patas de madera de muebles viejos. También reflexiono sobre mí hacer, me interesa conceptualizar sobre las prácticas, su devenir, sus cruces. Escribir manifiestos como “Los siete pecados de un artista” “O decir después en el arte es el suicidio de la oportunidad (kairós)”.  Escribo poesía, he publicado Alas del alma (1993) e Imágenes rotas (1994). Realizo inventarios de las cosas que encuentro, desplegando ahí una maquinaria administrativa. Construyo cuadernos de artista como La gramática del embalaje, de 50 por 70 cm, y con 490 íconos de cartón pegados, es decir, enorme, y también El libro rojo del peronismo, de tamaño estándar, con una temática bien específica, el peronismo. Libro que después se publicó en formato fanzine, a pedido del público.  Los dos libros tienen la técnica del collage, del “busco, recorto y pego” de la escuela primaria. Organizo archivos que luego devienen obras o performances como La niña y el archivo (2019). Realizo instalaciones, como Modos de nombrar y no nombrar (2016), trabajo vinculado a la memoria de nuestro pasado reciente y al lenguaje. Colecciono relatos oníricos desde 1987, sobre mis propios sueños. De hecho, en 1996 publiqué el libro Atravesando la noche, 79 sueños y testimonio acerca del genocidio. Volviendo a la pregunta, pienso que la ciudad es generosa conmigo, tenemos un muy buen diálogo cotidiano. Transitarla es para mí una fiesta, mantengo una especie de atención visual flotante que me permite mantener renovado el asombro propio de la niñez.

Proyecto Arbórea

—¿En qué consiste el Proyecto Arbórea?
—Es una investigación poética sobre los árboles de la ciudad. Es descubrir la ciudad desde sus árboles, en una mirada que cruza arte, ciencia y ambientalismo. Propone el goce estético de su contemplación, el conocimiento de los ejemplares desde la botánica y su importancia para la vida, para la ciudad, el ambiente y los seres vivos. Empezó en 2008 junto a mi hijo Juan Manuel de siete años, en ese entonces lo llamamos Bosque Ambulante porque llevaba a las escuelas una valija con frutos, hojas y fotografías. Luego, se sumaron mapeos, registros fotográficos en diversas escalas, los herbarios y carpotecas más sistematizados, cuadernos de artista, “cuadros de apoyo” para las muestras en espacios de arte y también las caminatas, observando los árboles de las veredas, que son los que más me interesan en tanto son los que vemos a diario, los que tenemos a mano en nuestro andar cotidiano. Se trata de entrenar la mirada, entrando en el detalle de cada ejemplar para luego llegar al nombre de la especie. Creo que cuanto más conocemos, mejor podemos cuidar nuestro patrimonio vivo. De hecho, el Proyecto Arbórea integra el Foro en Defensa del Árbol de La Plata, que se propone visibilizar el arbolado público, su importancia y su preservación. Y además, acaba de ser declarado de interés municipal por unanimidad. Enorme alegría.

—Contanos acerca de la muestra “El abrazo de los objetos, ejercicios de memoria”, que se puede visitar en el Centro de Arte de la UNLP.
—La muestra indaga, por un lado, en la poética de los objetos (libros, ropa, adornos, discos, fotos) que pertenecían a mi madre, Luisa Marta Córica -víctima del Genocidio en 1975-, y por otro, en la posibilidad del arte de aportar a la construcción de la memoria de nuestro pasado reciente. Se pregunta por el tipo de sentidos a los que abre, si posibilitan o clausuran la reflexión sobre el Genocidio. Sabemos que las políticas en torno a la memoria generan determinadas condiciones de posibilidad en cada contexto. Lo que se puede decir, lo que se debe callar, lo que se puede o no nombrar. El Nunca Más, por ejemplo, constituyó un gran aporte en su momento, pero la memoria que aporta está vinculada principalmente a lo que nos hicieron, al horror de la tortura, de los centros clandestinos de detención, a los operativos de los grupos de tarea. Su lectura es insoportable. Uno espera cerrar el libro definitivamente. Esta muestra, si bien nos está hablando de una ausencia, la de Luisa, nos habla principalmente de una vida, de sus sueños y su lucha, sus gustos e intereses, alegrías y tristezas. Del amor, de los hijos y de la militancia. Humaniza la cifra 30.000. Le pone nombre, rostro, identidad política, un modo concreto de habitar este mundo. En este sentido, los objetos operan como poleas de transmisión entre las distintas generaciones, la de los compañeros de Luisa, sus hijos y sus nietos. Contrario a lo que impuso el Proceso de Reorganización Nacional, como el aislamiento, la muerte, el silencio, la diáspora, esta muestra nos permite juntarnos, ejercer la palabra y el disenso y construir de manera colectiva nuestra historia reciente.

El abrazo de los objetos

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando por estos días?
—La pandemia trastocó cualquier plan que tuvimos pero, a su vez, permitió que afloraran cosas quizá impensadas. El año pasado, en condiciones similares, fui haciendo un libro de artista que se llama Carne. Contiene imágenes y textos sobre artistas y escritores que influyen en mi trabajo, como Marcel Duchamp, Edgardo Vigo, Agnés Varda, Mark Dion, Joseph Cornell, Guillermo Hudson y también reflexiones y digresiones en torno a mi propia producción.  La incertidumbre hoy por hoy continúa, al igual que el confinamiento, así que ese es el marco desde donde pensar y producir. La virtualidad gana terreno y repliega los cuerpos. Todas las expediciones urbanas quedaron en suspenso, por lo que me gustaría poder organizar un taller para transmitir el “método Arbórea”, si es que podemos llamarlo así, en todo caso un método inacabado en permanente construcción y transformación. También estoy con un proyecto editorial, trabajando con una ilustradora platense de lujo, pero no quiero adelantar mucho sobre esto. Y, además, estoy con la re-edición de Atravesando la noche, un libro fundante de mi propia existencia y que jamás ha perdido su vigencia en estos 25 años, que es permanentemente solicitado. Respecto a las caminatas, tal vez organice recorridos personalizados que podrían ser una buena opción tanto para evitar aglomeraciones como para no extrañar el caminar y conversar con otros por los distintos barrios de la ciudad.

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Entrevistas

“Secretos al alba”, la nueva novela de Gabriela Exilart: “Es un enorme rompecabezas que se completa en las últimas páginas”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Resuenan. Vibran las voces de la guerra como un eco lejano. Son palabras deshabitadas, fragmentos de un mundo quieto, restos sobre restos, letras sin nombres, nombres enterrados en papeles arrugados, murmullos del más allá que viajan en hilos de tinta.

Y derraman la sangre derramada.

Una grieta de silencio.

Las palabras ascienden lentamente por las laderas del tiempo y del espacio.

Aún resuenan las balas y los gritos.

Aún resuenan los huecos de la guerra.

Aún resuenan, como “Secretos al alba”.

La escritora marplatense Gabriela Exilart vuelve a España, al escenario de su anterior novela, para completar una historia. Esta vez el mar no es escenario, pero con una escritura fluida y manteniendo el ritmo del oleaje que pone en movimiento las páginas, la historia corre sobre las letras y revela. Sólo basta sumergirse en la textura del papel para vivirla y conocer los “Secretos al alba” que dan nombre a su nueva novela.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en la palabra que abre las puertas de esta historia: secreto. Si pudieras elegir un objeto o un lugar donde se esconde el gran secreto de esta novela, ¿cuál sería?
—La novela tiene varios secretos, pero podría decir que los principales los tienen escondidos las mujeres, y una de ellas está recluida en un convento perdido entre las montañas.

—Hay una vieja nota, un papel que deja al descubierto algunas huellas del pasado, ¿son esas letras las que llevarán a la protagonista a reencontrarse con sus orígenes?
—Esa nota lleva a María de la Paz Noriega a una ciudad desconocida para ella, y de allí a un pueblito donde empezará a desovillar la historia de su padre y de su familia entera.

—Si pudieras marcar en un mapa imaginario los puntos geográficos donde suceden los acontecimientos de esta novela, ¿dónde se encontrarían? ¿De qué manera trabajaste para construir esos escenarios con tus palabras?
—La novela transcurre mayormente en la ciudad de Burgos y en algunos pueblos aledaños, como Covarrubias. También hay pasajes muy importantes en un convento. Para narrar sobre esos sitios miré fotos de paisajes de la zona, pueblos de Castilla y mapas, más que nada para ver las distancias.

—Tracemos ahora una línea de tiempo: ¿En qué años se desarrolla la trama de esta historia? ¿Hay saltos temporales que permiten superponer las “fotografías” de distintas épocas y armar el rompecabezas que une el pasado con el presente?
—La novela es un enorme rompecabezas que se logra completar en las últimas páginas. Comienza en 1956, que es el presente de la historia, y todo el tiempo viaja a 1936, a los tiempos de la guerra, y al 1900, que es cuando nació Bruno Noriega, cuya historia se termina de dilucidar.

—¿Cómo lograste representar el silencio que atraviesa a tus personajes, tan fragmentados por la guerra?
—Son los hijos de la guerra los que van a hablar y a descubrir esos silencios que rodean a sus padres, tan golpeados por la guerra civil española.

—¿Qué nos podés adelantar de los protagonistas de esta historia?
—Hay muchos personajes que fueron surgiendo a medida que escribía, pero los principales son María de la Paz Noriega, una joven que pretende conocer el origen de su padre y sueña con ser escritora, y Antón Navarro, un hombre que oscila entre la seducción y el misterio; un hombre que oculta un secreto que por momentos lo vuelve violento y hermético, y que a la vez puede desplegar una gran fascinación.

—¿Cuáles son los temas centrales que aborda esta historia?
Hay un tema muy fuerte de abuso infantil que, si bien no es el principal de la novela, es el que desencadena todo. La guerra, la posguerra y sus secuelas, los secretos familiares, la búsqueda de la identidad y la violencia. Además de los lazos familiares que se estiran y se contraen todo el tiempo.

—¿Las olas de ese mar en el que te sumergiste para dar vida a tus personajes seguirán en movimiento o ya se detuvieron en un punto final escondido en alguna roca?
—En esta novela el mar no es protagonista, sin embargo, hay un oleaje profundo y constante a lo largo de la historia que encuentra su final en una playa de Gijón.

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“Germanicus”, un retorno al Imperio romano para que las historias encuentren su final

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los caminos se bifurcan, cada pie en el sendero que le corresponde. La vida late. Hay un regreso al punto de partida, una distancia que quiebra las palabras. Una búsqueda. Todo está allí, en el origen de cada cosa. Entonces se escucha el latido. Y los caminos se tocan “Entre Marte y Venus” del otro lado de la guerra.

El abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres regresa con su pluma a Roma y vuelve a poner en movimiento a los protagonistas de “Germanicus”. Y ellos, empapados de tinta, aceptan el desafío de viajar entre las páginas. Sólo para descubrir cómo termina su historia.

—Regresaste a Roma, a un tiempo en el que tus personajes Publio Aquilio y Kendrya esperaban la continuación de su historia, ¿qué te llevó a regresar? ¿Sentías que sus vidas merecían nuevos capítulos?
—Es un mérito más de los lectores. Iba a ser un libro único, pero cuando empezaron a leerlo todos entendieron que había un después. Empecé a ver, frente a tanta opinión coincidente, y vi que tenían cierta razón. La historia tenía un posible camino para seguir. Una revancha de los protagonistas, una suerte de segundo tiempo, para decirlo en términos futbolísticos. Surgieron entonces diferentes escenas, imágenes de ese después que pronto se articularon en un hilo narrativo. En la novela estamos un poco después del año 90 de nuestra era, ya no en Roma, sino que además de esa ciudad de poco más de un millón de habitantes (el mundo no conocerá otra así hasta Londres en el siglo XIX), nos extendemos por el Imperio. Desde los bosques y aldeas de la Germania Magna, la parte bárbara y los puestos de frontera romanos, hasta las inmensas aguas del Nostrum Mare, como le decían por entonces al Mediterráneo.

—Dos caminos, una distancia que separa, pero a la vez puede llegar a unir, ¿se cruzarán en algún punto las rutas de tus protagonistas?
—Cuando dos personas tienen cuentas pendientes, el destino tiende a reunirlos alguna vez para saldarlas. No siempre de la mejor manera. Esto es lo que les pasa a los protagonistas. Siempre me gustó el concepto de sincronicidad que postuló Carl Jung en sus estudios psicoanalíticos y traté de aplicarlo en la construcción de la novela. Publio, Kendrya, Valeria Aquilia, todos tienen algo por perder, algo que quieren ganar. Y van a ufanarse por conseguirlo.

—¿Qué sucede entre Venus y Marte? Hay una fusión o una escisión entre los “dioses/guerreros”?
—Me gustó oponer la guerra al amor en esta trama y para ello qué mejor que los dioses que lo representaban en la Antigua Roma. En la mitología romana Marte era el dios de la guerra, la virilidad masculina, la violencia, la pasión, la sexualidad, la valentía, del horror y victoria en las guerras. Venus era, por su parte, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Viven, los personajes, entre el placer y el deber, entre perdonar o castigar, y, en el caso de Publio en particular, entre lo que deben ser y aquello que quieren ser.  

—¿Qué rutas de investigación te ayudaron a recrear los escenarios de esta novela?
—Intenté mantener la tensión de la trama sin alejarme de la verdad histórica en materia de hechos o costumbres, lo que implicó no pocos esfuerzos. Mucho de los que tenemos aceptado como parte de esa civilización, en realidad se trata de suposiciones basadas a partir de diversos hechos que sí han sido verificados. En esos casos, uno elige de las posibilidades, la que mejor se ajusta a donde se apuntaba con la historia. Además, la romana fue una sociedad en permanente evolución donde las costumbres variaban de época en época, pero no de forma brusca, sino que iban evolucionando, surgiendo y pereciendo de a poco, por lo que no fue muy sencillo respecto de determinadas prácticas, por caso el matrimonio, establecer que tanto regían en un momento determinado. Aun así, todo lo que sucede podría perfectamente haber pasado en la Roma de aquel tiempo. Traté de seleccionar los escenarios y costumbres sociales más representativas para articular los hechos que mueven la trama. Quise que el lector viviera todo eso con sus cinco sentidos. No sólo que viera la cotidianeidad de los romanos, sino que también la escuchara, la palpara, la sintiera en la piel de todas las formas posibles.  

—Si pudieras elegir un elemento simbólico que represente la esencia de esta historia, ¿cuál sería y por qué?
—El puggio, el puñal usado por los legionarios romanos un siglo antes y después de Cristo, que adoptaron de los pueblos hispanos. Bien puede resumir toda la historia, pero van a tener que leer la novela para entender el por qué.

—¿Cómo fue el proceso de escritura durante este tiempo tan particular que estamos viviendo?
—La escritura fue mi gran refugio en la pandemia. Un ámbito donde estaba a gusto. Tener un mundo interior en el cual soñar, imaginar, fue algo espectacular para mantener la cabeza y el ánimo en orden.

—¿Creés que los sucesos históricos se repiten una y otra vez en el tiempo, aunque muten las formas?
—Sí, definitivamente. Hay ciertos universales que son comunes a todas las culturas y los tiempos. Los que nos conectan como seres humanos sin importar lo distintos que podamos ser.

—¿Habrá un nuevo capítulo de estas vidas entrelazadas o ya pusiste el punto final a la historia de tus personajes?
—De mi parte, creo que estamos en el final de la historia. Pero si algo me ha enseñado este último tiempo es que no existen demasiadas verdades definitivas.

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