Julieta Novelli: “Mis viejos me dejaron ser y curiosear sin prejuicios y esas son cosas que me definen”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La realidad se despliega como una tela en movimiento, las voces buscan a las palabras escondidas en el silencio; algo se queda quieto, como la muerte, y sin embargo todo muta en el vacío, pura transformación de la memoria.

Existen imágenes que forman parte de lo cotidiano, fotos que nos pertenecen, aromas y formas adheridos a los espacios, sonidos que se expanden en el tiempo, como una canción que permanece y se recrea, un collage de sensaciones que la escritora y actriz Julieta Novelli es capaz de capturar desde la tela de la realidad para construir historias en las que es posible encontrarse.

En una charla virtual con ContArte Cultura, la artista y docente platense cuenta sus vivencias en el mundo del arte.

—Comencemos esta entrevista como si abriéramos un cajón imaginario donde guardás las cosas que te definen, ¿qué es lo primero que se ve? ¿Qué elementos permanecen en la superficie porque forman parte de tu esencia?
—¡Qué difícil! Probablemente las cosas que me definen no entran en un cajón y, la mayoría, no son cosas. Pero como es un cajón imaginario me permito nombrar personas, lugares, momentos, palabras. Entre esas no cosas están mis viejos y su falta de prejuicios para dejarme ser y hacer lo que se me antojara cada vez: llevarme a teatro desde chica, a Buenos Aires dos veces por semana y esperarme para que yo tome clases con maestras y maestros grosísimos que ni conocían, dejarme ir a la cancha pese a sus miedos, ayudarme a coser una bandera o hacerme mi traje soñado de murguera, y podría seguir. Creo que me dejaron ser y curiosear sin prejuicios y, para mí, son cosas que me definen. Soy curiosa de todo, lo que se me ocurra, me gusta jugar, explorar, con seriedad, con paciencia, con entusiasmo. Me canso, empiezo de nuevo, me invento caminos y no me siento incómoda en la incertidumbre. De hecho me encanta. Los nombro porque me mantuvieron siempre el mundo abierto y ahí aparecen las otras no cosas que me definen, luces que todavía se mantienen prendidas y me siguen haciendo vibrar. Gimnasia, el Lobo, el Bosque, me dio un mundo lleno de emociones, de poesía. Mi maestro Hugo Midón y su humor, pero sobre todo mi maestra Nora Moseinco, a quien siempre nombro porque su sensibilidad me abrió la mirada y mi forma de vincularme no sólo con la actuación sino con el mundo y con mi imaginario.

—Los hilos del arte se entrelazan en tu vida, ¿qué sucedió primero en vos, la escritura o la actuación?
—Siguiendo un poco lo que hablábamos recién, primero vino el entrenamiento actoral. Sobre todo con estos dos “mostros” que te nombré, Midón y Moseinco, comencé a encontrar mi imaginario, mi voz. Ambos trabajan con la improvisación y, sobre todo Nora, con lo que cada uno traía. Este encuentro con mi propio material fue una revelación para mí. Me iba a mi casa llena de imágenes, de voces. En el tiempo en que dejé de entrenar, mi cabeza y mi cuerpo necesitaban ese ejercicio y ahí fue cuando empecé a escribir y, para no solemnizar el material y que no deje de ser un juego, una búsqueda, con todo lo que tienen de fallidas las búsquedas, lo subía directamente en mi Facebook.

¿Crees que lo actoral se cuela en la voz de tus protagonistas?
—Sí, totalmente. Por lo menos hasta ahora sí. Me imagino la voz, eso viene primero. Y es un alivio porque la voz es el soporte, la forma en la que trato de apoyarme, la que me habilita el mundo, y no la idea de personaje. Apoyarme primero en “personajes” sería para mí muy limitante y asfixiante, me llenaría de prejuicios. En cambio de esta manera, la protagonista de Mi vida con ella escucha Gilda y Pink Floyd sin que eso sea un problema. Porque la vida, las personas, para mí, somos mucho más caóticas de lo que pensamos.

—En tus textos la realidad, la cultura popular, las formas cotidianas, constituyen una red que sostiene las historias, ¿cuáles son las temáticas que despiertan tu necesidad de contar?
—Aparece lo cotidiano, aparece el Lobo (siempre), pero no son temas que me lleven a escribir. Escribo, a partir de estas voces, y los temas van apareciendo. La muerte, el amor, la familia, la música, los amigos, la cancha, se me van cruzando ahí en el camino, y en general, como vos decís, son formas cotidianas pero también me divierte trastocarlas un poquito. A veces son disparates, o eso dicen mi padre y mi madre (risas).

—Relatanos cómo se encendió la primera chispa de tu libro “Volver para mí”, y de qué manera trabajaste para hilvanar esos relatos presentados a manera de diario íntimo.
—Volver para mí, comenzó como te contaba, escribiendo textos y subiéndolos a Facebook. Después de un tiempo me ofrecieron publicar dos editoriales y a las dos les contesté lo mismo: “no sé cómo armar el libro”. La primera no respondió más, pero la segunda, Pixel, me invitó a pensarlo con ellos. Y ahí surgió la idea de darle formato de diario íntimo, con entradas, de pensar en personajes, elegir ciertos nombres, momentos, etc. Pero podemos decir que, en una primera instancia, los textos no fueron pensados dentro de un todo.

—¿Cómo llevaste adelante la construcción de tu novela “Mi vida con ella”? Describinos de qué manera llegaste a construir los personajes.
—Mi vida con ella tiene un camino hermoso. Comenzó siendo un monólogo, escena, que escribí para una obra de teatro de dramaturgia colectiva de la que formaba parte: Los Ortúzar. Probé esta voz en los ensayos, una falsa cordobesa con la que aún hoy la leo, para mostrársela a mis compañeros, a quienes admiro mucho y en quienes confío por su sensibilidad, y me alentaron a hacerla y a seguir con la escritura. Después de las funciones, cuando saludábamos a la gente y a amigos que nos habían ido a ver, muchos me alentaban a seguir escribiendo y me daban ideas: “Que se venga el milagro”, “¿qué pasa después?”, “¿qué pasa con la abuela?”, y así. En ese tiempo seguí escribiendo y se fue armando. A partir de ahí, aparecieron de a poco los otros personajes, o voces: el tío Miguel, la monjita frágil, la abuela mágica.

—¿Qué elementos te ayudan a dibujar los escenarios de tus textos?
—Estoy muy repetitiva pero, hasta ahora, la voz. Leo en voz alta y me trae muchas imágenes.

—Formás parte de la murga La 60 y 118, que pertenece al Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, ¿qué vivencias rescatás de esa experiencia artística?
—La murga actualmente no está activa, se fue diluyendo, pero rescato lo mejor del amor. El trabajo con otros, remarla, habitar los espacios que nos hacen felices -en mi caso el Bosque, el Estadio Juan Carmelo-, compartir y escuchar. La murga tiene mucha fuerza. Con ella llegué a lugares y momentos que también me definen y debería haber nombrado en el cofre imaginario. Fue otra forma de vivir mi amor por el Club, llevar los colores, escribir y cantar canciones que nos identifiquen, ver las banderas del Lobo en los barrios, en los corsos, en las marchas, en los comedores, y abrazar las causas populares, pero no desde el discurso sino con el cuerpo. Es una experiencia que, si tuviese que definirla de alguna manera, me dio volumen como persona, me hizo estar más acá, habitar el cuerpo y los lugares a lo ancho y no a lo largo, no con ideas a futuro, sino ahora y acá, así, con plenitud.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Ahora estoy escribiendo lo que yo llamo, medio en chiste, “La novela más triste del mundo”, porque es bastante tremenda. Me divierte y me seduce mucho el drama. La idea de lo terrible. ¿Qué puede ser terrible, pero terrible de verdad, no la idea? Lo que ya todos sabemos, la muerte, la pobreza, eso sí, pero ¿qué más y cómo se puede nombrar? Me gustan los momentos o voces que están ahí, medio en el borde. Además, estoy escribiendo mucha poesía. Armo y desarmo ideas de libros a medida que escribo. Hay uno en particular que está medio ahí con poemas sobre mi casa. Lo empecé a escribir apenas me mudé y hasta hoy, dos años después, que la tuve que dejar porque la vendieron.

—Volviendo a nuestro cajón del comienzo, si pudieras guardar ahí un sueño o un deseo, ¿cuál sería?
—Compartir. Y en el sentido más amplio que se le pueda ocurrir a quien nos lea ahora. Compartir momentos, escritura, dolor, vino, música, alegría, pasiones, abrazos, espacios, lecturas, amor. Suena muy “la paz mundial” pero de verdad, para mí lo más groso de todo es compartir. Esta nota, por ejemplo, me gusta hacerla porque siento que mis viejos van a estar chochos cuando se las comparta, y la van a compartir a sus amigos, y no deja, más allá de las ideas que ellos tengan sobre una entrevista o una nota, de ser una excusa para vincularnos con los que queremos, con los que admiramos, con el mundo, qué se yo. ¡Aguante compartir y encontrarnos!

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*