Mariana Sández: “Una cosa es pensar y otra ejecutar; en lo creativo, plasmar esa ensoñación se vuelve duro”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini

Los libros son espacios habitados, entre sus renglones una multitud se aferra a las palabras, sus ojos curiosos se pierden entre letras cargadas de voces. Son esas voces las que se deslizan sobre delgadas paredes de silencio, filtrándose en los oídos atentos, como si fueran fragmentos de vida necesitados de completar una historia.

La escritora Mariana Sández, en la voz de uno de sus personajes, ha definido a la literatura como una “gran casa llena de gente”, es allí donde autores y lectores se encuentran más allá de cualquier distancia espacial o temporal.

Los libros, puntos de llegada y de partida, son puertas que se abren y se cierran, ventanas a otras vidas, ladrillos que, como se vislumbra en su novela, nos constituyen.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, la autora recorre la arquitectura de las emociones y vivencias que la llevaron a escribir sus obras.

—¿Recordás el momento en el que decidiste atravesar la realidad con palabras para convertirla en ficciones?
—Mirando a mi prima mayor, a los cinco años descubrí que se podía aprender a leer y me obsesioné con lograrlo. Ya en la primaria escribía mis diarios, poemas, cuentos, cartas; los momentos favoritos eran las horas de lectura y visitar la biblioteca de la escuela para sacar libros. Un poco más tarde debo haber pedido una máquina de escribir porque me la regalaron, todavía la tengo. En la secundaria mis compañeros me pedían ayuda en literatura o que escribiera los discursos en nombre de todos. Mis papás me rogaban que mirara los paisajes y no las páginas de un libro durante los viajes. No era nerd aunque lo parezca (risas).

—Contanos cuáles son las hebras que entrelazan los cuentos de tu libro “Algunas familias normales”.
Algunas familias normales es mi primer libro de cuentos publicado. Desde la ironía y el absurdo, los distintos relatos narran historias que tienen como centro las relaciones atravesadas por esa idea insólita pero tan común de llevar vidas “normales” para lograr la felicidad a partir de estereotipos sociales. Una familia tipo, cabello en el lugar indicado, pareja armoniosa, hijos sanos, una bonita imagen, éxito profesional. En su conjunto buscan mostrar que siempre hay un detalle fuera de lugar, una foto mal sacada, cielo que sobra, algo que perturba o que falta para que lo “normal” se cumpla y lo feliz sea una mentira ideal. Así como hay diversas relaciones entre personas cercanas o extrañas que, de modos bastantes particulares, terminan funcionando como una forma particular de familia.

—¿Qué hechos o ideas dispararon el argumento de tu novela “Una casa llena de gente”?
—Para la novela se entrecruzaron dos ideas que rumié bastante tiempo. Por un lado, una nena de entre 8 y 10 años se representaba la vida de sus vecinos a partir de los ruidos en un edificio, donde las paredes y ventanas permiten enterarse mucho de la vida de los demás, incluso peleas y sexo entre parejas. En paralelo, tenía la idea de una madre que le escribe un diario en segunda persona a su hija desde que nace y le va describiendo las distintas cosas que le pasan en su crecimiento. Tiene como idea dárselo a los doce o trece años para que la hija los lea, pero en el camino ocurre un incidente por el cual ya no puede compartirlo con ella. Me pregunté qué podía pasarle que la inhibiera, algún hecho muy íntimo e inconfesable, y así se fue gestando el resto de la historia. Esa madre escritora que le dedica un diario pero de pronto el diario se convierte en un territorio privado, secreto; esa chica curiosa que husmea la vida de los vecinos, entre quienes hay un muestreo de los diversos tipos de familia: con y sin hijos, ensambladas…

—¿De qué manera construiste los escenarios en los que se mueven tus personajes?
—Los escenarios son un poco la combinación de dos edificios en los que viví, de construcción no demasiado sólida y con espacio verde donde airearse del calor.

—La novela tiene el índice y sus distintas partes seccionados en las etapas de construcción de un edificio o vivienda: cimientos, andamiajes, exteriores, interiores, escombros y reconstrucción. ¿Cumple alguna función?
—Hay dos o tres razones para eso: por un lado, la más evidente es la relación entre la historia que transcurre en un edificio a estrenar y la vida de distintas familias durante los años posteriores. En segundo lugar, porque un aspecto protagónico es la voz de la casa: el hecho de que los “ruidos” de cada parte del edificio se manifiestan a diario y nos dan información de lo que está pasando. El edificio termina configurándose como un personaje principal alrededor del cual gira todo. Pero por otro, se vincula con el tema que subyace en la novela: cómo se construye o “edifica” una personalidad. La historia muestra los hechos que se van produciendo desde la infancia de Charo, así como las personalidades que la rodean, para intentar explicar de qué manera influyen hechos y personas en la formación de nuestra identidad. Cómo nos marca cada persona cercana, qué nos dejan, qué intentan heredarnos, qué buscamos imitar, desviar, torcer, cuestionar, convertir en algo distinto o hasta oponernos; qué resultado somos después de todo eso. Por supuesto, es un tema tan inmenso e intangible que es difícil retratarlo, pero da una idea del tema a partir de una vida concreta.


En “Una casa llena de gente” varias familias estrenan un edificio y se produce todo tipo de relaciones. Walter Romero dijo que algo así había imaginado Georges Perec para “La vida instrucciones de uso” (1978): un edificio sin fachada y una novela que mostraba lo que ocurría en su interior. Para escribirla se basó en una imagen del célebre ilustrador rumano-americano, Saul Steinberg, “The Art of Living” (1949)


—Hablemos de los personajes: ¿cómo trabajaste para darles vida, tanto en sus aspectos físicos como psicológicos?
—Siempre me interesó la cultura inglesa, entonces derivado de la abuela británica de la novela nace esta línea de mujeres flacas y pelirrojas, las protagonistas: abuela, madre e hija. Al padre lo pensé psicólogo e intelectual, así que de ahí surge su fisonomía: nada deportista, todo mental, y su cuerpo lo refleja. De lo psicológico qué decirte, viene de tantos lugares, tantos… De mí, de toda la gente que tengo alrededor, vecinos, gente conocida o extraños que veo en la calle, incluso de actores en películas o series que me interesaron: su manera de reaccionar, de interactuar, de razonar, hasta tics físicos que observo. Lo psicológico siempre es una enorme y sutil nube de datos, no hay forma de determinar sus pertenencias u orígenes. Es lo que va surgiendo de los personajes mientras uno escribe. Sobre todo, y esto es lo fundamental, porque finalmente todo deriva de mi propia observación, es decir que es una interpretación de lo que otros sienten, piensan, muestran. Y eso también es un punto fuerte de la novela; cada uno ve lo que puede ver según sus circunstancias personales; la realidad depende de quien la esté observando, es múltiple e infinita.

—¿Cuáles crees que podrían ser fragmentos de tu vida, personal o de escritora, caídos como un reflejo en las vidas de Leila o de Charo?
—Particularmente la relación de amor de Leila con la literatura. No la parte traumática que vive ella por no animarse a publicar, ya que yo me animé, eso es todo de ella. Pero sí los miedos, las dudas y sobre todo la sensación de ambivalencia entre obligaciones cotidianas y los libros, el afuera y el adentro de una misma. También tiene de mí detestar lo doméstico, porque refuerza el sentimiento de que se pierde tiempo de estar leyendo o escribiendo; esa relación un poco agónica entre los libros y lo demás. Por eso ella dice que “una casa llena de gente” es la literatura, adonde también hay un mundo de personajes e historias que pasan a formar parte de tu manera de ser y de percibir todo. Padecer el paso del tiempo, en lo micro de cada día y en el macro de la vida, esa especie de nostalgia perpetua, Leila la heredó también de mí.

—A lo largo de las páginas, las voces de los protagonistas y de los vecinos, junto con las palabras calladas que emergen desde el papel, son hilos invisibles con los que la trama se enreda para desenredarse, ¿qué fue lo que más disfrutaste de ese proceso y qué lo más difícil de lograr?
—Del proceso de escribir en general, no solo en esta novela, sino en cualquier texto de ficción, lo que más sufro por momentos es no saber si el proyecto que estoy emprendiendo va a encontrar su equilibrio interno, si va a lograr desplegarse en la escritura como lo tengo diseñado en la mente. Para cualquier actividad que hagamos, una cosa es pensar y otra ejecutar; bueno, en lo creativo, plasmar esa ensoñación se vuelve duro. La parte que en cambio disfruto muchísimo es la posterior, cuando ya sé que lo que escrito me convence y tengo que corregir o repasar. Paso demasiado tiempo ahí, porque de verdad es un momento placentero.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Estoy reuniendo cuentos que en su momento no publiqué y escribiendo una novela que creo será breve, una nouvelle, sobre un personaje muy secundario que aparece en Una casa llena de gente.

—¿Qué deseo te gustaría dejar en el umbral de la puerta de esa casa llena de gente?
—Me encantaría dejarles un ejemplar del libro.

(Fotografía: Alejandro Guyot)

2 comentarios

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*