“No le llames amor a cualquier cosa”: Luciano Olivera y un libro sobre “cosas que nos pasan todos los días a todos”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existe un arte de contar, de soltar las palabras justas en el momento oportuno, livianas, flexibles, capaces de entrelazarse para construir, capa sobre capa, la arquitectura de una historia.

Luciano Olivera, con una mirada entrenada y curiosa, pone la lupa en lo invisible y logra capturar instantes en los bordes de lo cotidiano. De esa manera, lo evidente pasa a un segundo plano y en cada uno de sus cuentos afloran, desde el fondo, las reliquias guardadas en algún rincón de su memoria.

En diálogo con ContArte Cultura el escritor regresa al punto de partida de No le llames amor a cualquier cosa, un libro de doce cuentos, su tercer obra, en la que habla de “cosas que nos pasan todos los días a todos”.

—¿Recordás en qué lugar o lugares se encuentra el punto de partida de este libro, aquel desde el que comenzaste a caminar sobre cada una sus páginas?
—No sé si hay un punto específico, porque son textos que escribí en momentos diferentes de mi vida. Algunos incluso son previos a la salida de mi primer libro, otros son muy recientes. Supongo que para mí escribir es algo tan cotidiano, que ya pierdo un poco la referencia del tiempo de cada texto.

—Si pudieras elegir dos palabras que, como hilos invisibles, entrelacen todos los cuentos de esta obra, ¿cuáles serían y por qué?
—Amor y amistad. Soy un convencido de que esas dos palabras se parecen mucho. Tengo amores y amistades de toda la vida, siento por las dos palabras un respeto supremo. El libro habla, básicamente, de esos dos ejes.

—¿De qué manera se enciende la llama de un cuento en la imaginación de Luciano Olivera?
—Tengo tres motores. Uno es la memoria. Soy un gran acumulador de cosas que viví o que me cuentan otros y con eso hago mucho de mis textos. Otro es la imagen. Soy muy observador, puedo estar mucho tiempo mirando lo que hacen los otros y luego esas imágenes aparecen en lo que escribo. El último que puedo reconocer (porque habrá otros más inconscientes) es el estado de ánimo. Buena parte de mis ideas para un cuento tienen que ver con qué me pasa a mí o cómo me siento yo, en ese tiempo en el que estoy escribiendo.

—¿En qué escenarios se mueven los personajes de los relatos de “No le llames amor a cualquier cosa”?
—Se mueven por asados, bares, hoteles, el colegio, la playa, la avenida Corrientes. Viajan a Francia, a Nueva York, a África, a Cuba. Es un libro con muchos decorados diferentes y eso me gusta mucho.

—¿Cómo lograste construir a esos protagonistas que forman parte de tus historias?
—Como son cuentos, cada uno tiene su atmósfera particular. Creo que muchos personajes son proyecciones mías, por ejemplo hay un pianista en uno y un contra bajista en otro, dos cosas que me hubiese encantado ser. También hay una banda de amigos de toda la vida que se parece bastante a la mía. Y luego están aquellos que surgen de momentos más enseñados e irreales, como un asesino o un pasante de abogacía, dos cosas que no se parecen ni de cerca a mí. Para construir un personaje recurro mucho a las enseñanzas de Stevenson: que tengan olor, color, vestuario, maquillaje, sonido. Creo que ese el único modo en el que podemos enamorarnos u odiarlos, las dos pasiones que nos atan a un libro, sea novela o cuento.

—¿Por qué el título elegido?
—Porque creo que vivimos en una época en la que la palabra amor está un poco devaluada. Solemos confundir el verdadero sentido del amor, que creo que es aquel que nos hace ser incondicionales con el otro. La frase me la dijo una vez una amiga, me gustó mucho y la puse en uno de mis cuentos favoritos, Instrucciones para hacer una grulla de papel.

—¿Qué es lo que más disfrutaste en el proceso creativo de esta obra?
—Creo que lo que más disfruté fue reencontrarme con textos que había escrito hace años, ver cómo era yo en ese momento y pasarlos por el tamiz de quién soy hoy. Por ejemplo, el libro cierra con un cuento que se llama El pianista del Habana Libre. La base de ese cuento la escribí hace diez años. La versión final, horas antes de que el libro se fuera a la imprenta. De aquel de hace diez años quedó sólo la atmósfera, y me encantó reescribirlo desde lo que soy hoy. Esos procesos los disfruté muchísimo.

—Unas palabras finales para invitar a los lectores a saltar a los mundos imaginados que se esconden dentro de tus cuentos.
—Los que ya lo leyeron me cuentan que se ríen mucho, que la pasan bien, que a veces se emocionan. No se me ocurre que pueda pasar algo mejor con un libro que reírse y emocionarse. Yo les diría a los posibles lectores que se van a encontrar con un libro sencillo, que se lee fácil y que en casi todas sus páginas habla de cosas que nos pasan todos los días a todos.

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