Patricia Ratto: “El arte tiene sus maneras de penetrar en aquellos lugares a los que otras disciplinas no llegan”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Debajo, las voces del silencio se expanden como un eco sin fronteras. No hay palabras, tan solo un rumor, un sonido que arrastra los deseos y se pierde en aguas inciertas donde todo está quieto, sumergido en los abismos del miedo que despierta la muerte.

Patricia Ratto, docente y escritora, atenta al eco que proviene de las historias que nos constituyen, se detiene en las texturas que provienen de las palabras, escucha, percibe, recorre los mapas que delimitan, se interna en sus geografías, busca y encuentra las emociones que resuenan en sus letras y emergen como un huracán sobre sus dedos para precipitarse sobre las páginas de sus ficciones.

En diálogo con ContArte Cultura la autora tandilense recorre el proceso creativo de sus obras y cuenta sus vivencias en el arte de narrar.

—Contanos cuándo nace tu vocación por la escritura.
—Nací un domingo. Ese mismo día mi padre le compró –a un vendedor de libros a domicilio muy conocido en esa época en Tandil- la colección de Diccionarios Salvat enciclopédicos, la enciclopedia “Universitas” completa, y un Atlas gigante, que medía, de largo, unos cuantos centímetros más que yo. Contrariamente a lo que hubiera preferido mi madre, que era muy ordenada y prolija, mi padre dejó a mi alcance toda esa colección de libros. De modo que de muy chica, me tiraba de panza sobre una alfombra que mi abuela había tejido al crochet con retazos de lana, abría casi siempre los gordísimos tomos de la Salvat (que resultaron mis preferidos), ignoraba las palabras que aún no podía leer, pasaba de largo las fotos (casi todas en blanco y negro), localizaba los mapas, los abría, me quedaba viéndolos un buen rato y viajaba luego con mis dedos menudísimos por el hilo rojo de los caminos, las sinuosidades azules de los ríos, el amarillo desteñido de las mesetas, el marrón de los cerros, que con un esforzado despliegue de matices intentaba simular un cierto relieve frente a la chatura impuesta por la tiranía de las dos dimensiones. Un día confisqué una radio vieja que, en mi casa, iban a tirar a la basura porque solo funcionaba sintonizando onda corta.

Esa radio se sumó a la ceremonia de transitar los mapas de la Salvat. Sintonizaba una emisora en un idioma que no entendía y, por puro capricho de nena fantasiosa, decidía que ese run run de palabras desconocidas eran las que mejor le cuadraban a ese país recién descubierto. Me detenía en puntos pequeños o más gordos o aquellos rodeados por un círculo. Pueblos y ciudades cuyos nombres en letras diminutas todavía no sabía leer. E imaginaba a las personas que allí vivían, que me hablaban desde muy lejos pero a la vez desde tan cerca, voces que se agitaban y bullían, en un espacio ambiguo que conjugaba lo remoto con lo muy próximo de ese aquí justo debajo de las yemas de mis dedos. Una radio de onda corta y mapas: yo diría que ahí está el origen de mi escritura. Será por eso que para escribir siempre necesito esa combinación de espacio más sonido, de territorio más lenguaje.

—¿Qué cosas pueden llegar a desatar en vos las palabras o las imágenes que conducen a una ficción?
—No hay algo en especial y ha sido diferente para cada uno de mis libros. Puede ser algo que estoy leyendo, una experiencia vivida, un cuadro, una noticia insólita, una palabra, una situación que veo mientras circulo por la calle. Los últimos dos cuentos que escribí partieron uno de un personaje de un poema y otro de unos relinchos de caballo que escuché muy sorprendida estando en mi casa en la ciudad de Tandil.

—¿Cómo trabajaste la construcción de los distintos escenarios de tus novelas?
—Yo atribuyo a aquella escena inaugural de mi escritura, esa necesidad que tengo de conocer primero el lugar en el que voy a ubicar mis ficciones, para luego poder concebir la historia, los personajes. En la mayoría de esos lugares estuve viviendo, o los visité y recorrí con insistencia: en Pequeños hombres blancos, José de San Martín, un pueblito de 1300 habitantes en la zona árida de la provincia de Chubut, Patagonia argentina en los años de la dictadura cívico militar; en Nudos, Tandil o cualquier otra ciudad de provincia atravesada por una ruta que divide claramente la zona de los que viven en un centro de calles asfaltadas y luminosas (tras las rejas altas de sus casas con alarmas y perros guardianes de raza), de los que viven en los suburbios de callecitas oscuras de tierra pobladas de niños y perros mestizos y hambrientos, los de un lado y los del otro, el diferente que se vuelve una amenaza y se traduce en exclusión, reclusión y violencia; en Trasfondo, el submarino ARA San Luis y el fondo del mar en la Guerra de Malvinas; en Faunas, pueblos de la Argentina como Cajón de Ginebra Chico o Ayacucho, pero también ciudades de Alemania, Corea, Japón… Mis mapas se ampliaron en estos cuentos.

—Contanos brevemente acerca de los hilos temáticos con los que tejiste el argumento de tus novelas “Pequeños hombres blancos”, “Nudos”, “Trasfondo” y tu libro “Faunas”.
—Mis novelas conforman, en cierto modo, una trilogía sobre la época de la dictadura militar. Pequeños hombres blancos, transcurre en la Patagonia argentina, en los primeros años del gobierno de facto. La protagonista es una profesora de Matemáticas que va a dar clases a una escuela de frontera y va cayendo en la cuenta de lo que está sucediendo, de cómo nada es lo que parece ser a simple vista, de cómo el miedo y la violencia circulan -con la complicidad del silencio o el disfraz del rumor- por entre los habitantes de ese pueblo. Trasfondo, en cambio, se ubica hacia el final de la dictadura, durante la Guerra de Malvinas. El escenario cambia, es el interior del submarino San Luis y el fondo del Mar Argentino. Hay un narrador muy particular que va contando minuciosamente todo lo que ocurre en ese pequeño submarino, perseguido por la flota inglesa. Nudos plantea, en cierto modo, las secuelas o cicatrices de la dictadura. Se ubica en la crisis económica del 2001. El pasado se proyecta sobre el presente como una sombra que sigue cobrándose sus víctimas: el Chiro, un adolescente que se ha vuelto un invisible para la sociedad en la que habita; un excombatiente de Malvinas al que le falta una pierna y no consigue reinsertarse en una sociedad que no se hace cargo de sus víctimas y mira hacia otro lado; una trabajadora social que trata de ayudar a niños en situación de calle en una escuela de una villa; una niña autista que es venerada como una santa para obtener dinero de quienes acuden -desesperados- por un milagro. En lo que respecta a mi libro Faunas, tiene trece cuentos en donde siempre aparecen animales que son, de alguna manera, espejos que nos devuelven la imagen de aquello en que nos hemos ido convirtiendo los humanos actuales.

Trasfondo

—¿Dónde surgió la voz que te llevó a sumergirte en los silencios de “Trasfondo” para liberar las palabras de una historia dormida?
—Me costó mucho encontrar la voz de narrador de Trasfondo. De hecho, la novela publicada es la segunda versión. La primera estaba narrada colectivamente, por varios narradores. Eso era coherente con las voces diferentes de los distintos submarinistas a los que había entrevistado, pero sentí que así la historia perdía intensidad. Por ese entonces, mientras avanzaba con la indagación y las entrevistas, leía Lo que queda de Auschwitz, de Giorgio Agamben, para tratar de entender el papel de los testigos en situaciones extremas como la guerra y, en este libro, el caso específico del campo de concentración. Y me encontré con esta idea de que el testigo integral, el que tiene la experiencia completa de lo que es el campo de concentración, es aquel que muere en el campo y, paradójicamente, aquel que ya no tiene voz para dar testimonio. A su vez, quienes sobreviven, sí tienen voz para contar lo sucedido, pero tienen una experiencia parcial, incompleta. Queda entonces, siempre, una laguna, una zona gris, impenetrable, inaccesible, sin voz que la pueda narrar. Un poco arbitrariamente, se me ocurrió trasladar esto que Agamben dice del testigo integral en el campo de concentración a la experiencia de la Guerra de Malvinas. E imaginé que ese testigo integral, imposible para la historia, para el periodismo, para la filosofía, era posible para el arte, y en este caso para la literatura. Eso fue clave para encontrar a mi narrador que, conjuntamente con el trabajo minucioso del lenguaje y el diálogo con otros textos literarios, es lo que hace de este relato una ficción. Sentí que era la única manera de introducirme un poco en esa zona neblinosa e inatrapable de Malvinas. El arte tiene sus maneras de penetrar en aquellos lugares a los que otras disciplinas no llegan.

ARA San Luis

—¿Quiénes te ayudaron a recrear las vivencias del submarino ARA San Luis en el proceso de investigación de la novela?
—Cuando me encontré con esta historia y quise leer algo al respecto, fue escasísimo el material que encontré (una crónica muy breve, una entrevista, una nota periodística) y, por otra parte, tenía la sensación de que lo mejor no estaba ahí, en esa información que había leído. Eso me llevó a tratar de localizar a los protagonistas y a entrevistarlos. De esa manera, cruzando las diferentes versiones, pude hacerme una idea aproximada acerca de lo que había ocurrido dentro de ese submarino, en esos 39 días de inmersión que duró su campaña. Así que fui ubicando, poco a poco, a aquella tripulación y entrevisté a unos 15 submarinistas en total, que me fueron contando lo que ocurría en los distintos lugares del submarino: sala de máquinas, sala de torpedo, comando, sala de radares, la cocina, etc. Pero siempre tuve claro que no soy historiadora ni periodista, sabía que tenía que trabajar literariamente y que eran justamente esas operaciones de distanciamiento y deformación que puede hacer la literatura, o el arte, las que me iban a permitir sumergirme en las profundidades de esta historia, bucear un poco más allá de la primera capa de los testimonios.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Tengo un par de cosas entre manos, pero no me gusta hablar de lo que estoy escribiendo hasta que salga a la luz. No siempre publico todo lo que escribo, además.

—Para terminar, nos gustaría que nos regales una estrofa de algún poema en el que pudieras esconder un sueño, un deseo para este año que comienza.
—En estos momentos difíciles que está viviendo la humanidad toda por el coronavirus, quiero compartir la última estrofa de uno de los poemas de Carpe Diem de Arturo Carrera, que con ese título que viene de la exhortación del poeta latino Horacio, “Aprovecha el día”, habla también de una ausencia que duele, de lo efímero de la vida, de esa trampa en donde lo cierto y lo incierto pactan:

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