Soledad Fernández: “Me fui amigando con mi oscuridad interior y me gusta sacarla a flote en la escritura”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Debajo de la superficie esperan las verdades sepultadas. Atrapadas entre los escombros del silencio buscan ascender para encontrar los lugares y las circunstancias que les pertenecen. Las voces se abren paso entre los túneles de la memoria y cuestionan, son apenas palabras inquietas, sombras que se proyectan desde un pasado borroso, sonidos lejanos, dedos dispuestos a señalar aquello que necesita permanecer enterrado.

Soledad Fernández es médica y escritora, el cuerpo y la palabra fundidos. Desde los ángulos de la vida percibe los latidos de la muerte, las consecuencias del silencio, aquello que vibra por debajo, en los rincones donde nacen las palabras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, la autora platense abre las páginas de sus libros para contarnos su experiencia en el camino de las palabras.

—Aquí, en la puerta de entrada a esta entrevista y a modo de desafío, te dejamos dos palabras que tienen que ver con tus novelas. Una de ellas es “perro” y la otra “máquina”. ¿Qué frase que te sirva para presentarte podrías armar usando ambas?
—Bueno dos palabras potentes… una de ellas define cómo me siento a veces, la otra constituye un temor. Soy médica, como sabrán, y esa profesión, si uno se descuida, te convierte en un ser automático. Y a veces soy máquina, cosa que no me gusta, por supuesto. A los perros ajenos les temo. He tenido malas experiencias. Es más, dejé de andar en bici por ese motivo… triste lo mío. (risas)

¿Cómo lograste fusionar o complementar la palabra escrita con la medicina, el cuerpo con la voz?
—Creo que es imprescindible hacer algo más allá de la profesión. Si no, uno tiene dos caminos al menos: mecanizarse, como dije antes, o explotar. Con la mecanización viene la despersonalización, la barrera y la distancia. Eso genera relaciones de poder desiguales con los pacientes y sus familiares. Además, no te involucrás con el otro y eso es peligroso. No poder sentir el sufrimiento ajeno te resta en lo profesional y como persona. Si uno no toma ese camino y le pone justamente el cuerpo, se corre el riesgo de romperse en mil pedazos, y para eso hay que hacer algo. En mi caso, primero canté, aprendí canto en un instituto y ahora sigo cantando en casa, y luego, al nacer mi hijo hace nueve años, mi voz tuvo que pasar a ser escrita y fue lo mejor que decidí hacer: hijo y escritura.

—¿Cuáles han sido las señales o los símbolos que dieron origen a tus novelas?
—El eje de mi escritura fue siempre el miedo. El miedo y la muerte. En La máquina de diagnosticar hay esta cosa de romperse, como decía antes. De no poder escapar a esa cotidianeidad social de la desigualdad, del sufrimiento de los más vulnerables que son ejes de la novela. El “no poder con”, la reproducción de las estructuras de poder y del sistema de salud expulsivo hicieron que me volcara a un personaje que se rompe literalmente y que debe “fugarse” para sobrevivir a su realidad. En Un perro en la puerta de la casa velatoria, creo que el miedo pasa por la soledad y las decisiones que consciente o inconscientemente tomamos. En este personaje, esto de no hacerse cargo de las cosas es un contrapunto a mi personalidad hiperresponsable que, de paso sea dicho, es agobiante. Cuando uno es así no la pasa bien, por lo que me divertí mucho con el personaje de Carolina, que encuentra culpables en todos menos en ella. Un perro… tiene puntos muy oscuros, situaciones que son propias de las clases medias acomodadas que atrapan a las personas, así como en La máquina…, la desigualdad y la pobreza hacen lo suyo con los enfermos. También hay una cuestión con la oscuridad propia del ser. Con los años, me fui amigando con mi oscuridad interior. Fue decantando como ese barro en el río quieto. Y es parte mía, de mi personalidad. La exploto bastante y me gusta sacarla a flote en la escritura.

—¿Qué temáticas relacionadas con tu profesión están presentes en tus libros?
—Soy médica generalista y tengo una maestría en salud pública y en gestión de servicios de salud pública. Digo esto no para regodearme de mis títulos sino para entender mi costado social en la medicina. Entonces, las temáticas en mis novelas tienen que ver, por un lado, con lo puramente médico, como son una convulsión en La máquina… o el aborto en Un perro…, pero también con las condiciones de vida de las personas. En La máquina…, la muerte por desnutrición infantil o la violencia de género, en Un perro… el contexto en que se realiza un aborto y los mandatos sociales respecto de las mujeres. Creo que mis temas tienen que ver con la salud vista desde una perspectiva integral, desde las raíces sociales, desde la desigualdad económica y en el acceso dispar por cuestiones de género.

—¿Podrías definir con una palabra a cada uno de tus libros “Misceláneas en la oscuridad”, “Relatos de la parca” y “El barro del destino”?
Misceláneas…: el inicio. Relatos de la parca: muerte. El barro del destino: mujeres.

—“La máquina de diagnosticar” fue tu primera novela, ¿cómo llegaste a esa historia? ¿Qué te gustaría destacar de ella?
La máquina nace en el contexto de un taller literario con Francisco Magallanes. Comenzó como una serie de relatos sueltos que se fueron haciendo historia. De ella rescato el desorden organizado, la temática de la humanidad del médico y de la fragilidad de ciertos profesionales que ponen el cuerpo en un sistema de salud estructurado, fragmentado y expulsivo, y el costo en la salud que esto puede tener. Me gusta la oscuridad que se refleja en el personaje. La tristeza innata, que creo que es parte mía, y esa capacidad de fuga que también me pertenece.

—¿Dónde nació la primera imagen o idea de “Un perro en la puerta de la casa velatoria”, tu segunda obra? Contanos cómo llevaste adelante el proceso creativo y cuáles han sido las devoluciones de los lectores hasta ahora.
Un perro… surgió en un velatorio. Esa persona llegando temprano y encontrándose frente a un perro fui yo misma, aunque en otras circunstancias. La escribí en poco tiempo, con muy poca asistencia y de un tirón. Ahí intervino primero mi otra profe, la dramaturga Mariela Anastasio, que me orientó en el proceso. Y luego, Francisco le dio empuje al proponerme que participara del Concurso de Paisanita y Conejos. Con respecto a la devolución, fue muy buena. Aquellos quienes por H o por B llegaron a la novela, la han elogiado y me han dicho que es fuerte. Sobre todo, en imágenes que creo es lo que potencia cualquier narrativa.

—¿De qué manera diste vida a los protagonistas y qué rasgos psicológicos o físicos los caracterizan?
—Con Mariana (La máquina…) inicialmente me vi a mi misma yendo en colectivo a trabajar a la salita. Luego me fui despegando de ella. La divorcié de mi vida y tomó forma propia. Aunque los rasgos de responsabilidad social son muy similares. Y el peso mental de eso también. Carolina (Un perro…) es desgarbada. Es una de esas personas que se ayornan a lo de los demás. Que intentan copiar cosas de otros y que no terminan de constituirse en sí mismas. Descuidada. Con grandes debates mentales… en los que coincidimos (risas). Con cierta personalidad chata que no le permite mirar para adelante.

—En “Un perro…”, a lo largo de sus páginas, sobre los bordes de lo dicho se deslizan cosas que se callan, ¿qué fue lo que más te costó en la construcción de esos silencios que enriquecen a la trama?
—En un principio me costó mucho ubicar a la madre. Porque hay un enojo profundo que bordea el desprecio pero que, como suele suceder, no se termina de inclinar al odio. Porque finalmente hay cuestiones con quien nos trajo al mundo. Esto de “deber” el nacimiento, la vida. Creo que en esa negación de la madre me reflejo, ya que soy madre, y todo el tiempo cuestiono ese rol. Ese no repetir errores de otros. De “ser mejores que…” de fantasear cuando mi hijo sea grande y vaya a terapia y preguntarme “¿Qué dirá de mí?”. Pero creo que tiene que ver con esa necesidad de ser querida por quien uno trae al mundo y cometer la menor cantidad de “errores”, si es que en la vida se erra.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Actualmente estoy haciendo un taller con Mariano Quiroz de forma virtual. Tenía proyectada una novela con la editorial Malisia, que salía en esta primera mitad de año y que, debido al contexto pandémico, se encuentra a la espera de ver la luz.

—¿Un sueño literario?
—Que mis palabras lleguen a muchos y, quién dice, también vivir de eso.

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