Conéctate con nosotros

Entrevistas

Susana Vaquero: “Siempre pienso que a quien lee no hay que darle todo, sino despertarle la curiosidad”

Publicado

el

Por Walter Omar Buffarini

Apegada a las letras desde la primera infancia, se erigió en vocera de los hechos cotidianos y convirtió en poesía su día a día, con una mirada aguda y no carente de humor de la realidad.

Sus textos, en cuentos, novelas o relatos a través de la redes sociales, se transformaron en una sana costumbre para la propia autora y para sus lectores.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora Susana Vaquero, nacida en la provincia de Buenos Aires “por un mandato familiar”, pero pampeana por adopción, brindó detalles de cómo llegó a hacer de la literatura una verdadera forma de vida.

¿Cuándo comenzaste a escribir y en qué momento decidiste publicar?
—Lo hice toda la vida, desde muy chica, y nunca dejé de hacerlo. No hay un día que no escriba, mayormente de noche, aunque sea un ratito. Soy psiquiatra y trabajé en el Hospital de Romero muchos años. Cuando hacía guardias escribía poesías hablando de las cosas que allí sucedían, de las noches agobiantes. Siempre tuve lectores a quienes les mandaba los textos por mail y que podría considerárselos mis “lectores cero”, pero nunca se me hubiera ocurrido publicar, ya que siempre me conformé con la gente que me leía. Eran muchos y en verdad estaba bien. Pero cuando empecé a escribir la novela “Aromas de manzanillas”, una amiga con la que siempre viajaba me insistía con que tenía que pasarla al papel. Ella luego enfermó y creo que finalmente la publicación del libro fue en su homenaje. Como contaba, no era lo que más me interesaba, con que me leyera la gente que me conocía para mí era suficiente.

Comentabas que escribías poesías en las guardias, pero ¿cómo fue que terminaste escribiendo una novela?
—En realidad, la novela no iba a ser tal, sino que iba a ser un cuento, ya que yo me siento mucho más cómoda con ellos, pero en un momento las cosas se me fueron de las manos. Como decía, la idea era un cuento que tenía que ver con las vivencias en distintos pueblos y lugares, y en eso se me cruza un material de cuando Perón llegó a Ezeiza, que siempre me pareció algo muy interesante, y empecé a investigar en diarios sobre qué se había escrito en distintos lugares de provincias en esa época. Así empezó a tomar forma lo que finalmente sería la novela.

Y tenés un libro de cuentos…
—Publiqué un libro de cuentos del que acaba de salir la segunda edición. Con ese libro pasó algo muy lindo, porque la gente me lo empezó a pedir para leerlo, así fui sumando lectores y descubriendo que escribir tiene muchas formas. Son historias contemporáneas que, aunque muchos parecen naifs, entre líneas tienen alguna denuncia social. Siempre pienso que a quien lee no hay que darle todo, sino despertarle la curiosidad, que investigue lo que pasó. Por eso es que en mis textos siempre dejo alguna cosita que debe completar el lector.

También viviste la experiencia de la narración junto a Graciela Aletti…
—Si. Con Graciela éramos compañeras de hospital y después nos reencontramos, ya que ella es narradora oral y hace muy poco hizo un espectáculo con cuentos míos que fue un verdadero éxito. Lo hicimos en un lugar llamado Jazz Bar, de avenida 53 y 10 de La Plata, y fue muchísima gente. Fue algo muy curioso y sorprendente. Primero me pareció raro ver cómo se adaptan los cuentos propios, y después estar escuchándolos fue muy interesante. Eso hizo que ahora esté trabajando en guiones para otros narradores, porque me pareció una experiencia y un camino nuevo de la escritura que no se me hubiese ocurrido, más allá que en YouTube hay un montón de textos y cuentos míos leídos por distintas personas. Pero eso es lectura, no narración.

¿En qué estás trabajando por estos días?
—Estoy en un proyecto literario que involucra a muchas personas, pero del que no puedo contar casi nada. No es un trabajo solamente mío, sino que significa visibilizar muchos autores de cuentos, en principio de la ciudad de La Plata. Participan personas comunes: el verdulero, el carnicero… personas que tienen otros trabajos y que también pueden dedicarse un tiempo a leer y escribir. Es un proyecto muy amplio y que hace un año que venimos dándole forma. También involucra a distintas comunidades latinoamericanas que viven en la región. Pero lamentablemente no puedo adelantar más.

¿Y en lo particular?
—Estoy abocada a unas historias, unos cuentos largos, que pienso que estarán para el año que viene. Son historias de mujeres, porque yo escribo sobre mujeres. Además, tengo una fanpage en la que escribo algunos artículos de humor que tienen que ver con mi barrio. Son cosas que me pasan a mí pero que le pueden pasar a cualquiera. Historias con cierto humor y que siempre terminan en el supermercado chino. Siempre estoy atenta a lo que sucede y los personajes involucrados.


Teníamos un abuelo español que era un gran lector. Un hombre de campo, muy curioso pero que no hablaba casi nada. Eso hizo que en nuestra imaginación de chicos creyéramos que era un lobizón.


¿Si tuvieras que contar el porqué de tu afición a la lectura y la escritura, como lo explicarías?
—Sin dudas tiene que ver con que en mi casa se fomentaba mucho la lectura. Se compraban muchos libros, muchos diccionarios, y así todos los hermanos, que somos varios, aprendimos a leer mucho antes de empezar la escuela. Papá tenía la obsesión de que había que leer, siempre había que leer. Todos éramos socios de la biblioteca del pueblo desde chiquititos y nuestro recorrido al centro era para ir a la biblioteca. Así, casi todos quedamos ligados a la literatura, cerca de los libros. Tengo un hermano periodista, otro diseñador pero que también escribe, uno que fue bibliotecario…

Cerca de los libros y con la imaginación a flor de piel…
—Seguramente. Pero para eso también mamá aportó lo suyo. A la hora de la cena era tal el lío en mi casa que ella debía ingeniárselas para lograr tranquilidad. Recuerdo que había una habitación que tenía una puerta con vidrios y cortinas floreadas, entonces mamá nos ponía detrás de esa puerta, en la habitación, y nosotros teníamos que contarle historias a mi hermano más chico, que se quedaba a su lado escuchándonos. Eso hizo que siempre estuviéramos narrando. Cuando nos vinimos a estudiar a La Plata, con mis hermanos mantuvimos esa costumbre. No teníamos demasiado dinero y vivíamos en un conventillo de calle 11 y 57. Por la noche, uno empezaba una oración, otro la continuaba, el otro seguía, y había que redoblar la apuesta para ver quién armaba la mejor historia. En esa época existían unos grabadores grandes en los que poníamos el casete y después escuchábamos lo narrado. Hasta hace un tiempo conservábamos esos relatos, pero de a poco se fueron perdiendo. 


Muchos de mis textos tienen que ver con eso de las soledades y los desamores. Personas oscuras que andan como escondidas y en realidad por dentro tienen esa imagen de un amor que no fue.


—¿A la hora de escribir “robás” un poquito de las historias de tu profesión?
—Siempre evité escribir sobre cosas que tuvieran que ver con pacientes o que roce las patologías, pero muchas veces es inevitable. Me ayuda a la hora de construir un personaje, ya que puedo tener más herramientas. En un tiempo estuve escribiendo unas historias que se llamaban Memorias del sucucho, evocando el cuartito que a mí me tocaba para trabajar en el hospital, que era bastante bizarro como es todo el Hospital Alejandro Korn, que está muy deteriorado, pero que en definitiva no eran relatos sobre los pacientes. Yo ejercía una forma de la psiquiatría que los europeos llaman “de enlace”, que es trabajar el vínculo entre el médico y el paciente, pero más desde lo que le pasa al profesional frente a los internados. Esa forma de trabajo a veces hacía que los pacientes me contaran otras historias de su vida que no iban a la historia clínica. He escrito bastante sobre eso, pero no creo que nunca lo publique, tal vez sí alguna vez lo comparta con la gente con la que trabajé. Si bien no toca cuestiones propias de quienes trataba, eran cosas que ellos me contaban.

¿A parte de esa relación con los libros desde muy chica, te preparaste de alguna manera especial para la escritura?
—No estudié ni hice cursos, porque soy muy tímida para estar en grupos trabajando y soy más de hacer las cosas sola, más con mi interior. Alguna vez pensé en realizar un taller con Gabriel Bañez y fui a una entrevista con él, pero me recomendó seguir sola. Primero pensé que no me había querido como alumna, pero después me di cuenta que no fue así. Sí estudié guion cinematográfico y me fue muy útil para escribir. Cuando me trabo, lo que no me sale lo armo en mi cabeza como un guion y me voy imaginando cómo se va moviendo, como lo filmarían y demás, entonces puedo volver a la escritura. También me gusta mucho el cine y he ido a muchos ciclos, lo que también ha ayudado a mi escritura. Tal vez algún día vaya a algún taller, pero no lo sé. Por el momento disfruto escribir de noche, me gusta escuchar jazz, que nadie me hable, y temo que un grupo me pueda condicionar, aunque reconozco que hay muy buenos talleres.

“Conocí a José Saramago en un Festival de Cine de San Sebastián, y tuve una muy linda charla con alguien muy afectuoso. Eso me llevó a pensar que él había empezado a publicar de grande, no había ido a talleres y tenía bastantes limitaciones también, y dije ‘tal vez los caminos sean estos’.

Nos contaste que nunca pasó por tu cabeza la idea de publicar, pero lo hiciste y te diste a conocer como escritora, ¿cuál sería tu sueño hoy?
—Con conservar la lucidez para escribir ya estoy conforme. Pero sí me gustaría que hubiera en la ciudad algo que permitiera visibilizar a mucha gente que escribe, que es muy talentosa, pero que no cuenta con las posibilidades de publicar. Me interesa hacer algo sobre eso y es un tema que desde hace un tiempo me da vueltas en la cabeza. Otra cuestión que me motiva es buscar la forma que los autores independientes podamos llegar a determinados sectores de la población, como pueden ser los no videntes. Hay muy poco publicado en Braille, y lo que existe es lo clásico. ¿Por qué limitar a las personas a solamente oír un cuento, si a lo mejor lo que quieren es tocar la letra?

¿Cuándo tenés que leer, qué es lo que más elegís?
—Leo de todo y todos los días. A veces tengo varios textos a la par. Ahora estoy leyendo a Juan Solá, que es un chico muy interesante. Estoy leyendo Matadero Cinco de Kurt Vonnegut. Tengo casi terminada Serotonina de Michel Houellebecq, un autor bastante controvertido pero muy interesante. También me regalaron el último libro de Haruki Murakami, La muerte del comendador. Siempre tengo un libro en la cartera. Si tomo un colectivo y tengo tiempo, leo. Leo muchísimo.

“Es muy difícil para un autor independiente vender en las grandes librerías. Primero porque los porcentajes que se queda la librería es muy importante, y después porque los libros no reciben la difusión que necesitan, ni siquiera son puestos en vidriera.”

¿Además de los libros, el contacto con tus lectores es a través de tu fanpage?
—Si. Así es que tengo lectores de los lugares más insólitos, a pesar de escribir solo en castellano. Casi todos los días subo algún cuento corto o voy contando acerca de proyectos que estamos llevando adelante. A veces recomiendo algún libro de otro autor o cuento cosas de otras personas que escriben y que yo respeto. Pero más que nada subo mis textos. Cuando es algo que voy a publicar no lo comparto todo, pero si un pedacito, como adelanto. También subo relatos cortitos que tienen que ver siempre con historias de bares, de mozos, cuentos de fútbol… Todos los días escribo alguna cosita.

¿Qué nos podés contar de Aromas de manzanillas?
—Que es una novela que a mí me sorprendió. Cuando un autor independiente empieza a editar, primero hace pocos libros porque no se sabe a quién le va a interesar, más que a los amigos y los allegados. Pero en este caso se fueron abriendo los caminos, y hasta llegaron a preguntarme si no me parecía que también era una novela para adolescentes. Y la verdad que no lo había pensado. Pero puede ser, porque los personajes son chicos que entran a la facultad, lo que es el inicio del amor, la sexualidad, la amistad, lo que no se debe decir…

¿Y por qué ese título?
—En realidad, tiene que ver con mi propia vida. He tenido una familia muy particular, con una mamá fiel a rajatablas a los mandatos familiares, y un papá socialista perdido por el mundo. Mi madre era de un pueblito en la provincia de Buenos Aires, pegado a Pehuajó, que se llama Francisco Madero, donde se cultivaba y se trabajaba la manzanilla y se vivía de su producción y venta. Vaya a saber uno por qué cuestiones, mi abuela había decretado que todos sus nietos debían nacer en su cama, por lo que, en el caso de mis padres que ya vivían en La Pampa, al llegar mi mamá al cuarto mes de embarazo viajaba y se quedaba en la casa materna hasta que después del nacimiento iba mi papá a buscarla. Después, durante nuestra infancia, viajábamos para el Día de los Muertos, porque era riguroso que todos debíamos ir al cementerio con la abuela para esa fecha. Tengo el recuerdo de los más chicos jugando a las escondidas en aquel lugar. Por lo tanto, yo pasaba todo noviembre con todos mis primos de distintos lugares en un pueblo con olor a manzanilla. Durante mucho tiempo tomé a ese pueblo como parte de mi identidad hasta que, después de mucho análisis de por medio, adopté a La Pampa como mi lugar y me reconozco como pampeana. Francisco Madero era el pueblo de mi madre, con todas sus historias, y yo lo tengo incorporado a través del perfume de la manzanilla.


El conventillo de calle 11


“Vivíamos con mis hermanos en un conventillo que había sido donado por Evita y en el que habitaban unos personajes rarísimos. El dueño era Cleto Ciocchini, el pintor de las barcazas de Mar del Plata y cuyo nombre lleva el museo que está en el puerto marplatense. Era manejado por sus hijos, que eran unos personajes con historias muy densas y a su vez muy ricas. En la entrada del lugar tenía su estudio el pintor platense Ricardo Porto y al fondo había una imprenta clandestina, que obviamente desconocíamos. También había chicos que pertenecían a La Cofradía de la Flor Solar. De ese lugar, que considerábamos horrible, con el tiempo descubrimos la riqueza que tenía haber vivido ahí. Detrás de cada puerta había una historia que hubiera merecido ser la trama de una película. Alguna vez he escrito algunas historias muy curiosas recordando aquella época, pero no las he publicado.


Haga clic para comentar

Debes iniciar sesión para publicar un comentario. Acceso

Deja una respuesta

Entrevistas

Carranza Torres: “‘El Santo de la Espada’ es un libro complejo que cruza géneros sin traicionar a ninguno”

Publicado

el

Por Walter Omar Buffarini /

Del Fondo Editorial acaba de reeditar una joya de la literatura y de los textos históricos argentinos como es “El Santo de la Espada”, biografía del general José de San Martín escrita en la década del 30 del siglo XX por Ricardo Rojas. Pero no conforme con ello, el sello no solo se limitó a reimprimir la obra, sino que le agregó valor con un estudio introductorio sobre la misma y una galería de imágenes.

Ese estudio fue encargado al abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres, quien venía de presentar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires su novela, “Vientos de Libertad”, que aborda un acercamiento al prócer pero desde la ficción.

Contarte Cultura dialogó con el autor para conocer detalles de cómo llegó a hacerse cargo de ese estudio introductorio y el significado y peso que para él tiene en nuestros días la obra de Rojas.

—¿Cómo surgió la posibilidad de acercarte a “El Santo de la Espada” para esta nueva edición de la obra que lanzó Del Fondo Editorial?

—Fue un impensado regalo de la edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Allí firmaba mi última novela histórica, “Vientos de Libertad”, que también tiene que ver con San Martín, pero desde la ficción y enfocada en la guerra de espías que precedió al Cruce de los Andes. En una charla de libros con los editores de Del Fondo, Fernando Peralta y Jessica Gualco me contaron que estaban por reeditar la obra. Comentamos respecto de la importancia que ha tenido para la sociedad argentina en su conjunto, el contexto en que apareció y, sobre todo, su influencia a lo largo del tiempo en la forma que entendemos la figura de José de San Martín. Dos muy lindas charlas, luego de las cuales terminé sumándome al proyecto y escribiendo el estudio introductorio. Un honor impensado. Como suelo decir: las cosas gratas que te traen las letras.

—¿Por qué a la obra original se le agregó un estudio introductorio y una galería de imágenes?

—Al igual que la diagramación de tapa e interiores, muy visual, pensada para capturar a un lector del siglo XXI, tanto el estudio introductorio como la galería de imágenes buscan brindar al lector más elementos para comprender mejor el contexto y alcance de la obra de Ricardo Rojas, así como para entender la vigencia del legado sanmartiniano. Están pensados de modo que el lector de hoy no se acerque al texto de Rojas en el vacío, sino con las herramientas para entender por qué una biografía escrita en 1933 sigue interpelándonos casi un siglo después.
En ese sentido, el estudio introductorio le muestra cómo fue el proceso de su escritura, el porqué del título, las perspectivas que el autor adoptó al escribirlo y la historia de su influencia en la cultura nacional desde su aparición hasta nuestros días.
La galería de imágenes responde a una lógica complementaria: la idea fue mostrar en imágenes —mapas, cuadros de época, fotografías actuales de los lugares y objetos vinculados a la gesta— aquello mismo que Rojas cuenta con su prosa. No se trata de ilustrar el texto de manera decorativa, sino de darle al lector un correlato visual del recorrido que propone el libro: que pueda ver el territorio del Cruce de los Andes, los rostros y escenarios de época, al mismo tiempo que lee cómo Rojas los narra. Allí, además de los editores, Leonardo Menoyo tuvo a su cargo la concepción y selección de las imágenes. Algún aporte hicimos también. De tal forma, texto y galería se completan: uno cuenta, la otra muestra.

—¿Esta biografía de San Martín es para vos la “definitiva” o crees que debería ser entendida en el tiempo y los acontecimientos que rodeaban a Ricardo Rojas cuando la escribió?

—No creo que pueda haber una biografía “definitiva” en el sentido documental del término sobre San Martín, ya que siempre pueden aparecer nuevos documentos que enriquecen e incluso cambian algunas perspectivas. Sí me parece útil leerla sin perder de vista el tiempo en que surgió: Rojas empieza a escribirla hacia 1930, justo cuando lo sacan del rectorado de la Universidad de Buenos Aires tras el golpe a Hipólito Yrigoyen, con el país sacudido por la crisis institucional, y no pocos en la sociedad apostando a un país de tipo corporativo a imitación del fascismo italiano.
Por eso Rojas no solo escribe una obra sobre la vida de San Martín: rescata aspectos del prócer que brindan una respuesta espiritual a esa crisis cívica. Esa es la clave de lectura: no es solo una biografía en cuanto a una sucesión de hechos de la existencia de una personalidad pública, sino un trayecto en la construcción de los valores de una persona y de lo que hizo con ellos.

—¿La polémica que se desató entre Rojas y José Pacífico Otero tras la edición de la biografía en 1933, cambió en algo su posterior repercusión y el valor editorial de la obra?

—Sí, y es uno de los episodios que más me interesó reconstruir. En sus inicios, y a pesar del entusiasmo del público lector en general, ni la obra ni su autor se salvaron de estar incursos en polémicas. La esgrima verbal con José Pacífico Otero la ilustra de forma acababa, pues era un historiador de la vieja escuela, documentalista, y presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano. Más allá de las cuestiones de lucha de egos, que las hubo, ese enfrentamiento marca dos visiones de ver no solo al prócer, sino cómo debe llevarse a cabo las obras de carácter histórico.
Otero era autor de una obra casi contemporánea, de varios tomos, con documentación europea inédita. Rojas apela a mostrar una vida en un solo libro y con un discurso mucho más accesible. Lo interesante es que esa disputa, lejos de perjudicar a Rojas, terminó marcando el destino de los dos libros: el de Otero, más riguroso desde el punto de vista heurístico, quedó circunscripto a los cenáculos especializados; el de Rojas se impuso en los lectores en general. No fue el aparato documental el que definió qué biografía iba a perdurar, sino principalmente el modelo narrativo. Y dentro de él, la accesibilidad del relato.

Ricardo Rojas (PH: Archivo General de la Nación)

—Mitre y Pacífico Otero escribieron biografías mucho más extensas y documentales de San Martín. ¿Por qué la de Rojas terminó siendo la que se instaló en la memoria popular y escolar por sobre esas otras?

—Porque Mitre y Otero le hablan en sus páginas al historiador o al estudiante de historia, y en cambio Rojas conversa con el lector de a pie. Mitre funda la historia científica sanmartiniana y Otero la consolida con erudición de especialista, pero ambos escriben con el aparato clásico: notas, documentación exhaustiva, extensión de varios tomos. Y la narración tenía su centro de gravedad mayormente en sus hazañas militares. Rojas hace exactamente lo contrario: un libro compacto, de alrededor de quinientas páginas, sin la estructura de un libro histórico, sin citas al pie ni datos cuantitativos de batallas, centrándose en la progresión espiritual y sicológica de alguien que nació en las misiones guaraníes, creció en Europa, se formó en el ejército español y lo terminó combatiendo para asegurar la independencia de una tierra que sentía próxima, pero en la que no había vivido sino unos pocos años. Para el público de la época eso resultó completamente novedoso. Privilegió un texto atrayente, de rápida comunicación con el lector, y esa decisión de estilo es la que explica por qué es el San Martín de Rojas, y no el de Mitre ni el de Otero, el que se terminó instalado en la currícula escolar y en la memoria colectiva.

—El propio Rojas reivindicaba el derecho a una “historia que se romancea”, frente a las críticas de quienes le reprochaban mezclar erudición con literatura. ¿Cómo definirías vos el género de este libro: ¿biografía, ensayo histórico, o algo distinto?

—Se trata de un libro complejo que cruza géneros sin traicionar a ninguno, lo que habla a las claras de la genialidad de quien lo ha escrito. Si tenemos que encuadrarlo, entiendo que estamos ante una biografía novelada. Se ajusta en todos sus detalles a la verdad histórica, pero alcanza la armonía y la belleza de expresión de un poema. Esa paradoja —rigor histórico y aliento poético en la misma página— es lo que hace al libro difícil de clasificar en una sola categoría, y es al mismo tiempo lo que explica su eficacia para cautivar lectores generación tras generación.
No es menor en esto que Rojas estructura la obra como un tríptico —Iniciación, Hazaña, Renunciamiento— que tiene más la arquitectura de una tragedia clásica que la de una biografía convencional de cuna a tumba. No cuenta una vida pública, narra un camino de la ignorancia a la iluminación, del poder a la renuncia, del héroe al santo. Por eso yo prefiero llamarlo hagiografía laica antes que biografía a secas. Rojas no pretendía hacer historiografía tradicional, y esa fue precisamente la decisión que le permitió trascender.

—La obra se proyectó en otros formatos a lo largo del tiempo —la historieta de los años 50, la película de Torre Nilsson en 1970— ¿Cuál es tú opinión sobre esa capacidad de traducirse a otros lenguajes?

—Me parece el mejor termómetro de la vitalidad real de un texto. En 1950, año del centenario de la muerte de San Martín, el libro ya había dado el salto a la historieta, con las ilustraciones de Víctor Valdivia publicadas en el diario El Día de La Plata. Y en 1970 Leopoldo Torre Nilsson lo lleva al cine, con Alfredo Alcón en el papel de San Martín. Fue una de las películas argentinas más vistas de su época, con colegios enteros yendo a verla, y ese éxito de taquilla generó a su vez un tercer momento de interés editorial que aprovecharon EUDEBA y Editorial Campano para relanzar el libro con nuevos diseños. Un texto que puede migrar de la prosa a la viñeta y de ahí a la pantalla grande sin perder su núcleo de sentido no es un texto agotado, es un mito operativo, todavía en uso.

—¿Cuál es para vos el principal aporte de “El Santo de la Espada” para quien lea la obra en nuestro tiempo?

—Que la salud de una república depende fundamentalmente de la calidad moral de sus ciudadanos y, además, de la altura de sus líderes frente a la adversidad o las tentaciones del poder. Ese es, para mí, el corazón del libro, y se trata de un mensaje que no envejeció un solo día. Rojas nos recuerda que la libertad no es un puerto de llegada sino un ejercicio cotidiano de integridad, que exige coraje para defenderla y, en quienes gobiernan, la valentía de saber renunciar cuando corresponde. Por eso, en el tiempo que sea, leer a Rojas es reencontrarse con la idea, casi olvidada, de que la política y la grandeza pueden convivir en el sacrificio.

—¿Luego del estudio que llevaste a cabo para esta edición, cual es tu pensamiento respecto de la obra de Ricardo Rojas y sobre la propia biografía del Gral. José de San Martín?

—Terminé este trabajo con la convicción de que pocos intelectuales argentinos tuvieron una influencia tan profunda, perenne y en simultáneo sobre la producción, la enseñanza y la legitimación de nuestra cultura nacional como Ricardo Rojas.
Son escasas las obras con el alcance y la permanencia de “El Santo de la Espada”. Junto al “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento y el “Martín Fierro” de José Hernández, ocupa uno de esos contados lugares reservados a los textos que definen la idiosincrasia de una nación.
Respecto de San Martín, lo que más me quedó grabado es algo que Rojas entendió mejor que nadie: que las naciones no se sostienen solo con instituciones y leyes, sino también con los mitos que le dan forma a su autocomprensión. Y que solo los mitos que hunden sus raíces en verdades comunes pueden durar mucho más que su autor y que el contexto convulsionado en que fue escrito. Por eso, leer hoy este libro no es un ejercicio de nostalgia bibliográfica, se trata de un acto de profunda identidad colectiva.

Sigue leyendo

Entrevistas

Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

Publicado

el

Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

Sigue leyendo

Entrevistas

“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

Publicado

el

Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

Sigue leyendo


Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA En Trámite
Edición Nº