Susana Vaquero: “Siempre pienso que a quien lee no hay que darle todo, sino despertarle la curiosidad”

Por Walter Omar Buffarini

Apegada a las letras desde la primera infancia, se erigió en vocera de los hechos cotidianos y convirtió en poesía su día a día, con una mirada aguda y no carente de humor de la realidad.

Sus textos, en cuentos, novelas o relatos a través de la redes sociales, se transformaron en una sana costumbre para la propia autora y para sus lectores.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora Susana Vaquero, nacida en la provincia de Buenos Aires “por un mandato familiar”, pero pampeana por adopción, brindó detalles de cómo llegó a hacer de la literatura una verdadera forma de vida.

¿Cuándo comenzaste a escribir y en qué momento decidiste publicar?
—Lo hice toda la vida, desde muy chica, y nunca dejé de hacerlo. No hay un día que no escriba, mayormente de noche, aunque sea un ratito. Soy psiquiatra y trabajé en el Hospital de Romero muchos años. Cuando hacía guardias escribía poesías hablando de las cosas que allí sucedían, de las noches agobiantes. Siempre tuve lectores a quienes les mandaba los textos por mail y que podría considerárselos mis “lectores cero”, pero nunca se me hubiera ocurrido publicar, ya que siempre me conformé con la gente que me leía. Eran muchos y en verdad estaba bien. Pero cuando empecé a escribir la novela “Aromas de manzanillas”, una amiga con la que siempre viajaba me insistía con que tenía que pasarla al papel. Ella luego enfermó y creo que finalmente la publicación del libro fue en su homenaje. Como contaba, no era lo que más me interesaba, con que me leyera la gente que me conocía para mí era suficiente.

Comentabas que escribías poesías en las guardias, pero ¿cómo fue que terminaste escribiendo una novela?
—En realidad, la novela no iba a ser tal, sino que iba a ser un cuento, ya que yo me siento mucho más cómoda con ellos, pero en un momento las cosas se me fueron de las manos. Como decía, la idea era un cuento que tenía que ver con las vivencias en distintos pueblos y lugares, y en eso se me cruza un material de cuando Perón llegó a Ezeiza, que siempre me pareció algo muy interesante, y empecé a investigar en diarios sobre qué se había escrito en distintos lugares de provincias en esa época. Así empezó a tomar forma lo que finalmente sería la novela.

Y tenés un libro de cuentos…
—Publiqué un libro de cuentos del que acaba de salir la segunda edición. Con ese libro pasó algo muy lindo, porque la gente me lo empezó a pedir para leerlo, así fui sumando lectores y descubriendo que escribir tiene muchas formas. Son historias contemporáneas que, aunque muchos parecen naifs, entre líneas tienen alguna denuncia social. Siempre pienso que a quien lee no hay que darle todo, sino despertarle la curiosidad, que investigue lo que pasó. Por eso es que en mis textos siempre dejo alguna cosita que debe completar el lector.

También viviste la experiencia de la narración junto a Graciela Aletti…
—Si. Con Graciela éramos compañeras de hospital y después nos reencontramos, ya que ella es narradora oral y hace muy poco hizo un espectáculo con cuentos míos que fue un verdadero éxito. Lo hicimos en un lugar llamado Jazz Bar, de avenida 53 y 10 de La Plata, y fue muchísima gente. Fue algo muy curioso y sorprendente. Primero me pareció raro ver cómo se adaptan los cuentos propios, y después estar escuchándolos fue muy interesante. Eso hizo que ahora esté trabajando en guiones para otros narradores, porque me pareció una experiencia y un camino nuevo de la escritura que no se me hubiese ocurrido, más allá que en YouTube hay un montón de textos y cuentos míos leídos por distintas personas. Pero eso es lectura, no narración.

¿En qué estás trabajando por estos días?
—Estoy en un proyecto literario que involucra a muchas personas, pero del que no puedo contar casi nada. No es un trabajo solamente mío, sino que significa visibilizar muchos autores de cuentos, en principio de la ciudad de La Plata. Participan personas comunes: el verdulero, el carnicero… personas que tienen otros trabajos y que también pueden dedicarse un tiempo a leer y escribir. Es un proyecto muy amplio y que hace un año que venimos dándole forma. También involucra a distintas comunidades latinoamericanas que viven en la región. Pero lamentablemente no puedo adelantar más.

¿Y en lo particular?
—Estoy abocada a unas historias, unos cuentos largos, que pienso que estarán para el año que viene. Son historias de mujeres, porque yo escribo sobre mujeres. Además, tengo una fanpage en la que escribo algunos artículos de humor que tienen que ver con mi barrio. Son cosas que me pasan a mí pero que le pueden pasar a cualquiera. Historias con cierto humor y que siempre terminan en el supermercado chino. Siempre estoy atenta a lo que sucede y los personajes involucrados.


Teníamos un abuelo español que era un gran lector. Un hombre de campo, muy curioso pero que no hablaba casi nada. Eso hizo que en nuestra imaginación de chicos creyéramos que era un lobizón.


¿Si tuvieras que contar el porqué de tu afición a la lectura y la escritura, como lo explicarías?
—Sin dudas tiene que ver con que en mi casa se fomentaba mucho la lectura. Se compraban muchos libros, muchos diccionarios, y así todos los hermanos, que somos varios, aprendimos a leer mucho antes de empezar la escuela. Papá tenía la obsesión de que había que leer, siempre había que leer. Todos éramos socios de la biblioteca del pueblo desde chiquititos y nuestro recorrido al centro era para ir a la biblioteca. Así, casi todos quedamos ligados a la literatura, cerca de los libros. Tengo un hermano periodista, otro diseñador pero que también escribe, uno que fue bibliotecario…

Cerca de los libros y con la imaginación a flor de piel…
—Seguramente. Pero para eso también mamá aportó lo suyo. A la hora de la cena era tal el lío en mi casa que ella debía ingeniárselas para lograr tranquilidad. Recuerdo que había una habitación que tenía una puerta con vidrios y cortinas floreadas, entonces mamá nos ponía detrás de esa puerta, en la habitación, y nosotros teníamos que contarle historias a mi hermano más chico, que se quedaba a su lado escuchándonos. Eso hizo que siempre estuviéramos narrando. Cuando nos vinimos a estudiar a La Plata, con mis hermanos mantuvimos esa costumbre. No teníamos demasiado dinero y vivíamos en un conventillo de calle 11 y 57. Por la noche, uno empezaba una oración, otro la continuaba, el otro seguía, y había que redoblar la apuesta para ver quién armaba la mejor historia. En esa época existían unos grabadores grandes en los que poníamos el casete y después escuchábamos lo narrado. Hasta hace un tiempo conservábamos esos relatos, pero de a poco se fueron perdiendo. 


Muchos de mis textos tienen que ver con eso de las soledades y los desamores. Personas oscuras que andan como escondidas y en realidad por dentro tienen esa imagen de un amor que no fue.


—¿A la hora de escribir “robás” un poquito de las historias de tu profesión?
—Siempre evité escribir sobre cosas que tuvieran que ver con pacientes o que roce las patologías, pero muchas veces es inevitable. Me ayuda a la hora de construir un personaje, ya que puedo tener más herramientas. En un tiempo estuve escribiendo unas historias que se llamaban Memorias del sucucho, evocando el cuartito que a mí me tocaba para trabajar en el hospital, que era bastante bizarro como es todo el Hospital Alejandro Korn, que está muy deteriorado, pero que en definitiva no eran relatos sobre los pacientes. Yo ejercía una forma de la psiquiatría que los europeos llaman “de enlace”, que es trabajar el vínculo entre el médico y el paciente, pero más desde lo que le pasa al profesional frente a los internados. Esa forma de trabajo a veces hacía que los pacientes me contaran otras historias de su vida que no iban a la historia clínica. He escrito bastante sobre eso, pero no creo que nunca lo publique, tal vez sí alguna vez lo comparta con la gente con la que trabajé. Si bien no toca cuestiones propias de quienes trataba, eran cosas que ellos me contaban.

¿A parte de esa relación con los libros desde muy chica, te preparaste de alguna manera especial para la escritura?
—No estudié ni hice cursos, porque soy muy tímida para estar en grupos trabajando y soy más de hacer las cosas sola, más con mi interior. Alguna vez pensé en realizar un taller con Gabriel Bañez y fui a una entrevista con él, pero me recomendó seguir sola. Primero pensé que no me había querido como alumna, pero después me di cuenta que no fue así. Sí estudié guion cinematográfico y me fue muy útil para escribir. Cuando me trabo, lo que no me sale lo armo en mi cabeza como un guion y me voy imaginando cómo se va moviendo, como lo filmarían y demás, entonces puedo volver a la escritura. También me gusta mucho el cine y he ido a muchos ciclos, lo que también ha ayudado a mi escritura. Tal vez algún día vaya a algún taller, pero no lo sé. Por el momento disfruto escribir de noche, me gusta escuchar jazz, que nadie me hable, y temo que un grupo me pueda condicionar, aunque reconozco que hay muy buenos talleres.

“Conocí a José Saramago en un Festival de Cine de San Sebastián, y tuve una muy linda charla con alguien muy afectuoso. Eso me llevó a pensar que él había empezado a publicar de grande, no había ido a talleres y tenía bastantes limitaciones también, y dije ‘tal vez los caminos sean estos’.

Nos contaste que nunca pasó por tu cabeza la idea de publicar, pero lo hiciste y te diste a conocer como escritora, ¿cuál sería tu sueño hoy?
—Con conservar la lucidez para escribir ya estoy conforme. Pero sí me gustaría que hubiera en la ciudad algo que permitiera visibilizar a mucha gente que escribe, que es muy talentosa, pero que no cuenta con las posibilidades de publicar. Me interesa hacer algo sobre eso y es un tema que desde hace un tiempo me da vueltas en la cabeza. Otra cuestión que me motiva es buscar la forma que los autores independientes podamos llegar a determinados sectores de la población, como pueden ser los no videntes. Hay muy poco publicado en Braille, y lo que existe es lo clásico. ¿Por qué limitar a las personas a solamente oír un cuento, si a lo mejor lo que quieren es tocar la letra?

¿Cuándo tenés que leer, qué es lo que más elegís?
—Leo de todo y todos los días. A veces tengo varios textos a la par. Ahora estoy leyendo a Juan Solá, que es un chico muy interesante. Estoy leyendo Matadero Cinco de Kurt Vonnegut. Tengo casi terminada Serotonina de Michel Houellebecq, un autor bastante controvertido pero muy interesante. También me regalaron el último libro de Haruki Murakami, La muerte del comendador. Siempre tengo un libro en la cartera. Si tomo un colectivo y tengo tiempo, leo. Leo muchísimo.

“Es muy difícil para un autor independiente vender en las grandes librerías. Primero porque los porcentajes que se queda la librería es muy importante, y después porque los libros no reciben la difusión que necesitan, ni siquiera son puestos en vidriera.”

¿Además de los libros, el contacto con tus lectores es a través de tu fanpage?
—Si. Así es que tengo lectores de los lugares más insólitos, a pesar de escribir solo en castellano. Casi todos los días subo algún cuento corto o voy contando acerca de proyectos que estamos llevando adelante. A veces recomiendo algún libro de otro autor o cuento cosas de otras personas que escriben y que yo respeto. Pero más que nada subo mis textos. Cuando es algo que voy a publicar no lo comparto todo, pero si un pedacito, como adelanto. También subo relatos cortitos que tienen que ver siempre con historias de bares, de mozos, cuentos de fútbol… Todos los días escribo alguna cosita.

¿Qué nos podés contar de Aromas de manzanillas?
—Que es una novela que a mí me sorprendió. Cuando un autor independiente empieza a editar, primero hace pocos libros porque no se sabe a quién le va a interesar, más que a los amigos y los allegados. Pero en este caso se fueron abriendo los caminos, y hasta llegaron a preguntarme si no me parecía que también era una novela para adolescentes. Y la verdad que no lo había pensado. Pero puede ser, porque los personajes son chicos que entran a la facultad, lo que es el inicio del amor, la sexualidad, la amistad, lo que no se debe decir…

¿Y por qué ese título?
—En realidad, tiene que ver con mi propia vida. He tenido una familia muy particular, con una mamá fiel a rajatablas a los mandatos familiares, y un papá socialista perdido por el mundo. Mi madre era de un pueblito en la provincia de Buenos Aires, pegado a Pehuajó, que se llama Francisco Madero, donde se cultivaba y se trabajaba la manzanilla y se vivía de su producción y venta. Vaya a saber uno por qué cuestiones, mi abuela había decretado que todos sus nietos debían nacer en su cama, por lo que, en el caso de mis padres que ya vivían en La Pampa, al llegar mi mamá al cuarto mes de embarazo viajaba y se quedaba en la casa materna hasta que después del nacimiento iba mi papá a buscarla. Después, durante nuestra infancia, viajábamos para el Día de los Muertos, porque era riguroso que todos debíamos ir al cementerio con la abuela para esa fecha. Tengo el recuerdo de los más chicos jugando a las escondidas en aquel lugar. Por lo tanto, yo pasaba todo noviembre con todos mis primos de distintos lugares en un pueblo con olor a manzanilla. Durante mucho tiempo tomé a ese pueblo como parte de mi identidad hasta que, después de mucho análisis de por medio, adopté a La Pampa como mi lugar y me reconozco como pampeana. Francisco Madero era el pueblo de mi madre, con todas sus historias, y yo lo tengo incorporado a través del perfume de la manzanilla.


El conventillo de calle 11


“Vivíamos con mis hermanos en un conventillo que había sido donado por Evita y en el que habitaban unos personajes rarísimos. El dueño era Cleto Ciocchini, el pintor de las barcazas de Mar del Plata y cuyo nombre lleva el museo que está en el puerto marplatense. Era manejado por sus hijos, que eran unos personajes con historias muy densas y a su vez muy ricas. En la entrada del lugar tenía su estudio el pintor platense Ricardo Porto y al fondo había una imprenta clandestina, que obviamente desconocíamos. También había chicos que pertenecían a La Cofradía de la Flor Solar. De ese lugar, que considerábamos horrible, con el tiempo descubrimos la riqueza que tenía haber vivido ahí. Detrás de cada puerta había una historia que hubiera merecido ser la trama de una película. Alguna vez he escrito algunas historias muy curiosas recordando aquella época, pero no las he publicado.


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