Que no calle la calle – Adela Basch


La escritora Adela Basch narra cuatro poemas de su libro Que no calle la calle


Avellaneda

Ha venido el otoño.
Hojas doradas llenan la avenida.
Él la ve colmada de hojas caídas.
Piensa en una escoba,
tal vez un rastrillo,
que limpie ese reguero
que cruje amarillo.
Súbitamente, cae un aguacero.
“Que él lave la calle”,

piensa el caminante,
y él la ve colmada

de hojas doradas
que la lluvia lava.
Ha venido el aguacero,
ha venido y ha lavado,
ha lavado el cielo,
ha lavado el suelo.
Ahora llega un ave
con certero vuelo.
El ave, ya nebulosa,
surca el espacio celeste.
El ave ya anhela,
norte, sur, este, oeste.
Y el ave ya necesita
descansar de sus corridas.
El ave ya llega, el ave ya anida,
en su hogar, en la avenida
Avellaneda.

Cerrito

Hay un cerro, hay un cerro
en medio de la ciudad.
No es un cero, no es un cero
por una erre de más.
No es un carro, no es un carro
por cuasa de una vocal.
No es un perro, no es un perro
por una letra, no más.
Es un cerro muy pequeño,
esa es la pura verdad.
¡Díganme si no es un sueño
que esté allí donde está!
Entre edificios y autos,
en medio de la ciudad.
Pero también les comento
que es bonito, bien bonito
ser un poquitín incautos
y junto a tanto cemento
encontrarse con Cerrito.

Las Heras

En las eras ciudadanas
alguien encera la acera.
Tanto pule con la cera
que finalmente lacera
toda la calle Las Heras.
Mientras pasa una italiana
y saluda: “¡Buona sera!”

Castillo

Es claro que no es lo mismo
sopa y sapo, rastro y rostro,
trampa y trompa, costa y costo.
Es claro que es diferente
gorra y garra, rusa y risa
corto y carta, lento y lente.
¡Qué cosa excepcional
lo que puede una vocal!
Yo misma me maravillo
al ver que un pequeño cambio
es capaz de convertir
una costilla en Castillo.

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