Guilo Villar: “Cada experiencia compartida ayuda a generar inspiración a la hora de crear nueva música”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las canciones se despiertan, se elevan, giran, se expanden y nos envuelven en un lenguaje universal, único, del que todos formamos parte. Guilo Villar afina su oído y logra rescatar las notas que surgen desde el fondo mismo de su cuerpo, desde la naturaleza de cada objeto donde de alguna manera se esconden los sonidos de una música ancestral que entrelaza las palabras de todos los tiempos y se abre como una flor en su último disco.

En diálogo con ConArte Cultura el multinstrumentista porteño cuenta sus vivencias en el camino de la música y presenta “Amancay”, su nueva obra.

—Para comenzar con una presentación diferente, mirá a tu alrededor y elegí un objeto de la vida cotidiana que te represente porque, al igual que vos, guarda música en su interior.
—Amo pensar en objetos de la vida cotidiana como elementos sonoros. Es un ejercicio que hago constantemente explorando cada objeto con mis manos y mis oídos. Si tengo que mencionar ahora mismo un objeto de los que se encuentran a mi alrededor, inevitablemente pensaría en un vaso de agua que tengo en el escritorio. Ese vaso tiene forma de copa y es capaz de hacer varios sonidos dependiendo de la cantidad de agua que tenga dentro. Puede ser el motor de cualquier música por su capacidad de generar un espacio sonoro amplio, o puede ser simplemente un vaso de agua. 

—¿En qué momento decidiste que querías ser músico?
—Tenía 6 años y vi por primera vez a alguien tocar un piano en frente mío. Fue en un acto escolar, un alumno de séptimo grado estaba tocando “Para Elisa”, de Beethoven. Quedé hipnotizado y con ganas de experimentar que era eso de apoyar mis dedos en unas teclas de las cuales salían sonidos. Seguido de esa experiencia, mi viejo consiguió, en una disquería del barrio, un tecladito Casio que hasta el día de hoy sigo usando y sorprendiéndome siempre de todo lo que se puede hacer en un teclado tan básico (y barato). Fue en aquel entonces cuando mi voz interior se convirtió en una voz que canta constantemente. Desde ese momento nunca lo dudé ni un poco, siempre supe que quería hacer esto toda la vida. 

—Contanos cómo percibís el comienzo de una canción y de qué manera vas hilando las palabras con los sonidos para darle vida y, a partir de allí, cómo lográs conectar tus emociones con la música que emerge de la naturaleza para convertirla en tu propia voz.
—Toda persona sobre esta tierra tiene una voz interior, un pensamiento. Esa misma voz, a veces canta, y es la que viene nada más y nada menos que de nuestras sensaciones. No hay emociones que conectar, porque ellas ya vienen desde cualquier melodía que salga de nuestro cuerpo, y lo más importante a la hora de construir una canción es ser consciente de ello. Y aquí se genera un problema que considero muy recurrente en el ambiente del arte: hay artistas que se olvidan de esto para pensar únicamente en lo que pueda llegar a interesarle al público. Yo elijo pensar más en que soy un sujeto creador que exterioriza sus sensaciones, producto del mundo que me rodea, de la realidad que nos golpea cada día. A esa realidad elijo enfrentarla con música, con arte, con creación. Entonces, dicho esto, para construir una canción lo primero que hago es grabar toda melodía que se me cruza por la cabeza con el celular, o con un grabador de cassette que siempre llevo conmigo. Luego, a ese boceto lo voy pintando poco a poco hasta llegar al resultado final, el que puede llegar en un día, en una semana, o en años. También, estos últimos tiempos me tomé el desafío de ponerle música a palabras ya escritas, dando lugar al proceso inverso. Convoqué a escritores que conozco, entre ellos a mi hermano, para que me traigan poemas. En ese caso, le busco el ritmo a las palabras habladas, leo el poema muchísimas veces en voz alta y desde ahí empiezo a sonorizar, lo cual me ha llevado a lugares que estaban muy en el fondo de mi inconsciente, tal como sucedió en “Cantar de perros”, un poema de mi hermano Lautaro que me llevó a hacer una canción que fusiona músicas del mundo, más precisamente de Europa del Este, con algo que puede llegar a ser considerado parte del Rock o del Metal. 

—Participaste de varias bandas, entre otras, Babel Orkesta, ¿qué experiencias rescatás de esos momentos de música compartida?
—Participar en diferentes ensambles me dio versatilidad a la hora de crear música, pues me ha llevado a explorar ritmos e instrumentos que quizás no hubiera agarrado si no fuera por aquellas experiencias. He trabajado hasta en un grupo de Mariachis cuando tenía 21 años y allí fue donde accedí a recorrer todo el conurbano bonaerense con el acordeón. Trabajé como pianista acompañante de coros, he ido a un crucero con una banda de eventos, y finalmente trabajé en la Babel Orkesta durante dos años, en donde adquirí más soltura con el acordeón. Con la Babel toqué muchas veces en Konex, en Tecnópolis, he grabado para Paka Paka, y he tocado en el CCK. Allí me crucé con el gran Diego Leroux, con quien actualmente estamos trabajando en su música, la que pronto podrá ser escuchada. En síntesis, cada experiencia compartida ayuda a generar inspiración a la hora de crear nueva música. 

—¿Qué instrumentos convencionales son los que más disfrutás al hacer música y cuáles los no convencionales con los que también despertás a las notas?
—El instrumento convencional que más disfruto es el piano, ya que es con el que conviví prácticamente toda mi vida. Lo he explorado mucho y así lo sigo haciendo cada día. El piano es una orquesta portátil, y eso me fascina. Respecto a los instrumentos no convencionales, aún no sé cuál es el que más disfruto porque me falta mucho por explorar. Cada día de mi vida busco nuevas sonoridades, hasta cuando caliento agua para hacer mate encuentro frecuencias sonoras en el agua calentándose que pueden convivir tranquilamente dentro de una canción. De todas maneras, estos últimos años estuve investigando mucho las cajas musicales. De esa manera encontré algunas nuevas que vienen de China, a las cuales uno puede escribirle la melodía que desea en un rollo de cartón. Luego, gracias a la ayuda de Juani Perisutti, le hicimos una rueda para enrollar la partitura, como las de los viejos proyectores de cine, y ahora Diego Leroux está trabajando en una máquina automática. A esta caja le llamo la Caja Amancay y viene siendo un objeto del cual me enamoro cada día, porque me cambió la forma de hacer música y, cada vez que escribo en un rollo de cartón para que la Amancay la reproduzca, me meto en un viaje mágico, único e irrepetible. 

—¿Cómo vivís la experiencia de transcribir sobre partituras la música popular y cuál es el principal objetivo que te proponés al guardar esos tesoros en el interior de los pentagramas?
—Lo vivo con mucho amor, con mucha dedicación y a la vez es un proceso del cual aprendo. Es como si los grandes artistas de nuestra historia me dieran clases de música, porque es meterme dentro de la obra, es escuchar lo que fue grabado y escribirlo en el papel agregándole mi impronta personal. A la vez, es inmortalizar esas obras de alguna manera, para que las futuras generaciones tengan acceso a este material y puedan estudiarlas a fondo haciendo análisis sobre lo escrito. De esta manera, quizás sirva de estímulo a otros para crear nuevas obras, así como me sucedió a mí. 

—Si pudieras elegir dos palabras que definan a tu primer disco “Y nosotros sin el sol”, ¿cuáles serían y por qué?
—Terrenal y adolescente. Terrenal, porque al enfocarme tanto en el exceso de cemento y ausencia de sol en la ciudad quise ver un poco de tierra, aunque sea desde las melodías que se me ocurrían. Adolescente, porque conserva un poco el espíritu de un joven desplegando sus inquietudes frente a una ciudad que elegía olvidarse de sus raíces para seguir aspirando a ser una Europa de cotillón, queriendo tapar nuestras raíces latinoamericanas.  

—¿Quiénes te acompañaron en ese proyecto?
—Es un trabajo que fue pensado con Guido Cefaly, productor artístico del disco. Con él nos juntamos todas las semanas de 2013 recopilando composiciones que tenía por ahí, incluso hay en el disco fragmentos de trabajos prácticos del conservatorio, como la pieza para piano Antes del fin. Guido convocó a casi toda la banda que formó parte de las grabaciones. De esa manera conocí a Sebastián Roascio Golear, Martín Nastri, Mauricio Martín, Vicky Ferreyra, Alejandro Hagopián y Juan Mitidieri, quienes formaron parte de las presentaciones del disco y así se fue formando un ensamble estable que juega con estas canciones (y las nuevas también) hasta el presente. El disco fue mezclado y masterizado por Ariel Lavigna, a quien conocí para esa ocasión, y en ese cruce entendí mucho de lo que significa jugar con el sonido. Entendí lo importante que es la figura del ingeniero de sonido alrededor de toda la música, pues hace que todas las tímbricas adquieran brillo y den lugar al espacio generado por los sonidos. Todos estos cruces hicieron despertar en mí una nueva forma de pensar la música. 

—Acaba de ver la luz tu segundo disco “Amancay”, contanos en qué lugar se sembró la semilla de esta obra, cómo fue el proceso creativo y quiénes te acompañan en este viaje en el que los sonidos entrelazan diferentes realidades.
—Así como digo que Y nosotros sin el sol fue un viaje adolescente, en Amancay me fui más atrás, exploré mi niñez, mis inicios con la música y toda la conexión entre lo que captaron mis oídos y las reacciones de mi cuerpo frente a cada vibración. Para eso, fui a buscar mi primer teclado que estaba guardado en un placard, un Casio SA21 con el que jugué toda mi infancia. Allí pensé que hay cierta tendencia a desconsiderar a los instrumentos “de juguete” a la hora de hacer música y es donde hay cierta contradicción, pues hacer música es una actividad lúdica, y quienes elegimos hacerla decidimos no dejar de jugar nunca. Desde esa idea, me propuse buscar instrumentos pequeños, quizás para volver a sentirme como un niño. Así fue como me crucé con la caja de música; con campanas de colores afinadas en escala de Do Mayor; con instrumentos de tecla pequeña que hace algunos años empiezan a aparecer (como el Yamaha Reface, o el Microkorg); con flautas melódicas (que vengo investigando desde mi adolescencia) y hasta me topé con una maquína de escribir que también considero un instrumento de tecla. Todo esto me puso en órbita para desarrollar este concepto llamado Amancay, en donde toda esta paleta sonora conformada por instrumentaciones no convencionales es mezclada al ensamble tradicional de la música pop. En este trabajo me acompañaron Sebastián Roascio, Vicky Ferreyra, Juan Mitidieri, José Sánchez, Daniel Sánchez, Mauricio Martín, Nico Grillo, Amanda Pujó, Áine y Guido Cefaly, dentro de la parte instrumental. También contamos con la participación de Walter Piancioli y Daniel Melingo como artistas invitados. Grabó, mezcló y masterizó Ariel Lavigna y tuvimos el apoyo del Instituto Nacional de la Música para su producción. El INAMU otorga subsidios cada año a artistas independientes de todo el país y este fue el resultado de uno de esos subsidios. El disco ya puede escucharse en todas las plataformas digitales. También estuvo Facu Beccaglia, en las ilustraciones y Maximiliano Torres en toda la parte audiovisual. 

—Si tuvieras la oportunidad de dejar la impronta de un sueño dentro de un disco, en ese espacio único capaz de guardar la música de manera física, ¿cuál sería?
—El sueño de flotar por el aire, que lo asocio directamente con el deseo de ser libres.

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