Cecilia Pisos: “Hay cosas que suceden en la vida real que uno siente necesidad de escribir para que se conozcan”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

En el borde de cada palabra se esconde una historia. Sus letras son chispas capaces de encender las llamas de la imaginación que alimentan el fuego creativo. Es allí donde habitan las voces que esperan, es allí donde lo invisible toma cuerpo y trasciende las palabras.

Cecilia Pisos está atenta, observa los detalles, se detiene en los márgenes de las cosas, las recorre, las atrapa con sus ojos, escucha los sonidos que se pierden en el aire, va tras ellos impulsada por el viento y en ese palpitar de la vida misma encuentra las voces que desatan sus historias.

En diálogo con ContArte Cultura la autora cuenta sus vivencias en el camino de la escritura.

Vamos a comenzar esta entrevista con un juego: Imaginemos un gran fogón donde te invitamos a arrojar cinco palabras, como si fueran los leños que van a dar comienzo a las llamas de una historia, ¿cuáles serían las palabras que elegirías lanzar y cómo comenzaría esa historia?
—Noche, niño, madre, cueva, canto/cuento. La historia es vieja como el mundo, y ya que ustedes pusieron los leños y tenemos el calor del fuego (y el fuego como elemento cultural, que da calor y también cuece la comida), solucionado el abrigo con la cueva, y el alimento, llega la hora del primer cuento del mundo que una madre (también podría ser un padre) le cuenta a su hijo (que también podría ser su hija). Cuento nocturno para alejar la tiniebla o, quizás, hasta para convocarla por un momento, de palabra, e inmediatamente, disiparla y sentir la seguridad de tenerla a raya. Y canto, por fin, para llegar, acunado por el vaivén de las palabras, a las bellas regiones del sueño.

—¿En qué momento de tu vida descubriste el fuego que habita dentro de las palabras?
—Muy temprano, a los ocho años. A esa edad, en que uno se hace ya autónomo para leer, la lectura y la escritura, correlativas y complementarias, se me presentaron como dos actividades, más bien, dos estados que me daba mucho placer habitar y explorar. Lo mismo sucede ahora, después de tantos años: son las dos cosas que más me gusta hacer. Ese golpe y porrazo de intuición lo tuve un día cualquiera de segundo grado, cuando mi señorita Olga nos hizo copiar el poema El milagro, de Juana de Ibarbourou. Recuerdo que el impacto fue instantáneo. En el poema, a la, digamos, “protagonista” le brotan rosas en los extremos de los dedos y, colmo de los colmos, se ocupa de avisarnos, para que no nos engañemos, de que no se trata para nada de una manera de decir, de un artificio literario, aunque quizás sí, de una locura. En ese momento, recuerdo, tuve primero la sensación de la maravilla de esas manos florecidas, su imagen muy vívida y al mismo tiempo susurrada en la repetición intensiva –hoy pasadita de moda- de la palabra rosas: “¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen./Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen”. Y luego, el descubrimiento de que esa creación se debía a las palabras, a haberlas combinado de modo tal que dieran origen a un objeto nuevo, no existente en el mundo real. Sin poder expresarlo todavía sino hasta mucho después, no me habían maravillado unas simples florecitas de palabras sino la “capacidad de crear mundo” que es el gran poder que la poesía y la literatura detentan y otorgan. Inmediatamente supe que debía mantenerme todo lo posible cerca de eso.

—¿Dónde puede despertar una idea, el germen de una ficción?
—Cualquier cosa que uno observa en su vida de todos los días, o alguna noticia que lee, o una anécdota que alguien cuenta, puede disparar una historia. También, a veces, hay cosas que suceden en la vida real, historias de vida que uno siente necesidad de escribir para que se conozcan. Y finalmente están aquellas situaciones que surgen de dar vuelta las cosas, de pensarlas patas arriba o de un modo diferente a como se dan en la realidad, los “¿Qué pasaría si…?”. Los lectores tenemos tanto recuerdos reales como recuerdos de lectura, y ambos se mezclan también y están presentes cuando escribimos.

¿Cuáles son los detalles invisibles capaces de dar nacimiento a un poema?
—Los que nadie se detiene a mirar. El brillo del rocío sobre una hoja bien verde; el apretón que une las manos de dos hermanitos; un yuyo que se empecinó en salir en medio del asfalto. El ojo de la poesía es ese, el del detalle precisamente; el ojo que hace foco cercano, el ojo miope, que aísla lo que mira para observarlo mejor, el que humaniza los objetos. Por eso la mirada del niño pequeño, que mira todo por primera vez, coincide con la mirada del poeta que “hace como que” mira por primera vez y trata de reinventar el mundo.

¿Cómo se gesta un personaje capaz de protagonizar una de tus historias?
—La creación de un personaje es siempre progresiva. Uno comienza con una idea que puede estar basada en una o varias personas reales o en algunos aspectos de personalidad de personas reales, pero ésta se va modificando, cambia y crece a medida que uno avanza en la escritura. Cuando se trata del personaje de un cuento o una ficción corta, basta con algunos rasgos fundamentales, porque no habrá espacio para tanto desarrollo y la trama o el argumento “se comen”, en general, el texto. En el caso de una novela, hay suficiente tiempo para la exploración y para empatizar con el personaje (es raro que uno escriba solo sobre personajes parecidos a uno mismo). Creo que este trabajo debe ser parecido al que hace un actor cuando tiene que encarnar un personaje en una obra o una película.

¿De qué manera llevás adelante el proceso creativo de tus novelas?
—Las novelas me exigen una planificación y una disciplina de escritura muy severas. Como dije antes, durante la escritura ocurren todo el tiempo cambios, pero para empezar una novela, como para dar el primer paso de un viaje, tengo que tener primero el itinerario, una suerte de grilla o esqueleto de capítulos y una especie de proto-argumento que, por lo menos, me guíe en el primer tramo de la escritura, en el que también sucede el acomodamiento, la entonación de la voz narrativa. En cuanto a la disciplina, procuro dejarme dos o tres meses más o menos libres, con un horario pautado, generalmente por las mañanas muy temprano, para poder escribir de corrido y no perder el hilo de la historia. Con la escritura de una novela pasa lo mismo que con la lectura, si uno la abandona por un tiempo, tiene que volver al principio.

¿Cómo lográs percibir que una historia trasciende los límites de un libro para expandirse en otros y conformar una serie?
—Hasta ahora, con respecto a las series, se me han dado dos tipos de situación de escritura. Por un lado, una vez escrito un libro, por alguna razón se produce una conexión extraordinaria con los lectores y comienza a haber una demanda de más aventuras o historias de ese personaje. Los pequeños lectores quieren que su vida se prolongue, saber qué es, qué fue, de ese personaje luego del punto final del libro que leyeron. Y como se ha producido una empatía especial, las editoriales escuchan a los lectores y me piden nuevos libros con el mismo protagonista. Y así se va formando, espontáneamente, la serie. Por otro lado, hay ocasiones en que las editoriales se plantean de entrada, como proyecto, la publicación de una serie y me piden la creación de un universo narrativo lo suficientemente rico, interesante, como para que no se agote en un solo libro.

¿Cuáles son las vivencias que se desprenden de las lecturas de tus libros en las escuelas?
—Estar en contacto frecuente con mis lectores, semana a semana, durante el ciclo lectivo, en mis visitas a las escuelas, me permite recibir en tiempo real sus sentimientos y opiniones. Que los lectores se identifiquen con sucesos y personajes de mis ficciones, que repitan, reciten, susurren versos que escribí, que sientan curiosidad, que se conmuevan, que algo en los textos los ponga a pensar en su realidad, en sus vidas, a partir de lo que leyeron, que exista una comunicación entre ellos y yo, a partir del libro, es mi idea de la literatura. Cuando esas cosas suceden, se perciben en un encuentro y nos producen alegría, felicidad, tanto a lectores como a escritores.

Contanos en qué proyectos estás trabajando en este momento.
—¡En varios, como siempre! En mi mesita de luz se apilan varios libros que estoy leyendo en simultáneo; en mi escritorio, varias carpetas con proyectos de escritura. Igual, no se superponen, porque algunos son solo unas ideas anotadas en una página, mientras que otros son la última versión que manda la editorial para revisar antes de que se vaya a imprenta. No cuento mucho sobre los libros en proceso porque muchas veces son cosas sujetas a cambios, pero sin dar mucho detalle podría decir que estoy trabajando en una novela de base histórica, en un cuento interactivo, en un volumen de historietas y en uno, especialísimo, de poesía.

¿Cuál sería la forma y el color de tu próximo sueño literario?
—Mi sueño es sencillo y a la vez difícil: tener más tiempo para leer y escribir; sobre todo para leer. Una vez, cuando vivía en Canadá, vi a una viejita en la biblioteca de mi barrio que tenía puesta una remera que adelante decía: “¡Hay tantos libros!”. Cuando se dio vuelta para irse, leí la segunda parte: “¡Y tan poco tiempo!”.

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