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Historias Reflejadas

“Círculo de voces”

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Círculo de voces

Voces superpuestas atrapan un mandato y lo multiplican, más allá de sí mismas, en otras voces, que se pierden en el eco de los sueños para manifestarse.

La bestia acecha en el bosque de la existencia, asoma pretenciosa detrás de los árboles y cuestiona en el silencio.

Más allá, nuestra imagen se refleja en un espejo invisible, mimetizada con las garras de aquella de la cual escapamos. Todos somos parte del monstruo, nos aquietamos, rígidos en su memoria, y caemos en el abismo en un instante débil.

El hilo se tensa, las palabras se enredan en la duda y la alegría se desdibuja en un tren sin rumbo, cuya marcha se detiene en busca de la felicidad.

Los caminos se cruzan, se entrelazan en un laberinto de colores que llaman. El rojo tiñe las letras que delimitan el tiempo. Un amarillo intenso llama detrás de los árboles, en el murmullo de la bestia.

De esa manera la cadena se rompe y cada eslabón se funde en una libertad verde, para terminar con el círculo de mandatos atrapados en las voces.

Pero un grito ahoga los susurros del viento. Todo es efímero. La alegría y la desgracia se encadenan y todo vuelve a comenzar.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes cuentos: “Un gran esfuerzo”, de Samanta Schweblin, del libro “Pájaros en la boca y otros cuentos”; “Si esto es la vida, yo soy caperucita”, de Luisa Valenzuela, del libro “Historias de guardarropa”; “Una racha de buena suerte” y “Un día volveré”, de Perla Suez, del libro “Cuentos de Babel”; y “La larga busca” y “El hilo de la fábula”, de Jorge Luis Borges, del libro “Los conjurados”.

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Historias Reflejadas

“El libro prohibido”

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El libro prohibido

No fue fácil desprenderse de la magia. Ella estaba escondida en un libro. Un libro que no se podía tocar porque era muy peligroso.

Alguien, que era muy curioso, se atrevió a espiar entre sus páginas y desde ese momento ya no fue posible detener el viento que salió su interior.

Lo que volaban eran historias. Todas juntas y con una rapidez que arrastraba a letras y personajes.

En el aire, un monstruo protegido por la niebla se veía reflejado en otro que habitaba en el suelo, y se tomaba el agua de un molino.

De pronto las palabras cayeron todas juntas en un recreo y allí, apretadas y curiosas, fueron parte de otra historia en la que había que leer para aprender y divertirse.

Un susurro de vocales y consonantes cayó en los oídos de un relator que supo de inmediato que una princesa estaba en apuros. Envuelta en un hechizo, tendría que elegir entre tres príncipes para casarse.

La magia siguió su rumbo y con su soplo logró despeinar a una madre que parecía un puerco espín, pero esto último quedó guardado en el libro como un verdadero secreto de familia.

Dentro de aquella obra prohibida, siempre sería posible soñar historias nuevas.


Andrea Viveca Sanz


Se reflejan en esta historia: “No te acerques a este libro”, de Cecilia Pisos; “Tres príncipes para Belinda”, de Patricia Suárez; “El muelle de la niebla”, de Franco Vaccarini; “En el recreo me divierto y leo”, de Adela Basch; y “Secreto de familia”, de Isol Misenta.

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Historias Reflejadas

“Cuerpos que hablan”

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Cuerpos que hablan

En las profundidades del ser, la verdad toma forma y se entrelaza con los hechos para escribir su historia. En ese espacio infinito, las alegrías y las tristezas se expanden y tejen la vida.

Un lenguaje sin palabras corre como lava incandescente y envuelve a cada una de nuestras células arrastrando las emociones que buscan expresarse. Grupos de letras de textura indefinida se pierden en nuestra sangre para dibujar aquello que desea manifestarse.

La sonrisa del alma hace vibrar a cada uno de nuestros órganos y los vivifica, acompañándolos en sus decires. La angustia, en cambio, se desplaza como un lamento que aprisiona y enlentece, es aguijón que lastima y va mutando hasta convertirse en grito que estalla y permanece.

Es posible volver al camino, bucear en las oscuridades de nuestras limitaciones para levantar vuelo, como una mariposa que bate sus alas y se eleva.

Hay un silencio de sentimientos callados que fluye como río y habla en la superficie de cada cuerpo, mudo lenguaje que relata desde adentro todo aquello que el alma decide ignorar y se manifiesta.

En las profundidades de nuestro ser, existen letras invisibles que nos habitan y susurran palabras que sólo el amor convierte en canto capaz de atravesar el vacío y trascenderlo.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Mariposas griegas”, de Cristina Loza; “Alma Kiri”, de Divina; “También esto pasará”, de Milena Busquets; y “Como de la familia”, de Paolo Giordano.

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“Desandar el camino, encontrar el paraíso”

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Desandar el camino, encontrar el paraíso

En la rueda de la vida a veces es necesario partir, romper la estructura que nos contiene para adentrarse en lo desconocido, lo que está por venir.

Es posible atreverse a caminar sobre las dudas para encontrar tesoros más allá, en los lugares donde aún no hemos mirado.

Avanzar desandando el camino de lo que hemos sido para comenzar a ser, excavando en las profundidades del alma para llegar a destino.

Permitir que nuestros pasos atraviesen el desierto, se internen en el monte o se pierdan en las arenas de una playa solitaria para lograr encontrarnos.

Del otro lado del espejo en que buscamos nuestro reflejo, se esconden realidades diferentes capaces de mostrarnos nuestra otra parte.

La naturaleza murmura sonidos nuevos, voces desconocidas renuevan nuestra existencia y nos empujan descascarando las sombrías capas que nos protegen.

Allí, en esos espacios infinitos en donde lo cotidiano parece lejano, es posible hallar lo que buscamos.

Si cerramos los ojos y somos capaces de internarnos en el vacío, la misma oscuridad traerá sus respuestas.

Enterrado en un desierto, acunado por las olas o pendiendo de la invisible hermandad de los árboles puede esconderse el amor.

Del otro lado del espejo es posible encontrar el paraíso.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Con los ojos cerrados”, de Ana Emilia Moglia; “Rey de monte”, de Susana Biset; “Huellas en el desierto”, de Gabriela Margall; y “Ópalos de Fuego”, de Elizabeth Haran.

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